He viajado en una pequeña canoa por un río que serpenteaba entre un tupido monte nativo, confundiendo las distancias en un zig zag constante que hacía por momentos creer que el viaje jamás tendría fin.
He pasado varias noches en carpas pequeñas, frágiles, mal armadas, sobre dunas cuya arena era casi blanca y su textura suave como una caricia; acampé en un claro en el monte en donde sin luz artificial para alumbrarnos intentábamos dormir apenas se ocultaba el sol ya que los mosquitos surgían repentinamente como una nube que envolvía todo y revoloteaba enloquecida sobre nosotros encontrando como barrera para su festín apenas una fina lona, el sonido que generaban al golpear la pequeña carpa se confundía con una suave lluvia de verano. La fogata aunque poderosa no lograba espantarlos y frustrada se iba apagando lentamente hasta que en una oscuridad absoluta apenas podíamos ver el cielo repleto de estrellas.
Aprendí a nadar por puro instinto de sobrevivencia, en un río que divide un país en dos, como un tajo en la piel cuyo fluir es constante y su color vital tan oscuro como la noche. También en piscinas naturales rodeadas de rocas, plantas acuáticas, agua transparente y helada; así como en la costa del Atlántico, el cual siempre me resultó hostil y poco atractivo para nadar con sus grandes olas saladas salpicadas con medusas de fuego.
Subí cerros chatos, más altos de lo que aparentaban a simple vista. Cerros con historias, en donde habitan espíritus antiguos de indígenas olvidados cuyas cenizas ya integradas nuevamente a la naturaleza descansan en tumbas eclipsadas. Entré a oscuras en una cueva natural que transformada por la mano de ingeniosos ingenieros subversivos en épocas sombrías sirvieron de escondite, cueva en donde se vislumbraba su entrada pero jamás la salida, como si se entrara a otra dimensión, silenciosa, lodosa, en donde apenas se podía caminar tocando las paredes, evitando imaginar que criaturas allí se escondían. Cómo olvidar los valles con su flora nativa tan poderosa e intensa y su fauna letal; o la península dorada en la que pescamos magníficos pejerrey y admirábamos el atardecer sentados sobre una pequeña lancha. Atardecer que jamás olvidé, con su paleta de colores cálidos que danzaba sobre el horizonte mientras todo lo que nos envolvía era el silencio ya que las palabras sobraban ante magnífico espectáculo.
Viajo ahora en mi memoria, insisto en volver a aquellas aventuras tan simples pero tan profundas, en donde rodeada por la naturaleza no era capaz de sentir miedo, tan solo admiración y respeto por todo lo que me envolvía; en pensar en cuántas historias allí ocurrieron, historias de los primeros pobladores, indígenas que fueron nombrando la tierra, los árboles, animales y ríos.
Logro entender cuan importante son nuestras raíces, nuestros orígenes y mezclas, descendencias que fueron surgiendo entre los primeros habitantes, Charrúas, Chanás, Yaros, Guenoas, Minuanes, Guaraníes, pero también aquellos que llegaron de tierras tan lejanas tiempo después buscando un mejor porvenir, o secuestrados de su tierra natal y esclavizados cobardemente. Mezclas que fueron creando todo lo que somos hoy, habitantes de una América Latina tan diversa, vivaz, cálida pero también feroz. En donde nuestra propia imagen refleja los rasgos de abuelos italianos, bisabuelos españoles, indígenas, africanos, criollos, mestizos, caboclos. Como si dentro de cada uno de nosotros existiera un mundo en donde no existen fronteras creadas por hombres, en donde no podemos ocultar que nuestra esencia es tan compleja, tan rica, inigualable e innegable.
Imagino que cada vez que admiro las bellezas que oculta mi tierra, sintiendo en plenitud mi ser, paz inexplicable, no estoy sola, sino que todos mis antepasados están junto a mi.
Y día a día en la selva de asfalto y plástico en la que vivo, esta que me sofoca, aturde y repele, en donde el estrés y el tiempo o el poco tiempo, son parásitos que me consumen y envenenan; todos ellos, los que dentro de mi habitan, en mi sangre, en mi piel y en mi alma, me toman de la mano y con lágrimas en los ojos y coraje de guerreros, me brindan fuerza para resistir a este nuevo presente individualista, solitario, egocéntrico e ignorante, que aniquila y rechaza la belleza de la naturaleza indomable que seguirá resistiendo y renaciendo aunque codiciosos la hieran y violen buscando sus tesoros.
Todos ellos están aunque no estén porque los siento y sin importar en donde habite, me recuerdan siempre que pertenecemos a una única especie, la humana y que la tierra es el único ser divino al que le debemos la vida.