Mi madre está enferma y yo sigo en el mismo pozo de angustias y melancolía. Verla acostada me causa dolor; más aún, porque ya no soy quien provee en casa. Según la sociedad, un hombre sin empleo no tiene valor. Mi vergüenza se ve confirmada por hombres comunes que piensan igual que yo, y eso solo aumenta mi pesar.
Soñé con una guerra donde debía proteger a todos. Las bombas caían y cobraban vidas; los militares masacraban a la gente pequeña, mientras gritaban:
—Jorge, ¿acaso no harás nada por estos seres tan vulnerables? ¿No deseas rescatarlos?
Un batallón completo rodeó a los civiles, sin salida, sin vía de escape. Un proyectil cayó justo sobre el árbol que me resguardaba, y una niña pequeña a mi lado lloraba desconsolada, asustada, perdida y buscando a sus padres.
Quedé inconsciente y empecé a imaginar. Mientras yacía al pie del árbol, me vi acostado en una cama abrazando una almohada roja; luego apareció un cojín blanco y otro grisáceo. En el cristal de la ventana me acechaban dos zopilotes; al verlos me quedé inmóvil. Al recobrar el sentido, me incorporé rápido, aparté a uno de los pájaros con fuerza y cerré la ventana de un golpe. Me recosté poco a poco y respiraba con calma mientras abrazaba la tela y lloraba en posición fetal. Las aves golpeaban el vidrio cada vez más fuerte, y yo me aferraba con más fuerza aún.
Desperté justo cuando más quería seguir durmiendo; el conflicto había terminado. Seguía bajo el árbol, aunque ahora este brillaba y tenía algunas ramas secas. Busqué a la pequeña, pero no la encontré en ningún lado. Fui al hospital y al refugio más cercano, donde había una fila interminable, solo para oír a los doctores informar a los familiares:
—Tal persona ha fallecido. No logramos ubicar a tal otro. El estado de este es crítico.
Cuando llegó mi turno de preguntar por la niña, no recordaba su nombre; es decir, nunca me lo dijo. Así que la describí por su apariencia y ropa. Dije que era de cierta estatura y hice el ademán con la mano: vestía una blusa rosada y unos pantalones vaqueros azules. No podía distinguir su tez porque estaba cubierta de barro, así que no dije más, y entonces me pidieron:
—Por favor, necesitamos su nombre. Intenta recordarlo.
— ¡El que sigue! —dijo un hombre.
Una mujer detrás de mi:
—Mi hija se llama Montserrat. Llevaba puesta…
De fondo escuchaba murmullos. Caminé entre el lodo y las huellas de los vehículos militares, hacia adelante, sin rumbo fijo, sin control, sin destino. Entonces desperté de verdad: estaba en mi habitación. Mi celular estaba apagado por falta de batería, pero la luz que entraba por la ventana me indicaba que eran cerca de las once; si el reloj se había atrasado, quizá eran las diez o las doce.
Me levanté y me acerqué al escritorio. Encendí un cigarrillo mientras se cargaba el teléfono. Al terminar, lo encendí: efectivamente, eran las diez con cincuenta y seis. Llegó un mensaje de mi hermana pidiendo oraciones por nuestra madre, pues sus análisis habían confirmado diabetes. Me quedé en silencio y encendí otro cigarro. Fui a verla; descansaba plácidamente. La cubrí con su manta y subí a escribir todo aquello que había vivido en sueños.
— Jorge Guzmán