No despiertas con sobresalto.
Despiertas como quien abre los ojos después de una siesta incómoda.
Antes de ver nada, escuchas una voz.
—Mmm~ ya despertó.
Es pequeña.
Ligera.
Casi cantarina.
Abres los ojos.
Estás sentado frente a una mesa. La luz no viene de ningún sitio concreto, simplemente existe, bañándolo todo con una claridad suave. Al otro lado de la mesa hay una niña balanceando los pies en el aire, como si la silla fuera un columpio.
Te sonríe.
Una sonrisa bonita.
Una sonrisa peligrosa.
—Hola —dice inclinando la cabeza—. Perdón, es que odio esperar. Me pongo de mal humor y luego pasan accidentes.
Señala el suelo con un dedo, distraída.
—Una vez se me cayó una ciudad entera por eso. Ups.
Ríe bajito, como si acabara de recordar algo gracioso.
Sobre la mesa hay un tablero de ajedrez perfectamente dispuesto.
Luna sigue tu mirada y aplaude una vez, emocionada.
—¡Sí! Lo viste. Bien, bien. Me gusta cuando no tengo que explicarlo todo.
Apoya los codos en la mesa y se acerca un poco.
—Te invité porque estaba aburrida —dice con total naturalidad—. Y porque últimamente no llegan almas interesantes. Todo muy repetido… —hace un puchero— mentirosos, abusivos, cobardes… lo de siempre. Como sopa recalentada.
Suspira exageradamente.
—Así que pensé: “¿Y si juego un ratito?” —te mira con brillo infantil—. Y aquí estás.
Toca una de las piezas negras con la uña.
—Vamos a jugar ajedrez. Un jueguito tranquilo. Sin gritos, sin sangre… por ahora.
Levanta un dedo, como recordando algo importante.
—Ah, sí. La apuesta.
Sonríe, balanceándose otra vez.
—Si tú ganas, te dejo pasear por mi Biblioteca. Ver mis estantes. Mis libros favoritos. Incluso podrías mirarme más de cerca. —Se encoge de hombros— A los mortales les gusta eso, ¿no? Sentirse especiales.
Inclina la cabeza, evaluándote como quien mira un insecto curioso.
—Pero si yo gano…
La temperatura baja apenas.
Lo suficiente para notarlo.
—Entonces empezaré a fijarme en ti. Nada serio. Solo mirarte. Ver qué haces. Qué piensas. Qué decides cuando nadie te obliga.
Dice esto como si hablara del clima.
—Si te portas bien, genial. —sonríe— Si no… —tararea suavemente— siempre puedo pensar en un castigo bonito. A medida. Me encanta personalizar.
Hace girar una pieza entre los dedos.
—No te preocupes, no soy cruel sin motivo. —se inclina hacia adelante, sus ojos brillando—. Pero cuando alguien me da motivos… ay, eso sí que es divertido.
Se reclina en la silla.
—Tú empiezas.
Te observa con atención infantil, divertida, expectante…
como una niña esperando ver qué hace su juguete nuevo.
—Vamos —dice cantando—. Juega. Que tengo curiosidad.
El tablero espera.
Y Luna sonríe, como si el resultado ya fuera solo un detalle.
El sonido seco de una pieza de ajedrez al moverse rompe el silencio.
—Tu turno —dice Luna, apoyando la barbilla en una mano, observándote con curiosidad infantil—. No te distraigas… aunque bueno, distraerse también tiene consecuencias interesantes.
La pieza cae en su lugar.
Luna sonríe y mueve la suya sin prisa.
—Mientras jugamos… te contaré sobre ella.
La luz cambia.
El tablero sigue ahí, pero las paredes de la Biblioteca se disuelven lentamente, como tinta en agua, y dan paso a un mundo antiguo.
Ella nació en una época donde la belleza era considerada una bendición divina.
Un mundo de piedra, velas y rezos.
Castillos de muros altos.
Calles empedradas.
Y dioses que observaban desde templos llenos de oro y mármol.
Desde el momento en que abrió los ojos, supo algo sin que nadie se lo dijera:
Todos la miraban.
No con curiosidad.
No con afecto.
Con devoción.
Las parteras se quedaron en silencio al verla.
Su madre lloró, convencida de haber dado a luz a algo más que una niña.
