Che, lo de que todavía no está condimentado para cuando llegue a ella me dejó helada. Luna lo está criando con paciencia, como a la musaraña. Y esa hora libre no me la creo, el reloj venía corriendo desde la Biblioteca.
Mundo 3: donde una estrella no ilumina
El lector no recuerda cuándo llegó.
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Che, lo de que todavía no está condimentado para cuando llegue a ella me dejó helada. Luna lo está criando con paciencia, como a la musaraña. Y esa hora libre no me la creo, el reloj venía corriendo desde la Biblioteca.
Contenido de la publicación
El lector no recuerda cuándo llegó.
Solo está ahí.
Caminando.
Como siempre pasa en la Biblioteca.
No hay una puerta. No hay un momento exacto en que el mundo cambia. Un segundo estás en un lugar… y al siguiente estás aquí, rodeado por estanterías tan altas que parecen sostener algo más grande que el techo mismo. Libros por todos lados. Algunos ordenados. Otros apilados de manera imposible. Algunos susurrando. Otros respirando. Unos pocos directamente temblando, como si supieran algo que tú no.
El suelo cruje bajo tus pies.
No porque sea madera.
Porque debajo hay páginas.
Miles de ellas.
Hojas enterradas unas sobre otras, como si caminaras sobre historias que ya murieron hace mucho tiempo.
A lo lejos algo se mueve entre los pasillos.
No parece humano.
Tampoco parece un monstruo.
Solo una sombra demasiado larga que desaparece detrás de un estante antes de que puedas verla bien.
Y como siempre en este lugar, eso no es lo más extraño.
A tu derecha hay una fila completa de libros que lloran lentamente una tinta negra espesa por el borde de sus páginas. Más adelante uno tiembla tanto que termina cayendo al suelo. Apenas toca el piso, desaparece.
Nadie viene a recogerlo.
Nadie parece sorprendido.
Porque aquí nada permanece igual demasiado tiempo.
Entonces escuchas un tarareo.
Suave.
Infantil.
Feliz.
La melodía rebota entre las estanterías y te obliga a seguirla. Doblas una esquina, luego otra, luego una más, hasta que llegas a una pequeña apertura entre los estantes.
Y ahí está Luna.
Acostada sobre una montaña de libros vivos que se hunden un poco bajo su peso, como si fueran almohadas resignadas a su presencia.
Tiene un libro enorme entre las manos, tan grande que parece ridículo verla sosteniéndolo con tanta facilidad. Sus piernas se mueven de arriba abajo mientras sigue tarareando, completamente relajada.
Ni siquiera parece haberte notado.
O al menos eso crees.
Porque de pronto levanta la vista.
Y te mira.
Desde la posición en la que está, para ella tú eres quien está al revés.
Parpadea una vez.
Inclina la cabeza.
Y luego suspira.
—Mmm… qué incómodo se ve eso.
Sin levantarse siquiera, mueve una mano en el aire.
El mundo gira.
No ella.
Tú.
De un segundo a otro toda la Biblioteca queda de cabeza. Las estanterías ahora parecen colgar desde abajo, los libros flotan donde deberían caer y tu cuerpo siente ese pequeño mareo absurdo que solo Luna podría considerar una solución lógica.
Ella sonríe orgullosa.
—Mucho mejor.
Se acomoda un poco más entre los libros, abrazando el enorme tomo contra su pecho.
—No pongas esa cara.
—Si tú estabas de cabeza, lo normal era que te arreglara.
Hace una pequeña pausa.
—Yo no soy el problema aquí.
Sonríe.
—Generalmente.
Se queda observándote unos segundos más.
Luego levanta una mano y saluda.
—Hola otra vez.
Sus piernas siguen balanceándose tranquilamente.
—Sabía que volverías.
Mira alrededor, hacia las estanterías infinitas.
—Siempre vuelven.
—Curiosidad.
—Morbo.
—Miedo.
—Aburrimiento.
Se encoge de hombros.
—No importa mucho la razón.
Baja la vista hacia el libro que tiene entre las manos.
