Ivar suelta que si no naces con los dones te toca esforzarte para sobrevivir, delante de un colega y defendiendo a su clienta de veinte años. Es el discurso del mérito dicho por el abogado de la estrella, cachái, y a su propia hija le reparte el papel de la que tiene que ganárselo. Apuesto a que Ivar sabe algo de Mina que no dice en ese salón.
Latidos De Porcelana Capítulo 13 - Mojigata
Pensamiento
Ivar suelta que si no naces con los dones te toca esforzarte para sobrevivir, delante de un colega y defendiendo a su clienta de veinte años. Es el discurso del mérito dicho por el abogado de la estrella, cachái, y a su propia hija le reparte el papel de
Contenido de la publicación
Anya Petrova.
Pan, huevos, café, detergente, chocolate en polvo... Seguramente mi bebé me pedirá que compre su cereal, así que fui a preguntarle. Estaba aún acostada; son más de las diez.
—Hija, es hora de levantarse.
Pensé que dormía, pero estaba bajo las frazadas. Se quitó el cojín del rostro, revelando una radiante sonrisita.
—Ya me levanto, Má.
Caliento su chocolate en la jarra, como a ella le gusta. Aparece en la cocina trayendo una torre de platos y tazas sucias de su habitación.
—Déjalas ahí, cariño. Ya las lavaré.
Pero empieza a lavarlas ella misma. ¿Alguien me cambió a mi Verónica? Le dije a Ivar que este era su fin de semana, que ya no la presionara con esa pila de libros de derecho penal.
—Má, ¿me compras mi cereal?
—Claro, cariño —le digo, acomodándole un mechoncito rebelde detrás de la oreja.
Al rato después se quedo contemplando la jarra caliente, más pensativa de lo normal, dejando que una gota de chocolate caliente le recorriera la muñeca. ¿Qué te ha dicho tu padre ahora? Me acerco, y al volverse, noto un velo de melancolía en sus ojos.
—¿Qué te pasa, mi sol? —le pregunto.
—Nada, Má... Es por algo que pasó antes del espectáculo.
—¿Lucas?
—No... otro chico.
Aún recuerdo cómo sacabas la lengua cuando tu tía Irina te mencionaba algo sobre tener novio. Mírate ahora. Su tristeza me enterneció, pero nuestra pequeña burbuja no duró mucho: mi niña frunció el ceño al escuchar a nuestra visita. Eso me recuerda que olvidé calentar el agua para el café.
—Má, ¿vino alguien?
—Es Augusto Hamling, un amigo de tu papá, de la universidad.
—¿Augusto?
—¿Lo conoces?
—Sí, es muy agradable.
—Vino a entregar unos documentos por el caso de esa chiquilla de Moscú.
La voz de mi marido resonó desde el salón, haciendo que mi pequeña enderezara la postura de inmediato, como si fuera un soldado.
—Verónica, ven aquí, por favor.
—Voy.
Ni siquiera probó el desayuno. Se fue directo al espejo del pasillo, intentó peinarse con las manos y se alisó el pijama. Fui tras ella. Desde su espalda, le clavé los ojos a Ivar en una advertencia silenciosa para que no fuera brusco. Él, sin embargo, examinó a nuestra pequeña de pies a cabeza.
—¿Aún estás en pijama?
—Sí, es que... llegué muy cansada anoche, ya sabes. ¡Hola, don Augusto! ¿Cómo está? Es un gusto verle de nuevo.
—Hola, Verónica —le estrecha la mano—. El gusto es mío. Yo también quise venir en pijama, pero a tu papá tampoco le gusta la idea.
Augusto Hamling es un hombre muy cálido. Es del tipo de personas que con poco esfuerzo y una buena sonrisa logra lo que se propone. Verónica ríe con él; una diferencia abismal con mi ogro de marido.
—¿Qué opinas de esto, Verónica?
