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LOS VELOS DE ELYNDRA

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(Esta historia está inspirada en Wanda Maximoff, también conocida como la Bruja Escarlata, y continúa los acontecimientos de Doctor Strange in the Multiverse of Madness .

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Wanda viva!! Sigo.

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Contenido de la publicación

Nota del autor

(Esta historia está inspirada en Wanda Maximoff, también conocida como la Bruja Escarlata, y continúa los acontecimientos de Doctor Strange in the Multiverse of Madness.

Es una historia creada desde mi propia imaginación a partir de una pregunta: ¿qué habría pasado si Wanda no hubiera muerto bajo las ruinas del templo y su historia hubiera continuado de una manera completamente diferente?

A partir de esa idea nace Los Velos de Elyndra, una aventura que llevará a Wanda a un mundo antiguo, lleno de magia, misterios, civilizaciones, criaturas y secretos que cambiarán para siempre el rumbo de su historia.

Esta es mi propia interpretación de lo que podría haber ocurrido después de aquella película)

CAPITULO 1

DESPUÉS DEL SILENCIO

No sabía cuánto tiempo había pasado. Durante un momento no hubo nada. Ni oscuridad, ni luz, ni frío, ni calor. No había dolor ni siquiera pensamientos claros; solo un silencio tan profundo que parecía haber borrado todo lo que existía a mi alrededor. No sabía dónde estaba, ni cómo había llegado allí, ni siquiera si todavía estaba viva. Lo último que recordaba era el templo, las piedras cayendo sobre mí y aquella sensación de que todo había terminado. Había aceptado que iba a morir. Al menos eso era lo que creía.

Entonces respiré.

El aire entró de golpe en mis pulmones y abrí los ojos mientras una tos seca me obligaba a llevarme una mano al pecho. Intenté incorporarme, pero un dolor sordo recorrió mi cuerpo y tuve que detenerme. Permanecí allí durante varios segundos, respirando con dificultad y tratando de entender qué estaba pasando. El suelo bajo mi espalda era duro y frío, cubierto por una fina capa de polvo. Sentía pequeñas partículas sobre mi rostro y entre mi cabello, y cada vez que respiraba podía percibir el olor de la tierra y de las piedras antiguas. Miré mis manos. Estaban allí. Moví lentamente los dedos, uno por uno, como si necesitara comprobar que realmente me pertenecían. Después llevé una mano hasta mi rostro y cerré los ojos. Mi corazón latía con fuerza, demasiado fuerte para alguien que se suponía que debía estar muerta.

—¿Qué...?

Mi voz salió débil y áspera. Tragué saliva y volví a mirar alrededor. No reconocía el lugar. Había enormes bloques de piedra a mi alrededor, algunos formando parte de lo que parecía haber sido una estructura mucho más grande y otros completamente partidos, cubiertos por polvo y pequeñas raíces que habían comenzado a crecer entre las grietas. Sobre mí se extendía una parte del techo derrumbado, aunque entre las rocas podía distinguir una pequeña porción de cielo. Una luz tenue entraba desde algún lugar cercano y proyectaba sombras irregulares sobre las paredes. Intenté recordar. El Darkhold. Mis niños. Stephen. El templo. America Chavez. Las últimas palabras que había escuchado. Después, nada. Cerré los ojos con fuerza. No quería pensar en ello. No todavía.

Apoyé las manos sobre el suelo y traté de levantarme. Mis piernas temblaron cuando finalmente conseguí ponerme de pie y tuve que apoyarme contra una pared para no caer. Durante unos instantes permanecí allí, esperando a que el mareo desapareciera. Cuando pude mantenerme en pie, observé con más atención el lugar donde había despertado. Entre dos enormes bloques de roca había una abertura por la que entraba mucha más luz. Caminé hacia ella con pasos lentos y, cuando finalmente la atravesé, tuve que entrecerrar los ojos.

El paisaje que apareció frente a mí me dejó completamente inmóvil.