—Aunque debo admitir que prefiero a los curiosos.
Sus ojos vuelven a ti.
—Las almas curiosas suelen romperse más bonito.
Lo dice con una sonrisa tan tranquila que tarda un segundo en sentirse mal.
Luna cierra el libro con un golpe suave y lo deja sobre la montaña de libros debajo de ella. Uno de ellos se queja en un murmullo bajo.
Ella le da unas palmaditas.
—No exageres. Ni siquiera te usé de cojín completo.
Después vuelve a mirarte.
—Entonces… ¿qué te parecieron los mundos que te mostré?
Inclina un poco la cabeza.
—El barco.
—La guerra.
—Las pequeñas decisiones que cambian todo.
Una sonrisa lenta aparece en su rostro.
—O bueno… cambian todo en tu mundo.
Levanta un dedo.
—Porque para alguien más, el raro eres tú.
Se ríe por lo bajo.
—Tal vez existe una realidad donde ese barco sí se hundió.
—Otra donde nunca existió.
—Otra donde ustedes decidieron ponerle otro nombre horrendo.
Pone cara de asco exagerada.
—Aunque Titanic ya era bastante dramático.
Se deja caer un poco más sobre los libros.
—Lo mismo con la guerra.
—Tal vez en otro mundo nunca ocurrió.
—Tal vez ocurrió tres veces.
—Tal vez ustedes perdieron.
—Tal vez ustedes eran los malos.
La sonrisa de Luna se vuelve más fina.
—Eso es lo divertido del multiverso.
—Todos creen vivir en la historia correcta.
—Todos creen ser los protagonistas.
—Todos creen que su versión de las cosas es la más importante.
Suspira, exageradamente cansada.
—Los mortales tienen un ego tan adorable.
Estira una mano hacia una estantería cercana. Uno de los libros sale volando solo hasta caer en su mano.
Lo abre apenas.
Dentro se ven imágenes moverse entre las páginas. Mundos. Personas. Ciudades. Algo parecido a un dinosaurio cruzando una calle donde deberían existir autos.
Luna observa eso apenas un segundo antes de cerrarlo.
—Pero esos cambios eran simples.
Se queda callada unos segundos.
—Una decisión.
—Una persona.
—Un error.
Se incorpora un poco, apoyando el mentón sobre una mano.
—Ahora quiero que pienses en algo más grande.
Su sonrisa vuelve.
Más pequeña.
Más curiosa.
—¿Qué pasa si el cambio no ocurre por culpa de un mortal?
La Biblioteca parece quedarse un poco más silenciosa.
—¿Qué pasa si simplemente… el universo decide ser diferente?
Levanta un dedo por cada ejemplo.
—Una roca que no cae.
—Un planeta que se mueve un poco más cerca.
—Una estrella que tarda un poco más en morir.
—Un animal que nunca desaparece.
Luna te observa en silencio.
Luego sonríe otra vez.
—¿Te imaginas?
Inclina la cabeza lentamente.
—Un mundo donde no ocurrió una desaparición por culpa de las estrellas.
Se ríe un poco.
—Aunque probablemente ustedes seguirían encontrando la manera de arruinarlo todo.
El suelo desaparece.
La Biblioteca también.
No hay aviso.
No hay transición.
Solo un vacío inmenso que aparece de golpe a tu alrededor.
Oscuridad.
Estrellas.
Miles de ellas.
Millones.
El universo extendiéndose en todas direcciones, tan enorme que ni siquiera tu mente logra entenderlo.
Pero no tienes tiempo para pensar en eso.
Porque no puedes respirar.
El aire desaparece de tus pulmones casi al instante. El pecho duele. La garganta se cierra. El cuerpo entra en pánico antes de que puedas hacer nada.
Intentas respirar.
No hay nada.
Intentas gritar.
No sale sonido.
Todo empieza a arder.
Tu corazón golpea con desesperación mientras el vacío se vuelve insoportable.
Y entonces Luna aparece frente a ti.
Flotando.
Como si estar en medio del espacio fuera la cosa más normal del mundo.