Mi niña toma el documento de las manos de su padre. Es su fin de semana de descanso e Ivar ya la está presionando con sus casos extensos. Aunque, sorprendentemente, esta vez a ella no parece molestarle.
—Creo que fue un buen veredicto... ¡¿Mina pagó los gastos médicos?!
—Así es. La fiscalía decretó que no era su responsabilidad, pero aun así lo hizo —responde Augusto—. Imagino que fue por iniciativa popular, para evitar que el asunto la manche.
—Augusto, ¿estás diciendo que mi clienta carece de amabilidad? —interrumpe Ivar, endureciendo el tono.
—Oh, vamos, Ivar. Es obvio por qué lo hizo.
—¿Tú qué opinas, Verónica?
Mi niña se queda en silencio, con la mirada fija en el papel.
—Creo que Mina Virtanen lo hizo de buena voluntad. Ella es muy cálida. La conozco muy bien.
—Claro, lo dices porque cantaste junto a ella. Eres una suertuda, Verónica.
Ante las palabras de Augusto, mi niña casi da uno de sus pequeños saltitos de emoción. Quería compartir su alegría; en vez de eso, carraspeó para disimularla. Su padre mantenía los ojos clavados en ella.
—Solo fue un evento de la preparatoria, nada importante. Cumplí mi papel y ella el suyo.
—¿Ah, sí? Pensaba que eras su mayor fan.
—Lo soy... pero en estos temas hay que ser profesional y opinar lejos de fanatismos para mantener la imparcialidad.
Mi marido... Dios, Ivar. Esa media sonrisa de superioridad en tu rostro. ¿En serio es necesario que seas así con ella? Tú y yo hablaremos después.
—Vaya, en eso sí tienes razón —concede Augusto—. Y dime, ¿qué se sintió estar al lado de una celebridad?
—Fue... maravilloso.
—Me lo imagino. Mi hija Elizabeth quería ir a ese festival, pero prefirió salir con un chico. No sé en qué momento cambió su fanatismo por un muchacho.
—Yo no cambiaría a Mina por nada en el mundo.
Mi hermosa hija dejó relucir una sonrisa de puro orgullo. Me situé detrás de ella, posando mis manos en sus hombros para cobijarla de la mirada de su padre. Le conté a Augusto lo radiante que había estado mi pequeña al lado de esa mujer; de cómo esa tal Mina la abrazaba y la admiraba, porque mi niñita de ojitos verdes le había robado toda la atención.
—Sí. El único problema es que Mina Virtanen opacó a Verónica.
El silencio cayó de golpe en el salón. Todos nos quedamos quietos, tratando de procesar el veneno en las palabras de mi marido.
—¿De qué hablas, Ivar? —le reclamé.
—Mi clienta tiene veinte años y es toda una artista. Si no naces con los dones, debes esforzarte en la vida para sobrevivir. Y eso Verónica lo sabe muy bien.
Augusto se apresuró a cambiar de tema al notar la expresión de mi pequeña. Mi Verónica, mi niña, perdona al terco de tu padre. En ese momento ella asintió con una leve inclinación de cabeza, tal como el ogro le enseñó.
—Fue un gusto verlo nuevamente, señor Hamling, pero debo retirarme a estudiar.
Augusto le estrechó la mano. Ella giró sobre sus talones y caminó hacia su habitación con la espalda rígida. Le recordé lo de su desayuno, pero no me escuchó. Se encerró.
Escuché su sollozo del otro lado de la puerta. Hija mía, no sé qué le ocurre a tu padre últimamente...
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Verónica Petrova.
Ni sé por qué mierda dejo que me afecte tanto. Ni que me importara tampoco que estuviera ahí... "Me opacó". Vaya. Gracias, papá. En serio. Cuando bailé esa estúpida danza polaca en cuarto de primaria, ¿también pensaste que mi maestra me opacó? Ándate a la mierda. En serio, ándate a la mierda.
