pobre infante, sin temerle al futuro.
pobre vida la de aquel que confía aún.
Confía en unos brazos arácnidos y
una piel escamosa.
Porque no se daba cuenta
que con cada beso en la mejilla,
con cada "te amo, hijo." luego de un golpe,
el veneno crecía dentro de el.
Y el miedo, porque ya no quería confiar.
Ya no quería creer cuando una lengua afilada
le decía que estaba haciendo bien las cosas.
Sentía como estaba podrido de adentro,
como le recorria las venas y luchaba en vano
para evitar convertirse en ella.
Pero la sangre era el veneno.