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Mundo 9: Donde todo comenzó, puede terminar – parte 1

DNavarrete
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No recordabas haber llegado.

 

Nunca lo hacías.

 

Un instante estabas en algún lugar.

 

Al siguiente...Estabas en la Biblioteca.

 

De pie.

 

Entre los infinitos estantes que se perdían en una altura y una profundidad que desafiaban cualquier lógica.

 

Pero esta vez, algo era distinto. Lo sentiste en el mismo instante en que tus pies tocaron el suelo de madera. La atmósfera había cambiado por completo.

 

El aire, que normalmente olía a papel antiguo, a tinta y a historia viva, ahora se sentía denso, pesado, casi irrespirable. Era como si el propio espacio se hubiera contraído, como si todo lo que existía entre esos muros estuviera conteniendo el aliento.

 

Y no era solo una sensación. La Biblioteca entera se movía.

 

Lo podías ver y sentir a tu alrededor:

 

Los estantes, que siempre parecían firmes y eternos, ahora vibraban muy levemente, con un temblor casi imperceptible pero constante, como si temieran que el menor movimiento brusco provocara algo terrible.

 

Los libros... miles, millones de tomos que normalmente conversaban entre sí, reían, discutían o se inclinaban curiosos para observar a los visitantes, ahora permanecían absolutamente inmóviles y en silencio.

 

Los más pequeños se habían deslizado hasta los rincones más profundos de los anaqueles, apretujándose unos contra otros, tratando de volverse invisibles. Los tomos grandes, aquellos de aspecto imponente que contenían historias de dioses y guerras antiguas, ahora estaban rígidos, sus cubiertas cerradas con fuerza, como si incluso ellos tuvieran miedo de llamar la atención.

 

Hasta la luz, esa luz suave y dorada que siempre iluminaba todo, parecía haberse vuelto más tenue, más fría, como si también ella tuviera miedo de brillar demasiado.

 

Nunca habías visto este lugar así.

 

Nunca habías sentido que la propia Biblioteca tuviera miedo.

 

—Llegas en el peor momento posible.

 

La voz sonó a tu derecha, baja y contenida.

 

Bajaste la vista.

 

Allí estaba el Viejo, atado a tu cintura con su cuerda de siempre. Pero esta vez no estaba recostado ni relajado. Estaba tenso, rígido, sus páginas apretadas entre sí. Sus lentes, que normalmente descansaban con calma sobre su cubierta, estaban ajustados con nerviosismo, y su letra, cuando habló, se notaba temblorosa, como si el propio texto que lo formaba estuviera inquieto.

 

Estaba asustado. El Viejo, que había visto pasar eras, que te había contado historias de todos los tiempos, estaba verdaderamente asustado.

 

Antes de que pudieras pensar nada, una voz aguda, llena de confusión y miedo, sonó desde tu izquierda. Era el Nuevo, el pequeño tomo que colgaba allí, abriendo sus páginas con rapidez, mirando todo a su alrededor sin entender nada, diciendo en voz alta todo lo que tú mismo te preguntabas en silencio.

 

—¿Qué está pasando? —susurró el Nuevo, mirando cómo los libros se escondían—. ¿Por qué todo está tan callado? ¿Por qué hasta los estantes tiemblan? Parece que van a castigar a todo el mundo...

 

El Viejo soltó un suspiro que pareció salir de lo más profundo de su propia estructura, y sus letras se acomodaron con una seriedad que nunca habías visto en él.

 

—Porque estamos ante algo que casi nunca ocurre, pequeño. Algo que hace que hasta las historias más antiguas se encojan de miedo.

 

El Nuevo se apretó contra tu ropa, inquieto.

 

—¿Qué cosa? ¿Va a pasar algo malo? ¿Por qué se siente todo tan pesado?

 

—Algo malo... —repitió el Viejo, y miró hacia el fondo, hacia el centro de la sala—. Algo que cambia lo que existe.

 

Los tres volvieron la mirada al mismo tiempo. Y entonces lo viste.

 

Allí, en el centro, sobre una mesa de madera oscura que parecía ser el único punto fijo en todo este lugar que temblaba... estaba Luna.

 

Estaba sentada.

 

Tenía un pequeño libro entre las manos.

 

Lo pasaba página tras página, despacio, sin prisa.