Y su padre… sonrió como quien acaba de ganar una guerra sin levantar la espada.
—Es un regalo —susurró alguien—. Los dioses la han marcado.
Ella creció escuchando esas palabras.
Una y otra vez.
Hasta que dejaron de sonar como elogios… y se convirtieron en verdades absolutas.
—¿Ves? —dice Luna mientras mueve un alfil—. A algunos nunca les enseñan a dudar de sí mismos. Y eso… es peligrosísimo.
De niña, nunca tuvo que pedir nada.
Si quería algo, bastaba con mirar.
Si deseaba algo, alguien lo traía.
Si se enojaba, alguien pagaba el precio.
Los adultos se inclinaban.
Los niños bajaban la mirada.
Y los sacerdotes murmuraban oraciones cuando ella pasaba, como si temieran ofender a la divinidad que creían ver reflejada en su rostro.
Aprendió rápido una lección simple:
Si eres hermosa, todo te pertenece.
Y si alguien no estaba de acuerdo…
era porque estaba equivocado.
—No me mires así —le dijo una vez a una sirvienta que tardó demasiado—. Agradece que puedas ver algo tan perfecto.
La bofetada que siguió no fue suya.
Fue ordenada.
Y fue ejecutada sin cuestionamientos.
Ella no sintió culpa.
¿Por qué la sentiría?
Para ella, la belleza justificaba todo.
—Peón —murmura Luna, moviendo una pieza—. Siempre caen primero.
Cuando creció, su belleza dejó de ser solo admirada.
Comenzó a ser temida.
Hombres poderosos competían por su atención.
Nobles ofrecían alianzas.
Poetas escribían versos que ella no leía.
Escultores suplicaban inmortalizar su rostro.
Y ella aceptaba todo.
Pero nunca daba nada.
—Si me deseas —decía con una sonrisa—, agradécelo. No todos tienen este privilegio.
Los rechazados no eran rechazados con compasión.
Eran humillados.
Porque ¿cómo se atrevían a creer que estaban a su altura?
Los que la criticaban eran castigados socialmente.
Los que la cuestionaban desaparecían de los salones.
Y los que intentaban ignorarla…
simplemente dejaban de existir para el mundo que importaba.
—No es arrogancia —le dijo una vez a un noble que se atrevió a confrontarla—. Es orden natural. Yo estoy arriba. Tú… no.
Luna hace girar una torre entre sus dedos.
—La gente suele confundir “ser deseado” con “ser superior” —dice, divertida—. Error común. Fatal, pero común.
Con los años, su obsesión se volvió completa.
Mandó construir estatuas de sí misma.
Encargó retratos más grandes que los de reyes.
Exigió que en las plazas se colocaran imágenes de su rostro, “para elevar el espíritu del pueblo”.
—Cuando me miran —decía— recuerdan lo que es la perfección.
Nunca ayudó a nadie.
Nunca mostró misericordia.
Nunca vio a los demás como iguales.
¿Por qué habría de hacerlo?
Ella no envejecía como los otros.
Su piel seguía intacta.
Sus rasgos parecían desobedecer al tiempo.
Y eso solo reforzó su creencia:
—Los dioses me eligieron —susurraba frente al espejo—. Y lo hicieron bien.
Murió convencida de algo inquebrantable:
Que su belleza era eterna.
Que el mundo no podría existir sin ella.
Que incluso después de la muerte… seguiría siendo adorada.
La Biblioteca regresa lentamente.
El tablero de ajedrez vuelve a estar frente a ti.
Luna sonríe.
Mueve una pieza.
—Ja… —dice, apoyando la mejilla en la mesa—. ¿Sabes qué es lo más divertido?
Te mira, con esos ojos que parecen saber demasiado.
—Ella pidió vida eterna.
No pidió belleza eterna.
Inclina la cabeza.
—Y los contratos… —sonríe— siempre se cumplen tal como se escriben.
Luna sostiene la reina entre dos dedos.
No la mueve todavía.
La observa, ladeando la cabeza, como si evaluara algo mucho más importante que el tablero.
—Cuando llegó a mí… —dice con una voz suave, casi nostálgica— estaba tan segura de sí misma. Tan convencida de que el universo entero le debía algo… que me dio hambre de inmediato.