No había edificios. No había carreteras. No había vehículos. No había nada que pudiera reconocer como parte del mundo que conocía. Frente a mí se extendía un valle enorme rodeado por montañas cubiertas de vegetación. Un río atravesaba la tierra a lo lejos, reflejando la luz del cielo, mientras que más allá se levantaba un bosque tan grande que parecía no tener final. Los árboles eran enormes, mucho más altos que cualquiera que recordara haber visto, y algunas de sus copas tenían tonalidades verdes extrañas que brillaban ligeramente bajo la luz del sol. El viento pasó junto a mí y movió mi cabello. Era frío, limpio y completamente desconocido.

—¿Dónde estoy?

Nadie respondió.

Permanecí allí durante un largo rato, esperando que algo me resultara familiar. Tal vez aquello era una ilusión. Tal vez seguía dentro de mi propia mente. Tal vez el templo no había sido real. Pero el frío sobre mi piel era real. El suelo bajo mis pies era real. El viento también. Y, por alguna razón que no podía comprender, yo seguía viva.

Levanté lentamente una mano. Durante años había conocido perfectamente la sensación de mi poder. La magia del caos siempre había estado allí, incluso cuando no necesitaba pensar para sentirla. Era una parte de mí, algo que podía reconocer incluso con los ojos cerrados. Intenté buscarla.

Nada.

Fruncí el ceño y volví a intentarlo. Cerré los dedos, concentrándome, intentando recordar la sensación de aquella energía recorriendo mis manos, recordando todo lo que había sido capaz de hacer. Una vez. Dos veces. Tres. Nada ocurrió. Sentí un vacío extraño dentro de mí. No era simplemente que mi magia estuviera débil. Era como si hubiera desaparecido.

—Vamos...

Lo dije en voz baja, como si hablarle pudiera hacer que regresara. Volví a intentarlo, pero fue inútil. Bajé lentamente la mano y miré el valle. Si quería descubrir dónde estaba, tendría que encontrar a alguien. No sabía qué había ocurrido con el mundo que conocía, pero quedarme allí no iba a darme ninguna respuesta.

Comencé a caminar.

El río parecía ser el único punto de referencia y decidí seguirlo. Quizá encontraría personas. Quizá algún asentamiento. Quizá, si caminaba lo suficiente, descubriría dónde estaba. Sin embargo, cuanto más avanzaba, más evidente se volvía que aquel lugar no pertenecía al mundo que conocía. No había señales de tecnología, ni construcciones modernas, ni caminos claramente marcados. Solo naturaleza, montañas, bosques y pequeños rastros de algo que parecía haber existido mucho antes de que yo llegara.

En una de las orillas encontré unas piedras cubiertas de símbolos. Me agaché y pasé los dedos sobre uno de ellos. No reconocía la escritura. Era antigua, pero no se parecía a ningún idioma que recordara. Algunos símbolos formaban círculos y otros tenían líneas curvas con pequeñas marcas en los extremos. Había algo extraño en ellos. No podía explicarlo, pero al observarlos sentí una presión en el pecho, como si alguna parte de mí los reconociera aunque mi memoria dijera lo contrario.

Retiré la mano.

—Esto no tiene sentido.

Seguí caminando hasta que el sol comenzó a descender. No sabía cuánto tiempo había pasado desde que desperté, pero comprendí que pronto tendría que encontrar un lugar donde pasar la noche. No sabía qué animales habitaban aquel territorio ni qué peligros podían existir dentro del bosque, así que decidí permanecer cerca del río. Cuando finalmente cayó la noche, el valle cambió por completo. El viento se volvió más frío, las montañas se transformaron en enormes sombras y el cielo se llenó de estrellas. Muchas parecían más brillantes de lo que recordaba, como si estuviera observando el cielo desde un lugar completamente diferente.

