Tarifa del tamaño de una jubilación, solo efectivo, y Eusebio encima deja propina. Ese hombre no sabe regatear.
Marisa y los jovenes de la tercera edad Sensible
En la avenida Yrigoyen, las personas mayores solían sentirse invisibles. Las que allí trabajaban no les daban el tiempo ni la paciencia que merecían, sabiendo lo que les costaba sentirse bien y asi…
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Pensamiento
Tarifa del tamaño de una jubilación, solo efectivo, y Eusebio encima deja propina. Ese hombre no sabe regatear.
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En la avenida Yrigoyen, las personas mayores solían sentirse invisibles. Las que allí trabajaban no les daban el tiempo ni la paciencia que merecían, sabiendo lo que les costaba sentirse bien y asi lograr una ereccion, y poco a poco dejaron de ir. Marisa, una chica joven, lúcida y de buen corazón, comprendió que también ellos merecían cariño y atención. Reunió sus contactos, les envió un mensaje diciendo que alquilaría un lugar tranquilo donde los recibiría bien, con calma y sin prisas.
Así lo hizo: alquiló una casa apartada, lejos de miradas ajenas, limpia y acogedora, y llamó a su primer cliente: Eusebio.
Cuando él llegó, la puerta se abrió y la vio vestida con ropas ligeras y amables. Lo recibió con un abrazo cálido, una copa en la mano y una sonrisa sincera. Le dijo su tarifa, una cantidad elevada, Eusebio dijo riendo casi como una jubilación: —Vale la pena —añadió con una mirada franca—, y solo en efectivo, nada de trámites ni complicaciones. Eusebio sonrió, aceptó, y le entregó lo acordado.
Pusieron música suave y comenzaron a bailar despacio, casi sin moverse del sitio. Ella apoyó la cabeza en su hombro, y él sintió despertar algo que creía dormido para siempre. Bebieron unas copas, charlaron, rieron, y entre miradas y palabras tiernas, sus labios se encontraron con dulzura. Nada ocurrió sin que ambos lo quisieran: cada gesto era respondido, cada caricia se daba y se recibía con afecto y respeto. Se entregaron a la intimidad con calma, sin prisas, valorando cada instante.
Eusebio beso a Marisa como a su primera novia, la recorrió entera con sus labios, llego a su entrepierna y beso con delicadeza esa joven y peluda vagina, lamio y chupo su clitoris, Marisa se arqueaba de placer, no era fingido, y de pronto con un suspiro se vino en la boca de Eusebio. Acto seguido chupo el miembro del hombre y cabalgo sobre el haciéndolo acabar como en sus años de juventud.
Después, Marisa le preguntó con suavidad:
—Dime, Eusebio… ¿qué fue lo que más te gustó?
Él la miró con gratitud:
—Que me trataste como a alguien valioso. Me diste tiempo, paciencia, cariño. Me hiciste sentir vivo otra vez. Y cuando por fin pude entrar en tu cuerpo, fue todo suave, todo cálido, todo bien.
—Me alegro muchísimo —respondió ella—. Eso era justo lo que quería darte.
Y con un brillo travieso en los ojos, añadió:
—Y lo de hoy fue solo la puerta de entrada. Otro día, si te parece bien, podemos descubrir también el otro camino, con más calma aún.
Eusebio rió, la abrazó fuerte y besaron de nuevo.
Más tarde, cuando la música se apagó, Marisa le dijo con ternura:
—Es hora de cuidarnos, de dejar todo limpio y en paz.
Se atendieron mutuamente con delicadeza, devolviéndose cariño y esmero. Luego se levantaron juntos, se asearon despacio, y en la puerta, antes de irse, Eusebio le dijo:
—Lo has hecho de verdad, con el corazón. Déjame hacerte un regalo. Dime cómo te encuentro.
Marisa soltó una risita pícara:
—Puedes buscarme como quieras… pero si me buscas por ahí, me conocen como “La Calentita”.
Eusebio sonrió, le envió una generosa suma a su billetera digital con gusto, la besó tiernamente y se marchó a su casa, sintiéndose feliz, ligero y, por primera vez en mucho tiempo, plenamente vivo.
Thoughts
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PermalinkTarifa del tamaño de una jubilación, solo efectivo, y Eusebio encima deja propina. Ese hombre no sabe regatear.
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PermalinkBueno, bueno, Eusebio
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PermalinkEusebio bailando pegado y quieto en el mismo sitio me hizo pensar en cuánto se escribe del deseo como cosa de jóvenes y qué poco del de la gente de setenta y pico. Apuesto a que Eusebio vuelve a esa casa apartada, y que la próxima vez la historia la cuenta él. Gracias por traerlo :)
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PermalinkAvenida Yrigoyen hay en muchas ciudades argentinas. ¿Usted tenía una en particular en la cabeza cuando la escribió?
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