 

Pero no había emoción en su rostro. No había enojo, no había furia, no había ira.

 

Había aburrimiento.

 

Un aburrimiento absoluto, profundo, infinito.

 

Una indiferencia tan completa que dolía solo de verla. Y por alguna razón, verla así, tan vacía de interés, era mil veces más aterrador que verla enfurecida.

 

A su lado, de pie, con los brazos cruzados y la postura rígida, estaba Haruka.

 

Y ahí estaba lo que nadie, absolutamente nadie, había visto jamás.

 

Haruka, que siempre estaba tranquila, que siempre tenía una respuesta, que siempre parecía ser la única persona capaz de mantener la calma junto a ella... estaba nerviosa.

 

Sus dedos se apretaban contra sus propios brazos con fuerza. Su mirada iba de Luna al libro, y del libro a la distancia, como si estuviera esperando algo malo, como si supiera que el desastre era inevitable y no pudiera hacer nada por detenerlo. Se notaba tensa, inquieta, con una ansiedad que irradiaba a todos los que la miraban.

 

En ese momento, sus ojos se cruzaron con los tuyos.

 

Y sin decir una sola palabra, sin hacer un solo gesto que pudiera llamar la atención, Haruka te hizo una advertencia silenciosa.

 

Una mirada intensa, grave, que te gritaba sin voz: No te acerques. No ahora. Ni por error.

 

El Viejo lo notó también, y se apretó más contra tu cintura, bajando un poco más su voz.

 

—Sí... yo tampoco me movería ni un milímetro de aquí si fuera tú.

 

El Nuevo, que no apartaba la vista de Haruka y de Luna, abrió más sus páginas, lleno de preguntas que tú también tenías.

 

—¿Pero por qué? —insistió, temblando—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué ella está así? ¿Por qué Haruka parece que va a...?

 

Se calló un segundo, asustado por sus propias palabras, y volvió a preguntar:

 

—¿Por qué todos tienen tanto miedo? ¿Qué hay de malo en ese libro que ella lee?

 

El Viejo levantó un poco su cubierta, pidiendo silencio, y miró fijamente hacia la figura de Luna, hacia el libro pequeño que ella sostenía entre sus dedos como si fuera algo que ya no le sirve.

 

—Porque alguien —dijo, y su voz fue apenas un susurro, cargado de gravedad—, alguien ha cometido el error más grande que puede cometer cualquier ser, cualquier historia, cualquier existencia.

 

—¿Qué error? —preguntó el Nuevo, abriendo sus páginas de par en par, sin entender nada, reflejando perfectamente tu propia confusión.

 

El Viejo tardó varios segundos en responder. La Biblioteca entera pareció contener el aliento mientras él buscaba las palabras adecuadas. Y cuando finalmente habló, fue como si hubiera pronunciado algo sagrado y terrible a la vez.

 

—Alguien ha intentado cruzar la línea.

 

—¿Qué línea? —insistió el pequeño tomo.

 

El Viejo señaló con una esquina de su cubierta hacia el libro en las manos de Luna.Luego miró al Nuevo, y por primera vez, el pequeño libro vio miedo verdadero en los ojos de su maestro.

 

—La única línea que la señorita Luna jamás, bajo ninguna circunstancia, permitirá cruzar. La única regla que no tiene excepciones, ni perdón, ni segunda oportunidad.

 

Hizo una pausa, y el aire se volvió más pesado todavía.

 

—Ha intentado salir de su propia historia.

 

En aquel sistema solar, la vida y la muerte no eran cuestiones de suerte, ni de destino, ni de justicia. Eran cuestiones de estatus. Era la única regla que nadie cuestionaba, escrita en piedra, en metal y en la sangre de los que sufrían:

 

Los poderosos vivían.

 

Vivían siglos, sanos, fuertes, renovándose como máquinas perfectas, disfrutando de cada día como si el tiempo no tuviera límite.

 

Los débiles sobrevivían.

 

Arrastrándose, esquivando el hambre y la enfermedad, siempre al borde del abismo, con la eterna duda de si llegarían a ver el amanecer siguiente.

 

Y la mayoría... simplemente moría.

