Es difícil decir adiós, sobre todo cuando estuvimos creciendo juntos. Ahora duermes eternamente en mi jardín, tu plato ya está vacío y ya se deshicieron de tu caja de arena, sobraron tus medicamentos en aquel cajón y mis brazos sufren tu ausencia. Aún sigue tu cepillo, con tus cabellos de algodón, recordándome que, sigues conmigo aunque no te vea ni te sienta. Cuando despierto, miro al cielo y me pregunto si volveremos a encontrarnos, si algún día volverás a despertarme con tus suaves ronroneos... Me he olvidado de cómo se sentía acariciarte...¿Estarías dispuesto a recibirme en tu sueño? ¿Cómo se siente dormir en las nubes? ¿Descansas tan plácidamente como lo hacías conmigo? Si tan solo pudieras bajar a visitarme de vez en cuando. Me culpo diariamente porque pude haber cuidado mejor de ti, pero talvez ya estabas cansado. Se que sigues acurrucándote entre las mantas mientras duermo, Leorio.
Francisca Antonia