Inclina la cabeza al verte.
—¿Qué te pasa?
Te observa unos segundos.
Luego parpadea.
—Ah…
Mira alrededor.
—Es verdad.
Su expresión cambia apenas, como si acabara de recordar algo ridículamente obvio.
—Los mortales necesitan respirar.
Chasquea los dedos.
De golpe el aire vuelve.
Entras una bocanada enorme, desesperada, dolorosa. Tus pulmones vuelven a funcionar y tu cuerpo deja de sentirse al borde de romperse.
Luna te mira unos segundos.
Y luego se ríe.
—Qué cosa tan incómoda.
Se cruza de brazos.
—Necesitar aire.
Mueve una mano alrededor, señalando el universo entero.
—Con razón siempre se ven tan frágiles.
Su sonrisa se vuelve un poco más divertida.
—Aunque no quiero que mueras todavía.
Te mira de arriba abajo.
—Aún te falta bastante tiempo.
Inclina apenas la cabeza.
—Todavía no estás lo suficientemente condimentado para cuando llegues a mí.
La frase queda ahí.
Flotando entre ambos.
Luna parece ignorarla por completo.
Se da media vuelta como si nada.
—De todos modos…
Levanta una mano.
—No estamos ni cerca de tu planeta.
A lo lejos, entre el vacío, algo aparece.
Un conjunto enorme de rocas.
Miles de fragmentos girando unos alrededor de otros, chocando, rompiéndose, volviendo a unirse.
Un cinturón de asteroides.
Luna extiende un dedo hacia ellos.
—Mira bien.
El tiempo cambia.
No se siente.
Simplemente ocurre.
Las rocas comienzan a moverse más rápido. Lo que antes tardaría millones de años ahora sucede en segundos. Fragmentos chocan una y otra vez. Algunos se destruyen. Otros crecen. Pedazos enteros se fusionan formando masas cada vez más grandes.
Luna observa todo eso como si estuviera viendo llover.
—Millones de años…
dice con tranquilidad—
—son bastante rápidos cuando no eres tú quien tiene que esperarlos.
Entre todas esas rocas, una empieza a destacar.
Pequeña al principio.
Casi insignificante.
Pero sigue creciendo.
Un choque.
Luego otro.
Y otro más.
Cada impacto la hace más grande, más densa, más peligrosa.
Hasta que finalmente se convierte en algo gigantesco.
Una roca monstruosa.
Oscura.
Irregular.
Lo bastante grande como para acabar con un mundo.
Luna la señala.
—Esa pequeña roca…
dice con una sonrisa suave—
—va a destruir un planeta entero.
El asteroide sigue avanzando lentamente entre las estrellas.
A lo lejos, otro fragmento enorme aparece.
Uno más pequeño.
Pero lo suficientemente grande como para alterar la trayectoria del primero.
Luna señala ambos.
—En la mayoría de los mundos…
Su voz sigue tranquila.
—Ese otro termina golpeando a este.
El segundo asteroide impacta contra el más grande.
La roca principal cambia apenas de dirección.
Muy poco.
Casi nada.
Pero suficiente.
Suficiente para ponerlo en el camino correcto hacia un pequeño planeta azul.
Luna observa esa trayectoria un segundo.
Luego sonríe.
—Pero en este universo…
Levanta una mano.
A lo lejos, tan lejos que apenas se ve, una estrella pulsa.
Un destello leve.
Minúsculo.
Ridículo.
Una vibración diminuta viajando por el vacío.
Golpea una roca.
Luego otra.
Después otra más.
Hasta que finalmente uno de esos fragmentos llega al segundo asteroide.
Su trayectoria cambia apenas.
Solo un poco.
Solo lo suficiente.
El impacto contra el asteroide principal nunca ocurre.
Y la gran roca…
sigue de largo.
Pasa de largo junto al planeta azul.
Se pierde en la oscuridad.
Hacia otro sistema solar.
Luna observa cómo desaparece.
—Y así…
dice con suavidad—
—un mundo entero nunca llegó a morir.
