Admiro la lluviosa mañana desde mi asiento en el autobús. Mi madre dormita a mi lado mientras nos sumergimos en este vasto mar lleno de peces, pulpos y ballenas, todos dándose señales mediante agresivos burbujeos para poder seguir avanzando a través de esta fría mañana. Las gotas de lluvia resbalan por las ventanas como si fueran pequeñas criaturas marinas intentando alcanzar el fondo del océano, mientras el ruido del motor se mezcla con el golpeteo constante del agua contra el cristal. Y, entre ese paisaje gris y húmedo, no puedo evitar pensar: ¿por qué se ha dado por hecho que es un gran éxito que las mujeres estemos en áreas dominadas por hombres? Aunque suene un poco funable, mi opinión más sincera es que deberíamos escandalizarnos con solo escuchar ese término: “áreas dominadas por hombres”. ¿Por qué siquiera existe tal barbaridad? ¿Por qué se considera que hay una división entre las áreas en las que las mujeres pueden destacar y aquellas en las que, aparentemente, no deberían hacerlo? ¿Quién fue el decrépito que decidió que semejante estupidez debía convertirse en una norma? ¿Por qué seguimos utilizando este término como si fuera algo completamente natural? ¿Por qué no podemos dejar atrás aquellas convenciones sociales que se han impuesto durante generaciones gracias al patriarcado?
No puedo evitar mirar el rostro durmiente de mi madre, lleno de arrugas y líneas que se han formado, en parte, gracias a los corajes que mi padre le hace pasar día y noche. Recuerdo a una mujer valiente, tal vez un poco destrampada, pero tremendamente agresiva cuando se trataba de conseguir aquello que quería. Mi madre hacía todo lo posible por alcanzar sus objetivos; se podría decir que ella era mi propia Juana de Arco, una mujer dispuesta a enfrentarse al mundo entero con tal de defender aquello en lo que creía. Pero ahora, mientras la observo dormir con el rostro cansado y los hombros vencidos, solo puedo ver el cascarón de aquella mujer que conocí antes de la llegada de un hombre a su vida. Hace poco hablaba con una amiga mía y, después de una extensa plática, llegamos a una conclusión que todavía me incomoda: en muchas relaciones, parece que la mujer termina muchísimo más exhausta y hueca que el hombre. No es que digamos que únicamente el hombre sea el problema — aunque, siendo completamente sincera, a veces sí parece serlo — , pero resulta curioso cómo una persona puede entrar en la vida de otra y apagar poco a poco esa chispa que alguna vez parecía imposible de extinguir. Mi padre es un hombre terco y narcisista; cada vez que llega a casa, mi madre corre a atenderlo, a inclinarse ante sus deseos, como si se tratara del mismísimo Dios y cumplir su voluntad fuera a traerle alguna clase de gloria. Y entonces me pregunto: ¿acaso no es el hombre la causa de todos los males? ¿Por qué la mujer ha estado tan relacionada con la maldad y ha sido denigrada de una manera tan cruel y vil? Puede que alguien me diga: “De hecho, todo esto es culpa de Eva. Si su ambición no le hubiera ganado, seguiríamos en el Edén”. Pero utilizar el mito del Jardín del Edén para condenarnos y denigrarnos me parece un golpe bajo, además de uno bastante cobarde, porque, seamos sinceros, ¿acaso no fue la serpiente quien sedujo a Eva? ¿No fue aquella criatura la que la engañó para hacer lo que hizo? ¿En qué momento Adán fue siquiera obligado por Eva a comer del fruto? ¿En qué parte de la Biblia se explicita que la mujer obligó al hombre a cometer el mal? Si ambos tenían la capacidad de decidir, ¿por qué la culpa terminó convirtiéndose, durante tantos siglos, en una carga colocada principalmente sobre los hombros de ella? ¿Por qué a nosotras, aquellas que tenemos el don de dar la vida, se nos sigue considerando inferiores, como si solo fuésemos un recipiente destinado a incubar y perpetuar la existencia de los hombres?
