Un orvallo fino, la calma entrante; velas prendidas causan el trance.
A la diestra, una brisa; de la ambidiestra, una avalancha.
Entre la calma del sirimiri y el caos del alud.
Caliente y frío el exterior; al interior, la tibieza de mi vela fragante.
La lluvia: un soplo apacible.
El deslave: la ruina misma.
Mi impulso mantiene el trance: paso por alto las dos sendas.
En la delgada línea de la paz la depresión no causa efecto; la cascada es falsa esperanza.
Mis palmas sostienen lo insostenible, tocan lo impalpable... Abstraerme me hace un ser incomprensible.
El ensimismarse derrotó a la embustera diestra y perturbó el horror de la ambidiestra.
En mi cuerda floja, a ritmo lento, el invierno del alma ya no me asusta.
Mantengo el equilibrio entre el destello dorado y la armonía del alba.
Sintonizado y controlado, para mantener la calma.
— Jorge Guzmán