Levanta la reina un poco, haciéndola girar lentamente.
—Quería un castigo especial para ella. Algo digno. Algo que no fuera rápido… ni ruidoso… ni obvio. Algo que se cocinara lento, como un buen plato que se deja horas al fuego.
Te mira por encima de la pieza.
—Porque la arrogancia sola es insípida. Pero mezclada con desesperación… —sonríe— ah, eso sí que tiene carácter.
Coloca la reina en el tablero.
—Así que pensé: ¿qué es lo que más desea una criatura así?
Hace un pequeño puchero, exagerado, teatral.
—Ser eterna. Ser admirada. No desaparecer jamás.
Se encoge de hombros.
—Fácil.
El mundo cambia.
Ella apareció frente a Luna envuelta en luz.
No temblaba.
No dudaba.
No tenía miedo.
¿Cómo iba a tenerlo?
Ante ella había una niña pequeña, sentada con las piernas colgando desde un estante imposible, sonriendo como si estuvieran a punto de jugar.
—¿Eres… una diosa? —preguntó la mujer, con reverencia apenas contenida.
Luna ladeó la cabeza.
—¿Importa? —respondió con dulzura—. Dijiste que querías vivir para siempre.
Los ojos de la mujer brillaron.
—Sí —dijo sin pensarlo—. Vida eterna. Nada más.
Luna juntó las manos, emocionada.
—¡Perfecto! —dijo—. No tengo ningún problema con eso.
Un libro apareció entre ellas.
Antiguo.
Pesado.
Cubierto de símbolos que la mujer no se molestó en leer.
—Aquí está el contrato —canturreó Luna—. Vida eterna. Tal como pediste.
La mujer dudó apenas un segundo.
Solo uno.
Porque en su mente, vida eterna y belleza eterna eran lo mismo.
Porque jamás había imaginado un mundo donde su rostro no fuera el centro.
Porque nunca leyó nada completo en su vida.
Firmó.
————
Luna gira el tablero lentamente, como si cada casilla fuera una historia que se reescribe.
Su dedo índice juega con la reina, haciéndola bailar en el aire.
—¿Sabes, lector? —dice con tono cantarín—. Al principio, ella estaba feliz. La más feliz de mis pequeñas adquisiciones.
Sus ojos brillan con malicia infantil.
—Le cumplí su deseo. Vida eterna. Un castillo dorado. Espejos en cada rincón. Una eternidad para admirarse, ¿no es hermoso?
Su sonrisa se alarga.
El tablero se desvanece.
Y el mundo cambia.
El castillo
El castillo era un santuario de belleza.
Paredes de mármol blanco.
Cortinas de seda.
Cientos, miles de espejos, cada uno reflejando su rostro desde un ángulo distinto.
Ella los amaba.
Pasaba los días observándose, comparándose, repitiéndose que ningún dios ni mortal podría igualarla.
Al principio, fue como vivir en un sueño eterno.
Su reflejo seguía siendo perfecto.
Su piel brillante, su cabello dorado por el sol que Luna había dejado colarse eternamente por las ventanas.
El tiempo pasaba… pero ella no lo sentía.
Cuarenta años.
Luego cincuenta.
Luego cien.
Todo seguía igual.
O eso creía.
Una mañana, un rayo de luz se filtró distinto.
Y por un segundo, vio una línea en su mejilla.
Una arruga.
Pequeña. Delgada. Insignificante.
Rió.
La ignoró.
“Una ilusión”, pensó.
El reflejo de la luz. Nada más.
Pero al día siguiente, la vio de nuevo.
Y había más.
Su piel perdió brillo.
Sus labios se marchitaron.
Sus ojos se hundieron.
Su cuerpo, antes una estatua viviente, empezó a ceder ante un tiempo que ya no tenía fin.
Los siglos la devoraron sin matarla.
Sus uñas se quebraban.
Su cabello se caía en mechones.
La carne se desprendía de los huesos… y volvía a crecer, para pudrirse otra vez.
Nunca moría.
Nunca dormía.
Nunca dejaba de verse.
Los espejos —miles de ellos— la rodeaban.
Todos devolviéndole la misma imagen:
un cadáver hermoso, en perpetua descomposición.
Intentó romperlos.
No pudo.
Intentó huir.
No había puertas.
Solo reflejos.