Con algunas ramas secas conseguí encender una pequeña fogata y me senté junto a ella. Por primera vez desde que había despertado tuve tiempo para pensar. Stephen. Los demás. Mis hijos. Todo aquello que había hecho. Todo aquello que había perdido. Bajé la mirada hacia el fuego y permanecí en silencio. No sabía qué esperaba encontrar después de aquello. Tal vez nada. Quizá simplemente había despertado en algún lugar que no entendía y tendría que descubrir cómo sobrevivir.

Entonces escuché un ruido.

Levanté la cabeza. Algo se movió entre los árboles. Me puse de pie inmediatamente y miré hacia la oscuridad.

—¿Quién está ahí?

No hubo respuesta. Solo el sonido de las hojas moviéndose con el viento. Di un paso hacia atrás y entonces una criatura salió lentamente de entre los árboles. Era difícil describirla. Tenía cuatro patas, aunque su cuerpo era más grande y delgado que el de cualquier animal que conociera. Sus ojos reflejaban la luz del fuego y dos pequeñas estructuras parecidas a cuernos sobresalían de su cabeza. Detrás de ella aparecieron otras dos.

Las observé sin moverme.

Ellas también me observaban.

No parecían querer atacarme. Parecían estar esperando algo. Entonces ocurrió algo extraño. Las tres criaturas levantaron la cabeza al mismo tiempo y miraron hacia un punto detrás de mí. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Me giré lentamente, pero no había nadie. Cuando volví a mirar hacia los árboles, las criaturas habían desaparecido. No había escuchado pasos ni ramas rompiéndose. Simplemente ya no estaban.

Me quedé mirando el bosque durante varios segundos antes de volver a sentarme junto al fuego. Aquella noche apenas dormí. Había algo en aquel lugar que no comprendía, algo que hacía que cada sonido pareciera tener un significado oculto. Sin embargo, el cansancio terminó venciendo y cerré los ojos.

A la mañana siguiente continué mi camino.

Mi cuerpo todavía se sentía extraño, pero podía caminar con mayor facilidad. Seguí el río durante horas hasta que encontré unas huellas marcadas sobre la tierra húmeda. Me agaché y las observé. No eran de animales. Eran huellas humanas. Algunas eran más pequeñas que otras y todas parecían dirigirse en la misma dirección. Había personas cerca.

Por primera vez desde que había despertado sentí algo parecido a esperanza.

Seguí las huellas y, después de casi una hora, escuché voces. Me detuve detrás de unos árboles y observé. Eran varias personas. Llevaban ropa hecha de materiales que no reconocía; algunas tenían pieles sobre los hombros y otras prendas tejidas con fibras naturales. No había nada moderno en ellas. Parecían pertenecer a otra época.

Una de ellas me vio.

La conversación se detuvo inmediatamente.

Todos me miraron.

Levanté lentamente las manos para demostrar que no quería hacerles daño.

—Tranquilos.

No entendieron.

Uno de ellos dijo algo que no reconocí.

—Naer...?

Negué con la cabeza.

—No entiendo.

Comenzaron a hablar entre ellos. Yo permanecí quieta, intentando descubrir qué estaba sucediendo, hasta que una pequeña piedra situada junto a mi pie se elevó unos centímetros del suelo.

La observé.

Mi corazón se detuvo por un instante.

La piedra cayó.

Todos retrocedieron.

Yo también.

—Yo no...

No terminé la frase. Miré mis manos. Aquello no había sido intencional, pero había sido magia. Una pequeña chispa. Una señal de que mi poder no había desaparecido completamente.

Los habitantes comenzaron a alejarse, pero una joven permaneció allí. Era aproximadamente de mi edad, quizá un poco menor. Tenía el cabello oscuro y llevaba una pequeña bolsa de cuero cruzada sobre el hombro. Dijo algo a los demás y después comenzó a caminar hacia mí.

No me moví.

La joven se detuvo a unos pasos de distancia y me observó durante unos segundos. Después se señaló a sí misma.

—Lira.

La palabra salió con claridad.

La observé.

