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LAS HUELLAS DE LA FÉ

ALEJANDRODELGADOMARIN
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YO ANTES DE HOY

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Gracias por compartir esto. La dedicatoria es lo que se queda conmigo: eso de dirigirse a quienes se sienten perdidos, a quienes el dolor ya les ganó la guerra. Diecinueve años desde ese 1 de marzo, y lo que escribe sobre aprender a caminar con el alma cu

Gracias por compartir esto. La dedicatoria es lo que se queda conmigo: eso de dirigirse a quienes se sienten perdidos, a quienes el dolor ya les ganó la guerra. Diecinueve años desde ese 1 de marzo, y lo que escribe sobre aprender a caminar con el alma cuando el cuerpo no puede. Eso es una respuesta real a las personas que nombra. ¿Tienes más textos tuyos por aquí?

Contenido de la publicación

 

 

YO ANTES DE HOY

Memorias de un hombre que aprendió a caminar con el alma cuando sus piernas dejaron de hacerlo

 

Autor Alejandro Delgado Marín

  

DEDICATORIA

A Dios, porque cuando todos los caminos parecían cerrados, abrió uno nuevo para mí.

A mi madre, Martha Lucila Marín, mujer valiente que enfrentó las dificultades de la vida con la fortaleza de quienes nacieron para luchar.

A mis hermanos Angel Mario y Esther Olivia

A mis hijos, Ángel Santiago Delgado Quintero y Daniela Delgado Quintero, quienes son la razón más profunda de mi existencia y el motivo por el que jamás me rendí.

A las personas con discapacidad que creen haber perdido la batalla.

A quienes sienten que el dolor les ganó la guerra.

A quienes han sido abandonados, traicionados o humillados.

Y que con este libro se demuestra que siempre existe una razón para seguir adelante.

 

PRÓLOGO

La mayoría de las personas recuerdan su vida por los triunfos que alcanzaron.

Yo aprendí a recordar la mía por las veces que tuve que volver a levantarme.

Mi nombre es Alejandro Delgado Marín.

Nací el 23 de julio de 1981 en una finca campesina colombiana.

No nací en el Hospital de mi viejo Pueblo Puerto Berrio Antioquia.

No fui recibido por médicos ni enfermeras.

Llegué al mundo gracias a las manos sabias de una partera que asistió mi nacimiento en medio del campo, rodeado por el canto de los pájaros, el olor de la tierra húmeda y la sencillez de una familia campesina.

Era el menor de tres hermanos.

Mi infancia transcurrió entre potreros, caballos, vacas y montañas.

Durante muchos años pensé que mi historia sería igual a la de cualquier campesino. Crecer.

Trabajar.

Formar una familia.

Tener hijos.

Envejecer rodeado de animales y recuerdos.

Pero Dios tenía otros planes.

El primero de marzo de 2005 mi vida cambió para siempre.

Un accidente me arrebató la movilidad de mi cuerpo.

Aquella mañana murió el hombre que yo conocía.

Pero también nació otro.

Uno más fuerte.

Más consciente.

Más humano.

Este libro no es una historia de tristeza.

Es una historia de supervivencia.

Porque aunque perdí muchas cosas, jamás perdí la esperanza. Y mientras exista esperanza, la historia nunca termina.

 

CAPÍTULO 1 NACER ENTRE POTREROS

Mi historia comenzó mucho antes de que yo pudiera entender el significado de la vida.

Comenzó en una finca.

Allí donde el amanecer llegaba acompañado por el canto de los gallos y donde el trabajo empezaba antes de que el sol apareciera en el horizonte.

Mis padres fueron Martha Lucila Marín y Ángel María Delgado Albadán.

Dos campesinos que conocían la dureza del trabajo rural.

Personas acostumbradas a luchar cada día para llevar alimento a la mesa.

Yo fui el menor de tres hermanos.

Mis hermanos mayores eran Ángel Mario y Esther Olivia.

Cuando llegué al mundo, ellos ya habían comenzado a descubrir la vida.

Yo sería el pequeño de la casa.

El consentido.

El que observaba todo con curiosidad.

Los primeros años fueron felices.

Aunque no teníamos riquezas materiales, teníamos algo que muchas personas nunca logran encontrar.

Teníamos hogar.

Teníamos familia.

Y teníamos la libertad del campo.

 

CAPÍTULO 2 LA SEPARACIÓN DE MIS PADRES

Cuando uno es niño cree que los padres son eternos.

Que siempre estarán juntos.

Que nunca se irán.

Pero la vida enseña muy temprano que no todo ocurre como uno imagina.

Yo tenía apenas seis años cuando mis padres decidieron separarse.

Mi hermana tenía ocho años.

Mi hermano once.

No entendíamos completamente lo que estaba ocurriendo.

Solamente sabíamos que algo estaba cambiando.

Algo importante.

Algo que jamás volvería a ser igual.

Recuerdo los silencios.

Las discusiones.

Las miradas tristes.

Y la incertidumbre que comenzó a instalarse en nuestra casa.

La separación de mis padres fue la primera gran pérdida de mi vida.

Todavía era demasiado pequeño para comprenderla.

Pero con el paso del tiempo entendí que aquella experiencia marcaría muchas de las decisiones que tomaría años después.

 

CAPÍTULO 3 MI ABUELA AMALIA

Después de la separación fuimos a vivir con mi abuela Amalia.

Y aunque la vida se volvió más difícil, ella hizo todo lo posible para que nunca nos sintiéramos abandonados  lo digo en buena fe mi padre vivía en la finca y mi madre trabajando.

Mi abuela era una mujer fuerte.

De esas mujeres que parecen hechas de hierro.

Mujeres que han conocido la pobreza, pero jamás la derrota.

La recuerdo caminando por la casa.

Organizando todo.

Intentando que nada nos faltara.

Aunque muchas veces no tenía cómo lograrlo.

Había días difíciles.

Días en los que la comida escaseaba.