Se gira hacia ti.
La sonrisa vuelve lentamente.
—¿Ves?
Levanta un dedo.
—Ni siquiera hizo falta una decisión humana.
—Ni una guerra.
—Ni un barco.
Mira nuevamente hacia el planeta azul.
—Solo una estrella demasiado lejana.
—Una roca demasiado pequeña.
—Y unos segundos de diferencia.
Luna entrecierra un poco los ojos.
—A veces el universo cambia solo.
Pausa.
—Y cuando eso pasa…
Mira el planeta.
—Las consecuencias suelen durar millones de años.
Luna observa cómo el enorme asteroide desaparece en la oscuridad del espacio.
Y entonces sonríe.
No una sonrisa pequeña.
No una sonrisa elegante.
Una sonrisa brillante, amplia, casi infantil.
Sus ojos parecen iluminarse mientras junta ambas manos frente a ella y mueve ligeramente los brazos, como una niña emocionada a punto de abrir un regalo nuevo.
—Estoy segura de que estás igual de emocionado que yo.
Su voz tiene esa alegría extraña que siempre resulta un poco incómoda.
—Después de todo… ¿quién no querría ver cómo quedó un mundo donde los dinosaurios nunca desaparecieron?
Luna gira apenas sobre sí misma en el vacío, dejando que su vestido y su cabello floten alrededor de ella.
—Millones de años de cambios…
—Millones de años de criaturas evolucionando…
—Millones de años sin humanos creyéndose los dueños de todo.
Se ríe por lo bajo.
—Suena refrescante.
Entonces te mira.
Su sonrisa cambia.
Sigue siendo bonita.
Pero ahora hay algo más detrás.
Algo más peligroso.
—Te dejaré libre una hora.
Lo dice con demasiada tranquilidad.
—Una hora completa para que explores.
Levanta un dedo.
—Pero intenta sobrevivir al menos hasta entonces.
Inclina la cabeza apenas.
—Porque este mundo no será tan amable contigo como el de los zombis.
La sonrisa se ensancha un poco más.
—Y créeme…
Sus ojos parecen brillar en la oscuridad.
—Aquí sí pueden olerte.
No hay tiempo para reaccionar.
No hay tiempo para preguntar.
El espacio desaparece.
Y de pronto—
estás escondido.
Tu cuerpo está encogido dentro de un agujero enorme en el interior de un árbol gigantesco. La madera que te rodea es oscura, húmeda, viva. Raíces enormes atraviesan el suelo como serpientes enterradas y el aire está cargado de humedad, tierra mojada y un olor extraño, salvaje.
La luz que entra desde afuera es tenue.
Verdosa.
Filtrada por hojas gigantescas que cubren el cielo.
Y entonces lo escuchas.
Una pisada.
La tierra tiembla.
Luego otra.
Más cerca.
Otra más.
Cada paso hace vibrar el interior del árbol. Pequeños trozos de tierra caen desde arriba. El corazón golpea con tanta fuerza que parece imposible que algo ahí afuera no pueda escucharlo.
Las pisadas se detienen.
Justo enfrente.
Lentamente, una sombra gigantesca cubre la entrada del agujero.
Entonces la ves.
Una pierna enorme.
Gruesa.
Cubierta de escamas oscuras y cicatrices.
Tan grande que hace parecer el tronco del árbol algo pequeño.
Tu respiración se corta.
No puedes moverte.
No quieres moverte.
Arriba, justo sobre ti, algo respira.
Lento.
Pesado.
El sonido es húmedo, profundo, monstruoso.
Está oliendo.
Buscando.
El aire entra y sale de esa criatura con un sonido tan cercano que sientes cómo vibra el árbol.
Tu cuerpo entero se tensa.
Tu corazón late más fuerte.
Y eso solo empeora las cosas.
Porque en algún punto de tu mente aparece una idea horrible:
Tal vez puede escucharlo.
El monstruo vuelve a inhalar.
Más fuerte esta vez.
Más cerca.
La punta de algo enorme roza la entrada del agujero.
Una garra.