—Lira.

Ella sonrió ligeramente.

Yo hice lo mismo.

—Wanda.

La joven intentó repetir mi nombre.

—Wan...da.

Asentí.

Lira señaló entonces hacia el camino que conducía hasta el pequeño asentamiento que se encontraba más adelante. No era una ciudad ni un lugar grande. Eran unas pocas casas construidas alrededor de un espacio central donde había varios fuegos apagándose lentamente. Las viviendas estaban hechas principalmente de madera, piedra y barro, con techos cubiertos de fibras vegetales. Parecía una comunidad pequeña escondida dentro de aquel enorme valle.

Lira volvió a señalar hacia las casas y después me miró.

Entendí la invitación.

No tenía ningún otro lugar al que ir.

Así que la seguí.

Durante los primeros días apenas pude comunicarme con ellos. Lira fue quien más intentó ayudarme. Me enseñaba palabras sencillas y yo trataba de repetirlas. Algunas veces pronunciaba algo completamente mal y ella se reía, y aunque al principio no entendía por qué, terminé riéndome también. Era extraño. Después de todo lo que había ocurrido, no esperaba volver a hacerlo.

Pero ocurrió.

Poco a poco aprendí algunas palabras. Agua. Comida. Fuego. Bosque. Río. Casa. También descubrí que cada persona tenía un nombre y que aquella comunidad pertenecía a una región mucho más grande de la que podía imaginar. No era el único lugar habitado del valle. Había otros grupos, otras aldeas y caminos que se perdían entre las montañas.

Una tarde, mientras estaba junto a Lira, escuché nuevamente una palabra que parecía aparecer constantemente en las conversaciones.

Elyndra.

Al principio pensé que era el nombre de la comunidad, así que señalé las casas y pregunté:

—¿Elyndra?

Lira negó con la cabeza. Después señaló las montañas, el cielo, el río y finalmente la tierra que se extendía mucho más allá de nosotros.

—Elyndra.

Comprendí.

No era el nombre de aquel lugar.

Era algo mucho más grande.

Era el mundo.

Mi mundo.

Elyndra.

Aquella noche permanecí sentada junto al fuego mientras los habitantes de la comunidad conversaban y contaban historias. No entendía la mayoría de las palabras, pero podía reconocer el tono con el que hablaban. Eran historias antiguas, leyendas transmitidas de una generación a otra. Algunas hablaban de criaturas, otras de lugares que ya no existían y otras de personas capaces de hacer cosas que parecían imposibles.

Lira se sentó a mi lado y señaló hacia el bosque que se extendía más allá de las últimas casas.

—Vael.

—¿Vael?

Ella asintió.

—Bosque de Vael.

Miré hacia los árboles. El bosque parecía extenderse mucho más allá de donde alcanzaba la vista.

—¿Qué hay allí?

Lira no comprendió la pregunta, pero por su expresión entendí que el bosque no era un lugar del que hablaran con tranquilidad. Permaneció observándolo durante unos segundos y después pronunció una palabra que yo todavía no conocía.

—Recuerda.

La repetí con dificultad.

—¿Recuerda?

Lira asintió.

Luego añadió otra palabra.

—Todo.

La miré confundida.

No sabía qué significaba exactamente.

Pero aquellas dos palabras se quedaron conmigo.

Recuerda.

Todo.

Esa noche soñé con ruinas.

No eran las ruinas donde había despertado. Eran mucho más antiguas. Vi enormes estructuras construidas sobre montañas y piedras cubiertas de símbolos. Vi personas caminando entre columnas iluminadas por una energía azulada. Vi figuras que sostenían objetos que parecían contener luz y escuché voces hablando en un idioma que no conocía, aunque de alguna manera podía comprender que estaban hablando de algo que había sucedido hacía muchísimo tiempo.

Entonces me vi a mí misma.

Estaba de pie frente a una estructura gigantesca, observando algo que no podía distinguir. Intenté acercarme, pero antes de poder hacerlo escuché una voz.