Pero ¿cómo llegamos a esto? A veces me imagino que, en algún punto de la historia, un grupo de hombres se reunió alrededor de una mesa y decidió, con una solemnidad ridícula, que ellos debían mandar y nosotras obedecer. No sé cómo llegaron a semejante conclusión. Ni siquiera me imagino qué clase de razonamiento puede llevar a alguien a mirar a otra persona y decidir que, por haber nacido diferente, merece tener menos oportunidades, menos libertad o menos voz. ¿Acaso nos tienen miedo? Es posible que sí. O quizá simplemente tenían miedo de perder un lugar que nunca debió pertenecerles exclusivamente. Y, aunque me gusta pensar que la mujer es resiliente, también sé que ser resiliente no significa ser invulnerable. Las mujeres han tenido miedo, muchísimo miedo, y aun así han seguido caminando. Tal vez ahí esté una de las cosas que más me desconciertan: que durante generaciones se haya enseñado a tantas mujeres a temerle al mundo y, al mismo tiempo, se les haya exigido ser capaces de soportarlo todo.
Lo más extraño es que esas ideas no necesitaron permanecer encerradas en la cabeza de los hombres para sobrevivir. Se metieron en nuestras propias casas, se sentaron a la mesa con nuestras familias y terminaron pasando de una generación a otra como una herencia que nadie recordaba haber pedido. Algunas mujeres aprendieron que su valor dependía de lo bien que atendieran a su marido; otras aprendieron a desconfiar de las mujeres jóvenes que intentaban escapar de aquellas mismas reglas. Y no puedo evitar pensar que esa es quizá la parte más triste de todo: cuando una idea se repite durante suficiente tiempo, deja de sentirse como una imposición y comienza a parecer una verdad. Ya no hace falta que alguien te obligue a agachar la cabeza; basta con que te enseñen desde pequeña que levantarla es peligroso. Y así, incluso quienes también han sufrido discriminación por su color de piel, su lengua, su origen o su posición social pueden terminar reproduciendo esa misma violencia hacia las mujeres que tienen cerca. El dolor no justifica el daño, pero supongo que ayuda a entender cómo ciertas ideas consiguen sobrevivir incluso cuando ya nadie recuerda quién decidió imponerlas.
Miro nuevamente a mi madre. Sigue dormida, ajena a todas las preguntas que estoy haciéndome mientras el autobús avanza entre la lluvia. Por un instante intento imaginarla como era antes de mi padre: riendo a carcajadas, discutiendo por cualquier cosa que le pareciera injusta, persiguiendo sus sueños con esa terquedad que siempre admiré de ella. Me pregunto si aquella mujer sigue ahí, escondida en alguna parte, esperando recuperar el espacio que poco a poco fue cediendo. Quiero creer que sí. Quiero pensar que una persona no puede desaparecer por completo debajo de todas las expectativas que otros colocan sobre sus hombros. Quizá solo esté cansada. Quizá todos estemos cansados. Y mientras observo cómo una gota de lluvia se desliza lentamente por la ventana, me doy cuenta de algo que hasta entonces no había querido admitir: quizá el verdadero problema no es que las mujeres tengan que aprender a nadar en un océano dominado por hombres. Quizá el problema es que alguien decidió hace mucho tiempo que ese océano les pertenecía.
El autobús continúa avanzando. Mi madre respira tranquilamente a mi lado. Afuera, los peces, los pulpos y las ballenas siguen atravesando la tormenta, enviándose señales entre las aguas turbias para no perderse los unos de los otros. Y pienso que tal vez nosotros también hacemos eso: avanzamos, chocamos, nos perdemos y volvemos a encontrarnos, intentando descifrar las señales de un mundo que nadie se molestó en explicarnos. Pero quizá algún día dejemos de preguntarnos quién tiene derecho a dominar el océano y empecemos a preguntarnos por qué tuvimos que dividirlo en primer lugar.