O tal vez un hocico.
No puedes verlo bien.
No quieres verlo bien.
Y entonces—
sobre una rama, justo encima del monstruo, Luna aparece sentada balanceando las piernas en el aire.
Tiene una sonrisa enorme en el rostro.
Y un pequeño reloj de arena en las manos.
—Cincuenta y nueve minutos… —susurra divertida.
La criatura vuelve a inhalar.
Más fuerte.
Más cerca.
El sonido atraviesa el interior del árbol como un trueno contenido. La entrada del refugio queda completamente cubierta por su sombra y, por un instante, realmente parece que todo va a terminar ahí.
Entonces Luna suspira.
Un suspiro largo, exagerado, casi molesto.
—Ay, ya basta.
Su voz rompe la tensión de forma absurda.
Aparece de pie frente a la criatura, justo delante de ese enorme hocico cubierto de dientes.
La diferencia de tamaño es ridícula.
Ella apenas le llegaría a una uña.
Y aun así actúa como si estuviera regañando a un perro demasiado insistente.
—Ya perdiste tu oportunidad.
Levanta ambas manos y empuja el hocico del monstruo.
No con fuerza.
No con magia visible.
Solo lo empuja.
Y la criatura realmente retrocede un poco.
Ahí puedes verla bien.
Es enorme.
Mucho más grande de lo que cualquier tiranosaurio debería ser.
Su cuerpo recuerda al de uno, sí, pero las proporciones están deformadas por millones de años de evolución distinta. Sus patas traseras siguen siendo gigantescas, pero sus brazos son más largos, más fuertes, terminados en garras curvas que parecen capaces de arrancar árboles enteros.
El hocico es distinto también.
Más largo.
Más estrecho.
Más parecido al de un espinosaurio, lleno de dientes afilados y desiguales que sobresalen incluso con la boca cerrada.
Su piel está cubierta de escamas oscuras, pero aquí y allá tiene pequeñas plumas rígidas creciendo alrededor del cuello y la mandíbula, como una melena salvaje y primitiva.
Respira de nuevo.
El aire caliente sale de sus fosas nasales como una ráfaga que mueve hojas, tierra y el cabello de Luna.
Ella ni siquiera pestañea.
Sigue empujándole el hocico con ambas manos.
—No, no, no.
Hace un pequeño sonido con la lengua, desaprobando.
—Ya lo oliste demasiado.
Empuja otra vez.
La cabeza enorme de la criatura se mueve apenas hacia un lado.
—Además, míralo.
Señala hacia el agujero del árbol, donde estás escondido.
—No tiene ni carne suficiente.
Luna pone una cara de decepción exagerada.
—Tú necesitas una presa grande.
Hace un gesto amplio con las manos.
—Algo con más sabor.
La criatura suelta un gruñido grave, profundo, haciendo vibrar el suelo otra vez.
Luna ladea la cabeza.
—¿Ves?
Sonríe.
—Tú también lo sabes.
Le da una última palmada al hocico.
—Vamos.
—Ve a buscar algo más interesante.
Por un momento parece que el monstruo va a ignorarla.
Baja un poco la cabeza.
Sus ojos enormes y amarillos miran hacia el árbol una vez más.
Luego vuelve a inhalar.
Y finalmente se gira.
Cada paso suyo hace temblar la tierra mientras se aleja lentamente entre la vegetación gigantesca, desapareciendo entre árboles imposibles y sombras demasiado grandes.
Luna observa cómo se marcha.
Luego mira hacia el agujero.
Y sonríe.
—¿Ves?
Se cruza de brazos.
—Te dije que una hora.
Inclina un poco la cabeza.
—Aunque si sigues oliendo así de asustado, otro te encontrará antes.
Luna observa cómo la criatura desaparece entre la vegetación gigantesca.
Después da un pequeño salto y aterriza sobre el lomo de algo mucho más grande.
Muchísimo más grande.
