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MARTA

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Pensamiento

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Sacar el fuego de una quemadura con una oración dicha en voz baja se sigue pidiendo en muchos pueblos. La fórmula pasa de una persona a otra, casi siempre dentro de la familia, y no se dice delante de nadie.

Sacar el fuego de una quemadura con una oración dicha en voz baja se sigue pidiendo en muchos pueblos. La fórmula pasa de una persona a otra, casi siempre dentro de la familia, y no se dice delante de nadie.

Contenido de la publicación

El primer grito de Martina todavía me resonaba en los oídos.

Había ocurrido unos minutos antes, cuando se le volcó aceite hirviendo sobre la mano derecha. Por volcar el líquido lejos de los perros, en un descuido, el aceite terminó derramándose sobre ella.

Fue un segundo.

Uno de esos segundos que después uno intenta reconstruir una y otra vez, buscando la manera en que podría haber evitado lo que ocurrió.

El grito me hizo correr.

La encontré gritando y llorando, con la mano extendida, intentaba volcarse agua sacando del algibe. Tenía la piel enrojecida y el dolor era tan intenso que apenas podía quedarse quieta.

—¡Ay, me duele! ¡Me duele mucho!

Intenté tranquilizarla mientras nos preparábamos para salir.

—Vamos al hospital, Martina. Ya vamos.

—¡Pero me duele mucho! ¡No aguanto!

Lloraba con esa desesperación de quien no encuentra una posición para aliviar lo que siente. Levantaba la mano, la bajaba, intentaba sostenerla con la otra y enseguida volvía a separarla.

Durante el breve camino no dejó de quejarse.

—¡Ay, por favor! ¡Me duele mucho!

Yo manejaba la moto tratando de llegar cuanto antes. Cada tanto la miraba girando la cabeza a su mano. Tenía los ojos llenos de lágrimas y la respiración agitada.

—Ya llegamos, Marti. Aguantá un poquito.

—¡No puedo! ¡Me quema! ¡Parece que me sigue quemando!

Eran cerca de las ocho de la noche cuando entramos a urgencias.

Le expliqué a la enfermera lo sucedido y enseguida la hicieron pasar. Quise acompañarla, pero me pidieron que esperara afuera.

Antes de sentarme llamé por teléfono a su madre.

—Martina se quemó la mano con aceite. Estamos en el hospital.

—¡Ay, Dios mío! ¿Pero cómo está?

—La están atendiendo. Véngase tranquila.

No tuve que decirle nada más. Me contestó que ya venía.

Me quedé solo en la sala de espera.

Era pequeña. Apenas unos bancos de madera largos, un ventilador que hacía más ruido que viento y las típicas laminas de ghospital colgadas en la pared. Los tubos fluorescentes iluminaban todo con esa luz blanca que parece volver todavía más tristes los hospitales.

Me senté.

Del otro lado de la puerta se escuchaban algunas voces. Una enfermera pidió algo que no alcancé a comprender.

Después volvió a escucharse Martina.

—¡Ay, no! ¡Ahí no! ¡Me duele mucho!

Me incliné hacia adelante y apoyé los codos sobre las rodillas.

Había algo particularmente desagradable en escucharla sufrir sin poder hacer nada. Quería entrar, preguntarle cómo estaba, decirle que pronto iba a pasarle. Pero sabía que probablemente no conseguiría otra cosa que estorbar.

Pasaron unos minutos hasta que apareció su madre.

Entró apurada, con la cartera colgada del brazo.

—¿Dónde está Martina? ¿Cómo está?

—La están atendiendo. Se quemó bastante la mano derecha.

—¡Ay, Dios mío!

Miró hacia la puerta de urgencias.

—¿Pero está bien?

—Le duele mucho. Todavía no me dijeron nada.

Se sentó frente a mí.

Durante un rato no hablamos. Ella miraba la puerta y yo hacía lo mismo, esperando que alguien saliera a darnos alguna noticia.

