Me enamoré de alguien muy especial, que me genera dolor en la panza, aunque no de gravedad. Simplemente, me enamoré de ella; la chica tranquila, pero con carácter, y, sin embargo, muy bella.
Ella es ese ser mío; tan divino, tan hermoso. Pero lo que la hace especial es algo tan natural, que hasta yo mismo gozo. Su boca, su rostro, sus ojos, su pelo. Y cuando recuerdo que la tengo, hasta se me sube el ego.
Vergüenza debería darme; Dios estaría enojado por haberle robado un ángel. ¡Pero qué chico tan descarado! De igual forma, estoy perdonado; o eso creo, o eso pienso. Dios, de verdad lo lamento, pero esta vez no he aguantado; a semejante cosa, ¡algo de un museo ha escapado!
Recuerdo como si fuera ayer esa primera mirada, que de tal forma me atrapaba, hasta dejarme muy atontado. Y vaya a saber Dios qué me ha pasado, que desde ese momento algo entendí: que vos eras para mí, y de eso nunca me he olvidado.
Me enamoré de vos, de tu cuerpo y de tu vida, ya que no basta con solo amarte, sino también con traerte a la mía. Prometo amarte como Messi al fútbol, pero también respetarte, como se respeta a cualquiera en el mundo; ya que Dios ama a todos, y yo, sin Dios, me hundo.
Siento que por siempre te llevaré; aunque sea en mi mente, siempre te tendré. Te repito que te amo y siempre lo haré. Hasta pronto, pero hasta siempre te recordaré. ¿Sabés por qué? Porque yo de tí me enamoré.
Nicolás Reynoso
Julio de 2026.