Cuando la noche desciende lentamente
y el mundo se fatiga de nombrar,
tu nombre enciende todos mis silencios
como un faro encendido sobre el mar.
No importa la extensión de la tiniebla
ni la profundidad de su negrura;
me basta recordar tu voz, Adela,
para encontrar de nuevo la ternura.
Tus manos repararon mis inviernos,
curaron cicatrices del ayer;
tu voz cruzó mis noches y tormentas
y me enseñó que aún podía creer.
Cuando mi corazón perdió su rumbo
y el miedo oscureció todo sendero,
tú levantaste en medio del naufragio
la luz que me condujo hasta tu puerto.
Adela, amor que el tiempo no ha borrado,
pequeña luz de resplandor eterno;
eres la llama que conservo intacta
cuando amenaza con volver el invierno.
Adela, compañera del camino,
testigo de mis pasos y mi andar:
si yo volviera a nacer mil veces,
mil veces te volvería a buscar.
Y en cada vida, aun sin recordarte,
mi corazón sabría adónde ir;
reconocería tu alma entre las almas
y elegiría nuevamente estar junto a ti.
Hemos cruzado lágrimas y soles,
caminos de esperanza y de dolor;
juntos guardamos nuestros sueños rotos
en el refugio de una misma canción.
Compartimos silencios y palabras,
la claridad del día y su agonía;
hicimos de las penas una fuerza
y de cada mañana, otra alegría.
Los años avanzaron por la piel,
dejando sus señales y sus huellas;
también cambiaron lentamente nuestras voces
como la noche cambia las estrellas.
Pero hay cosas que nunca envejecieron:
la paz que me concede tu mirada,
la forma en que pronuncias tú mi nombre
y el amor que nos une y nos ampara.
Nada podrá borrar cuanto vivimos,
ni deshacer la senda recorrida;
pues ya no son recuerdos solamente:
son parte inseparable de la vida.
Si un día el mundo entero se silencia
y se apagan las luces y ciudades,
seguiré pronunciando tu nombre
como quien reza las únicas verdades.
Diré “Adela” frente a las tinieblas;
diré “Adela” al alba y al final;
porque tu nombre guarda cuanto amo
y todo cuanto nunca morirá.
No eres tan solo amor o compañía,
ni únicamente luz en mi camino:
eres la casa donde encuentro calma,
la certeza que sostiene mi destino.
Y si la vida me ofreciera nuevamente
mil existencias para comenzar,
en cada una buscaría tus ojos;
en cada una te volvería a amar.
Adela, cuando todo sea silencio
y ya no quede nada que explicar,
permanecerán estas dos palabras:
mi refugio por siempre, mi verdad.