De niños bastaba un solo dulce para creer que el mundo entero cabía en nuestra boca, que la felicidad tenía forma de envoltura y se deshacía despacio, sin ninguna prisa por terminar.
Nadie nos avisó que el tiempo también prueba las cosas antes que nosotros, que va gastando el azúcar de a poco, distraído, mientras crecíamos pensando que el sabor seguía intacto en algún cajón de la memoria.
Un día lo probé de nuevo, ya adulta, y algo no encajaba. El envoltorio era el mismo, el nombre no había cambiado, pero en la lengua solo quedaba un dulzor apagado, casi un recuerdo de lo que alguna vez fue dulce.
Y entendí que no era el dulce el que había cambiado. Era yo, cargando ya demasiadas cosas amargas, quien había olvidado cómo se saboreaba sin prisa. El tiempo no le quitó el azúcar al dulce: me quitó a mí la manera de probarlo. Ya no era dulce.