Capítulo 3
El mito no es mentira: es poesía para nombrar lo inefable
Nota: Lo que leerás a continuación es mi interpretación personal. Es la forma en que yo entiendo el mito, la religión yoruba y la relación entre la fe y la razón. No pretende hablar en nombre de la religión ni de quienes la practican, y muchos de ellos creen en los orishas como seres reales. Es mi camino y mi lectura, nada más.
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Siempre que escucho la palabra "mito", pienso en cómo mucha gente la usa como sinónimo de mentira. Como si fuera una historia ingenua que la gente inteligente debería dejar atrás. Pero yo no lo veo así.
Para mí, el mito no es una explicación barata de la realidad. Es otra cosa. Es un lenguaje. Una forma de nombrar lo que no se puede decir con palabras exactas. Las cosas que no entran en una fórmula: el amor, la muerte, el origen, el misterio. Esas cosas no se explican, se cuentan.
Por eso creo que el mito no es mentira. Es poesía. Y la poesía no compite con la ciencia; ocupa otro territorio.
La fricción que yo mismo he sentido
Y aquí es donde la cosa se pone más personal. Porque yo he sentido esa fricción. Esa sensación de que lo que te enseñaron en la religión choca con lo que sabes por la razón. Y durante un tiempo pensé que tenía que elegir. Que, si quería ser racional, tenía que dejar atrás lo simbólico. O que, si quería ser espiritual, tenía que dejar de preguntar.
Con el tiempo entendí que no tenía que elegir. Que esa fricción no era una contradicción, sino una tensión creativa. Una forma de sostener dos dimensiones al mismo tiempo: una en el plano de los hechos, otra en el plano del significado.
Porque el problema no es el mito. El problema es cuando se le exige que sea otra cosa. Que sea historia, que sea ciencia, que sea un informe de lo que realmente pasó. ¡El mito no tiene que ser eso! Puede hablar de lo que sientes, no de lo que pesa.
Ahora, cuando siento esa fricción entre lo que creo y lo que sé, no la veo como un error. La veo como una señal de que estoy vivo, de que estoy pensando, de que estoy tratando de habitar el mundo con todas mis herramientas.
Fragmento de la conversación con alguien sin nombre:
—Yo he sentido esa fricción entre el mito y la realidad. Y aprendí que no tenía que elegir. Podía sostener ambas, siempre que no las confundiera. Una me habla del alma; la otra, del mundo.
La religión yoruba y su sabiduría simbólica
Cuando empecé a acercarme a la religión yoruba, al principio me costó entenderla. Veía nombres, rituales, figuras, historias que parecían sacadas de otro mundo. Pero con el tiempo entendí que no se trataba de creer en seres literales, sino de leer símbolos.
En mi cosmovisión de la religión yoruba, los orishas no son dioses que viven en el cielo como personas con poderes mágicos. Comprendí que son fuerzas de la naturaleza personificadas. Formas de nombrar lo que ya está aquí: el mar, el fuego, la guerra, la fertilidad, la muerte.
Yemayá no es una mujer con corona. Es la inmensidad del mar, su fuerza, su misterio, su capacidad de dar vida y de arrasar. Changó no es un rey con barba. Es el fuego, el rayo, la pasión, la justicia. Oggún no es un herrero celestial. Es la energía del trabajo, la transformación, el metal, la guerra. Y Obbatalá no es un anciano de túnica blanca. Es la sabiduría, la calma, la luz, la pureza, el orden que sostiene el mundo.
Cuando entiendes eso, el mito deja de ser una creencia ingenua y se convierte en un lenguaje. Y eso, para mí, es más sabio que cualquier dogma.
Deconstrucción y reconstrucción
Llegar hasta aquí no fue fácil. Tuve que desaprender muchas cosas. Deconstruir la fe que me enseñaron, la que daba respuestas cerradas, la que dividía el mundo entre salvados y condenados. Esa fe ya no me servía, pero dejarla también fue un duelo. Porque cuando te quitan el mapa sin darte uno nuevo, te quedas sin rumbo.
Pero luego empezó la reconstrucción. Primero, con la razón: leer, preguntar, cuestionar, desarmar lo que me habían dado. Después, con el encuentro con la religión yoruba, que no me pidió que creyera sin pensar, sino que entendiera los símbolos como lenguajes vivos. Y al final, con la integración: entender que mi razón y mi fe no tenían que estar en guerra. Que podían coexistir en un mismo cuerpo, en una misma mente, en una misma forma de habitar el mundo.
Esa reconstrucción no ha terminado. Probablemente nunca termine. Pero hoy puedo decir que mi fe no es la misma que me dieron. Es una fe que he elegido, que he analizado y que he reconstruido desde mis propias preguntas.
Fragmentos de la conversación con alguien sin nombre:
—Yo he sabido engranar mi parte religiosa y mi parte racional, separando racionalmente lo mítico de la realidad. Suena contradictorio, pero son dos ideas que pueden coexistir sin conflicto.
Cómo conviven la razón y el mito en mi propia experiencia
Una de las visiones que más influyó en mi forma de pensar fue la de Baruch Spinoza. Su idea de un Dios inseparable de la naturaleza me permitió dejar de imaginar lo divino como un ser externo al universo. Sin embargo, mi camino fue más allá de esa influencia. Con el tiempo comprendí que la razón y el mito no son enemigos, sino lenguajes distintos para relacionarnos con una misma realidad.
La razón me ayuda a entender el mundo. Me permite observar, cuestionar, analizar. El mito me ayuda a habitarlo. Me da imágenes, símbolos, relatos que resuenan con algo que no puedo explicar con palabras.
Y lo curioso es que ambos pueden coexistir sin conflicto. Porque no operan en el mismo plano. Uno me dice cómo funciona el universo; el otro, por qué vale la pena vivirlo.
Y ambos son necesarios para navegar esta vida que a veces es tan confusa.
Aprender a mantener juntos ambos lenguajes no es sencillo. La razón me pide pruebas; el mito me recuerda que no todo lo importante puede explicarse de la misma manera. No necesito resolver esa diferencia, sino aprender a convivir con ella.
Y eso, para mí, es lo que significa ser un creyente crítico. No es una contradicción. Es una postura honesta. Es reconocer que la fe no tiene que ser ciega para ser profunda, y que la razón no tiene que ser fría para ser clara. Es habitar la tensión sin rendirse a ella.
Y desde esa tensión, desde esa postura, es desde donde he aprendido a mirar el mundo. No desde la certeza, sino desde la pregunta. No desde el dogma, sino desde la búsqueda.
Quizás por eso los siguientes capítulos no son respuestas, sino exploraciones. Porque el creyente crítico no es alguien que ha llegado, sino alguien que sigue caminando.
Fragmento de la conversación con alguien sin nombre:
—Spinoza decía que Dios no es un ser personal, sino la totalidad de lo que existe. Para él, entender el universo era entender a Dios. Esa visión me ayudó a reconciliar mi razón con mi búsqueda espiritual.
—He aprendido a convivir con mi lado religioso y mi lado racional. Puedo reconocer el valor simbólico de los mitos sin confundirlos con la realidad, y eso no me obliga a renunciar a mi espiritualidad. Puede parecer contradictorio, pero ambas dimensiones pueden coexistir sin conflicto.