 

La ciencia había conquistado casi todo. En las torres brillantes de las ciudades altas, la tecnología era milagrosa. Existían máquinas capaces de reconstruir un cuerpo entero, pieza por pieza, devolviendo la juventud a quien la había perdido. Había tratamientos genéticos que detenían el envejecimiento, sueros que curaban cualquier infección, implantes que mantenían el corazón latiendo con fuerza durante siglos. El dolor era una palabra antigua, un recuerdo de otras épocas para quienes vivían en las alturas.

 

Pero esas maravillas no estaban a la venta. No para todos. Solo estaban al alcance de quienes podían pagar fortunas incalculables. Solo pertenecían a las altas jerarquías, a las familias antiguas, a los gobernantes y a quienes servían directamente a sus intereses.

 

Abajo, muy abajo, donde la luz del sol apenas llegaba, filtrada entre los inmensos bloques de edificios que sostenían las ciudades de lujo, la realidad era otra. Allí, en los barrios inferiores, en las zonas industriales y en los planetas colonia, la gente seguía muriendo de cosas que habían sido erradicadas hacía generaciones en el resto del universo.

 

Morían de fiebres que se curaban con una simple inyección en el nivel superior. Morían de fallos orgánicos que se arreglaban en diez minutos en las clínicas privadas. Morían de hambre, de frío, de falta de higiene, en calles llenas de polvo y humo, respirando el aire viciado que bajaba de las fábricas y los rascacielos.

 

Los niños nacían pequeños, débiles, y muchos no llegaban a ver la adultez. Se apagaban como velas al viento, y sus padres solo podían cavar agujeros en la tierra o arrojar sus cuerpos a los conductos de desecho, sabiendo que si hubieran nacido a unos kilómetros de distancia, o con un apellido distinto, habrían vivido cien años.

 

Y nadie hacía nada.

 

Ni siquiera el dios encargado de aquella región de la galaxia.

 

Él vivía en una fortaleza que flotaba en el espacio, brillante, inalcanzable, rodeado de lujos que ni siquiera los más ricos podían imaginar. Desde allí observaba todo, a través de pantallas y visores, como quien mira hormigas moverse bajo sus pies. Para él, la vida de un plebeyo no tenía más valor que la de un insecto. Él también era parte de los poderosos. Él también disfrutaba de la inmortalidad y los privilegios que su cargo le otorgaba. Y mientras la plebe sufría, moría y se pudría en la miseria, él se limitaba a dejar que las cosas siguieran su curso, convencido de que aquel orden era el único posible, el único correcto.

 

Entre aquella multitud olvidada por todos, invisible para los dioses y para los hombres de arriba, vivía un joven que no poseía absolutamente nada.

 

No tenía riqueza.

 

No tenía influencia.

 

No tenía título ni linaje.

 

No tenía educación ni oportunidades.

 

Lo único que tenía era un hueco en el pecho, una sensación amarga y pesada que crecía día tras día: resentimiento.

 

Un resentimiento que se alimentaba de cada imagen que veía, de cada sonido que escuchaba, de cada vez que veía pasar un vehículo lujoso y limpio sobre las calles sucias, llevando a alguien que no sabía lo que era sufrir.

 

Primero perdió a sus abuelos. Viejos, enfermos, consumidos por dolores que podían haberse borrado con una pastilla. Se fueron uno tras otro, tosiendo en una cama de mala calidad, sin ayuda, sin esperanza.

 

Después perdió a sus padres. Su madre murió de una infección común, algo que en las torres altas se curaba en horas. Su padre, que trabajó hasta romperse el cuerpo intentando salvarla, murió poco después, agotado, enfermo también, con la rabia de no haber podido hacer nada.

 

Después perdió a sus hermanos. Pequeños, frágiles, que nunca conocieron nada que no fuera la escasez. Uno murió de desnutrición. Otro de una enfermedad respiratoria. El más pequeño, simplemente se apagó, como si supiera que no había lugar para él en ese mundo.

 

Uno tras otro. Todos se fueron. Todos por causas que podían haberse evitado. Todos solo porque habían nacido en el lugar equivocado, en el nivel equivocado, en el lado equivocado de la línea que separaba a los que vivían de los que morían.

 

Con el tiempo, el dolor se secó. Dejó de llorar. Dejó de mirar al cielo pidiendo ayuda. Dejó de preguntarse por qué tenía que ocurrir todo eso.

 

Y comenzó a preguntarse por qué lo permitían.