Y cuando nosotros le preguntábamos por qué no había almuerzo o comida, ella respondía con aquella frase que jamás olvidaré:

—El alcalde dijo que hoy no hiciera comida.

Nosotros éramos niños.

Y le creíamos.

Con los años entendimos que aquella respuesta era solamente una forma amorosa de ocultar la realidad de su demencia en cambios de luna.

Simplemente había qué cocinar pero ella no dejaba preparar alimentos.

Y ella intentaba protegernos del dolor de saberlo.

Aquellos tiempos fueron duros.

Pero también me enseñaron algo que jamás olvidé.

La dignidad no depende del dinero. Depende del corazón.

 

CAPÍTULO 4 LOS AÑOS DEL HAMBRE

Muchas personas creen que el hambre es solamente una sensación física.

No lo es.

El hambre también duele en el alma.

Recuerdo tardes enteras esperando una comida que no llegaba.

Recuerdo caminar donde los vecinos con la esperanza de que hubiera algo para comer porque mi abuela en medio de su demencia temporal duraba hasta 3 y 4 días i cocinar. Recuerdo sentir vergüenza.

Pero también recuerdo la solidaridad.

Porque en el campo como en los pueblos, cuando una familia sufre, otras familias suelen ayudar. Aquellas experiencias me enseñaron a valorar cada plato de comida.

Cada vaso de agua.

Cada oportunidad.

Hoy, cuando veo a alguien desperdiciar alimentos, recuerdo aquellos días. Y agradezco.

Porque aprendí que las cosas más simples son las más valiosas.

 

CAPÍTULO 5 LOS CABALLOS DE MI INFANCIA

Si existe una palabra capaz de describir mi infancia, esa palabra es:

Caballos.

Los amé desde que tengo memoria.

Mientras otros niños soñaban con juguetes, yo soñaba con monturas.

Mientras otros jugaban en las calles, yo corría por los potreros.

Los caballos representaban libertad.

Velocidad.

Aventura.

Poder.

Cuando montaba sentía que nada podía detenerme.

Era una sensación imposible de describir.

El viento golpeando mi rostro.

El sonido de los cascos contra la tierra.

La conexión silenciosa entre el animal y el jinete.

Aquello era mi mundo.

Mi lugar favorito.

Mi refugio.

Jamás imaginé que años después uno de esos mismos caballos terminaría siendo parte de la tragedia que cambiaría mi vida para siempre.

Pero esa historia aún estaba lejos.

Por ahora yo seguía siendo solamente un niño.

Un niño campesino.

Feliz.

Libre.

Y completamente enamorado de los caballos.

 

PARTE II LOS AÑOS DE JUVENTUD

 

CAPÍTULO 6 LAS CARRERAS DE CABALLOS Y LA ADRENALINA DE VIVIR

Si los caballos eran mi pasión, las carreras eran mi locura.

No existe forma de explicarle a alguien que nunca ha montado un caballo lo que se siente cuando el animal comienza a correr a toda velocidad.

Es una sensación que mezcla libertad, adrenalina y felicidad.

Era como si el mundo desapareciera.

Como si solamente existieran el caballo, el viento y yo.

Desde muy joven participé en cabalgatas y carreras.

Recorría caminos polvorientos, potreros interminables y senderos rurales donde los mejores jinetes demostraban quién era el más valiente.

Las apuestas eran parte de aquel mundo.

Los hombres del campo apostaban ganado, dinero y orgullo.

Muchas veces la verdadera recompensa no era ganar.

Era demostrar que uno tenía el mejor caballo.

Que uno era capaz de dominar la velocidad.

Que uno podía convertirse en uno solo con el animal.

Aquellas carreras me hicieron sentir invencible.

Cuando cruzaba la meta sentía que podía conquistar cualquier cosa.

Nunca imaginé que la misma pasión que tantas alegrías me dio terminaría marcando el destino de mi vida.

Pero aún faltaban años para descubrirlo.

En ese momento solamente era un muchacho feliz.

Un muchacho que amaba correr.

Un muchacho que se sentía dueño del mundo montado sobre un caballo.

 

CAPÍTULO 7 EL GANADO Y LA VIDA DEL CAMPO

Mi vida no giraba solamente alrededor de los caballos.

También amaba profundamente el ganado.

Desde niño sentí admiración por aquellos animales.

Recuerdo pasar horas enteras observándolos.

Aprendiendo a reconocer cada comportamiento.

Cada mirada.

Cada movimiento.

Mientras otros jóvenes soñaban con ciudades, yo soñaba con fincas.

Con potreros llenos de ganado.

Con corrales.

Con caballos.

Con una vida sencilla pero digna.

Muchas de mis mejores fotografías están relacionadas con ese mundo.

Con los animales que hicieron parte de mi crecimiento.

Con las fincas donde aprendí el valor del trabajo.

Con los amaneceres que parecían pintados por Dios.

Aquellos recuerdos todavía viven dentro de mí.

Incluso hoy, después de tantos años, cuando cierro los ojos todavía puedo sentir el olor de la tierra mojada después de la lluvia.

Todavía puedo escuchar los mugidos del ganado.

Todavía puedo recordar la felicidad de aquellos días.

 

CAPÍTULO 8 LA ADOLESCENCIA

La adolescencia llegó sin pedir permiso.

Y con ella llegaron nuevas emociones.

Nuevas preguntas.

Nuevos sueños.

Ya no era el niño que corría detrás de los caballos.

Ahora comenzaba a convertirme en hombre.

Empecé a descubrir lo que significaba enamorarse.

Lo que significaba sentir mariposas en el estómago.

Lo que significaba soñar despierto.

También llegaron las responsabilidades.

En el campo uno aprende temprano que la vida no espera.

Mientras otros jóvenes disfrutaban de comodidades, nosotros trabajábamos.

Ayudábamos en las labores de la finca.

Aprendíamos a ganarnos las cosas.

Y aunque muchas veces era difícil, hoy agradezco aquellas enseñanzas.