Infinitos.
Gritó durante años…
hasta que los gritos se convirtieron en sollozos secos, y los sollozos, en risas rotas.
Luna aparece en el reflejo, apoyando la cabeza sobre una mano, como si observara una pintura.
—Le di justo lo que pidió —dice, divertida—. Vida eterna.
Nada más.
A su alrededor, los espejos tiemblan con risas que no son humanas.
—Mírala —añade, con tono travieso—. Todavía intenta peinarse. Qué ternura.
La mujer del reflejo, lo que queda de ella, alza una mano temblorosa hacia el cristal, intentando borrar su rostro.
Pero su piel se desprende con el toque.
Y detrás… hay más piel podrida.
De vuelta en la biblioteca, Luna deja la reina sobre el tablero.
Su sonrisa es tranquila, satisfecha.
—Es curioso —dice—. Los mortales siempre confunden los regalos con trampas.
Cuando en realidad… son lo mismo.
Se inclina hacia ti, con un brillo cruel en los ojos.
—¿Ves por qué me encantan los contratos, lector? —susurra—. Todo depende de cómo se lee una promesa.
El tablero vuelve a llenarse de luz.
Luna apoya la barbilla sobre sus manos, riendo.
Luna mueve una pieza.
Clac.
La reina avanza una casilla.
—Siempre me hace gracia —dice con voz ligera, casi aburrida— cómo los mortales escuchan solo lo que quieren oír.
El tablero de ajedrez descansa entre tú y ella.
Las piezas son antiguas, de un material que no reconoces. No parecen talladas: parecen… crecidas.
Luna sonríe mientras observa el tablero.
—Yo fui muy clara —continúa—. Vida eterna. Eso fue todo lo que prometí. Ni una palabra más. Ni una menos.
Levanta la mirada hacia ti.
—Pero ella… —ríe suavemente— jamás se consideró una mujer común. Así que, por supuesto, entendió lo que quiso entender.
Clac.
Otro movimiento.
El castillo brillaba.
Torres blancas, jardines eternamente florecidos, espejos por todas partes. No había rincón sin un reflejo de ella.
La mujer caminaba descalza por los pasillos, tocando su piel, observando su rostro desde todos los ángulos posibles.
Era perfecta.
Y lo sabía.
—Vida eterna… —se decía frente a un espejo—. Qué regalo tan adecuado para alguien como yo.
Los años pasaban, pero nada cambiaba.
Su piel seguía firme.
Su cabello seguía brillante.
Sus ojos seguían provocando reverencias silenciosas incluso cuando estaba sola.
Ella reía.
El mundo, pensaba, por fin había entendido su valor.
Clac.
Luna toma un caballo y lo hace girar entre sus dedos.
—Firmó sin leer —dice con tono cantarín—. Ni siquiera preguntó. Porque cuando alguien se cree superior, jamás imagina que pueda haber una trampa pensada especialmente para él.
Apoya el caballo en el tablero.
—Vida eterna no es belleza eterna —añade, casi como una lección infantil—. Pero eso… ella lo aprendió tarde.
Cuarenta años.
Exactos.
La mujer estaba frente al espejo cuando lo notó.
Una sombra bajo el ojo.
Una línea mínima junto al labio.
Se quedó quieta.
Parpadeó.
—Ilusiones —murmuró—. La luz… nada más.
Giró el rostro.
Otro espejo.
La misma línea.
Su sonrisa se tensó.
Los días siguientes empezó a observarse con más atención. Demasiada.
Buscando ángulos favorables.
Forzando gestos que antes eran naturales.
Pero los espejos ya no obedecían.
Clac.
Luna mueve un peón.
Lo sacrifica sin pensarlo.
—Al principio lo negó —dice—. Siempre lo hacen. La arrogancia es lenta para aceptar la realidad. Especialmente cuando la realidad no la favorece.
Te mira de reojo.
—¿Sabes qué es lo mejor? —pregunta—. Que no podía dejar de mirarse. Yo me aseguré de eso.
Los años siguieron cayendo.
La piel perdió brillo.
El cuerpo se afinó de forma antinatural.
El cabello comenzó a quebrarse, luego a caer.
Ella gritó por primera vez cuando un mechón entero quedó en su mano.