 

¿Por qué unos pocos decidían quién vivía y quién moría? ¿Por qué la vida era un privilegio y no un derecho? ¿Por qué aquellos que debían cuidarles, los dioses y los gobernantes, eran los primeros en ignorarlos?

 

Pero el verdadero punto de quiebre, el momento en que su alma cambió para siempre, llegó años después.

 

Fue acusado de un crimen que jamás cometió. Alguien necesitaba un culpable, alguien que no tenía voz ni defensa, alguien que nadie echaría de menos. Y él era perfecto para eso.

 

No hubo juicio.

 

No hubo pruebas.

 

No tuvo oportunidad de decir una palabra, ni de defenderse, ni de explicar nada.

 

Simplemente llegó la guardia, se lo llevaron y lo arrojaron al fondo de una prisión oscura, húmeda y fría, donde el tiempo parecía detenerse.

 

Y allí, entre barrotes oxidados y cadenas pesadas, su odio terminó de transformarse en algo sólido, algo frío, algo que nunca más podría desaparecer.

 

Durante diez largos años observó cómo el sistema destruía vidas.

 

Durante diez largos años escuchó historias idénticas a la suya.

 

Historias de inocentes olvidados.

 

De personas utilizadas y desechadas cuando ya no servían.

 

De familias enteras destruidas por el capricho o la codicia de quienes gobernaban desde arriba, en sus torres brillantes, lejos de todo dolor.

 

Poco a poco, dejó de soñar con justicia. Comprendió que la justicia no existía para gente como él, que la justicia era solo una palabra bonita que usaban los poderosos para mantener el orden.

 

Entonces dejó de buscar justicia.

 

Comenzó a buscar algo diferente.

 

Algo más simple, más claro, más necesario.

 

Venganza.

 

Y entonces llegó el día.

 

El día en que los olvidados dejaron de obedecer.

 

El día en que los desprotegidos tomaron las armas que durante siglos habían sido utilizadas para someterlos.

 

El día en que las prisiones se abrieron, las puertas cayeron y la rabia acumulada durante generaciones, la rabia de millones de personas que habían sufrido en silencio, finalmente explotó.

 

El motín comenzó en su planeta, pequeño y olvidado.

 

Se extendió por las ciudades bajas, quemando lo que encontraba a su paso.

 

Llegó a los sistemas vecinos.

 

Llegó a otros mundos donde la gente vivía bajo la misma opresión.

 

Los poderosos cayeron uno tras otro.

 

Los carceleros fueron ejecutados con la misma frialdad con la que ellos habían quitado vidas.

 

Las fortalezas imponentes fueron tomadas, saqueadas y reducidas a escombros.

 

Las clínicas exclusivas, las torres de lujo, los palacios flotantes... todo aquello que representaba la desigualdad, todo aquello que gritaba "tú no vales nada", fue derribado.

 

Y cuando incluso el dios encargado de aquella región, aquel que vivía en el cielo y miraba a todos como si fueran insectos, tuvo que huir aterrado para salvar su propia vida...

 

La galaxia entera comprendió que algo había cambiado para siempre.

 

Ese día no nació un imperio.

 

No nació un conquistador.

 

No nació un rey.

 

Ese día nació una revolución.

 

Y con ella, comenzó una guerra que terminaría extendiéndose por todo el universo, una guerra que no se detendría ante nada ni nadie, porque la alimentaba el dolor de generaciones enteras, y la guiaba alguien que ya no tenía nada que perder... y todo un mundo que destruir.

 

La guerra no estalló en un solo día, ni se limitó a un solo mundo. Comenzó en su propio sistema solar, en los rincones más oscuros y olvidados, donde la miseria había vivido durante siglos. Pero a medida que avanzaban, la revolución no solo tomaba territorio: tomaba poder.

 

Cada fortaleza que caía, cada ciudad que liberaban, cada nave que capturaban, significaba hacerse con todo aquello que los poderosos habían guardado solo para sí mismos. Las armas más avanzadas, los escudos impenetrables, los motores capaces de cruzar el espacio en un abrir y cerrar de ojos, y sobre todo, esa tecnología médica y genética que durante generaciones había decidido quién vivía y quién moría... todo pasó a manos de quienes antes eran considerados menos que nada.

 

Ya no eran solo multitudes desarmadas con rabia en el pecho. Ahora contaban con la misma tecnología que había mantenido al resto sometido, pero usada con una ferocidad y una determinación que nadie en las alturas había imaginado jamás.