Porque me hicieron fuerte.

Porque me prepararon para enfrentar las pruebas que llegarían después.

 

CAPÍTULO 9 LOS PRIMEROS AMORES

Todo hombre recuerda su primer amor.

Y yo no soy la excepción.

La adolescencia me permitió descubrir sentimientos que jamás había experimentado.

Recuerdo las miradas.

Las conversaciones.

Las ilusiones.

Los sueños construidos alrededor de alguien especial.

A esa edad uno cree que el amor durará para siempre.

Que nunca habrá despedidas.

Que el corazón jamás se romperá.

Pero la vida tiene su propia manera de enseñarnos.

Algunos amores llegaron para quedarse en los recuerdos.

Otros llegaron para enseñarme lecciones.

Todos dejaron huellas.

Todas aquellas experiencias me ayudaron a entender algo importante:

El amor es uno de los regalos más hermosos que Dios puede darle a una persona. Pero también puede convertirse en una de las pruebas más difíciles de superar.

 

CAPÍTULO 10 MIS HIJOS Y LOS SUEÑOS QUE CONSTRUÍA

Si hubo un momento en el que sentí que la vida comenzaba a tener sentido, fue cuando me convertí en padre.

Nada me había preparado para aquella experiencia.

Recuerdo la emoción.

La felicidad.

El orgullo.

La responsabilidad.

Cuando vi a mis hijos por primera vez comprendí que ya no vivía solamente para mí. Ahora existían dos pequeñas razones por las cuales debía luchar cada día. Ángel Santiago.

Daniela.

Sus nombres quedaron grabados para siempre en mi corazón.

Soñaba con verlos crecer.

Con enseñarles a montar caballo.

Con llevarlos a recorrer los potreros.

Con enseñarles todo lo que mi padre me había enseñado.

Soñaba con verlos convertirse en hombres y mujeres de bien.

Soñaba con acompañarlos en cada etapa de sus vidas.

No sabía que el destino tenía preparado un camino diferente.

Un camino mucho más difícil.

Un camino lleno de obstáculos.

Pero también lleno de aprendizaje.

En aquel momento yo era feliz.

Tenía sueños.

Tenía proyectos.

Tenía una familia.

Y creía que la vida apenas comenzaba.

No imaginaba que el primero de marzo de 2005 estaba cada vez más cerca.

La fecha que dividiría mi historia en dos.

La fecha que marcaría el final de una vida. Y el comienzo de otra.

 

PARTE III LA VIDA QUE CONSTRUÍ

 

CAPÍTULO 11 TENERIFE: LA FINCA DE MIS SUEÑOS

Hay lugares que no son solamente tierra.

Son recuerdos.

Son historias.

Son parte de nuestra identidad.

Para mí, uno de esos lugares fue la finca Tenerife.

Cuando pronuncio ese nombre, una parte de mi corazón regresa inmediatamente a aquellos años. A los amaneceres.

A los potreros.

A los animales.

A los sueños que construía día tras día.

Tenerife no era simplemente una finca.

Era el lugar donde imaginaba mi futuro.

Era el escenario donde veía crecer mis proyectos.

Era el lugar donde sentía que todo era posible.

Cada mañana comenzaba temprano.

Como ocurre en la vida campesina.

Antes de que el sol apareciera completamente ya había trabajo por hacer. Los animales no entienden de horarios. La tierra tampoco.

Y quienes viven del campo aprenden rápidamente que la disciplina es tan importante como el esfuerzo. Recuerdo caminar por los potreros observando el ganado.

Revisando cercas.

Preparando jornadas de trabajo.

Montando caballo.

Disfrutando de aquella libertad que solamente conocen quienes han vivido lejos del ruido de las ciudades.

En aquellos años me sentía fuerte.

Capaz.

Invencible.

Mi cuerpo respondía.

Mis sueños crecían.

Y mi familia era la motivación que impulsaba cada uno de mis esfuerzos.

Nunca imaginé que aquella finca se convertiría también en el escenario de la tragedia más grande de mi existencia.

 

CAPÍTULO 12 LOS MEJORES AÑOS DE MI VIDA

Si alguien me preguntara cuáles fueron los años más felices de mi vida, probablemente respondería que fueron aquellos años antes del accidente.

No porque todo fuera perfecto.

No porque no existieran problemas.

Sino porque tenía esperanza.

Tenía proyectos.

Tenía ilusiones.

Tenía la sensación de que el futuro me pertenecía.

Trabajaba duro.

Como siempre lo había hecho.

Pero cada esfuerzo tenía sentido.

Porque estaba construyendo algo.

Estaba construyendo una vida.

Recuerdo sentir orgullo por lo que hacía.

Orgullo por mis raíces campesinas.

Orgullo por mis animales.

Orgullo por la familia que estaba formando.

Aquellos años estuvieron llenos de sueños sencillos.

Sueños que hoy parecen pequeños, pero que para mí significaban el mundo.

Ver crecer a mis hijos.

Tener estabilidad.

Ampliar mis proyectos.

Seguir vinculado al campo.

Envejecer viendo amaneceres entre montañas.

Nada extraordinario.

Simplemente una vida digna.

Una vida tranquila.

Una vida feliz.

Y durante un tiempo creí que lo lograría.

 

CAPÍTULO 13 LA FAMILIA QUE ESTABA FORMANDO

Convertirme en padre cambió mi manera de ver el mundo.

Hasta entonces muchos de mis esfuerzos estaban dirigidos hacia mí mismo.

Pero cuando llegaron mis hijos, todo cambió.

Ángel Santiago y Daniela se convirtieron en el centro de mi universo.

Recuerdo observarlos mientras dormían.

Pensar en el futuro.

Imaginar quiénes llegarían a ser.

Preguntarme qué sueños tendrían.

Y hacer promesas silenciosas que solamente los padres entienden.

Promesas de protección.

De amor.

De compañía.

Promesas de estar allí siempre.