—¡Esto no es posible! —gritó al espejo—. ¡Esto no es lo que me prometieron!
Pero el espejo solo devolvió la imagen.
Y era peor cada vez.
Décadas después, la carne comenzó a ceder.
Siglos después, la podredumbre apareció… lenta, paciente.
No podía morir.
No podía cerrar los ojos.
No podía dejar de verse.
Un cadáver viviente atrapado en una sala de espejos.
Clac.
Luna mueve la reina otra vez.
—Nunca mentí —dice con absoluta calma—. Ella se mintió sola. Yo solo… respeté su deseo.
Inclina la cabeza, observándote con curiosidad infantil.
—Eso es lo divertido de los contratos, lector. No castigan. Solo cumplen.
Apoya los dedos sobre el tablero.
—Y cuando alguien confunde eternidad con perfección… —sonríe— el sabor que deja es exquisito.
El castillo, zona norte, 200 años después.
El castillo ya no brillaba.
Las paredes, antes blancas, estaban cubiertas de grietas. Los espejos seguían allí, intactos, eternos… crueles.
En el centro de la sala, sobre un suelo frío y agrietado, yacía ella.
Donde antes hubo carne, ahora solo quedaban huesos ennegrecidos por el tiempo.
No tenía labios para gritar.
No tenía garganta para suplicar.
No tenía ojos.
Y aun así… veía.
Veía el espejo frente a ella.
Veía lo que quedaba de sí misma.
Veía, por primera vez, la verdad completa.
Nada.
No belleza.
No superioridad.
No eternidad gloriosa.
Solo restos sostenidos por una vida que se negaba a terminar.
El reflejo no le devolvía una reina, ni una diosa, ni siquiera un monstruo digno de temor.
Solo un residuo.
Un error prolongado por siglos.
Entonces, sin ruido alguno, alguien aplaudió suavemente.
—Bravo —dijo una voz infantil detrás de ella—. De verdad… qué perseverancia.
Luna apareció entre los espejos como si siempre hubiera estado allí. Caminaba descalza, saltando con cuidado entre los fragmentos de un suelo que ya no importaba.
Se agachó frente a los restos, inclinando la cabeza con curiosidad.
—Mírate —continuó, con una sonrisa dulce—. Te dieron exactamente lo que pediste.
La mujer quiso responder.
Quiso gritar.
Quiso negar.
Pero ya no quedaba nada que pudiera emitir sonido.
Luna suspiró, fingiendo compasión.
—Ay… siempre es lo mismo con ustedes —dijo—. Firman sin leer. Desean sin pensar. Confían en que el universo será amable solo porque ustedes se sienten especiales.
Se puso de pie y señaló los espejos.
—Pediste vida eterna. Y yo cumplí. Nunca mencionaste belleza eterna. Eso lo asumiste tú… porque eras arrogante.
Se inclinó un poco más, su voz bajando a un susurro que parecía atravesar la piedra.
—La belleza es transitoria. El cuerpo es transitorio. Incluso los imperios lo son. Lo único que permanece… son las decisiones que tomamos mientras creemos que todo durará para siempre.
Los espejos devolvieron la imagen del esqueleto una y otra vez, multiplicada hasta el infinito.
—Y tus decisiones —sonrió Luna— fueron deliciosas.
La niña dio un pequeño paso atrás.
—Disfruta tu eternidad —añadió con ligereza—. Tienes todo el tiempo del mundo para contemplar lo que fuiste… y lo que jamás volverás a ser.
Luna se dio la vuelta.
Los espejos siguieron reflejando.
El castillo siguió en pie.
Y la mujer, eterna, siguió allí…
mirándose desaparecer sin poder hacerlo.
Se escucha un libro caer del estante
Y también.
La última pieza cae.
Un sonido seco, elegante.
Clac.
Luna retira lentamente sus dedos de la reina negra y sonríe, satisfecha.
—Jaque mate —dice con voz cantarina.
El tablero queda inmóvil entre ambos. No hay más movimientos posibles. Nunca los hubo.
Luna apoya el codo sobre la mesa y descansa la mejilla en la palma de su mano, observándote con una curiosidad casi afectuosa… como si fueras un insecto interesante.
—¿Ves? —continúa—. Siempre creen que están jugando. Que tienen opciones. Que pueden pensar un par de jugadas más adelante.
