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MEMORIAS DE UNA VIDA Sensible

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Pensamiento

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Oiga, la mamá atendiendo los abarrotes como podía esa tarde, y tú corriendo cinco cuadras con la rosa. Un negocio chico no se cierra ni con uno enfermo, y me imagino que ella ya te estaba esperando en la puerta.

Oiga, la mamá atendiendo los abarrotes como podía esa tarde, y tú corriendo cinco cuadras con la rosa. Un negocio chico no se cierra ni con uno enfermo, y me imagino que ella ya te estaba esperando en la puerta.

Contenido de la publicación


Primer Capitulo.
Lo único que Yo quiero es jugar

En grande un día mamá me contó que papá trabajaba lejos. Que yo enfermé de tristeza de extrañarlo, y que ella me llevó hasta donde él estaba.
–No sé qué tan pequeña soy. Es mí primer recuerdo. Un señor vestido de blanco. Y una señora. Mi mamá. Y luego de noche y lluvia. Y mi papá. Me alza en sus brazos y lo abrazo. «Te extraño, papá.» El señor vestido de blanco era un médico. Su diagnóstico fue: tristeza. Y solo tenía 3 años.
–Después, según recuerdo, 7 u 8 años. Soy más grande y tengo un papá y una mamá. Un hermano muy mayor. Se llama Carlos. Ya es grande. Sale mucho. Y veo a mi papá a veces renegar con él. Mi madre es un sol. Me cuida mucho. Mucho. Es buena. Es dulce. Es lo mejor que tengo en mi vida. Papá también. Solo que él es más serio. Sin embargo, me cuida y le gusta que obedezca y ayude a mamá y estudie. Que no me porte mal. Supongo que es lo que todos los papás quieren. ¿Verdad? Mi hermano sale mucho. Trabaja... creo. Pero veo que papá habla que no es responsable. Calavera le llama. Así les dicen a los chicos que les gusta salir mucho. Y a mamá veo que le pesa. Lo quiere. Pero veo que lo que mis papás quieren es que mi hermano sea más... no sé qué palabra usar. Serio. Creo que es esa palabra. Papá lo llama responsable.
–Sé que mis papás son más serios. O yo soy más seria. Más retraída. Con vergüenza. Creo que la razón es por ser hija única. Y sí lo soy.
Mi hermano es de crianza. Descubrí que es ahijado de mis papás. Y sí. Conocí a sus hermanos. Son muy grandes.
Papá decidió enviarlo a una escuela de gendarmería. Era un orgullo para mis papás. Lo recuerdo. Fue un sacrificio, pero papá quería lo mejor para mi hermano. Un futuro. Y abandonó. Recuerdo su decepción. Al tiempo, papá lo hizo entrar en la empresa donde trabajaba. ¡Renunció! Mi hermano era bueno. Papá siempre le decía: «Sé un hombre derecho». Y no pudo... Un día desperté y mi hermano ya no estaba. Creo que papá se cansó. Y Carlos solo salía con amigos. Y entendí que él no quería hacer lo correcto.
Yo soy muy chica para entender todo. Pero pienso a veces. Aunque lo único que yo quiero es jugar.
–Tengo una amiga. No dos, tres. Pero María es mi mejor amiga. Ella vive al lado de mi casa. Mis días son así. Jugar. Jugar. Tardes de juegos. En verdad lo disfruto. Soy feliz. Y tareas. Lo que no me gusta. Encima no solo voy a un colegio de monjas. Me mandan a una escuela de artes plásticas. Y como si eso no fuera suficiente, a dactilografía. Ya tengo 10 años. Y sé que no sirve de nada quejarme. La misa de domingos. Y tantas cosas que no me gustan. Pero mis papás me cuidan y puedo entender que se preocupan.
–Recuerdo cuando salía con mamá al centro. Y sabía que me gustaba comer. Y siempre era una fiesta salir. Porque era mi pizza o mis hot dogs. Sentada en una silla alta. Y un señor que parecía conocerme. Porque sabía qué servirme. Su sabor. La coca. Eran alegría. Ir a la tienda. Un juguete. Probarme la ropa. El olor de cada lugar. Las vacaciones y los comienzos de clases. El olor a zapatos nuevos. Zapatillas. Y los útiles. Todo era bueno y nuevo. Era cuidada y muy mimada. Lo sé. Mamá y papá son todo para mí.
