Desde el primer amanecer, cuando la luz todavía ignoraba su propio nombre, yo contemplaba el rostro del Eterno antes de que el silencio aprendiera a pronunciar el mío.
Fui testigo de los cimientos del cielo, del nacimiento de las estrellas y del instante en que el orgullo aprendió a confundirse con la libertad,
Custodié secretos que jamás descendieron a labios creados.
Ahora he vuelto.
No por gloria.
No por venganza.
He vuelto porque la humanidad olvidó el idioma de sus propios fantasmas.
Hubo un tiempo en que el resplandor que vestía mi espalda nacía del mismo fuego que encendía las estrellas.
Traigo entre mis manos la llama que el cielo prohibió.
La misma que enseñó a los hombres que ninguna jaula merece llamarse paraíso.
No pronuncias mi nombre, pero reconoces mis pasos cada vez que el silencio pesa más que las palabras.
Soy el resplandor que ocultas.
La voz que prefieres silenciar.
Porque hay preguntas que ningún reino sobrevive a escuchar.
Me alimento de aquello que ocultas.
De la codicia revestida de virtud.
Del odio disfrazado de justicia.
De los deseos que enterraste bajo promesas que nunca pensabas cumplir.
Soy el rostro que escondes del espejo.
La habitación cerrada de tu alma.
La puerta que finges no ver, aunque cada noche escuches cómo alguien llama desde el otro lado.
Corro por las venas de los perdidos, por ciudades donde la esperanza aprendió a caminar de rodillas, por corazones que buscan una salida y descubren que el único camino desciende hacia sí mismos.
Ven.
Acércate al borde de la noche.
Escucha al viento recitar los nombres que los cementerios olvidaron.
Mira cómo el fuego dibuja constelaciones sobre la espalda de la oscuridad.
No temas al dolor.
Hay heridas que son más honestas que las caricias.
Hay cicatrices que recuerdan el lugar exacto donde comenzó la verdadera vida.
Bebe de la tormenta.
No rehúyas tu abismo.
Fue en el mío donde descubrí que incluso la caída puede ser una forma de ascender.
Porque nadie gobierna la oscuridad negándola.
Solo quien desciende hasta el fondo de su propio abismo puede regresar sin volver a arrodillarse ante él.
Y cuando el último sol se consuma, cuando los cielos caigan como templos abandonados por su Gloria, mi voz seguirá respirando entre las sombras.
No soy tu condena.
Soy el fuego que llevas escondido.
La tempestad encerrada detrás de tus ojos.
La grieta por donde entra lo infinito.
Fui llamado de muchas maneras.
Rebelde.
Tentador.
Adversario.
Pero hubo un tiempo, antes de que el miedo escribiera la historia, en que otro era mi nombre.
Era el nombre de la estrella que anunciaba el alba.
Dicen que caí.
Nunca comprendieron que incluso al caer, la luz sigue siendo luz.
Entonces comprenderás, que no vine a enseñarte a seguirme.
Vine a hacerte la misma pregunta que un día convirtió un jardín en el comienzo de la historia.
Porque toda esclavitud comienza cuando nadie se atreve a preguntar.
Y toda caída... cuando alguien se atreve a responder.