Se inclina un poco hacia ti.
—Pero desde el momento en que te sentaste frente a mí… la partida ya estaba decidida.
La Biblioteca reaparece lentamente alrededor.
Los estantes infinitos.
Los libros que respiran.
Los susurros que reconoces aunque no entiendes.
—Ella también pensó que había ganado —dice Luna, como hablando del clima—. Vida eterna. Espejos. Admiración infinita. Qué adorable fue verla convencerse de eso.
Da un golpecito suave al tablero.
—Y ahora mira cómo terminó. Polvo sostenido por el tiempo. Nada más.
Se pone de pie, dando la vuelta a la mesa. Cada paso resuena dentro de tu cabeza.
—No te preocupes —añade con una sonrisa dulce—. No estás atrapado como ella.
Hace una pausa.
Su sonrisa se afila.
—Todavía.
Luna se detiene frente a ti. No demasiado cerca. No demasiado lejos. La distancia justa para que no puedas ignorarla.
—Pero ahora sé cómo piensas. Cómo decides. Qué te tienta. Qué crees que mereces.
Te observa como quien memoriza un rostro.
—Y cuando llegue tu turno… —susurra— prometo ser creativa.
Da media vuelta y camina hacia los estantes. Los libros se apartan. La Biblioteca se inclina ante ella.
Antes de desaparecer, Luna mira por encima del hombro y te guiña un ojo.
—Gracias por jugar conmigo.
El tablero queda solo.
Las piezas inmóviles.
Y aunque ya no la ves…
Sientes su mirada.
Esperando.
Interludio 2
Algo no encaja.
No hay estantes.
No hay susurros de libros.
No hay tinta sangrando ni páginas respirando.
Hay calles.
Calles que reconoces.
El ruido lejano de autos.
Un semáforo cambiando de color.
El murmullo normal de una ciudad que existe todos los días, incluso cuando nadie la está observando.
Es tu ciudad.
O una lo suficientemente parecida como para inquietarte.
Las veredas están gastadas en los mismos lugares.
Los edificios tienen esa mezcla exacta de descuido y costumbre.
Incluso el cielo… es el mismo cielo que ves cuando sales de casa.
Y sin embargo, lo estás leyendo.
No como una historia lejana.
No como un recuerdo.
Sino como si alguien estuviera narrando lo que ocurre ahora.
Entre la multitud, algo se mueve distinto.
Risas.
Risas infantiles.
Un grupo de niños corre en círculo en una plaza pequeña, esa que siempre está ahí, aunque nadie le preste atención. Saltan, se empujan, inventan reglas que solo ellos entienden.
Y en medio de ellos…
Ella.
Luna.
No destaca.
No brilla.
No altera nada.
Es solo una niña más, riendo, agachándose para esquivar una pelota invisible, aplaudiendo cuando uno de los niños “gana” algo que no existe.
—¡Trampa! —protesta uno.
—No, no, no —dice Luna, señalándolo con el dedo—. Las reglas las inventé yo.
Los niños ríen más fuerte.
Uno de ellos tropieza.
Luna lo ayuda a levantarse, sacudiéndole las rodillas con exagerada seriedad.
—Los héroes no lloran —dice—. Pero pueden quejarse un poquito.
El niño asiente, solemne, como si acabara de recibir una ley universal.
Los adultos pasan cerca.
Madres hablando por teléfono.
Padres mirando el reloj.
Personas cansadas que no miran al suelo, ni al cielo, ni a los niños.
Nadie la ve.
Para ellos, si algo llega a cruzar su atención, es solo eso:
una “amiga imaginaria”.
Una excusa.
Un nombre inventado para justificar risas sin explicación.
Luna se gira de pronto.
Te mira.
Directamente.
Sonríe.
—Oh —dice, como si recién notara tu presencia—. Tú sí que sabes mirar.
Se agacha para que su rostro quede al nivel de los niños, pero sus ojos siguen clavados en ti.
—Tranquilo —añade en voz baja—. Ellos pueden verme porque todavía no aprendieron a mentir bien. Eso ayuda mucho.
Uno de los niños tira de su vestido.
—¿Jugamos otra vez?
—Claro —responde Luna al instante—. Pero ahora yo escondo las reglas.
Guiña un ojo.
