Nací en 1975, cuando el mundo todavía se podía tocar con las manos y el tiempo no corría: caminaba.
Crecí en un país donde la infancia cabía en la calle, jugábamos hasta que la noche nos borraba y nadie tenía miedo.
No había violencia social como idioma cotidiano, no había alertas, no había que explicar dónde estabas cada cinco minutos.
Éramos cuerpos libres en una geografía más simple.
En 85 aprendimos de pronto que la tierra también habla, que el piso se abre y que la gente se levanta junta, aprendimos solidaridad antes que la palabra resiliencia y un año después llego el Mundial y por un instante fuimos campeones del mundo, aunque no tocáramos la cancha.
La televisión era noticia, ritual y fogata, vimos caer muros lejos de casa y creímos que el futuro siempre iba recto hacia adelante.
La música nos educó emocionalmente, rebobinábamos casetes con un lápiz y cada canción costaba tiempo.
MTV era una religión, el rock en tu idioma nos dio espalda y voz, Caifanes, Soda, Nirvana y Guns and Roses nos enseñaron a sentir, aunque no supiéramos cómo decirlo.
No había psicólogos en cada conversación, no hablábamos de traumas, los cargábamos en silencio.
No había feministas en los discursos cotidianos, no había siglas para nombrarlo todo, no había LGTB como identidad visible, no por inexistencia, sino porque el mundo todavía no sabía pensarse.
No había Bad Bunny, pero había pausas entre canciones y paciencia entre deseos.
Luego llegó el 94 y México volvió a doler: el levantamiento, la devaluación, Colosio, la certeza de que crecer también era perder.
Vimos morir lo analógico y nacer la urgencia, del Walkman al discman, del CD al MP3, del teléfono fijo a llevar el mundo entero en el bolsillo, vimos nacer internet y morir la espera.
Somos la generación puente, los últimos niños sin pantalla y los primeros adultos sin manual.
Aprendimos a adaptarnos porque nadie vino a explicarnos nada.
Y entonces, cuando creíamos haber visto todo, llegó la pandemia, el mundo se detuvo, nos encerraron con nuestros recuerdos y con nuestros miedos, perdimos gente, perdimos rutinas, enterramos despedidas sin abrazos y aprendimos que la fragilidad no es metáfora, es biología.
Después apareció la inteligencia artificial, las máquinas comenzaron a escribir, a pensar, a crear y nosotros, los que crecimos sin red, miramos con asombro y recelo cómo el futuro volvió a cambiar de nombre sin pedirnos permiso.
Al mismo tiempo, el clima empezó a descomponerse como nosotros, calor donde no debía, sequía, incendios, huracanes, la naturaleza recordándonos que también tiene memoria y que ya no está dispuesta a callar.
Y entonces llegó un Mundial a casa, para descubrir que a los cincuenta la esperanza ya no grita como antes. Ahora apenas susurra tres palabras: ¿Y si sí? Y entendimos que crecer no consiste en dejar de creer, sino en seguir haciéndolo, aun sabiendo todo lo que puede salir mal.
Hoy que llego al medio siglo y la muerte comienza a rondar, no como amenaza, sino como vecina, y, aun así, me da más miedo que se mueran mis amigos que yo… Porque ellos guardan mis versiones pasadas.
porque sin ellos mi historia queda incompleta.
Esta es mi generación, la Generación X, la que no hizo ruido, pero escuchó todo, la que creció sin protección y envejece cuestionándolo todo, la que vio nacer y caer mundos sin tiempo para despedirse.
Nací en 75 y sigo aquí, con nostalgia, con cicatrices y con gratitud. Miro hacia atrás no para regresar, sino para entender cómo llegué hasta este punto.
Porque al final eso somos: la suma de los mundos que vimos desaparecer y de las personas que nos ayudaron a cruzarlos.
Con eso me basta.