Hoy, cuando recuerdo aquellos momentos, todavía siento una mezcla de alegría y tristeza.

Alegría por haber vivido esos instantes.

Y tristeza por todo lo que vino después.

Porque jamás imaginé que llegaría el día en que la distancia me impediría acompañarlos como había soñado.

Sin embargo, durante aquellos años nada parecía amenazar nuestra felicidad.

La vida seguía avanzando.

Los días transcurrían entre trabajo, familia y proyectos.

Y yo seguía creyendo que el futuro estaba completamente bajo control. Qué equivocado estaba.

 

CAPÍTULO 14 LOS DÍAS ANTES DE LA TRAGEDIA

Hay momentos en la vida que solamente adquieren significado cuando miramos hacia atrás.

Días aparentemente normales.

Conversaciones comunes.

Decisiones insignificantes.

Momentos que parecen iguales a cualquier otro.

Hasta que ocurre algo capaz de cambiarlo todo.

Los días previos al accidente fueron exactamente así.

Nada parecía anunciar lo que estaba por venir.

No hubo señales.

No hubo advertencias.

No hubo presentimientos claros.

Simplemente era la vida cotidiana.

El trabajo.

Los animales.

La finca.

La familia.

Los proyectos.

Todo parecía seguir su curso normal.

Y quizás por eso el golpe fue tan devastador.

Porque cuando una tragedia llega sin avisar, destruye también la sensación de seguridad.

Nos recuerda que la vida puede cambiar en cuestión de segundos.

Que nada está completamente garantizado.

Que el futuro puede desaparecer en un instante.

Pero yo aún no lo sabía.

Seguía viviendo.

Seguía soñando.

Seguía creyendo que tenía todo el tiempo del mundo.

 

CAPÍTULO 15 PRIMERO DE MARZO DE 2005

Existen fechas que quedan grabadas para siempre en la memoria.

Fechas que dividen la vida en dos partes.

Fechas que transforman para siempre la historia de una persona.

Para mí, esa fecha fue el primero de marzo de 2005.

Todavía hoy puedo recordar aquel día.

Cada detalle parece vivir en algún rincón de mi memoria.

Aquella mañana comenzó como muchas otras.

Nada parecía diferente.

Nada parecía anunciar que estaba a punto de enfrentar la prueba más difícil de mi existencia. Había trabajo por hacer.

Había responsabilidades.

Había una vida entera esperando delante de mí.

Y entonces ocurrió.

Un instante.

Un segundo.

Una situación inesperada.

Y todo cambió.

Lo que sucedió después fue confusión.

Dolor.

Miedo.

Incertidumbre.

Recuerdo sentir que algo estaba mal.

Muy mal.

Recuerdo la preocupación de quienes estaban cerca.

Recuerdo los intentos por comprender la gravedad de lo ocurrido.

Y recuerdo una sensación que jamás olvidaré.

La sensación de que mi vida estaba escapando de mis manos.

Todavía no conocía el diagnóstico.

Todavía no sabía que mi cuerpo jamás volvería a ser el mismo.

Todavía no sabía que acababa de comenzar una batalla que duraría el resto de mi vida. Pero en algún lugar de mi corazón ya existía una certeza silenciosa.

Nada volvería a ser igual.

Aquella mañana murió la vida que había conocido hasta entonces.

Y comenzó una historia completamente diferente.

Una historia escrita con dolor.

Con lágrimas.

Con pérdidas.

Pero también con fe.

Y aunque en ese momento era imposible comprenderlo, aquella caída no sería el final de mi historia. Sería apenas el comienzo de la batalla más grande que tendría que librar.

 

PARTE IV EL DÍA QUE TODO CAMBIÓ

 

CAPÍTULO 16 ENTRE LA VIDA Y LA MUERTE

Después del accidente, el tiempo dejó de tener sentido.

Todo ocurrió demasiado rápido.

Las voces se escuchaban lejanas.

Los rostros aparecían borrosos.

El dolor era inmenso.

Pero más grande que el dolor físico era el miedo.

Por primera vez en mi vida sentí que podía morir.

Hasta aquel día siempre había creído que las tragedias les ocurrían a otras personas.

Nunca imaginé convertirme en protagonista de una.

Mientras intentaban auxiliarme, miles de pensamientos cruzaban por mi mente.

Pensaba en mis hijos.

Pensaba en mi madre.

Pensaba en la vida que había construido.

Pensaba en los sueños que todavía no había cumplido.

Y en medio de toda aquella confusión apareció una pregunta aterradora.

¿Volveré a ser el mismo?

Nadie tenía la respuesta.

Ni siquiera los médicos.

Lo único evidente era que la situación era grave.

Muy grave.

Las horas siguientes fueron una lucha silenciosa entre la esperanza y el miedo.

Mi cuerpo estaba herido.

Pero mi alma comenzaba a prepararse para una batalla mucho más larga. La batalla de sobrevivir.

 

CAPÍTULO 17 EL HOSPITAL Y LAS PRIMERAS NOTICIAS

Cuando llegué al hospital, la realidad comenzó a mostrarse poco a poco.

Exámenes.

Radiografías.

Valoraciones médicas.

Especialistas entrando y saliendo de la habitación.

Rostros preocupados.

Miradas que intentaban ocultar la gravedad de la situación.

Yo observaba todo.

Intentaba comprender.

Intentaba aferrarme a cualquier señal positiva.

Pero algo dentro de mí comenzaba a sospechar que las noticias no serían buenas.

Los días transcurrían lentamente.

Cada procedimiento parecía eterno.

Cada conversación médica generaba nuevas preguntas.

Mi familia esperaba respuestas.

Yo también.

Pero las respuestas tardaban en llegar.

Y cuando finalmente comenzaron a aparecer, cambiaron mi vida para siempre.

Recuerdo el silencio.

Recuerdo las expresiones.

Recuerdo sentir que el mundo comenzaba a derrumbarse.

Porque algunas noticias no solamente afectan el cuerpo.

También destruyen los planes.

