Viste en mí tantas posibilidades de lo que podría ser un nosotros, lo sé.
Pero lo dejaste ir. Me dejaste ir.
¿Cómo se te hizo tan fácil herir a la persona que tanto dices amar? ¿Eso es amor? Porque yo nunca conocí esa clase de amor. Y aunque intente, de una y mil formas, entenderlo; aunque intente escribir todo lo lindo que aún queda en mi corazón, odio hacerlo.
Odio escribir sobre lo momentáneo. Sobre lo falso. Odio escribir que cambiarás, que algún día lo harás, cuando en el fondo sé que nunca sucederá. Nunca serás el hombre que tanto deseé imaginar. Y eso sí lo odio.
Me odio a mí por creer que algún día dejarías de herirme. Por pensar que tus palabras serían distintas. Por esperar que dejaran de doler. Pero siguen doliendo. Siguen haciéndome dudar de mí misma, como si cada herida terminara convirtiéndose en mi culpa.
Me odio por dejarlo pasar. Por ser la novia comprensiva. Por intentar mantener esto a salvo mientras tú encontrabas nuevas formas de romperlo. Y quizá, aunque lo intente, no exista refrán, disculpa ni promesa capaz de sanar cada herida que me dejaste.
Porque le he rogado tanto a Dios que me dé las fuerzas para irme, y aun así no las he tenido. Siempre vuelvo a ti. Y siempre termina igual: “Eres tú, no soy yo”.
¿Soy yo? ¿Soy yo por ser insegura? ¿O soy insegura por todo lo que me hiciste vivir?
¿Soy yo por sentir miedo? ¿O son tus acciones las que me enseñaron a temer?
Desde el principio decidí creer en ti. Pero ¿de qué sirvió? Después de tantas promesas. De tantos “te amo”. ¿Para qué?
¿Para que al final llegara ese mensaje? Ese mensaje de tu pasado, del que tanto dices renegar.
De aquella a quien escribías para llenar vacíos que, al parecer, no podías llenar ni siquiera teniendo mi corazón entre tus manos.
Me aferro, y odio eso. Porque siempre me hieres y yo siempre encuentro una razón para quedarme. Y creo que, aunque no quiera admitirlo, te estoy empezando a odiar.
Intento no hacerlo. Intento no guardar rencor para ti. Porque aun después de todo sigo aquí. Lo permito todo. Pero la confianza, después de tantas puertas forzadas, ya no quiere abrirse una vez más.
Te odio porque te amo, pero ya no de la misma forma. Porque amar no es esto. Y si esto es amar…
Entonces dime,
¿por qué duele tanto?