Entre el silencio de la mañana
nacen los lirios con suavidad,
como pequeñas luces blancas
perdidas en la inmensidad.
No gritan para ser vistos,
ni necesitan presumir su color,
simplemente abren sus pétalos
y entregan al mundo su flor.
Quizás por eso me recuerdan
a quienes sufren en silencio,
a quienes esconden sus heridas
detrás de una sonrisa y un sueño.
Los lirios también conocen la lluvia,
el frío, la sombra y el dolor,
pero aun después de la tormenta
vuelven a levantar su flor.
Y tal vez esa sea su enseñanza:
que no todo lo frágil se rompe,
que algunas almas, aunque heridas,
siguen floreciendo donde nadie las ve.
Porque un lirio no deja de ser hermoso
por haber conocido la tristeza;
a veces son las cicatrices
las que hacen más bella su pureza.
Así florecen los lirios,
sin olvidar lo que vivieron,
demostrando que incluso en la oscuridad
hay corazones que nunca dejaron de florecer.