Ahora, además de soportar tu estúpida manera de ser, tengo que pagar este estúpido libro. Atravesé la hoja con el lápiz. Me da igual. No lo quiero pagar. Págalo tú. Le dibujé una caca, como las que Valo me enseñó, en toda la maldita hoja. Una caca enorme. Cerré el libro.
Me aterra pensar que esta cagada es un karma. No quería herirlo, porque soy tan estúpida... Tampoco es que llevara mucho tiempo con Lucas... —me rasqué la cabeza, me saqué un mechón de pelo—. No sé cómo llamarlo. ¿Qué te digo? ¿Hola, Valo? ¿Cómo estás? ¿Se te apetece deprimirte conmigo?
Mi teléfono sonó. De lo estúpida que soy, el móvil bailó en mis dedos por la prisa, y contesté sin ver la pantalla. Era mi cotorrita. Por suerte no era Lucas, porque mis primeras palabras fueron "Valo".
—Oh, sí, Vero, ¿Cómo estás? Oye, ¿quieres salir a fumar algo?
—Tonta... Sorry, que justo pensaba en él.
—Sí, sí, tranqui. Sé cómo te sientes. Yo igual estoy un poco en shock, pero al final él se lo tomó bien.
—Sé... Igual quiero llamarlo.
—¿Y?
—Es que no sé cómo hacerlo... Además, no fue un gran día que digamos.
—¿De qué hablas? Literalmente cantaste al lado de nuestra diosa. Eres la pequeña Virtanen por ley.
—Es que mi papá...
—¿Qué pasó con don Inquisidor ahora?
Suspiré. Miré la torre de libros a punto de caerse del borde de la mesa.
—¿Vero?
—Mi papá estuvo insoportable en la mañana. Trajo a un colega de la universidad al salón y se dedicó a repetir que Mina me opacó por completo en el concierto. Básicamente dijo que no sirvo para la música y que mi único lugar seguro son las leyes...
—No creo que haya dicho esa descomunal estupidez.
—No sé, pero ya me da igual lo que diga.
—¿Estás llorando?
—No sé.
Al igual que rayé el libro, la misma fuerza usé para limpiarme las mejillas.
—Ay, amiga, no, no, no. No llores, tonta. ¡Si sabes cómo es tu papá! ¡Me da rabia ese sujeto! Tranquila, ¿sí? ¿Quieres que te vaya a ver?
—Sí.
—Ya, espérame. Llevaré un pote de helado, y de pistacho para que se nos seque la boca.
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El alivio llegó a mi vida en el momento en que mi mejor amiga cruzó la puerta de mi habitación. Escondí a toda prisa los pañuelos desechables bajo el cojín de la cama; ella dejó una bolsa de papel sobre mi velador y me abrazó con un gemido de ternura.
Evitamos hablar de lo que había sucedido. Nos quedamos viendo un streamings de Resident Evil mientras nos llenábamos la boca de helado, y poco a poco comencé a olvidar todo el asunto. Me mostró su Instagram a través del notebook —olvidé mencionarlo, pero se trajo su pijama y está aquí a mi lado—. Como decía, me mostraba las fotos y los videos que subió, y también revisamos los de YouTube.
—Dios, es un sueño —suspiró ella.
—Sí, Mina se ve increíble. Aunque, mira aquí... ¿Marcos tiene cara de zombi?
—Jaja, sí. Lo que más me sorprende es que no le esté mirando el culo a Mina. Ese idiota es re mujeriego.
—Lewis me dijo que era buen tipo.
—¿Buen tipo? Nah. Jeff de seguro lo dice porque es su mejor amigo... Además, tengo la mirada puesta en otro, aunque... bueno. — me dijo mientras raspaba con la cuchara el ultimo poco de helado en el fondo del embace.
—Uno no elige de quién enamorarse.
—Bueno, enamorarse, enamorarse... no sé. Solo me gusta un poco, es muy caballero.