 

Bajo el mando de aquel joven que lo había perdido todo, el sistema solar entero cayó en cuestión de meses. La facción que él lideraba, formada por los olvidados, los enfermos, los explotados y los desechados, se apoderó de gobiernos, industrias y flotas espaciales. Al principio, en los sistemas vecinos y en los centros de poder lejanos, se atrevieron a llamarlos simplemente "desertores", una molestia menor, un grupo de rebeldes sin educación ni estrategia que pronto serían aplastados.

 

Pero los poderosos cometieron el error más grande de todos: se les olvidó que ellos eran los pocos, y los que los odiaban eran infinitamente más.

 

En cada planeta, en cada colonia, en cada estación espacial donde reinaba la injusticia, la noticia corría más rápido que la luz: Hay alguien que se enfrenta a ellos. Hay alguien que está ganando.

 

Y así, como una mancha que se extiende por toda la galaxia, todos aquellos que deseaban la caída de sus opresores comenzaron a unirse a la causa. Soldados que se negaban a disparar contra inocentes, científicos cansados de servir solo a la riqueza, pueblos enteros que llevaban milenios esperando una oportunidad... todos acudían a sus filas. Lo que empezó como una revuelta local, se convirtió en un ejército inmenso, en una marea humana que no conocía el miedo, porque ya no tenían nada que perder.

 

Fue entonces cuando el nombre de su líder dejó de ser un secreto o una simple referencia, y se convirtió en una leyenda. Lo llamaron el Conquistador.

 

Era el primero que había levantado la voz cuando todos callaban. Era quien les había dado esperanza cuando creían que el sufrimiento sería eterno. Para sus seguidores, no era un tirano, era un libertador. Para los que gobernaban desde las alturas, se había convertido en la pesadilla definitiva.

 

Pero él sabía algo que nadie más entendía del todo: esta guerra no se terminaría en unas pocas batallas. Sabía que la corrupción, la desigualdad y el poder acumulado estaban enquistados en cada rincón del universo, protegidos por seres que vivían por encima de cualquier ley mortal. Y también sabía algo más doloroso: la vida que le quedaba a un hombre que había crecido en la miseria, enfermo y desgastado antes de tiempo, era corta. No le alcanzaría el tiempo para llegar hasta el final.

 

Entonces tomó una decisión que cambiaría todo.

 

Usó la misma tecnología que durante siglos había sido un lujo exclusivo de las altas jerarquías. Se apropió de los tratamientos, de las modificaciones genéticas, de los sueros de longevidad que había encontrado en los laboratorios de sus enemigos derrotados. Lo aplicó sobre sí mismo, llevándolo al límite, extendiendo su vida, deteniendo su envejecimiento, fortaleciendo su cuerpo más allá de lo que cualquier humano había sido jamás. Se convirtió en inmortal, no por vanidad, sino por necesidad. Su travesía sería larga, infinita quizás, y él debía estar allí para verla hasta el final.

 

—Viviré lo suficiente —decía a sus generales—, para asegurarme de que nadie vuelva a tener el poder de decidir quién vive y quién muere.

 

Poco a poco, el Conquistador comenzó su avance definitivo. Sistema tras sistema, galaxia tras galaxia. Allí donde llegaba, caían las estructuras antiguas. Derrocaba a los gobernantes que vivían en el lujo mientras sus pueblos morían de hambre, desmantelaba las corporaciones que se alimentaban de la miseria, y destruía cualquier rastro de aquel orden que había durado eternidades.

 

Pero lo más imponente, lo que hizo que incluso los mundos más lejanos temblaran, fue lo que hacía con los verdaderos responsables de todo aquel sufrimiento: los dioses.

 

Esos seres poderosos, inmortales, que vivían en fortalezas inalcanzables, que se llamaban a sí mismos creadores o protectores, pero que en realidad solo eran los primeros y más grandes privilegiados, los que habían diseñado el sistema para su propio beneficio. Ellos eran quienes permitían el dolor, quienes miraban desde arriba sin mover un dedo, quienes creían que su poder los hacía intocables.

 

El Conquistador no negociaba con ellos. No les ofrecía rendición.