Los sueños.

Las expectativas.

Y eso fue exactamente lo que ocurrió.

 

CAPÍTULO 18 NO VOLVERÁS A CAMINAR

Existen frases que una persona jamás olvida.

Palabras que quedan grabadas para siempre.

Palabras que dividen la vida en un antes y un después.

La frase que cambió mi existencia fue sencilla.

Directa.

Brutal.

—Alejandro, no volverás a caminar.

Recuerdo el impacto de aquellas palabras.

Recuerdo negarme a creerlas.

Recuerdo pensar que los médicos podían estar equivocados.

Que aparecería un tratamiento.

Que ocurriría un milagro.

Que todo volvería a ser como antes.

Pero la realidad era otra.

Mi lesión era severa.

Las posibilidades de recuperación eran mínimas.

La vida que conocía había terminado.

Sentí rabia.

Tristeza.

Desesperación.

Sentí que me estaban arrancando el futuro.

Porque no era solamente perder las piernas.

Era perder una forma de vivir.

Era perder la independencia.

Era perder proyectos.

Era perder una parte de mi identidad.

Durante semanas me negué a aceptar lo ocurrido.

Pensaba constantemente en todo lo que había perdido.

Y mientras más pensaba, más sufría.

No sabía que apenas comenzaba uno de los procesos más difíciles de toda mi existencia. Aprender a aceptar.

 

CAPÍTULO 19 LA REHABILITACIÓN IMPOSIBLE

Después del diagnóstico llegó la rehabilitación.

Terapias.

Ejercicios.

Consultas.

Esperanzas.

Y también decepciones.

Cada sesión representaba una oportunidad.

Cada avance, por pequeño que fuera, se convertía en motivo de celebración.

Pero la realidad seguía siendo dura.

Mi cuerpo no respondía como yo deseaba.

Los resultados no llegaban con la velocidad que soñaba.

Y muchas veces la frustración terminaba siendo tan dolorosa como la lesión misma.

Aun así seguí luchando.

Porque mientras existiera una mínima posibilidad, yo estaba dispuesto a intentarlo.

Recuerdo largas jornadas de terapia.

Recuerdo el agotamiento.

Recuerdo las lágrimas que nadie veía.

Porque existen dolores que solamente conoce quien los vive.

La rehabilitación no era únicamente física.

También era emocional.

Espiritual.

Mental.

Tenía que aprender nuevamente cosas que antes hacía sin pensar.

Tenía que reconstruir mi vida desde cero.

Y aquello parecía imposible.

Pero seguí adelante.

Un día a la vez.

Una batalla a la vez.

 

CAPÍTULO 20 APRENDER A VIVIR DESDE UNA SILLA DE RUEDAS

Aceptar una silla de ruedas fue una de las pruebas más difíciles de mi vida.

Durante mucho tiempo la vi como una enemiga.

Como un símbolo de derrota.

Como la evidencia permanente de todo lo que había perdido.

Me negaba a aceptarla.

Me negaba a verla como parte de mi nueva realidad.

Pero con los años comprendí algo.

La silla de ruedas no era mi enemiga.

Mi enemiga era la resignación.

La silla me permitía moverme.

La resignación me habría condenado a permanecer inmóvil.

Y cuando comprendí esa diferencia, algo comenzó a cambiar dentro de mí.

Poco a poco aprendí a vivir nuevamente.

No de la manera que había imaginado.

Pero sí de una manera digna.

Aprendí a adaptarme.

Aprendí a pedir ayuda cuando era necesario.

Aprendí a valorar cosas que antes consideraba insignificantes.

Y sobre todo aprendí que una discapacidad no define el valor de una persona.

Mis piernas ya no funcionaban.

Pero mi mente seguía viva.

Mi corazón seguía latiendo.

Mis sueños seguían existiendo.

Y aunque el camino sería mucho más difícil, todavía podía recorrerlo.

Fue entonces cuando comenzó la verdadera reconstrucción de mi vida.

No la reconstrucción del cuerpo. La reconstrucción del alma.

 

PARTE V LAS HERIDAS DEL ALMA

 

CAPÍTULO 21 CUANDO COMENZÓ EL ABANDONO

Después del accidente creí que la batalla más difícil sería contra mi discapacidad.

Me equivoqué.

La verdadera batalla apenas comenzaba.

Mientras luchaba por sobrevivir físicamente, comenzaron a aparecer heridas mucho más profundas.

Heridas invisibles.

Heridas que no aparecían en radiografías.

Heridas que ningún médico podía curar.

Las heridas del abandono.

Al principio no ocurrió de manera evidente.

Fue algo lento.

Silencioso.

Como una grieta que aparece en una pared y que con el tiempo termina derrumbando toda la estructura.

Las visitas comenzaron a disminuir.

Las promesas comenzaron a desaparecer.

Las palabras de apoyo empezaron a convertirse en silencios.

Y poco a poco comprendí que muchas personas no estaban preparadas para convivir con mi nueva realidad.

Algunos se alejaron porque no sabían qué decir.

Otros porque no sabían cómo ayudar.

Y otros simplemente porque decidieron seguir con sus vidas.

Yo permanecí allí.

Aprendiendo a convivir con una soledad que jamás había imaginado.

 

CAPÍTULO 22 MI PADRE Y LA BATALLA QUE NUNCA IMAGINÉ

Si alguien me hubiera dicho antes del accidente que algún día terminaría enfrentando a mi propio padre en escenarios judiciales, jamás lo habría creído.

Porque los hijos crecen creyendo que los padres siempre estarán allí.

Que siempre protegerán.

Que siempre ayudarán.

Que siempre actuarán como padres.

Pero la vida me obligó a descubrir una realidad diferente.

Durante los primeros meses después del accidente todavía conservaba la esperanza de que todo mejoraría.

Pensaba que la familia permanecería unida.

Pensaba que juntos enfrentaríamos las dificultades.

Sin embargo, las cosas comenzaron a cambiar.