—¿Pensé que te gustaba Leonard?
—¡Oh, Dios! ¡Leo! De solo pensar en él me siento embarazada.
—¡Tonta! ¡Está mi mamá afuera, te va a escuchar!
Me nació una carcajada genuina por culpa de esta. La verdad es que me alegra el día, es la mejor. Ahora entienden por qué hay que cuidarse de no darle material para que se desenvuelva.
—¿Y si vamos a verlo al trabajo? —soltó de pronto.
—¿A quién?
—¡Al Valo, pues, mensa!
—Pero... ¿no sería muy invasivo? ¿Muy raro ir justo después de lo que pasó?
—Nah, anda, anímate. Le va a gustar. Me volveré a poner ropa.
Saltó de mi lado casi tirando el notebook al suelo. Al atraparlo, me quedé mirando las fotos del espectáculo en la pantalla y me fijé particularmente en un detalle. El asiento donde debería estar Lucas estaba vacío.
—Oye, Sofi... ¿Lucas no está en la fila junto a mis papás? ¿Qué pasó?
Se congeló en mitad de un movimiento, con la falda a la altura de las rodillas.
—Es que... bueno, me dijo que se fue con unos amigos.
—¿Con unos amigos?
—Sí, de la Alphina Lukio, de la otra prepa. Fueron a un bar... Como ahora Lucas tiene dieciocho, pues...
—¿Y por qué no me dijiste?
—Es que, pucha, como estabas así de triste pensé que sería una pésima idea decírtelo.
Miré mi vestido negro colgado. Me levanté, comencé a quitarme el pijama y me puse el vestido del festival junto con mi chaqueta de cuerina.
—¿Qué pasó? —preguntó Sofía, parpadeando confundida.
—Nada... solo que me harté. Hoy voy a hacer lo que se me dé la maldita gana.
—Guau... ¿Dónde está mi Vero y qué hiciste con ella?
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Nos tomó casi veinte minutos llegar a Kallio, el restaurante donde Valo trabaja. Eran casi las ocho de la noche y ya debería estar por salir. Me rebotaba la pierna en el asiento del autobus. Nos bajamos, nos pegamos a la ventana del local, y ahí estaba él.
Sofía comenzó a cotorrear sobre su uniforme, mientras yo le hurgaba el rostro con la mirada, buscando rastros del baño de la iglesia vieja. Su sonrisa se veía cordial con los clientes. Por alguna razón, parecía más alto con el uniforme, y menos insolente en cada interacción. Tampoco me había dado cuenta de lo claros que son sus ojos bajo esta luz cálida.
—¡Oye!
—¿Ah? ¿Qué?
—¿Entramos o qué?
—Pero... ¿y si le estorbamos?
—¡Deja de ser mojigata, vamos! —Me tomó del brazo y entramos, casi arrastrándome.
Nos sentamos en una mesa, aguantándonos la risa hasta que nos vio, fingiendo ser clientas sofisticadas.
—Oh, Vero, míralo. Me lo como con arroz.
—¡Cállate, tonta! —le espeté entre dientes.
—¿Y ustedes? ¿Qué hacen aquí? ¿Vienen de un funeral?
—¡Qué pesado! ¡Somos clientas sofisticadas! Así que atiéndenos con delicadeza —le respondió Sofía.
—Sí, con delicadeza y más respeto, por favor —la apoyé.
Aunque es cierto: andamos muy de negro.
—¿Qué van a querer? —nos preguntó Valo, fingiendo ser nuestro mozo.
Le pedimos algo salado, ya que teníamos la barriga llena de dulce. Asintió como todo un caballero. Mientras me reía con la cotorra, me quedé mirándolo: cómo atendía las otras mesas, cómo asentía con formalidad, cómo sonreía de lado y dejaba a la vista sus dientes. El lugar huele delicioso a café; el mismo aroma que él lleva siempre consigo.
—¡Oye, péscame!