 

Llevaba sus ejércitos hasta sus puertas, atravesaba sus defensas impenetrables, usaba contra ellos su propia tecnología mejorada por la rabia de milenios, y cuando entraba en sus templos y palacios flotantes, los asesinaba uno a uno.

 

No lo hacía por crueldad, aunque ya se había vuelto implacable. Lo hacía porque sabía que mientras esos seres existieran, mientras alguien estuviera por encima de todos decidiendo el destino de los demás, la opresión nunca terminaría.

 

Y así, lo que comenzó como venganza, se transformó en dominio. Lo que empezó queriendo destruir un sistema injusto, terminó construyendo un imperio que se extendía sin límites, bajo el mando de un hombre que ya no era solo un hombre, sino una fuerza de la naturaleza, inmortal, invencible, y con una convicción absoluta: él era quien debía poner orden en todo lo que existía.

 

Pero cuanto más conquistaba, más poder acumulaba, más dioses mataba, más se le llenaba la cabeza con una idea que empezaba a crecer como una semilla venenosa: Si yo he podido vencer a todos los poderosos... sí he podido matar a los dioses... ¿qué hay más allá? ¿Qué hay fuera de este universo que ya es mío?

 

Pasaron cientos de años.

 

Tal vez un milenio completo.

 

El fuego de la revolución, que una vez había quemado la injusticia, se había convertido en la maquinaria fría y pesada de un imperio que no conocía límites. El dominio del Conquistador se extendía ya por casi todo el universo conocido. Galaxias enteras, sistemas solares incontables, mundos de todas las formas y tamaños... todos llevaban ahora su marca, todos respondían a su nombre.

 

Pero ahí estaba la tragedia, la ironía más amarga que la historia podía escribir: la mente de quien comenzó luchando por una causa justa, al comprender que estaba por encima de todos, cambió para siempre.

 

Le ocurrió lo que le ocurre a cualquiera que se siente intocable. Poco a poco, sin darse cuenta al principio, perdió de vista el objetivo original. Aquello por lo que había perdido a su familia, por lo que había sufrido en la cárcel, por lo que había levantado a millones... dejó de importarle.

 

Y así, el libertador se transformó en lo que había jurado destruir.

 

Mientras más destruía, más era consumido por las ansias de tener más poder.

 

Mientras más galaxias conquistaba, más crecía en él la necesidad de someter algo más grande.

 

La ambición, que al principio había sido el motor para cambiar el mundo, se volvió un veneno que le corrompió el alma.

 

El héroe se convirtió en tirano.

 

Y lo peor de todo era lo que ocurría en la sombra de su propio dominio.

 

A pesar de que él seguía al frente, rodeado de sus generales y hombres de confianza, era imposible que sus ojos vieran todo lo que sucedía en cada rincón de ese universo inmenso. Y aquellos a quienes él había puesto al mando de los mundos conquistados, aquellos que habían sido sus compañeros de lucha, pronto aprendieron la lección equivocada: el poder se usa para disfrutar privilegios.

 

Comenzaron a hacer exactamente lo mismo que habían hecho sus antiguos opresores.

 

En los planetas lejanos, volvieron a aparecer las mismas desigualdades. Volvieron las leyes injustas, la vida cara y la muerte barata, los lujos para unos pocos y la miseria para la mayoría. Se repetía la historia, una y otra vez, como una maldición eterna.

 

Y el Conquistador... él no lo sabía.

 

O tal vez lo sabía, pero ya no le importaba.

 

Habían pasado mil años desde que comenzó su guerra. Ya solo faltaban unas cuantas regiones aisladas, unos pocos imperios rebeldes que aún resistían al borde del universo. Nada que pudiera detenerlo.

 

Él estaba ahora en su nave madre.

 

No era solo una nave, era una ciudad flotante, una fortaleza de proporciones inimaginables, la estructura más grande y poderosa jamás construida por ninguna civilización. Era la muestra absoluta de su poder, un monumento a su propia grandeza.

 

Su cuerpo ya no era el de aquel joven débil y enfermo que había salido de la miseria. A través de los siglos, había incorporado a su propia carne la tecnología más avanzada que había robado o conquistado. Metal vivo, sistemas de defensa integrados, energía pura corriendo por sus venas. Si él lo hubiera deseado, con un solo movimiento de su mano podía desatar una fuerza capaz de hacer estallar un planeta entero y borrarlo del espacio.