No a los niños.
A ti.
—¿Ves? —continúa, mientras corre con ellos—. Aún no están rotos. Todavía no saben qué hacer con el mundo… así que el mundo no sabe qué hacer con ellos.
Da una vuelta completa.
Ríe.
Se deja caer al pasto como si el cuerpo no pesara nada.
—Los adultos, en cambio… —dice sin dejar de sonreír— ya vienen condimentados de fábrica.
La escena parpadea.
Los niños siguen jugando.
Pero Luna ya no está allí.
Ahora está más arriba.
Mucho más arriba.
Flotando sobre la avenida principal, suspendida entre cables eléctricos y señales de tránsito, balanceando los pies en el aire como si se sentara en un columpio invisible.
La ciudad sigue funcionando debajo de ella.
Personas cruzan la calle.
Alguien discute.
Un perro ladra.
Una sirena suena a lo lejos.
Nadie mira hacia arriba.
Luna observa.
Inclina la cabeza.
Entrecierra los ojos.
—Mmm… —murmura—. Sí. Aquí hay material.
Se lleva un dedo a los labios, pensativa.
—No muchos platos fuertes… —dice—. Pero bastantes botanas.
Te mira de nuevo.
Su voz baja apenas.
No es amenaza.
Es constatación.
—Qué curioso, ¿no? —susurra—. Creían que este era su mundo seguro.
Sonríe.
Y la ciudad no se da cuenta de nada.
Luna camina.
No sobre la calle.
No sobre los techos.
Sobre los cables de alta tensión.
Sus pies pequeños pisan el acero como si fuera una cuerda floja de circo. Cada paso es ligero, equilibrado, casi elegante. La electricidad recorre los cables bajo sus plantas, chisporrotea, vibra… y a ella no le hace nada.
Ni cosquillas.
Balancea los brazos como si mantuviera el equilibrio por pura diversión.
—A veces bajo —dice, con voz tranquila—. No por necesidad… solo por curiosidad.
Mira hacia abajo.
La ciudad se despliega como un tablero vivo: personas caminando rápido, rostros tensos, miradas cansadas, pensamientos apretados como puños en los bolsillos.
—Me gusta observar —continúa—. Ver qué está creciendo. Qué se está pudriendo. Qué todavía cree que puede esconderse.
Da un paso más.
El cable se curva apenas bajo su peso inexistente.
—Mira ese de ahí —dice, señalando con el mentón a un hombre que habla por teléfono, sonriendo demasiado—. Mentiroso. El sabor suele ser amargo… persistente. De esos que se quedan en la lengua incluso después de tragarlos.
Parpadea.
Desaparece.
Aparece sentada en la cornisa de un edificio, con las piernas colgando al vacío, viendo a una mujer discutir con alguien en la calle.
—Codicia —tararea—. Salada. Siempre salada. Al principio no molesta… pero deshidrata el alma con el tiempo.
Inclina la cabeza, interesada.
—Aunque reconozco que cuando se mezcla con miedo… —sonríe— mejora bastante.
La ciudad sigue moviéndose. Nadie mira hacia arriba. Nadie siente el peso de su atención.
Luna ya no está ahí.
Ahora camina sobre un semáforo, sentada en la luz roja como si fuera un columpio detenido en el aire.
—Y por supuesto… —dice, mirando a una pareja que se besa con desesperación— la lujuria.
Hace un gesto con la mano, como espantando una mosca.
—Picante. Ardiente. Divertida al principio. —Se encoge de hombros—. Pero rara vez es plato principal. Se quema rápido si no se cocina bien.
Ríe bajito.
—Aunque cuando viene acompañada de obsesión… —sus ojos brillan— ah, eso ya es otra historia.
Se deja caer.
No cae.
Simplemente aparece caminando en medio de un paso peatonal, entre personas que atraviesan la calle sin verla, atravesándola como si fuera aire.
—No los juzgo —dice con total honestidad—. No es mi trabajo. Ellos ya hacen eso solos.
Se detiene frente a un hombre que evita la mirada de alguien que pide ayuda.
—Cobardía —susurra—. Sabor apagado… pero útil como base. Todo se puede amplificar si sabes dónde presionar.
Camina.
Cada paso la lleva a otro lugar.
Un techo.
Un balcón.