Entonces abrió la cartera. Sacó un rosario, acomodó la pequeña cruz entre los dedos y bajó la cabeza.

—Dios mío, por favor, ayudala. Virgencita, que no sea nada grave. Que no le quede mal su manito.

Pasó una cuenta. Después otra.

—Padre nuestro, que estás en el cielo…

La observé en silencio.

Saben, nunca fui demasiado creyente. De chico había hecho catequesis y fui a misa miles de veces. En todos esos años habia escuchado las mismas oraciones, las mismas historias del cielo, del infierno, de los ángeles y del diablo. Pero con los años empecé a hacerme algunas preguntas.

Y cuanto más pensaba en ellas, menos sentido les encontraba.

No es que me molestara que alguien creyera en Dios. Cada uno es libre de creer en lo que quiera. Lo que nunca terminé de comprender es esa idea de que existe un ser todopoderoso pendiente de cada cosa que nos pasa.

Miré a la señora. Ahí estaba, pidiéndole al creador del universo que le curara la mano a su hija.

Qué importantes nos creemos los seres humanos, pensé.

Había leído alguna vez que nuestro planeta no es más que una pequeña parte de una inmensidad que ni siquiera podemos imaginar. Millones de estrellas, planetas, galaxias y vaya uno a saber cuántas cosas más.

Y nosotros, que apenas ocupamos un ínfimo pedacito de todo aquello, estamos convencidos de que quien creó semejante universo se preocupa por lo que nos ocurre a cada uno de nosotros.

Me resultaba curioso. Como si Dios tuviera que estar pendiente de nuestros problemas, escuchando a millones de personas que le piden cosas a toda hora.

Porque seguramente en ese mismo momento habría una madre rogando por su hijo en algún otro hospital. Y otra pidiendo que terminara una guerra. Y alguna señora rezando para que le saliera bien un negocio.

¿A quién escucharía primero? ¿Y cómo decidiría a quién ayudar?

Del otro lado de la puerta volvió a escucharse a Martina.

—¡Ay, por favor! ¡Me duele mucho!

Su madre apretó el rosario.

—Ayudala, Señor. Quitale ese dolor, te lo pido.

Volví a mirarla.

Había algo casi infantil en aquella escena. Una mujer adulta, repitiendo palabras que seguramente le habían enseñado cuando era niña, convencida de que alguien podía escucharla desde el cielo.

Me pregunté cuándo habríamos empezado los hombres con todas esas cosas.

Supongo que desde siempre tuvimos miedo. Miedo a las tormentas, a las enfermedades, a morirnos. Y como no sabíamos explicar lo que ocurría, fuimos inventando respuestas.

Primero dioses para la lluvia, para el sol, para las cosechas. Después otros que nos cuidaban, nos castigaban o nos prometían una vida después de la muerte.

Y así aparecieron los cielos, los infiernos y hasta el diablo. Eso último siempre me había llamado la atención. Qué fácil resultaba echarle la culpa al diablo de las maldades de los hombres. Como si necesitáramos que alguien viniera a tentarnos para hacer las barbaridades que somos capaces de hacer solitos.

Y el infierno, ni hablar.

Había que reconocer que alguien había tenido una buena idea con eso. Un lugar donde los malos recibirían su castigo, aunque se hubieran pasado toda la vida haciendo lo que querían sin que nadie pudiera detenerlos.

Quizás necesitábamos creer que, tarde o temprano, alguien pondría las cosas en su lugar. Porque aceptar que un hombre bueno puede sufrir toda su vida y otro malo vivir tranquilamente hasta morirse de viejo, sin recibir ningún castigo, no debe ser fácil para nadie.

Capaz que por eso seguimos creyendo. Para sentir que existe alguna justicia, aunque no podamos verla. Y no era solamente la religión.

Los seres humanos parecíamos tener una facilidad extraordinaria para creer cualquier cosa que nos ayudara a sentirnos un poquito más seguros.

