Un día el silencio dejó de asustarme,
y aprendí que estar sola no era abandonarme;
descubrí que en la calma, sin nada que fingir,
también puede el alma comenzar a existir.
Me alejé del ruido que todo lo invade,
de voces que opinan sin saber lo que vale;
y escuché mis pensamientos, despacio y sincero,
descubriendo quién soy cuando nadie está cerca.
Comprendí que la soledad no siempre es vacío,
ni todo silencio significa desvarío;
a veces es refugio, espacio y libertad,
un lugar donde encuentras tu propia verdad.
Aprendí que no tengo que agradar a cualquiera,
ni cambiar lo que soy para encajar donde fuera;
que quien conoce su esencia y aprende a aceptarla
ya no necesita al mundo para poder encontrarla.
También descubrí que crecer puede doler,
que dejar ciertas cosas es parte de aprender;
hay puertas que se cierran por una razón,
y caminos que empiezan después de una decisión.
Hoy ya no le temo a caminar lentamente,
ni a tomarme un momento para escuchar mi mente;
porque entendí que a veces, para saber dónde ir,
primero necesitamos detenernos y sentir.
Y si alguna vez vuelvo a sentirme perdida,
recordaré que también es parte de la vida;
que no siempre estar sola significa estar mal,
a veces es el comienzo de encontrarte de verdad.
Porque aprendí, después de tanto buscar,
que no necesito a nadie para poderme encontrar;
y que cuando consigo escuchar mi propia voz,
el silencio deja de ser vacío…
y se convierte en mi mejor reflexión.
__Athena