La Soledad encontró a la Tristeza acurrucada en mi cama y, con una voz exhausta, le preguntó si otra vez las cosas andaban mal.
La Tristeza suspiró y le respondió: «La verdad es que nunca me fui. Solo me quedé en un rincón, guardando un silencio amargo mientras ella intentaba construir una felicidad de papel. Pero la máscara se le terminó de romper, y tuve que salir de las sombras otra vez; al final del día, parece que ya no sabe cómo vivir sin mí. Pero dime, ¿tú qué haces de vuelta por aquí?».
«Lo de siempre», contestó la Soledad, acomodándose a su lado. «Volvió a quedarse vacía, así que vine a hacerle la misma compañía de siempre. Al menos me aseguro de recordarle que, cuando todos se marchan, yo soy la única que jamás la abandona... exacto como tú, que te quedas dormida en su pecho y despiertas justo cuando menos lo espera».