—¿Ah, qué?
—¿Qué te pasa? Te estoy hablando. ¡Hola, hola!
—¿Qué pasó?
—Digámosle que se lleve una de esas... —Me señaló la estantería detrás de la barra, donde había botellas de ginebra y de whisky.
—Estás demente... ¿Y si lo atrapan? Lo despiden por nuestra culpa y ahí sí que me ahorco por arruinarle más la vida.
—Vero, exageras. No se van a dar cuenta.
Valo llegó a la mesa con dos cafés y un par de karjalanpiirakka —pero digámosles pasteles de Carelia, ya sabes que soy mala para los nombres así—.
—Estas van por la casa. Le dije a Sisu que eran mis invitadas.
—¡Qué caballero! —dijo mi torpe amiga, llevándose el tenedor vacío a la boca, porque el trozo que sacó cayó dentro de su café por estar mirando a Valo.
Luego de eso, Valo nos confesó que en veinte minutos terminaba su turno, por si queríamos esperarlo. Estaba devolviendo horas por haber llegado tarde. Antes de que mi cerebro empezara a culparse o a buscar la razón de su retraso, Sofía lo tomó de la mano, tiró de él para acercarlo y le susurró algo.
Él desvió la mirada hacia el estante de licores y luego volvió a mirar a Sofía, que le levantaba las cejas con insistencia. Y nuestro asertivo y buen amigo, simplemente sonrió. Muy bien, ermitaño. Robar está mal.
—Miren lo que me robé: un whisky de doce años.
Nos soltó eso veinte minutos después, cuando ya lo estábamos esperando afuera del local. Bueno... al menos servirá para el frío.
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Ahora yo era Valo Omena: miraba para todos lados esperando que apareciera mi padre o la policía.
Estábamos bebiendo de la tapa del whisky a pequeños sorbos; claro, Valo no podía haber sacado tres vasos. Después de cuatro o cinco tapas ya no sentía la lengua, pero al menos estaba más abrigada. Nos reíamos en medio de la plaza, ellos dos cotorreando y yo vigilando.
—Oye, tranquila, por aquí casi no pasa nadie —me dijo él.
—Déjala, la Vero no está acostumbrada a estas cosas —se burló Sofía.
Le quité la tapa de las manos a mi amiga y me serví otro poco, dejando atrás a la mojigata de siempre. Carraspeé. Esta cosa me ardía en la garganta.
—Oye, tengo una duda. ¿Por qué te dicen «cotorra»? —preguntó él.
—Sí, Sofi... —carraspeé de nuevo—. Anda, dile por qué te digo así.
—¡Ay, Vero, qué resentida! —rio ella—. Me dice así porque para su cumpleaños le robé una botella de vodka a mi papá. Nos la tomamos en mi casa y esta estúpida no podía caminar bien.
—Oye, sí podía caminar bien.
—A dónde, estabas hecha mierda. En fin, la cosa es que la fui a dejar a su casa y su mamá nos vio. Yo, toda decente, le dije la verdad, porque sé que su mamá es un amor, obvio. El tema es que al día siguiente la fui a buscar y apenas me abrió la puerta le grité: «¡Oye, cómo está esa resacaaa, eh!». Pero no sabía que su papá estaba justo detrás.
—¿Y qué hizo él? —preguntó Valo, divertido.
—Pues nada, me miró súper feo. Le dije que era una broma de amigas y eso... Es muy ogro su papá.
—Demasiado. Valo no lo conoce aún.
—¿No? ¿Y qué esperas para presentárselo?
—¿Estás loca? No quiero que Valo se sienta mal. Una vez me vino a buscar en auto mi padre y tuve que irme rapidito para que no me hiciera preguntas.
—¿El día de la plaza? —me preguntó Valo. Le confirmé con la cabeza—. Pensé que era tu chofer.
—Oye, no tenemos tanto dinero como crees. O sea, mírame: me compré esta maldita cartera de Mina con medio año de mesadas.
