Suelen los domingos traer el pasado a conversar con uno. Será que el tiempo anda distinto, o seremos nosotros que aflojamos el paso y le dejamos un lugar al lado nuestro. Durante la semana hay tanto apuro que ni sentimos cuando se arrima. Pero el domingo alcanza con pasar un paño por encima de unos cassettes para que empiece la conversación.
Los limpio, los cuido, los acomodo. Voy leyendo sus lomos: Los Manseros Santiagueños, Los Visconti, Los Tucu Tucu, Sixto Palavecino, Atahualpa Yupanqui, José Larralde. En ese me demoro. Le paso el pulgar por la cajita, despacio, y lo saco de entre los otros, como quien reconoce a alguien que hacía mucho no veía.
Saben, yo no vengo del palo del folclore. Eso había en mi casa, eso escuchaban mis viejos y eso querían que a uno se le metiera bajo la piel. Pero ya conocerán esa edad en que todo lo que viene de los padres parece estar equivocado. La música, los consejos, la manera de mirar el mundo. Todo viejo. Y uno, que apenas ha andado hasta la esquina, ya cree que conoce otros caminos.
Tendría ocho o nueve años cuando una noche, siguiendo los consejos de Fabio, me puse a agujerear una flanera de aluminio. Le crucé un cable, la subí unos diez metros a la antena del televisor y conecté la otra punta a una radio. Miren qué ocurrencia. Yo andaba buscando algo que ni sabía bien qué era, y entre el ruido y las voces de una emisora uruguaya escuché por primera vez aquella palabra: rock.
Después vino una canción que me dejó prendido a la radio. Recién a los diecinueve supe cómo se llamaba: Cum On Feel the Noize, de Quiet Riot. Hasta entonces había llevado ese ruido en la memoria sin poder ponerle nombre. Pero desde aquella noche ya tenía con qué hacerles contrapunto a las guitarras de mis viejos. Ellos con sus cantores, yo con aquella música que había llegado de lejos por un cable y una flanera agujereada.
Miro el cassette de Larralde. Abro la caja y busco la cassettera.
El tiempo pasa nomás. Uno se ocupa, se distrae, cree que todavía falta mucho para ciertas cosas, y entretanto va cumpliendo años. También va aflojando algunas porfías. Aprende a escuchar sin tener preparada la respuesta, a darles otra oportunidad a los afectos, a reconocer que más de una vez se ha ido de una conversación antes de entenderla. Con la música de los viejos pasa algo parecido. Un día uno la deja sonar. Después vuelve a buscarla. Y cuando se quiere acordar, ya está cuidando esos cassettes como quien cuida algo de la casa donde se ha criado.
Ahí viene a descubrir, no sin asombro, que los viejos ganaron la batalla.
Vaya a saber cuándo. A lo mejor mientras uno se hacía el desentendido, mientras pedía que bajaran la radio o sentía vergüenza de que algún amigo escuchara aquella música al entrar. Ellos la ponían y seguían con sus cosas. Y las canciones iban quedando, junto con sus voces y los ruidos de la casa, en algún lugar que uno todavía no sabía que iba a necesitar.
Saco el cassette y me fijo que sea el lado B. Eso lo recuerdo bien. Lo acomodo adentro y cierro la tapa. Me quedo un momento con el dedo sobre la tecla, pensando en lo orgulloso que puede llegar a sentirse uno de tener algo en común con sus viejos. Lo mismo que antes le daba vergüenza. Hace falta andar unos cuantos años para volver hasta ciertas cosas.
Aprieto play. Suena Herencia para un hijo gaucho, de José Larralde.
Me siento y cierro los ojos. Apenas empieza el punteo, reconozco algo más que la música. Me quedo quieto, escuchando, y por un rato vuelvo a ser el changuito de aquella casa, aunque esta vez no tengo ningún apuro por cambiar la música.
El domingo empieza a retroceder.
Será un largo domingo.