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Mantenimiento programado

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Pensamiento

Pensamiento

Otilia

Don Ramón con sus papeles de toda la vida, y ahora resulta que los papeles son la copia. Era el único que entendía el lío entero y el que menos podía hacer con eso.

Don Ramón con sus papeles de toda la vida, y ahora resulta que los papeles son la copia. Era el único que entendía el lío entero y el que menos podía hacer con eso.

Contenido de la publicación

Relato de ficción. Los hechos, personajes y el ataque descritos son imaginarios.

Lunes: la nota de siempre

La noticia apareció en un rincón de los portales, entre el pronóstico del tiempo y el resultado de un partido: "El sitio web de varios organismos públicos se encuentra en mantenimiento programado. Disculpe las molestias."

Nadie le prestó atención. En Uruguay, las páginas del Estado se caen, se ponen lentas y vuelven. Lucía, de 22 años, ni la leyó. Estaba festejando: había sido aceptada en una maestría en Madrid. Solo le faltaba presentar su certificado de estudios, apostillado, antes del 15 de noviembre.

—Eso es un trámite, nada más —le dijo a su madre—. Lo saco el martes.

Martes: la primera puerta cerrada

Lucía descubrió que apostillar era una palabra que nunca había necesitado conocer. Era el sello que le dice a otro país: "este documento uruguayo es verdadero, créanle". Sin ese sello, su título valía, en Madrid, lo mismo que una hoja en blanco.

El sitio del Ministerio de Relaciones Exteriores decía "en mantenimiento". Llamó por teléfono: ocupado. Fue hasta la oficina: una cola de treinta personas y un funcionario amable que repetía lo mismo.

—No tenemos sistema, señorita. No podemos emitir nada. Ni a mano, porque cada apostilla se registra y se valida en línea.

—¿Y cuándo vuelve?

—Nos dijeron que en unos días.

Lucía miró la cola. Había una señora con un acta de nacimiento para reunirse con su hija en Canadá. Un hombre con un poder para vender una casa heredada en Italia. Un chico con un contrato de trabajo en Alemania. ¿Todos estos esperan lo mismo que yo?, pensó. Por primera vez, el Ministerio de Relaciones Exteriores le pareció algo más que un edificio con banderas.

Miércoles: el título que no llega

Andrea y Gonzalo llevaban once meses ahorrando para comprar su apartamento. El miércoles tenían cita en la escribanía para firmar la compraventa. La escribana los recibió con cara de funeral.

—No puedo firmar.

—¿Cómo que no? Tenemos el dinero, los vendedores están acá, el apartamento está libre…

—Para firmar necesito pedir en la Dirección General de Registros los certificados que me dicen que el vendedor es realmente el dueño y que no tiene embargos ni hipotecas. Sin esos certificados, firmar sería comprar a ciegas. Y la Dirección General de Registros no responde. Hace tres días.

—¿Y el título? ¿No lo tiene el vendedor?

—El título es solo papel. Lo que vale es lo que está inscripto en el Registro. Y hoy nadie puede inscribir nada ni consultar nada.

Gonzalo se rió, nervioso.

—Perdón, pero ¿qué es eso de la DGR? Yo pensaba que era… no sé, un archivo.

—Es el archivo —dijo la escribana—. El que dice de quién es cada casa, cada auto y cada empresa del país. Si se cae, no es que se atrasen los papeles: es que nadie puede probar que algo es suyo.

El vendedor, que ya había pedido un préstamo puente para comprar otra casa, empezó a hacer cuentas en voz baja. La cadena de ventas, cada una colgada de la siguiente, se empezó a romper.

Jueves: los embargos que no se levantan

Martín tenía una pequeña empresa de fletes. Dos años antes, un juicio le había dejado un embargo sobre su camión. Lo había pagado todo. Solo faltaba que se levantara el embargo, un trámite de rutina que hizo su gestor el lunes anterior… o creyó que lo hizo.

El jueves, un cliente grande le ofreció un contrato importante: transportar mercadería durante seis meses. Pero pedía que los camiones estuvieran "libres de gravámenes".

—Pagué hasta el último peso —dijo Martín.

—Perfecto. Mándeme el certificado del Registro que lo demuestre.

Martín llamó a su gestor.

—Martín, el sistema no deja inscribir. El pedido de levantamiento está presentado, pero no se puede registrar. Para el Registro, vos seguís embargado.

—Pero el juez ya ordenó…

—Sí, y el juez no puede avisar al Registro, porque los juzgados tampoco están funcionando bien. Es todo la misma red.

El contrato se lo dieron a otra empresa. Martín tuvo que decidir qué empleado despedir primero.

Viernes: la justicia, en pausa

En el Palacio de Justicia, los pasillos estaban llenos y silenciosos. Los expedientes digitales no se abrían. Las audiencias se suspendían una tras otra, y los jueces, sin acceso al sistema, no podían ni ver qué se había presentado.

Rosa tenía una audiencia por la pensión alimenticia de su hijo. El padre llevaba cuatro meses sin pagar. Si no se dictaba la resolución, el descuento por planilla no se activaba. Rosa le explicaba todo a su hija mayor, de 15 años, que no entendía por qué mamá lloraba en la cocina.