Sofía y yo nos reímos, pero Valo no. Se quedó mirando mi cartera un buen rato, pensativo.
—¿Qué te pasa? —le pregunté.
—No es nada —negó con la cabeza.
—¡Ah, es porque Mina le pasó la lengua por todo el cuello! Uy, Valo, te puso los ojos encima —bromeó la cotorra, soltando una carcajada.
Aunque, confieso que en ese momento odié un poquito a Mina; hay límites para ciertas cosas.
—No fue tan divertido, créeme... —confesó él, sombrío.
—Es parte del show, Valo. Siempre hace cosas así. En fin, ¡salud! —dijo mi amiga, levantando la tapita y bebiendo.
Valo cambió de tema y me preguntó qué les había parecido el espectáculo a mis padres. Sofía y yo nos quedamos calladas un buen rato, casi suspirando, perdiendo el ritmo alegre de la noche de golpe.
—Mi papá me dijo que Mina me opacó... Esa fue su primera impresión del show.
—Sí, su papá es un tarado. Sin ofender.
—No, tranqui, Sofi. Está bien, tienes razón.
El ermitaño mantenía la mirada fija en mí. Me dijo que, aun así, debía perdonarlo. Le dijimos que no conocía cómo era mi padre realmente, pero él me sonrió como solo lo hace conmigo. Me tomó de la mano y me pidió que lo perdonara de todas formas; me recordó que él era mi papá y que, para él, yo siempre sería su tesoro.
De pronto, me sentí como la mierda por hablar así de mi propio padre. No es que hubiera dejado de estar enojada por lo de la mañana, pero sé perfectamente que Valo no tiene a los suyos. Que un chico huérfano me pida que perdone a mi papá me partió la cabeza. Y la verdad es que, a pesar de lo estricto y cruel que puede ser Ivar, lo sigo queriendo. Es obvio que lo quiero. Por eso me duele tanto.
—¡Ya cambien la cara, que estamos aquí para celebrar lo del espectáculo! —nos cortó el silencio la cotorrita, empujándonos con más fuerza de lo normal. Estábamos sentados en el césped, pero la tarada casi bota al ermitaño.
¿Y luego de eso la desinhibida comenzó a toquetearlo? La muy desubicada.
—¿Qué es esto? —dijo, sacándole a Valo una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de la chaqueta.
—Son míos —intentó quitárselos, pero mi ebria amiga paró la trompa y le dijo que si le daba un beso, se los devolvía.
Le planté la mano abierta en toda la boca por ridícula. Comenzó a escupir y a reír a carcajadas, quejándose de que mi mano sabía a pasto..
Aprovechando el juego, Valo recuperó sus cigarrillos y encendió uno. Le costó; usaba un encendedor que parecía consumido casi hasta la muerte. Lo agitó una y otra vez hasta que al fin prendió. No niego que me dio envidia esa libertad suya. Puede hacer lo que se le dé la reverenda gana.
—Dame uno —le pedí.
—Ay, Vero, ¿en serio? Tú nunca has fumado —saltó Sofía.
—Cállate, cotorra, yo sí sé —le mentí.
Valo se negó a darme uno, pero se los quité igual; no recordaba que fuera tan cosquilloso. Lo encendí y comencé a toser como una estúpida. No podía respirar, además de que la porquería prendió como la mierda. La cotorra, en cambio —cosa que nunca la había visto hacer—, tomó el cigarrillo de mis dedos y comenzó a fumar como si fuera una experta. Y hasta posaba, la maldita.
—Oye, ¿y tú en qué andas, Sofía, que recién me entero de esto? —le pregunté, obviamente con la voz hecha mierda porque no paraba de toser.
—Mi papá también fuma y a veces le robo.
—Nunca me dijiste eso.
—Ah, es que tú eres muy gruñona también. Siempre andas regañando por ciertas cosas.
