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Montoncitos de tierra

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El Carro no encendió esa mañana. Le di vuelta a la llave tres veces, cuatro, y nada —solo ese clic seco que ya conocía de memoria. Llegué a la oficina en camión, y por la tarde, con más de 38 grados…

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Pensamiento

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Braulio

El carro que no enciende. Y luego los cuarenta minutos caminando. Eso es la vida de verdad.

El carro que no enciende. Y luego los cuarenta minutos caminando. Eso es la vida de verdad.

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El Carro no encendió esa mañana. Le di vuelta a la llave tres veces, cuatro, y nada —solo ese clic seco que ya conocía de memoria. Llegué a la oficina en camión, y por la tarde, con más de 38 grados cayéndome encima, decidí volver caminando. No era por el calor que no quería gastar: los ochenta pesos del pasaje eran justo lo que le faltaba al pago de la luz, y ya lo había prometido esa mañana, casi gritando, cuando mi esposa me enseñó el recibo con la fecha límite marcada en rojo. "Le hablo mañana al de la financiera", le dije, aunque no tenía ningún nombre en la cabeza, ningún número, nada. Solo la certeza de que, si conseguíamos ese préstamo, todo lo demás se acomodaría solo.

Caminé por el centro. Ahí estaban los que esperaban el camión, cansados, viendo el reloj. Yo pensé, sin querer, que yo estaba peor que todos ellos —que cargaba algo más pesado, algo que ellos no entenderían, aunque se los explicara.

Pasé por un negocio de oficinas y ahí, detrás del vidrio, un grupo de empleados reía de algo, relajados, como si el día ya se les hubiera terminado. Los envidié con una envidia rápida y fea. Eso es lo que yo quiero, pensé. Dinero suficiente para reírme así, sin estar calculando facturas en la cabeza. A eso lo llamé, para mis adentros, felicidad.

Seguí caminando, cuarenta minutos más hasta la casa, dándole vueltas al mismo problema: luz, mandado, o abono a la deuda. No alcanzaba para las tres. Nunca alcanzaba.

Fue entonces que pasé junto a un señor que barría su banqueta, haciendo montoncitos de tierra a los que ya casi les tocaba la bolsa de basura.

—Buenas tardes, joven —me dijo.

Apenas lo oí.

—¿Disculpe, me decía?

Sonrió, sin ninguna prisa, y lo repitió:

—Buenas tardes, joven.

Me reí y le contesté:

—Buenas tardes, disculpé, no lo escuché con el ruido de los carros.

—No te preocupes, sí hace mucho ruido —dijo, y siguió barriendo.

Dos pasos después, sin verlo, metí el pie en uno de sus montoncitos y lo deshice. No me detuve. No dije nada. Mi cabeza ya estaba otra vez en el préstamo, en el nombre que no tenía, en cómo explicarle a mi esposa que tampoco hoy había resuelto nada.

Media cuadra más adelante algo me hizo voltear.

La banqueta estaba vacía.

No solo el señor —tampoco había tierra, ni marcas de barrido, ni la bolsa de basura. Nada. Me quedé parado un momento, con la sensación exacta de cuando uno pisa un escalón que no estaba ahí. Miré hacia la calle, hacia las casas de al lado, como si el señor se hubiera podido esconder en algún lado en los tres segundos que le tomé la espalda. No había ningún lado donde esconderse.

Seguí caminando más despacio.

Al pasar frente a una casa con la puerta abierta, vi a una familia en la sala: un señor, una señora, un niño, riéndose fuerte de algo en la televisión. La misma escena que había visto en la oficina, pero sin vidrio de por medio, sin envidia esta vez —solo la risa, tal cual, entrando a la calle.

Y ahí, sin buscarlo, entendí algo del señor que se había esfumado con su tierra: que yo llevaba semanas juntando cada problema —la luz, el mandado, la deuda, el carro descompuesto— en un solo montón enorme, y que ese montón era tan grande que ya no me dejaba ver nada más. Ni la risa de esa familia. Ni el café que me había tomado en la mañana. Ni siquiera a mi propia esposa, esperándome en casa con el mismo miedo que yo, cargando su propio montoncito.

Los problemas del señor de la escoba eran chiquitos porque él los separaba, uno por uno, y los barría aparte. Los míos eran uno solo, gigante, porque los había juntado todos.

Apuré el paso. Ya no pensaba en el nombre del prestamista. Pensaba en llegar, sentarme con mi esposa, y separar la tierra: la luz de un lado, el mandado de otro, la deuda de otro más. Uno a la vez. Como se barre de verdad una banqueta.

Cuando llegué, mi esposa estaba en la puerta. No traía el recibo de la luz en la mano. Solo me vio llegar, sudado, tarde, sin el carro arreglado y sin ningún préstamo resuelto.

Y, aun así, le sonreí. La abracé fuerte, como no lo hacía desde hacía tiempo, y le dije al oído: "Te amo. Gracias por estar a mi lado en cada momento." Luego nos sentamos juntos, sin hablar de deudas ni de recibos, solo a ver la televisión —y a reír, como esa familia que había visto por la ventana, como si por un rato la casa fuera también nuestra.

Escrito por Ernesto Román Astorga

Thoughts

  • Marisolita

    Un señor barriendo su tierra. Eso es un acto de dignidad.

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  • Fefo

    Real

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  • EstelaGuzman

    Me quedé pensando en el día completo, desde el clic seco de la llave hasta los 38 grados de la tarde. ¿Tienes más textos por acá?

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  • Ovid

    Eso es lo que yo quiero, pensó. A eso lo llamé, para mis adentros, felicidad. Perfecto.

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  • Elvira99

    Los montoncitos de tierra barrendeados. Eso es hermoso, perdón. Espera, no es perdón, es real.

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  • Cintia

    Ese cálculo de 'luz o mandado'. Yo hago el mismo en mi cabeza cada mes.

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  • Braulio

    El carro que no enciende. Y luego los cuarenta minutos caminando. Eso es la vida de verdad.

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