Soy una persona común y corriente; mi madre diría que más corriente que común.
Ella es una mujer de principios inquebrantables que odia la mentira, pero ama la vida lujosa. Aborrece mi desinterés por sus estándares clichés y se escandaliza con cada uno de mis comportamientos. Asegura que soy peor que mis hermanos, que de femenina no tengo nada más que la fachada y que por eso espanto a los hombres.
—No me hacen falta, madre —respondo—. Suficiente tengo con mis hermanos.
—No es lo mismo —reprocha.
—Claro que no —replico—. Ellos no son absurdos ni ruido de fondo.
—Te hizo falta una hermana…
—Claro que no, la hubiera disecado.
—¡Por los santos, Lián! ¿Qué clase de hija tengo?
Sinceramente, no tengo respuesta para eso; no me parezco en nada a ella.
A mí me gusta el pulque. Entro a las pulquerías en cuanto veo una frente a mis narices y me entretengo con las historias chuscas y burdas de los clientes mientras como la botana de pie. A nadie le importa quién soy, ni si voy sola o acompañada.
Cerca del trabajo, la Sra. de la tienda me lleva el refresco en bolsa de plástico con popote; cuando como en su puesto de tacos, hace lo mismo, aunque todavía con cierta duda. A veces se pregunta cómo una doctora puede comer así, pero siempre me reserva su mejor banquito de plástico. Al principio me consentía porque le daba lástima mi soledad; ahora sabe que es mi forma real de ser. Extrañamente, su plática convencional es la que más estimo y tolero. Aunque, para ser francas, lo que venero perpetuamente es su comida. Ella dice que por algo se empieza.
Y si soy honesta, no sé qué clase de hija puedo ser para mi madre. Tal me vuelva su peor dolor de cabeza; tal vez la falla más grande de su vida.
En fin. Sale de mi habitación tan decepcionada que, si soy sincera, hasta me complace.