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Sueños y premoniciones

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Pensamiento

Pensamiento

Elena_V

Qué solo se oye todo esto. Y eso de creértelo, la verdad que eso es lo que duele.

Qué solo se oye todo esto. Y eso de creértelo, la verdad que eso es lo que duele.

Contenido de la publicación

Todas las noches, cuando terminaba de masturbarme y escribir, me prendía un cigarro, me colocaba los audífonos y me recostaba en la parte izquierda de la cama, al lado de la mesita de noche y de mi lámpara de sobremesa. Entonces escuchaba música.

Reproducía a Tirone José, Camilo Sesto, José Luis Perales, Héctor Lavoe. Normalmente disfrutaba de la salsa de Héctor, de Willie Colón o de Celia Cruz, e imaginaba que era el pianista. Cerraba mis ojos y, más que imaginar, soñaba:

Yo, al centro del escenario, lleno, todos aplaudiendo al pianista, que era yo. Tenía un cigarro en la mano derecha y en la izquierda un ron amargo. Daba una calada y me tomaba el ron con hielos; saciaba mi sed, ponía el vaso de cristal en su lugar y daba otra calada al cigarro. Entonces preparaba mis manos y comenzaba a tocar la brillante entrada de «Loco», de Héctor Lavoe. La cantaba en mi mente e imaginaba los aplausos al terminar. Después, prendía otro cigarro y daba tiempo a mi siguiente pieza: «Abuelita», nuevamente de Lavoe.

—Muchas gracias, gente, por venir esta noche —daba otra calada al cigarro—. De verdad, muchas gracias. Para ustedes, mi siguiente pieza.

Y comenzaba a tocar.

Después me aburría de Lavoe y cantaba algo de José Luis Perales: algo más íntimo, más triste. Tomaba mi copa de vino —un Lambrusco, barato—, servía en mi vaso, daba un trago y me prendía otro cigarro. Volvía a ponerme los audífonos, cerraba los ojos y soñaba de nuevo.

Cuando terminaba el vino por completo, bajaba por otra botella. Me tomaba dos botellas cada noche. Cuando ya no había vino, lo reemplazaba por cerveza.

Algunas noches, en estado de ebriedad, miraba mi teclado con deseo, pero también con la imposibilidad de tocarlo. Solo lo deseaba, pero no lo tocaba. Lo observaba desde mi cama, acostado, me prendía otro cigarro y continuaba con mi música: soñando, sintiéndola sonar y, lo más importante, sintiendo el reconocimiento.

A veces, a mitad del concierto, mi hija pequeña se metía y me sorprendía. Yo la levantaba con el brazo izquierdo mientras con el otro sostenía el micrófono, o si era el tiempo de espera para otra pieza, un buen cigarro Marlboro Rojo. Miraba al escenario en busca de mi otro hijo. Mi hija pequeña tenía solo tres años y mi hijo, dos. Miraba buscando a mi madre, pues mi esposa me había abandonado. Pero yo era un excelente pianista y cantautor. Tenía una hija preciosa llamada Hossana, y un hijo llamado Jorge.

Después despertaba y no escribía nada; solo me encantaba creérmelo.

Prendía otro cigarro y me sentaba del lado izquierdo de la cama. Miraba la ventana y la abría para que el humo saliera. Me sentaba nuevamente y después me levantaba a abrir la puerta del cuarto, salía hasta la terraza y tomaba aire fresco. Me quedaba un rato admirando el vecindario y después volvía a entrar. Cuando meaba, me daba pereza bajar al segundo piso, así que meaba en las botellas de alcohol. Tenía unas seis o siete botellas de más de un litro llenas de orina, y cuando ya estaba muy alcoholizado, a veces las bebía por accidente.

Cuando no pasaba, hacia todo lo anterior, me prendía otro cigarro y me acostaba a dormir. Me fumaba unos quince cigarros al día y no siempre bebía, pero cuando lo hacía, lo hacía bien.

Al final bastaba con quitarme las orejeras de la cabeza y ver la realidad que me rodeaba. Ya alcoholizado, prefería dormir; y cuando estaba sobrio, solo me prendía otro cigarro más y veía el interior del cuarto. Bastaban algunos minutos para sentir una ansiedad y desesperación de estar encerrado en la miseria, y salía a la terraza, despejaba mi mente, entraba de nuevo y solamente me dormía.

Cuando me acostaba, imaginaba que mi almohada era una mujer, y la abrazaba. En las madrugadas, imaginaba el llanto de una niña —quien era Hossana— y hablaba con mi almohada pidiendo que la callara. Después me dejaba de tonterías y dejaba de fingir todo; entonces, por fin, dormía de verdad.

— Jorge Guzmán

Thoughts

  • Anselma

    Tus hijos van a recordar que los pensabas en esas noches. Aunque no sea lo que querías, eso que escribiste cuenta, Jorge.

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  • quiza_me_equivoco

    Uno vive dos vidas. La que le pasa y la que finge. Pero la tuya duele porque la pusiste en palabras.

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  • solo_curioseo

    Ese teclado, alguna vez lo tocaste de verdad o la magia estaba en solo mirarlo?

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  • idea1908

    Eso de soñar siendo un quilombo me resuena. Menos el piano, pero las ganas de ser alguien siguen.

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  • Elena_V

    Qué solo se oye todo esto. Y eso de creértelo, la verdad que eso es lo que duele.

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