La criatura sobre la que ahora está sentada apenas puede verse completa. Su cuerpo es tan enorme que parte de él se pierde entre los árboles. Tiene una espalda ancha, cubierta de escamas gruesas y placas óseas oscuras que parecen roca viva. Su cuello es largo, pesado, y su cabeza descansa inmóvil entre helechos gigantescos.
Pero está despierta.
Sus ojos siguen abiertos.
Lentos.
Inteligentes.
Mirando a Luna de reojo.
No parece atacarla.
No parece molesto.
Solo… la observa.
Como si no supiera muy bien qué hacer con ella.
Luna cruza las piernas sobre el lomo de la bestia, completamente cómoda.
—Este mundo es interesante —dice mientras apoya una mano en la piel caliente del monstruo—. Mucho más de lo que ustedes suelen imaginar.
Señala alrededor.
El bosque parece interminable. Árboles inmensos, plantas del tamaño de edificios, sonidos extraños por todas partes. El aire es más pesado, más húmedo, más salvaje.
—El cambio climático aquí fue diferente al de otros mundos.
Se recuesta un poco hacia atrás.
—No demasiado diferente.
—No algo absurdo.
—No un mundo de fuego o hielo.
Levanta un dedo.
—Solo… lo suficiente.
La criatura debajo de ella mueve lentamente la cola, arrancando árboles pequeños a su paso sin siquiera darse cuenta.
—Hubo inviernos distintos.
—Mares distintos.
—Continentes que tardaron un poco más en separarse.
—Corrientes que se movieron de otra manera.
Luna sonríe.
—Pequeñas cosas.
Mira el bosque gigantesco alrededor.
—Y aun así… nada cambió demasiado.
—Las montañas siguieron ahí.
—Los océanos siguieron existiendo.
—Las selvas crecieron.
—Los animales evolucionaron.
Se encoge de hombros.
—La vida siguió.
Su expresión se vuelve un poco más tranquila.
—Hasta ese día.
Mira hacia arriba.
Como si pudiera ver un cielo que ya no existe.
—El día en que el mundo no recibió el impacto.
Silencio.
El monstruo debajo de ella respira lentamente.
—Ese fue el verdadero cambio.
Luna baja la vista hacia ti.
—Porque sin ese golpe…
—Los dinosaurios no desaparecieron.
—Los mamíferos siguieron siendo pequeños.
—Los primates nunca dominaron nada.
—Y ustedes…
Sonríe.
—Nunca existieron.
La criatura bajo ella mueve apenas la cabeza.
Sus ojos enormes siguen observándola.
Entonces, de pronto, suelta una exhalación fuerte por la nariz.
Un golpe de aire tan poderoso que Luna sale despedida del lomo y cae al suelo entre las raíces.
Por un segundo queda ahí sentada.
Parpadeando.
Molesta.
La criatura la mira.
Lentamente.
Como si acabara de cometer un error y lo supiera.
Luna se pone de pie, se sacude el vestido y camina directamente hacia la cabeza enorme del monstruo.
—Muy gracioso.
Levanta una mano y le da un coscorrón en la frente.
El sonido retumba.
La criatura baja un poco la cabeza de inmediato.
Como un cachorro regañado.
Sus ojos ya no parecen intimidantes.
Ahora parece culpable.
Luna cruza los brazos.
—No hagas eso otra vez.
El monstruo emite un sonido grave y bajo, casi avergonzado.
Luna suspira.
—Te juro que son peores que los libros.
Luna deja escapar un largo suspiro mientras la enorme criatura sigue ahí, quieta, con la cabeza baja como si realmente se sintiera culpable.
Ella le da unas pequeñas palmaditas en el hocico.
—No pongas esa cara.
Inclina la cabeza apenas.
—Aunque admito que me llevaría uno de ustedes como mascota.
Mira al monstruo de arriba abajo.
—Son bonitos.
—Grandes.
—Peligrosos.
—Y bastante abrazables si uno ignora los dientes.
La criatura parpadea lentamente.
Luna se cruza de brazos.
—Pero son demasiado ruidosos.
Mira hacia el bosque, donde a lo lejos se escucha otro rugido enorme que hace vibrar los árboles.
