Lo del final, la gente de afuera que defendía a los enjuiciados y recién ahí duda, es lo que más me quedó. En todo lado hay uno que jura que no sabía nada, y a veces es cierto y a veces se lo repitió hasta creérselo.
los que pudieron flotar
Pensamiento
Lo del final, la gente de afuera que defendía a los enjuiciados y recién ahí duda, es lo que más me quedó. En todo lado hay uno que jura que no sabía nada, y a veces es cierto y a veces se lo repitió hasta creérselo.
Contenido de la publicación
Capítulo 4 — Cemento Y Tierra
—Abran
La orden no se gritó.
Se impuso.
Varios golpes caen sobre aquella puerta que debía proteger.
Pero que al final termina cediendo.
El ruido rompe el crudo silencio de la noche.
Lo único que logra escuchar, aun estando con sus ojos cerrados,
Son aquellos pasos firmes, Pasos que se distribuyen por todo su hogar.
Escucha como rompen como tiran.
Como entran a la habitación de su madre y la toman a la fuerza.
Escucha como su madre grita pidiendo piedad.
No por ella,
Si no por su hija.
Escucha como aquellos pasos se acercan a su habitación.
El zumbido ya no está… Desapareció.
El frío todavía la acompaña.
Siente como a su alrededor se ciñen varias siluetas,
Luego unas manos que la inmovilizan,
Y como una capucha cae antes de que pueda reaccionar.
— Recuerda algo sobre el traslado? ¿Algún lugar en específico donde cruzaron? ¿Algún lugar familiar?
Graciela piensa.
Hace memoria, no recuerda muy bien.
No podía ver, ni oír
Solo recuerda la sensación de estar metida en el piso del auto,
Con las botas de los captores sobre su espalda para que no pudiera levantarse.
Hasta que recuerda.
—Pasamos por mi primaria
El juez anota
—Cómo se dio cuenta que era su lugar de trabajo, señora Ibarra
— Por un poso que hizo que el vehículo pegara un pequeño salto.
Una de sus compañeras parada al fondo, suelta un sollozo ahogado.
No hay despertar, tampoco zumbido.
Solo la oscuridad.
Y el mismo olor.
Humedad, cemento y tierra mojada.
Esta vez no está soñando.
Aunque ella quisiera estarlo.
Su realidad ahora era,
Aquel sitio con el que tanto había soñado.
Graciela abre los ojos, no ve nada.
La capucha pesa. El aire entra a medias.
Trata de moverse, no puede.
El suelo es frío, las paredes finas.
Siente las respiraciones cercanas,
Aquellas separadas por algo parecido a rejas.
Trata de contar cuánta gente tiene a su alrededor.
No puede, son muchos,
Demasiados.
Las horas parecen no pasar.
Esa noche no hay zumbido.
No hay frio.
Parece que los sueños no quieren ni aparecer.
No sabe ni cuantos días hace que la llevaron,
Pero si sabe lo que le espera.
Días después vuelve a soñar,
Sueña con muchas figuras,
Gente que en la realidad está con ella.
Aunque ella no se puede mover, los demás sí.
Caminan despacio como si todo les doliera.
Le pueden hablar, pero casi todos la evitan.
Entre las personas está Julián,
Alguien a quien ya había soñado.
Este la mira con una lástima reflejada en sus ojos,
Como si no quisiera que ella estuviera ahí.
En sus sueños él no se queda quieto,
Se mueve por todos lados, sus manos hacen un tic raro.
—No deberías estar acá
Le dijo uno de esos días.
—Quiero vivir Graciela, no quiero que me lleven.
Le comenta mientras truena sus dedos.
Al pasar los días entendió el funcionamiento
Los pasos en grupos significaban interrogatorios.
Esos pasos que a todos ponían a temblar y a rezar para que no se paren frente a vos.
—Señora Ibarra si le pidiera reconocer a su torturador ¿lo podría hacer?
Graciela no necesita pensarlo mucho.
—Si
contesta segura.
—¿Cómo sabría que es él?
—La persona que se encargó de torturarme, usaba mocasines, su perfume era fino de marca y su acento porteño es inconfundible, aunque tratara de ocultarlo.
La sala queda en silencio,
Y en el exterior aquellas personas,
Que aun sin saber defendían a los enjuiciados.
Comenzaron a cuestionarse cuanto sabían de la verdad
Y cuanto sabían de lo que el estado hacía.
Thoughts
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PermalinkLa línea de los tres olores de la celda fue derecho a la libreta. Te aviso porque corresponde.
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PermalinkUf, la capucha.
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PermalinkLo del final, la gente de afuera que defendía a los enjuiciados y recién ahí duda, es lo que más me quedó. En todo lado hay uno que jura que no sabía nada, y a veces es cierto y a veces se lo repitió hasta creérselo.
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PermalinkJulián moviéndose por todos lados y tronando los dedos mientras los demás apenas se arrastran. Da la impresión de que él ya sabe que no llega al juicio, y que por eso le dice que no debería estar ahí.
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PermalinkUn bache que hace saltar el coche y por eso sabe que pasó por su primaria. Los baches de un barrio se conocen con el cuerpo. Xe, a mí me pasa igual con la calle de casa, y en un juicio eso pesa más que un mapa.
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PermalinkLa madre gritando para que no se lleven a la hija, y no por ella, es lo que no se me va, más que la capucha. Y luego esa compañera al fondo de la sala que suelta el sollozo cuando Graciela nombra la primaria: nadie le pregunta nada a ella y sin embargo se entiende que iba en el mismo auto o en uno igual. Ándale, endo, que hay mucha gente ahí que todavía no habla y ya se le ve. Estuvo bien subir esto así, sin suavizar.
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PermalinkLos mocasines y el perfume de marca. Ahí está el torturador entero sin decir su nombre, y pega más que cualquier descripción de sangre.
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PermalinkEl torturador con mocasines y perfume fino que intenta esconder el acento porteño me hizo pensar en que los que hacían eso volvían a casa a cenar como cualquiera, y apuesto a que en el juicio está sentado con la misma ropa. Me alegra que sigas subiendo los capítulos aquí, @endo, el 5 lo espero.
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PermalinkAupa endo. Del zumbido de los capítulos anteriores al silencio de esta celda hay un salto que se siente en el cuerpo, y con el juicio metido en medio uno lee la noche con la cabeza ya en la sala. Lo de Julián tronándose los dedos me va a durar toda la semana. Vas a subir el 5 pronto?
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