–Un día llego a mi casa y abro la puerta del comedor. Y al cerrar, solo escucho llanto. Me asusta. No entiendo qué pasa. Y cuando entro al cuarto de mis papás, papá abraza a mamá. Mamá lo rodea con sus brazos. No voy a olvidar ese momento nunca. Es el comienzo de una pesadilla que, recuerdo sin entendimiento pero que cargo dolor en mi duda. Nadie quiere ver a tus papás llorar. Pesa. Y es una carga que no sabes que llevas. Por miedo. Por respeto. Por amor.
–No entendí. Apenas tenía 11 años. Mi vida era simple. Mi vida eran ellos. Pregunté.
–¿Mami, papá, qué pasa? Con miedo. Con respeto.
–Creo que nunca esperaron mi llegada. Los días pasaron. Y una tarde, mamá sentada en su silla, pregunté. Mamá, ¿qué pasó? Hoy poco recuerdo mi pregunta. Pero sí su respuesta. Un día, cuando era joven, me golpeé en mi seno. Y sentí un tirón. Juro que no entendí nada. No es que no quisiera. No pude. Pasaron los días. Y otra vez señores con batas blancas. Un sanatorio. Y mi padre serio. Mucho silencio. Me mandaron a clase como cualquier día. Y solo me dijeron: cuando salgas, te vas al sanatorio. Y así hice. Cuando llegué, fue ver a mi padre con un médico en voz baja. Apartados. Y la cara de papá. Con pesar. No era enojo. Era oscuridad. Como una sentencia. Hoy así lo veo.
–Comenzó desde ese día toda tristeza y silencios. Sin indicarme nada, supe entender. Mamá estaba enferma.
–Cuando una es niña, solo quiere jugar. Vivir y abrazar a tus papás. Tu escuela. Una vida normal. Y aquel día entendí de golpe el dolor de ella. Su tristeza. Le sacaron un pecho. Luego comprendí, a los años, su dolor.
–Mamá tenía cáncer. Su vida se escapaba. Yo era su tesoro. Éramos su mundo, mi padre y yo. Soñaba con hacerme mis 15 años. Era el sueño de toda madre: festejarle a su hija. Y ella vio su sueño marchitarse.
–Pasaron los meses. Ya nada era igual. Papá la cuidaba. Era devoto con ella. Pero también era callado. Lo que a mí me hacía más callada. Por miedo. Llegó Navidad, y fue una Navidad sin misa de gallo, a la que todos los años íbamos. Sin ganas, como siempre, de esas actividades aburridas. Pero que eran sagradas para ellos. Esa Navidad fue ver a mamá sentada. Tristeza y casi vencida. Como esperando lo que no quería.
–Y aun así, después de pasar por sus aplicaciones de rayos de cobalto. Hoy creo que es quimioterapia. Y quemarla con aplicaciones de más. Aun así estuvo. Solo podía yo ver su tristeza en sus ojos. Como si le escapara a su sueño. Vivió su enfermedad con mucho dolor. Lo sé porque lo respiré.
–Recuerdo una tarde previa al Día de la Madre. Tenía 13 años. Papá trabajaba. Y a su vez ellos tenían un pequeño negocio de abarrotes. Entonces era trabajo y atender el negocio. Esa tarde de sábado el colegio hacía un acto por el Día de la Madre. Yo fui. Mamá no. No porque no quisiera. Atendía el negocio, como podía. Y recuerdo una tarde fría. A todas las alumnas les entregaban una rosa para dársela a su mamá. Y me quedé al acto, como si mamá estuviera allí. Terminó y salí corriendo. 5 cuadras corrí. Solo para dársela. Yo solo sentía mucho amor. Y sé que era temor. Si mamá me faltara, yo me moría. Así lo sentía. No hay correcciones. Solo expresión. Quería detener el tiempo. Pedía a Dios que me escuchara.
–Y hasta su última respiración papá estuvo a su lado. Recuerdo las 06:00 de la madrugada y no recuerdo un reloj. Solo lo sé. «Anita. Despierta. Mamá se está cortando.» Es una expresión dura. No sé. Eran palabras de adultos. De antes. Yo dormida. Pero en la urgencia y la constante de vivir su enfermedad, sabía qué significaba. Mi mamá se iba. Yo solo tenía 14 años.

Thoughts

  • rgomez1404

    El papá serio que le exige a Carlos ser responsable es el mismo que no se mueve del lado de la mamá hasta el final. A mí me parece un hombre que solo sabía querer cumpliendo, y que con Carlos no le alcanzó.

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  • misa_de_ocho

    Oiga, la mamá atendiendo los abarrotes como podía esa tarde, y tú corriendo cinco cuadras con la rosa. Un negocio chico no se cierra ni con uno enfermo, y me imagino que ella ya te estaba esperando en la puerta.

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