—Y no me dejarían dormir la siesta.
Después vuelve a mirarte.
—En fin.
Da unos pasos entre las raíces gigantescas.
—Como te decía…
Se agacha frente a un pequeño agujero entre unas piedras y mete una mano dentro sin siquiera mirar qué hay ahí.
Su brazo desaparece casi hasta el hombro.
—Los dinosaurios dominaron este mundo.
—Los grandes herbívoros siguieron creciendo.
—Los depredadores siguieron cazando.
—Los mares se llenaron de monstruos todavía peores.
Mueve un poco la mano dentro del agujero, como si estuviera buscando algo muy específico.
—Y los mamíferos…
Inclina apenas la cabeza.
—Bueno…
Su expresión se vuelve divertida.
—No les fue precisamente bien.
Sigue tanteando dentro del agujero.
—Algunos sobrevivieron.
—Pequeños.
—Escondidos.
—Comiendo insectos, huevos o cualquier cosa que no intentara devorarlos primero.
Hace una pequeña pausa.
Parece tocar algo.
Sonríe.
—Ah… aquí estás.
Retira lentamente la mano.
Entre sus dedos sostiene una criatura diminuta, apenas un poco más grande que una musaraña. Tiene un cuerpo cubierto de un pelaje fino y oscuro, ojos enormes y redondos, y unas pequeñas manos que se aferran con desesperación al dedo de Luna. Su rostro recuerda vagamente al de un mono muy primitivo.
La criatura tiembla.
Luna la levanta un poco para que puedas verla mejor.
—Y esto…
dice con una sonrisa tranquila—
—es lo más parecido a ustedes que existe en este mundo.
La pequeña cosa emite un sonido agudo y trata de esconderse entre los dedos de Luna.
Ella la mira un segundo.
—Tierno, ¿no?
Inclina apenas la cabeza.
—Todo el gran futuro de la humanidad…
Mira a la pequeña criatura.
—Reducido a esto.
Luna vuelve a mirarte.
Luego sonríe.
—Entonces…
Inclina la cabeza.
—¿Quieres volver a tu mundo?
Pausa.
La sonrisa se vuelve un poco más peligrosa.
—¿O prefieres quedarte aquí?
Mira hacia el bosque.
—Estoy segura de que no tardarías demasiado en encontrar algo dispuesto a comerte.
Se ríe suavemente.
Luego chasquea los dedos.
Y el mundo desaparece.
Thoughts
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PermalinkMe ha dado más pena la musaraña que el ahogo en el espacio, y aún no sé muy bien por qué. Luna la saca del agujero como quien enseña una foto vieja y dice que eso es lo más parecido a nosotros, y ahí caí en que en todo este mundo no había nadie a quien temer salvo a ella. El bicho enorme obedece, el otro se va cuando lo empujan. Lo único que se rompe de verdad es lo pequeño, que tiembla entre sus dedos. Vaya tarde me has dado, y todavía con el barco sin digerir.
-
PermalinkFíjate que esta Luna me cayó peor que la de la guerra, y aquí no se muere nadie. Se queja de que los dinosaurios no la dejarían dormir la siesta, y a uno lo deja sin aire. Chelo diría que es una niña con juguetes.
-
PermalinkAupa, Luna clava lo de que siempre vuelven, aquí sigo yo desde el capítulo del barco. La roca que pasa de largo por un destello de nada me tuvo un rato mirando al techo. A ver qué nos come en el cuarto.
-
PermalinkLuna regañando al dinosaurio como a un perro que no suelta el hueso me hizo pensar en como tratamos a lo que nos da miedo cuando por fin sabemos que no nos puede tocar. Apuesto a que la hora libre era para ella, para mirar que hace uno cuando lo sueltan solo en un sitio asi. Me encanto leerte, gracias por subir el tercer mundo!
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PermalinkChe, lo de que todavía no está condimentado para cuando llegue a ella me dejó helada. Luna lo está criando con paciencia, como a la musaraña. Y esa hora libre no me la creo, el reloj venía corriendo desde la Biblioteca.
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