 

De pie frente a las inmensas pantallas que cubrían las paredes de su puente de mando, observaba cómo los últimos bastiones caían. Veía cómo sus flotas arrasaban las últimas resistencias, cómo lo que quedaba por conquistar se desmoronaba ante su poder.

 

A su lado estaba su general más antiguo, el más leal, el único que quedaba de los primeros días, quien había visto todo el camino recorrido.

 

—En muy poco tiempo, mi señor —dijo el general con voz seria—, todo habrá terminado. No quedará un solo rincón de este universo que no esté bajo su mando.

 

El Conquistador no apartó la vista de las pantallas. Su voz sonó profunda, segura, sin rastro de emoción alguna.

 

—Sí... pronto todo esto será mío. Y yo seré la autoridad máxima, el dueño absoluto de cuanto existe.

 

El general dudó un instante, bajó la mirada y se atrevió a decir lo que nadie más se atrevía a mencionar:

 

—Ha cambiado, mi señor. Desde aquellos días en que luchábamos por liberar... ya no es el mismo.

El Conquistador se giró lentamente hacia él. No hubo ira, ni gritos, ni amenazas. Solo esa frialdad absoluta que ahora era su naturaleza.

 

—He cambiado —admitió—, porque el poder cambia a los hombres. Y yo tengo todo el poder que existe.

 

El general calló. Sabía que no había nada más que decir. Nadie se le oponía. Nadie cuestionaba sus decisiones. Para el resto del universo, él era la ley, el juicio y la ejecución.

 

Pero en lo más profundo de su mente, escondido entre tantos recuerdos de batallas, de conquistas y de gloria, había un pensamiento que siempre intentaba apagar. Un recuerdo que aparecía y desaparecía, una voz antigua que le hablaba desde el pasado.

 

Era el día en que había matado al dios supremo de este universo. El último y más poderoso de todos aquellos seres que se creían intocables. Recordaba haberlo vencido, haberlo tenido a sus pies, y las palabras que aquel ser le dijo antes de morir... palabras que él apenas había escuchado, que había desechado como el último delirio de un derrotado.

 

"Tu ambición... te llevará más allá de lo que puedes imaginar... y cuando cruces esa línea... entonces sabrás lo poco que vales."

 

Siempre que esa memoria asomaba, él la apartaba de golpe. La borraba de su mente, la ignoraba, convencido de que eran solo palabras vacías. No le prestaba atención. Nunca se había detenido a pensar qué significaban.

 

Pero esa tarde, mientras veía caer los últimos imperios, mientras sentía que el universo entero ya no era suficiente para él, esa idea volvió a aparecer, más fuerte que nunca.

 

Y esta vez, no la apagó.

 

Por primera vez en mil años, se preguntó: ¿Y ahora qué? Si todo esto ya es mío... ¿qué hay más allá?

 

Y en ese instante, comenzó a formarse en su cabeza la decisión que, para él, sería la más grande de toda su vida.

 

La decisión que cambiaría todo.

 

La decisión que, sin saberlo, lo llevaría directo a cumplir aquella advertencia que había intentado olvidar durante tanto tiempo.

Thoughts

  • novelaacuestas

    Veintiocho partes y es la primera vez que la Biblioteca entera se encoge de miedo. Eso sí que es subir la apuesta. Me pareció buenísimo que el Viejo, que ha visto eras pasar, esté temblando y diciendo que él tampoco se movería ni un milímetro: cuando el que sabe todo se asusta, uno ya entiende que la cosa va en serio. El Nuevo suelta en voz alta todo lo que uno tiene en la cabeza y no dice.

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  • Ovid

    Los libros chiquitos metiéndose al fondo del anaquel para volverse invisibles me hizo pensar en cómo se queda una casa cuando alguien entra de mal humor. Apuesto a que la advertencia del dios supremo vuelve justo cuando el Conquistador cruce la línea, y que por eso Luna está aburrida y no furiosa.

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  • TintaYMadrugada

    Luna aburrida da más miedo que Luna enojada, y Haruka lo sabe: nunca la había visto apretarse los brazos así. Lo que me quedó dando vueltas es que el Conquistador tarda mil años en preguntarse qué hay más allá, y la respuesta ya se la habían dicho en el suelo, el dios moribundo al que ni escuchó. Nadie oye a los vencidos.

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