Lucifer tuvo el cielo y no le fue suficiente. Lo tuvo todo y aun así deseó aquello que no le pertenecía. Quizá esa sea la verdadera tragedia de la ambición: no saber reconocer el privilegio de poseerlo todo cuando la obsesión por tener más te convence de que todavía te falta algo. Y así, en el intento de conquistarlo todo, terminó perdiendo hasta aquello que alguna vez fue suyo. Porque no siempre nos destruye la ausencia de lo que deseamos, sino la incapacidad de valorar lo que ya tenemos.
En vez de llorar por lo que me duele, prefiero reírme de lo absurdo de la vida. He aprendido que no todas las heridas merecen verme caer, ni todas las pérdidas merecen mis lágrimas. A veces, reír es mi manera más elegante de decirle al mundo que todavía sigo aquí. No porque nada me duela, sino porque ya no quiero que todo lo que me duela me destruya. Y si la vida insiste en darme motivos para llorar, que me encuentre riendo, aunque sea con el alma hecha pedazos.
Porque, así como Lucifer, yo también he deseado más de lo que he tenido, lo que tenía me parecía insuficiente, monótono, rutinario. He vivido tantas heridas, que he aprendido a apreciar lo que actualmente tengo. El dolor viene acompañado de sabiduría, siempre y cuando tengas la apertura para verlo así. Aprendes que la búsqueda insaciable de más y más y más y más cosas, personas o situaciones no tiene tanto sentido, cuando lo más importante se pierde: tu cordura y tu salud. Es por eso que hoy, no me odio, no me reclamo, más bien celebro lo aprendido y me maravillo de las cosas que tengo. La destrucción se ha convertido en construcción. #pensamientos #resiliencia