¿Cómo se puede ser tan feliz y tan triste al mismo tiempo?
Porque de alguna forma, me logro emocionar con gran facilidad ante las cosas que se ven pequeñas.
Pero dame un par de segundos, y el sentirme volver a la calma es sentir mis ojos llenarse de lagrimas.
A veces creo, cuando pienso, que estar feliz es algo tan entristecedor.
Y no lo entiendo.
Mucho menos entiendo de donde viene aquello.
¿Será acaso un tipo de nostalgia? ¿De miedo?
Porque el momento se te escapa de las manos.
Se resbala de tus dedos.
Se suelta y vuela así como las hojas de los arboles con la brisa del viento.
De alguna forma es un panorama deprimente.
Es quizás por ello que siempre dudo. Dudo de todo lo que se supone que me hace feliz, porque nunca me mantiene así, y basta solo un par de pensamientos para que aquello no valga nada.
¿O será quizás que mi mente está dañada?
Me lo pregunto cuando el retumbar se vuelve demasiado alto.
La felicidad es relativa, no es algo que buscas, no es algo que llega. Se supone que son acciones.
Acciones que haces día a día, y que llenan tu corazón.
Pero si la felicidad inicial no existe, no logro sentirme capaz de accionar.
Mi cuerpo cae en un pozo por el cual me es imposible ver.
Demasiado oscuro como para si quiera imaginar lo que pueda haber dentro.
Incapaz de investigar, de experimentar, y de encontrar.
Encontrar aquello que hace brotar ese burbujeante y refrescante sentimiento.
Ese que calienta el alma.
Aquel que me distrae de la tristeza atemorante pegada a mi. Sea que a veces calle un poco mejor,
o no.