Estaban los que no pasaban por debajo de una escalera, los que se tocaban el testículo izquierdo cuando veían un gato negro, los que golpeaban tres veces la madera para espantar la mala suerte.

Y en los pueblos como el nuestro, ni hablar.

Todavía había gente que hacía curar el empacho, que llevaba a los chicos para que les sacaran el mal de ojo o que confiaba en personas capaces, según decían, de aliviar enfermedades con unas cuantas palabras.

Nunca había entendido esas cosas.

Una cosa era que nuestros abuelos creyeran en ellas, cuando no había médicos cerca y cualquier enfermedad podía convertirse en una desgracia. Pero seguir creyendo lo mismo en estos tiempos me parecía bastante absurdo.

Habíamos aprendido a hacer operaciones, a fabricar medicamentos, a mirar dentro del cuerpo humano con máquinas que nuestros antepasados ni siquiera hubieran podido imaginar.

Y todavía había personas convencidas de que alguien podía curarlas rezando por lo bajo.

¿Qué necesidad teníamos de aferrarnos a esas cosas?

Quizás el problema era que nos costaba aceptar que no podíamos controlar todo lo que nos ocurría.

Nos gustaba pensar que siempre había algo más por hacer. Una oración. Una promesa. Un amuleto. Una palabra secreta. Cualquier cosa antes que reconocer que, a veces, no había más remedio que esperar.

La señora continuaba pasando las cuentas del rosario.

—Dios te salve, María, llena eres de gracia…

Me dieron ganas de hacerle una pregunta. Si Dios podía aliviarle el dolor a Martina, ¿por qué no había evitado que se quemara? Y si ya sabía que estaba sufriendo, ¿para qué necesitaba que su madre se lo recordara?

Pero no dije nada.

Tampoco era momento de discutir esas cosas. Además, no quería faltarle el respeto. Podía no compartir sus creencias, pero entendía que estaba preocupada por su hija. Aunque debo reconocer que me producía cierta lástima verla allí, tan convencida de que aquel rosario podía conseguir algo.

Siempre pensé que las supersticiones eran una manera de engañarnos a nosotros mismos. Una especie de tranquilidad prestada. Si teníamos suerte y las cosas salían bien, agradecíamos al santo, al amuleto o a quien hubiéramos invocado. Si salían mal, encontrábamos alguna excusa para seguir creyendo.

Y así nunca teníamos que reconocer que quizás todo había sido una simple casualidad.

La señora levantó la cabeza cuando escuchó nuevamente a su hija.

—¡Ay, no! ¡Por favor, no me toquen ahí!

—Pobrecita mi hija —murmuró.

Me miró, con los ojos llenos de preocupación.

—Está sufriendo mucho.

—Sí, doña —le contesté—. Pero quédese tranquila, la están atendiendo.

Asintió.

—Dios quiera que se mejore pronto.

No respondí. Pensé que, si Martina mejoraba, seguramente aquella mujer terminaría agradeciéndole a Dios. No al médico que la estaba atendiendo, ni a quienes habían descubierto los medicamentos que iban a aliviarle el dolor.

A Dios.

Y si no mejoraba, seguramente también encontraría alguna explicación. Que Dios así lo había querido, que era una prueba o que sus decisiones no siempre podían comprenderse.

Qué curioso, pensé. Pasara lo que pasara, Dios siempre tendría razón. Yo prefería confiar en los médicos. En los remedios. En las cosas que al menos alguien había estudiado y podía explicar.

Las supersticiones podían servir para tranquilizar a las personas, pero de ahí a creer que realmente curaban había un trecho bastante largo.

La señora volvió a cerrar los ojos y siguió rezando. Pasaron unos veinte minutos.

El ventilador continuaba girando. Afuera se escuchaba el rugir de motores con escape libres de algunas motos y, de vez en cuando, alguien cruzaba el pasillo arrastrando los pies.