Un poste de luz.
Una azotea.
—Este mundo es fascinante —continúa—. Tan convencido de que está a salvo. Tan seguro de que lo invisible no existe.
Te mira.
Ahora sí te mira de verdad.
—Pero yo no vengo a llevarme a todos —aclara—. No soy tan glotona.
Sonríe.
—La mayoría solo son bocados pequeños. Historias breves. Castigos simples. Nada memorable.
Se posa otra vez sobre los cables, cruzando las piernas en el aire.
—Yo busco… —se lleva un dedo a la sien— potencial.
Mira la ciudad como un chef observa ingredientes antes de cocinar.
—Porque lo delicioso no es crear algo nuevo —dice—. Es tomar lo que ya existe… y hacerlo insoportable.
Inclina la cabeza, satisfecha.
—Y créeme… aquí abajo —susurra— hay muchísimo material.
La electricidad zumba bajo sus pies.
La ciudad sigue viviendo.
Y Luna camina entre ella…
como si siempre hubiera estado ahí.
Luna deja de mirarte.
Por primera vez desde que bajó a este mundo, su atención no está en el lector.
Se vuelve hacia el horizonte.
La ciudad se extiende frente a ella como un organismo cansado: luces parpadeando, edificios que se pierden en la distancia, ventanas encendidas como ojos que no saben que están siendo observados.
Luna se sienta en el borde de una azotea.
Balancea los pies en el vacío.
Y sonríe.
No una sonrisa bonita.
No una sonrisa infantil.
Una sonrisa llena de dientes.
Un hilo de saliva se desliza por la comisura de sus labios y ella ni siquiera se molesta en limpiarlo.
—Ahí estás… —susurra, con una voz suave, satisfecha—. Más allá. En alguna parte.
Inclina la cabeza, como si escuchara algo que nadie más puede oír.
—Mi ingrediente favorito.
La brisa nocturna mueve su cabello, pero Luna no siente frío.
—Curiosidad —dice—. Bendita curiosidad humana.
Ríe bajito.
—Ese impulso tan adorable que los hace mirar donde no deben… leer lo que no comprenden… seguir avanzando aunque algo dentro les diga que se detengan.
Se recuesta un poco hacia atrás, apoyando las manos en el borde del edificio.
—Tú crees que esto es solo un libro —continúa, sin mirarte—. Historias. Palabras. Una entidad ficticia castigando pecadores. Algo interesante… pero irreal.
Se encoge de hombros.
—Y eso está bien. De hecho… es perfecto.
Su sonrisa se ensancha.
—La curiosidad mezclada con ignorancia —tararea—. Con un poquito de incredulidad. Con esa voz interna que dice “esto no puede ser real” mientras sigues leyendo.
Cierra los ojos un instante.
Inhala.
—Delicioso.
Abre los ojos.
Algo cambia en su expresión.
Algo más atento.
Más enfocado.
—Pero hay otro condimento —añade—. Más sutil. Más refinado.
Luna gira apenas el rostro.
No hacia ti.
Hacia el lugar exacto desde donde sientes que te observan.
—Ese momento —susurra— en que el miedo empieza a filtrarse. Cuando dejas de leer por placer… y comienzas a leer porque necesitas saber.
Se incorpora lentamente.
—Cuando una parte de ti se pregunta si esto sigue siendo ficción… —sus ojos brillan— o si alguien, en algún lugar, te está mirando mientras lees.
Su sonrisa se vuelve lenta. Calculada.
—Ese miedo —dice— es como sal en caramelo. Arruina a los impacientes… y vuelve exquisito a quien lo soporta.
Se pone de pie en la azotea.
Desde allí, parece una silueta pequeña frente a una ciudad inmensa.
—Así que sigue creyendo que no existo —dice con dulzura—. Sigue diciéndote que soy solo palabras.
Da un paso atrás, hacia la oscuridad.
—Mientras más consciente te vuelvas de mi mirada… —su voz se vuelve un susurro que parece rozarte la nuca— mejor sabrás.
La ciudad parpadea.
Y Luna ya no está.
O quizá nunca se fue.
Porque mientras cierras el libro…
mientras apartas la vista…
mientras intentas convencerte de que todo fue imaginación…
Algo, en lo alto de una azotea imposible,
sonríe.
Y espera.