Según mi percepción y mis recuerdos, personas cercanas empezaron a influir en las decisiones familiares.

Las prioridades cambiaron.

Las ayudas comenzaron a disminuir.

Y poco a poco sentí que me estaba quedando solo.

Lo que más me dolía no era la falta de dinero.

Era sentir que estaba perdiendo el apoyo emocional que necesitaba desesperadamente.

Porque cuando una persona queda en condición de discapacidad, no solamente necesita medicamentos o tratamientos.

Necesita amor.

Necesita compañía.

Necesita sentir que sigue siendo importante.

Y muchas veces sentía exactamente lo contrario.

 

CAPÍTULO 23 LA DEMANDA CONTRA MI PROPIA FAMILIA

Tomar la decisión de acudir a la justicia fue una de las experiencias más dolorosas de toda mi existencia.

No era una pelea contra desconocidos.

No era un conflicto comercial.

Era mi propia familia.

Mi propia sangre.

Personas con quienes había compartido infancia, recuerdos y sueños.

Recuerdo las noches sin dormir.

Las dudas.

Las lágrimas.

Las preguntas que me hacía constantemente.

¿Realmente debo llegar a esto?

¿Existe otra salida?

¿Vale la pena tanto dolor?

Pero las circunstancias me llevaron hasta allí.

No porque quisiera.

Sino porque sentía que ya no tenía alternativas.

Los procesos judiciales desgastan.

Consumen energía.

Consumen tranquilidad.

Consumen años de vida.

Y cuando los conflictos involucran a la familia, el desgaste es aún mayor.

Las diferencias se profundizan.

Las heridas crecen.

Las palabras se convierten en armas.

Y los afectos terminan fracturados.

Todavía hoy me duele recordar aquellos momentos.

Porque ningún hijo debería verse obligado a enfrentar situaciones semejantes.

 

CAPÍTULO 24 EL ALCOHOL Y LA OSCURIDAD

Existen dolores que parecen imposibles de soportar.

Dolores que no desaparecen con medicamentos.

Dolores que se instalan dentro del alma.

Y durante una etapa de mi vida intenté escapar de ellos.

El alcohol apareció como una falsa solución.

Como una puerta temporal hacia el olvido.

Como una forma de adormecer la tristeza.

Al principio parecía funcionar.

Por algunas horas lograba dejar de pensar.

Por algunas horas el dolor parecía disminuir.

Pero la realidad siempre regresaba.

Y regresaba con más fuerza.

El alcohol no solucionaba nada.

Simplemente aplazaba el sufrimiento.

Y cada vez que el efecto desaparecía, los problemas seguían allí.

La discapacidad seguía allí.

La soledad seguía allí.

La tristeza seguía allí.

Fueron años difíciles.

Años oscuros.

Años en los que muchas veces sentí que me estaba perdiendo a mí mismo.

Hasta que comprendí que ninguna botella podía devolverme la paz.

La paz debía encontrarla en otro lugar. Y ese lugar terminó siendo Dios.

 

CAPÍTULO 25 LA PÉRDIDA DE MIS HIJOS

Si alguien me preguntara cuál ha sido el dolor más grande de mi vida, mi respuesta sería inmediata. No fue el accidente.

No fue la silla de ruedas.

No fueron los procesos judiciales.

Fue la distancia con mis hijos.

Porque un padre puede soportar muchas cosas.

Puede soportar la pobreza.

Puede soportar la enfermedad.

Puede soportar el sufrimiento físico.

Pero existe una herida especial cuando los hijos crecen lejos.

Cuando los años pasan sin poder acompañarlos.

Cuando las fotografías sustituyen los abrazos. Cuando los recuerdos sustituyen la presencia.

Recuerdo pensar constantemente en ellos.

Preguntarme cómo estaban.

Cómo crecían.

Qué sueños tenían.

Si eran felices.

Si alguna vez pensaban en mí.

Y mientras más tiempo pasaba, más grande se volvía el vacío.

Sentía que me estaban arrebatando algo que ninguna persona debería perder.

La oportunidad de ver crecer a sus hijos.

Muchas veces imaginé conversaciones que nunca ocurrieron.

Cumpleaños que no compartimos.

Momentos importantes que me perdí.

Y aunque los años han pasado, el amor permanece intacto.

Porque la distancia puede separar cuerpos.

Pero no puede separar corazones.

Por eso decidí escribir este libro.

Porque quizás algún día ellos lo leerán.

Y conocerán mi versión de la historia.

No para juzgar a nadie.

No para crear más dolor.

Sino para que sepan una verdad sencilla.

Su padre jamás dejó de amarlos.

Ni un solo día.

Ni una sola noche.

Ni un solo instante.

Y aunque la vida nos separó durante muchos años, siempre existió un lugar en mi corazón reservado exclusivamente para ellos.

 

PARTE VI LA ESCUELA DE DIOS

 

CAPÍTULO 26 EL HOGAR GERIÁTRICO

A los veintitrés años llegué a un lugar donde jamás imaginé vivir.

Un hogar geriátrico.

Todavía recuerdo el día en que llegué.

Mientras observaba aquellas instalaciones sentía una mezcla de tristeza, incertidumbre y vergüenza. Mi mente no lograba entender por qué un hombre joven terminaba viviendo rodeado de personas de la tercera edad.

Sentía que la vida me había arrebatado demasiado.

Primero la movilidad.

Después mis sueños.

Luego parte de mi familia.

Y ahora me encontraba allí.

Lejos de la vida que había imaginado.

Mirando alrededor y viendo rostros marcados por el paso de los años.

Hombres y mujeres que ya habían vivido décadas enteras.

Mientras yo apenas comenzaba a entender la magnitud de mi tragedia.

Durante los primeros días me sentí completamente fuera de lugar.

Pensaba constantemente:

—¿Qué hago aquí?

—¿Por qué Dios permitió esto?

—¿Qué sentido tiene mi vida ahora?

No encontraba respuestas.