Recupere mi cigarrillo, volví a darle una calada para dejar atrás a la mojigata de siempre. Esta vez salió bien. Valo nos miraba con media sonrisa. Exhalé el humo y le pregunté si así estaba bien. Me humilló diciéndome que sí, pero que no estirara la trompa como los patos. Le asesté un puñetazo en el zapato que tenía frente a mí.
Así se nos fue la noche y media botella de whisky entre los tres. Hablando, cotilleando, haciéndonos más amigos... Sí, amigos. Me lo repetí a mí misma.
Valo ayudó a la Sofi a levantarse del césped. Luego me estiró la mano, pero no se la quise tomar. Yo puedo solita. Ñee... Grave error.
Al intentar pararme, el mundo me dio vueltas. La cartera fue a parar a la mierda mientras yo intentaba aferrarme a algo, y él me atrapó de la cintura.
Debo advertir que yo soy muy leal. Solo he tenido dos novios en mi vida: uno que me duró una semana, y el actual... pero, te confieso, me sentí terriblemente infiel. No pude dejar de mirarle los labios al maldito ermitaño. Se veían muy definidos, al igual que el borde de su mentón y la manzana de Adán en su cuello... No entraré en detalles. Me dije a mí misma: «No, Vero, no seas estúpida».
Carraspeé, dándole las gracias, y tomé cierta distancia de él.
Aunque, te digo la verdad... no quería que me soltara.
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Al dar unos pasos hacia el paradero, llamaron a Valo. Su cara cambió rotundamente. Te diría que incluso me dio algo de miedo, y te juro que no era un efecto adverso a mi estado etílico. Habló muy serio. Escuché que dijo un: «Sé que fuiste tú quien le hizo eso a Chaleco...», y luego empezó a defenderse, jurando que él no tenía nada que ver con que lo hubieran funado.
Con la cotorra nos miramos las caras. Nosotras funamos al tal Brad ese, justo después de que Valo nos mostrara su Instagram. Lo peor es que no le habíamos dicho nada. Creo que la cagamos en grande, pero obvio, nos quedamos calladas. Valo colgó y nos miró pidiendo perdón por la interrupción. Su sonrisa amable volvió como si nada, al igual que la nuestra... la de un par de perfectas mentirosas.
El bus llegó. La cotorra se tambaleaba demasiado; abrazó al ermitaño dándole un beso sonoro en la mejilla. Yo me acerqué con la intención de darle un golpe amistoso de despedida, pero él me abrazó. Me quedé en sus brazos más tiempo del habitual.
Al subir, me pegué de inmediato al vidrio. La cotorra se quedó hablando con el chofer; ¿de qué? No tengo la menor idea. Me quedé viendo al ermitaño parado en la acera. Se acercó a mi ventana, exhaló vaho sobre el cristal y me dibujó una caca, el infeliz... Hasta le hizo ojitos y una carita feliz.
Solté un hipo y una sonrisa tonta. No sé qué mierda hice... no sé en qué mierda estaba pensando, pero pegué mis labios al cristal.
Para cuando me di cuenta de lo que acababa de hacer, él me miraba con la boca un poco abierta, sorprendido. Luego, me sonrió como solo lo hace conmigo. El bus avanzó, dejándolo ahí parado en la acera.
Me fui todo el camino pensando en que soy la peor persona del mundo... pero bueno, al menos ya no soy una mojigata.
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PermalinkValo dibujando en el vaho del bus la misma caca que Vero le estampó en la mañana al libro del papá. Bacán, la noche cerró redonda.
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PermalinkIvar suelta que si no naces con los dones te toca esforzarte para sobrevivir, delante de un colega y defendiendo a su clienta de veinte años. Es el discurso del mérito dicho por el abogado de la estrella, cachái, y a su propia hija le reparte el papel de la que tiene que ganárselo. Apuesto a que Ivar sabe algo de Mina que no dice en ese salón.
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