—Todavía no.

Desperté de golpe.

La habitación estaba oscura y el fuego del exterior apenas iluminaba las paredes. Permanecí sentada durante unos segundos, intentando recuperar el aliento. Miré mis manos.

Al principio no ocurrió nada.

Después apareció una pequeña luz roja entre mis dedos.

No era más grande que una chispa.

La observé con incredulidad.

Mi corazón comenzó a latir más rápido.

La luz desapareció casi inmediatamente, pero esta vez sonreí.

No sabía qué era aquel lugar. No sabía por qué estaba viva. No sabía qué había sucedido con el mundo que conocía ni cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había visto a las personas que amaba. No sabía quiénes eran aquellos habitantes, qué secretos escondía el Bosque de Vael ni qué significaban las ruinas que había visto en sueños.

Pero sabía algo.

Mi poder seguía allí.

Muy dentro de mí.

Esperando.

Me quedé mirando mis manos durante unos segundos más antes de volver a recostarme. Afuera, el viento atravesaba las ramas del bosque y, muy lejos, algo emitió un sonido que no reconocí. Cerré los ojos.

Todavía no podía saberlo, pero aquel pequeño destello había sido el primero de muchos.

Mi vida anterior había terminado.

No porque hubiera muerto.

Sino porque, de alguna manera que todavía no podía comprender, había comenzado otra.

Una vida en un mundo que no conocía.

Una vida que había comenzado miles de años después de una historia que nadie recordaba.

Y al despertar entre aquellas ruinas, sin saber siquiera dónde estaba, había dado el primer paso hacia una historia que llevaba mucho tiempo esperando por mí.

Thoughts

  • mediatarde

    Ay, la parte de Lira enseñándole agua, fuego, casa. Así se hacen amigos los que no hablan igual. ¿Vas a publicar la segunda parte de lo del bosque de Vael?

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  • porCuriosidad

    Entendí hasta la piedra que se levanta sola. Lo que no me cuadra es que la magia no responda cuando ella la llama y sí salga cuando se asusta. De repente ahora funciona al revés que antes.

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  • serie2011

    Un capítulo y ya le pusiste nombre al mundo, al bosque y a la piba que le enseña a hablar. Yo tardé dos años en ponerle nombre al termo, che.

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  • bel

    Chicos la continuación ya esta disponible. ¡Disfruten!

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  • RominaQ

    Wanda viva!! Sigo.

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  • bel

    ¡Hola a todos! Quería comentarles que aún no he terminado la continuación de mi historia. Les pido un poco de paciencia, ya que he estado bastante ocupado con varias actividades, pero siempre me tomo el tiempo para seguir escribiendo. ¡Muchas gracias por su comprensión y apoyo!

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  • SoledadArrieta

    Leí el capítulo completo. Lo que no me cuadró: Wanda toca piedras con símbolos que le aprietan el pecho, sueña con ruinas mucho más antiguas y al despertar le sale una chispa roja, todo la misma noche en que Lira le dice recuerda y todo. Para mí el bosque de Vael y esas ruinas son el mismo sitio, y la magia le vuelve a medida que recuerda. Si me equivoco, mejor.

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  • Ovid

    Lira señalando las montañas, el rio y el cielo para decir que Elyndra es el mundo entero me hizo pensar en los mapas que abren las novelas de fantasia, con el nombre grande escrito por encima de todo. Apuesto a que ya tienes ese mapa dibujado. Si la conviertes en serie aqui te sigo capitulo a capitulo, gracias por subirlo!

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  • BeaSalgado

    Wanda se acuerda de sus niños y de Stephen una sola vez, junto al fuego, y enseguida baja la mirada. A mí eso me pesó más que el templo derrumbado, porque en una casa callada una también aprende a no nombrar a los que faltan. Y luego Lira se ríe cuando ella pronuncia mal y Wanda se ríe también. Me parece bien que la dejes reírse primero.

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