Solo encontraba silencio.

Y muchas lágrimas que nadie veía.

 

CAPÍTULO 27 RODEADO DE OCHOCIENTOS AÑOS DE EXPERIENCIA

Con el paso de los días comencé a observar a las personas que vivían conmigo.

Eran aproximadamente ochenta adultos mayores.

Ochenta historias diferentes.

Ochenta vidas marcadas por alegrías, sufrimientos, triunfos y derrotas.

Un día hice un cálculo mental.

Si cada uno tenía alrededor de setenta, ochenta o noventa años, estaba rodeado de más de ochocientos años de experiencia acumulada.

Aquella idea cambió mi manera de ver las cosas.

Comencé a escuchar.

A preguntar.

A aprender.

Y poco a poco comprendí que Dios me había llevado a una escuela extraordinaria.

Cada anciano tenía una historia.

Algunos habían sido agricultores.

Otros comerciantes.

Otros padres ejemplares.

Otros personas que habían cometido errores y aprendido de ellos.

Todos tenían algo que enseñarme.

Y sin darme cuenta, aquellos hombres y mujeres comenzaron a convertirse en mis maestros. Me enseñaron sobre paciencia.

Sobre humildad.

Sobre gratitud.

Sobre resiliencia.

Me enseñaron que la vejez no destruye el valor de una persona. Y que el sufrimiento puede convertirse en sabiduría.

 

CAPÍTULO 28 LA PREGUNTA QUE LE HICE A DIOS

Una noche particularmente difícil hice una pregunta que cambiaría mi vida. Recuerdo estar solo.

Mirando el techo.

Pensando en todo lo que había perdido.

Y entonces hablé con Dios.

No con palabras elegantes.

No con una oración preparada.

Simplemente hablé desde el dolor.

Le pregunté:

—Señor, ¿por qué me tienes aquí?

—¿Por qué permitiste todo esto?

—¿Qué propósito puede existir detrás de tanto sufrimiento?

Aquella pregunta salió desde lo más profundo de mi corazón.

No esperaba una respuesta inmediata.

No esperaba escuchar una voz.

Pero sí necesitaba entender.

Porque el dolor sin propósito destruye.

Y yo necesitaba encontrar sentido a todo lo que estaba viviendo. Los días pasaron.

Las semanas pasaron.

Y poco a poco las respuestas comenzaron a llegar.

No como yo esperaba.

Llegaron a través de las personas.

A través de las experiencias.

A través de las historias que escuchaba cada día.

Y comprendí algo que jamás había considerado.

Tal vez Dios no me había llevado allí para castigarme. Tal vez me había llevado allí para prepararme.

 

CAPÍTULO 29 DESCUBRIENDO MI PROPÓSITO

Durante años había pensado únicamente en lo que había perdido. La movilidad.

La independencia.

La vida que soñaba.

La cercanía con mis hijos.

Pero en aquel hogar geriátrico comencé a mirar en otra dirección.

Comencé a preguntarme qué podía hacer con la vida que todavía tenía.

Y la respuesta apareció lentamente.

Descubrí que podía escuchar.

Descubrí que podía orientar.

Descubrí que podía ayudar.

Porque aunque había perdido muchas capacidades físicas, seguía teniendo algo valioso. Experiencia.

Conocimiento.

Empatía.

Comprensión del sufrimiento humano.

Poco a poco las personas comenzaron a buscarme.

A contarme sus problemas.

A pedirme consejos.

A compartir sus preocupaciones.

Y descubrí algo extraordinario.

Mi dolor estaba ayudando a sanar a otros.

Aquello cambió mi perspectiva.

Por primera vez comprendí que mi historia podía servir para algo más que para sufrir. Podía convertirse en una herramienta para ayudar.

Y desde ese momento comenzó a nacer el hombre que soy hoy.

 

CAPÍTULO 30 CUANDO COMPRENDÍ POR QUÉ SEGUÍA VIVO

Hay momentos que transforman completamente la forma en que vemos nuestra existencia.

Para mí, ese momento llegó cuando entendí que seguía vivo por una razón.

No había sobrevivido al accidente por casualidad.

No había soportado tantos años de sufrimiento sin motivo.

No había atravesado tantas pruebas simplemente para lamentarme.

Existía un propósito.

Y ese propósito era servir.

Ayudar a otros.

Compartir mi experiencia.

Demostrar que incluso después de las peores tragedias es posible reconstruirse.

Comprendí que Dios no me estaba definiendo por lo que había perdido.

Me estaba preparando para aquello que todavía podía hacer.

Y desde entonces dejé de preguntarme:

—¿Por qué me pasó esto?

Y comencé a preguntarme:

—¿Qué puedo hacer con esto?

Ese cambio de mentalidad transformó mi vida.

Porque cuando una persona encuentra propósito, el sufrimiento deja de ser una condena.

Y se convierte en una misión.

Hoy, después de más de dos décadas viviendo en una silla de ruedas, puedo decir algo con absoluta certeza.

No elegí esta vida.

No elegí el accidente.

No elegí las pérdidas.

Pero sí elegí seguir adelante.

Y esa decisión cambió mi destino.

Porque aunque mis piernas dejaron de caminar hace muchos años, mi alma jamás dejó de avanzar. Y mientras Dios me conceda un nuevo amanecer, seguiré haciendo exactamente eso. Avanzando.

Ayudando.

Creyendo.

Y demostrando que la verdadera fuerza de un ser humano no se encuentra en su cuerpo. Se encuentra en su espíritu.

 

PARTE VII RENACER

 

CAPÍTULO 31 CUANDO DECIDÍ VOLVER A VIVIR

Existe una diferencia enorme entre estar vivo y decidir vivir.

Durante muchos años yo respiraba.

Mi corazón seguía latiendo.

Mi cuerpo seguía existiendo.

Pero en el fondo de mi alma todavía estaba atrapado en el primero de marzo de 2005.

Seguía viviendo en el accidente.

Seguía viviendo en las pérdidas.