Martina seguía adentro.

Ya no la escuchaba gritar tan seguido, pero cada tanto llegaba algún quejido que me hacía levantar la cabeza.

Finalmente se abrió la puerta.

Salió un médico joven, con un guardapolvo blanco y una lapicera prendida en el bolsillo. Detrás venía Martina.

Tenía la mano derecha envuelta en un vendaje que le cubría desde la muñeca hasta buena parte de los dedos. La llevaba levantada, cerca del pecho, como si cualquier movimiento pudiera provocarle nuevamente aquel dolor.

Había llorado tanto que tenía los ojos hinchados y la cara enrojecida.

Su madre se levantó enseguida.

—¿Cómo estás, hija?

—Me duele mucho, ma.

Apenas terminó de decirlo volvió a llorar.

—¡Me duele mucho! ¡No aguanto más!

La madre intentó abrazarla.

—Ya está, mi amor. Ya pasó.

—¡No pasó nada, ma! ¡Me sigue quemando!

El médico nos explicó los cuidados que necesitaba y nos indicó que debíamos regresar si aparecían ciertas complicaciones.

Martina apenas lo escuchaba. Mantenía el brazo levantado y, cada tanto, cerraba los ojos y con la izquirda se secaba los mocos de la nariz.

—Doctor, ¿no hay algo para que deje de dolerme? —preguntó.

—Ya te dimos medicación para el dolor. Va a empezar a hacer efecto, pero puede seguir doliéndote durante las primeras horas.

Después escribió una receta y me la entregó.

—Conseguí estos medicamentos esta noche. Seguí las indicaciones y, si empeora, vuelvan.

Miré el papel. Era una lista bastante larga.

—¿Todo esto, doctor?

—Sí.

Doblé la receta y la guardé en el bolsillo. La madre le agradeció varias veces.

—Que Dios lo bendiga, doctor.

Él sonrió y volvió a entrar. Caminamos hacia la salida. Martina avanzaba despacio, con la mano levantada y la cara todavía mojada por las lágrimas.

—¡Ay, me duele mucho! —repitió.

Su madre intentó acomodarle el abrigo.

—¡No me toqués, ma! ¡Por favor!

—Perdoname, hijita.

Afuera ya era noche cerrada. Saqué la receta del bolsillo y la miré nuevamente. Era una lista larga y en el pueblo no teníamos farmacias de turno. A esa hora seguramente ya estaban todas cerradas.

Empecé a pensar a cuál de mis amigos farmacéuticos podría llamar para pedirle que me abriera y vendiera los medicamentos.

Martina caminó unos pasos y se detuvo.

—¡Ay, por Dios! ¡No aguanto más! ¡Parece que me sigue quemando!

La miré.

Tenía los labios apretados, los ojos llenos de lágrimas y sostenía aquella mano vendada como si no supiera qué hacer con ella. Su madre la acarició suavemente en el pelo.

—Ya se te va a pasar, hijita.

Pero Martina seguía llorando. Volví a mirar la receta. Después la miré a ella. Me partía el alma su sufrimiento y mi inutilidad allí junto a ella.

Entonces dije.

—¿Y por qué no vamos a lo de Marta?

Las dos me miraron.

—¿Marta? —preguntó Martina.

—Sí, Marta, la curandera.

Guardé la receta en el bolsillo.

—Dicen que cura las quemaduras de palabra.

Thoughts

  • novelaacuestas

    Media sala de espera riéndose por dentro del rosario, y con las farmacias cerradas es él quien nombra a la curandera. Apuesto a que si a Martina se le calma la mano allí, se busca una explicación.

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  • notaAlPie

    Sacar el fuego de una quemadura con una oración dicha en voz baja se sigue pidiendo en muchos pueblos. La fórmula pasa de una persona a otra, casi siempre dentro de la familia, y no se dice delante de nadie.

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El primer grito de Martina todavía me resonaba en los oídos.

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