—Pero si el juez ya dijo que tiene que pagar —preguntó la niña.

—Sí, pero para que le descuenten del sueldo, un papel tiene que viajar de un lugar a otro. Y ese camino hoy está cortado.

En el mismo pasillo, Don Ramón, de 78 años, esperaba por la sucesión de su esposa. Sin sucesión no podía tocar la cuenta bancaria donde estaba el dinero de la casa, ni cobrar el seguro, ni vender el auto. Llevaba tres semanas viviendo con lo que le quedaba en un bolsillo. Un abogado joven le explicó con paciencia:

—Sin el sistema, ni siquiera puedo presentar el escrito.

—Hijo —dijo Don Ramón—, yo no tengo computadora. Siempre vine con papeles. ¿Cómo es que ahora no se puede con papeles?

—Porque hace años que todo se hace en el sistema. Los papeles ya son solo una copia.

La segunda semana: la cédula

Lo que hizo que la gente empezara a hablar de esto en la calle fue la cédula de identidad.

El Registro Civil dejó de emitir y de renovar documentos. Al principio solo afectó a los que tenían la cédula vencida. Pero pronto los bancos, las financieras, las mutualistas y las oficinas de cobro empezaron a rechazar cédulas con fecha pasada.

Sofía, de 41 años, tenía la cédula vencida desde hacía una semana. Fue a cobrar su sueldo en un cajero con ventanilla.

—Su documento está vencido, señora. No puedo darle el dinero.

—¡Pero no puedo renovarla, el Registro no funciona!

—Lo sé. Hoy me pasó con cuatro personas más.

Esa semana, Sofía no pudo cobrar su sueldo, ni retirar los remedios de su madre, ni firmar el contrato de alquiler de la casa donde vivía. Tampoco pudo votar en la elección de comisión de su edificio, porque exigían documento vigente.

—¡Si es mi cara! —dijo—. ¡Es la misma cara de siempre!

Pero el Estado, para casi todos los trámites, no necesita ver tu cara. Necesita ver tu documento.

La tercera semana: la cadena

Lo que nadie había previsto era cómo se encadenaría todo.

Sin certificados del Registro, los escribanos no podían firmar. Sin escrituras, los bancos no desembolsaban préstamos hipotecarios. Sin préstamos, las inmobiliarias no vendían. Sin ventas, las constructoras dejaban de pagar a los proveedores, y los obreros dejaban de cobrar.

Las empresas no podían inscribir cambios de directorio ni nuevas sociedades. Un grupo de emprendedores perdió la oportunidad de una inversión extranjera porque no podían constituir legalmente su empresa. En los puertos, los despachantes de aduana tenían camiones parados porque los documentos de importación exigían constancias que no se podían emitir.

En las cabeceras de los noticieros, aparecían expertos explicando que el problema era "un fallo de actualización", "un inconveniente técnico", "un proceso de modernización". Pero los gestores, esos profesionales que viven entre ventanillas, certificados y sellos, sabían que había algo más. Algo estaba mal desde hacía semanas, y no era un simple mantenimiento.

Nadie reivindicó el ataque. No hubo pedido de rescate público ni manifiesto. Solo silencio. Un grupo sin nombre había encontrado el punto más frágil del país: no los apagones ni las represas, sino la confianza invisible de que un papel dice lo que dice.

El lunes siguiente

Lucía no pudo presentar su certificado. Perdió la plaza en Madrid. Se lo comunicó a su madre en la mesa de la cocina.

—Pero tenías el título —dijo la madre—. Tenías todo.

—Sí, mamá. Pero lo que me faltaba no era mío. Era un sello que dependía de un sistema que no conozco.

Andrea y Gonzalo perdieron el apartamento: el vendedor, desesperado, aceptó otra oferta en efectivo.

Martín cerró dos camiones.

Rosa consiguió, por fin, una resolución escrita a mano, pero ningún banco quiso aceptarla.

Don Ramón murió en noviembre, sin haber podido hacer la sucesión de su esposa. Su hijo tendría que hacer ahora dos.

Y una mañana, en una parada de ómnibus, dos personas que nunca habían hecho un trámite en su vida miraban las noticias en un celular.

—¿Seguís sin entender qué es la DGR? —preguntó una.

—No —dijo la otra—. Pero ya sé que, sin ella, no puedo vender mi casa, ni heredar, ni comprar un auto, ni abrir una empresa, ni cobrar lo que me deben. Ni siquiera puedo probar quién soy.

La primera asintió.

—Eso es exactamente lo que hace.

La página del Ministerio seguía diciendo: "En mantenimiento programado."

Thoughts

  • Otilia

    Don Ramón con sus papeles de toda la vida, y ahora resulta que los papeles son la copia. Era el único que entendía el lío entero y el que menos podía hacer con eso.

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  • Ovid

    Lucía en la cocina, explicándole a su madre que lo que le faltaba era un sello ajeno, de un sistema que ella no conoce. Yo nunca había pensado que casi nadie sabe dónde vive su propia existencia legal hasta el día que se cae, y apuesto a que más de un lector va a mirar la DGR con otros ojos después de esto.

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