Seguía viviendo en el dolor.

Hasta que un día comprendí algo.

No podía cambiar el pasado.

No podía regresar el tiempo.

No podía recuperar mis piernas.

No podía borrar las heridas.

Pero sí podía decidir qué hacer con el tiempo que todavía tenía.

Aquella decisión marcó el inicio de mi verdadero renacimiento.

No ocurrió de un día para otro. No fue un milagro instantáneo.

Fue un proceso.

Un paso a la vez.

Una decisión a la vez.

Una batalla a la vez.

Comencé a establecer metas pequeñas.

Volví a interesarme por aprender.

Volví a conversar con las personas.

Volví a pensar en el futuro.

Y poco a poco la oscuridad comenzó a retroceder.

Por primera vez en muchos años sentí que mi historia todavía no había terminado.

 

CAPÍTULO 32 LA FE QUE ME SOSTUVO

Muchas personas me preguntan cómo logré soportar tantas pruebas.

Cómo sobreviví al accidente.

Cómo enfrenté la discapacidad.

Cómo soporté el abandono.

Cómo resistí la distancia con mis hijos.

Mi respuesta siempre es la misma.

Dios.

No porque mi fe eliminara el sufrimiento.

No porque desaparecieran los problemas.

Sino porque me dio fuerzas para enfrentarlos.

Hubo noches en las que solamente podía orar.

Hubo días en los que ya no tenía fuerzas para nada más.

Hubo momentos donde sentí que estaba completamente solo.

Pero incluso entonces algo me sostenía.

Algo me impedía rendirme.

Con el paso del tiempo comprendí que era la mano de Dios.

Una mano silenciosa.

Paciente.

Constante.

Una mano que nunca me abandonó.

Aunque muchas veces yo pensara lo contrario.

Mi fe no nació en la comodidad.

Nació en el dolor.

Y por eso se volvió tan fuerte.

Porque fue puesta a prueba una y otra vez. Y aun así permaneció.

 

CAPÍTULO 33 APRENDER A PERDONAR

Durante muchos años guardé heridas.

Algunas eran tan profundas que parecía imposible sanarlas.

Me sentía traicionado.

Abandonado.

Incomprendido.

Y tenía razones para sentirme así.

Pero un día comprendí algo.

El resentimiento estaba destruyendo a una sola persona.

A mí.

Las personas que me habían hecho daño continuaban con sus vidas.

Mientras yo seguía cargando aquella pesada mochila emocional.

Y entonces entendí que debía perdonar.

No porque todo hubiera estado bien.

No porque olvidara lo ocurrido.

Sino porque necesitaba ser libre.

Perdonar fue una de las tareas más difíciles de mi vida.

Mucho más difícil que algunas terapias.

Mucho más difícil que aceptar la silla de ruedas.

Porque implicaba soltar el dolor.

Soltar la rabia.

Soltar el deseo de recibir explicaciones.

Y aunque el proceso fue largo, finalmente comprendí que el perdón no beneficia únicamente a quien lo recibe.

También sana a quien lo otorga.

Desde entonces comencé a vivir con más paz.

Con más serenidad.

Con menos peso sobre los hombros.

 

CAPÍTULO 34 MI VERDAD PARA MIS HIJOS

Durante muchos años imaginé este momento.

Imaginé poder sentarme frente a mis hijos y contarles mi historia.

Explicarles quién fui.

Qué ocurrió.

Qué sentí.

Qué sufrí.

Y cuánto los amé.

Pero la vida no siempre nos concede las conversaciones que soñamos.

Por eso escribí este libro.

Porque quiero que algún día conozcan mi verdad.

No para que odien a nadie.

No para que juzguen a nadie.

No para crear divisiones.

Simplemente para que conozcan a su padre.

Quiero que sepan que pensé en ellos todos los días.

Que jamás dejaron de ocupar un lugar en mi corazón.

Que cada cumpleaños ausente me dolió.

Que cada Navidad distante dejó una herida.

Que cada fotografía que veía era una mezcla de felicidad y tristeza.

Quiero que sepan que nunca dejé de amarlos.

Ni siquiera en los momentos más oscuros.

Ni siquiera cuando parecía que la distancia era definitiva.

Porque el amor de un padre verdadero no desaparece con los años.

Permanece.

Resiste.

Sobrevive.

Y eso fue exactamente lo que hizo el mío.

 

CAPÍTULO 35 EL LEGADO QUE QUIERO DEJAR

A medida que pasan los años, uno comienza a pensar en el legado.

En aquello que permanecerá cuando ya no estemos.

Durante mucho tiempo creí que el legado eran las propiedades.

Las fincas.

Los bienes materiales.

Hoy sé que estaba equivocado.

Las cosas materiales desaparecen.

Se venden.

Se deterioran.

Se pierden.

Pero los valores permanecen.

Las enseñanzas permanecen.

Las historias permanecen.

Por eso escribo estas páginas.

Porque quiero dejar algo más importante que cualquier herencia económica. Quiero dejar experiencia.

Fe.

Esperanza.

Quiero que quienes lean este libro comprendan que ninguna tragedia tiene la última palabra.

Que siempre existe una oportunidad para comenzar de nuevo.

Que la discapacidad no destruye el valor de una persona.

Que el sufrimiento puede convertirse en propósito.

Y que Dios jamás abandona a quienes continúan creyendo.

Si algún día alguien recuerda mi nombre, espero que no sea por el accidente.

Espero que sea por la manera en que decidí enfrentar lo ocurrido.

Porque al final de la vida no seremos recordados por las veces que caímos.

Seremos recordados por las veces que decidimos levantarnos.

Y yo elegí levantarme.

Una y otra vez.

Durante más de veinte años.

Y volvería a hacerlo si fuera necesario.

Porque esa es la verdadera victoria.

No evitar las caídas.

Sino seguir avanzando después de ellas.

 

PARTE VIII YO ANTES DE HOY

 

CAPÍTULO 36 LOS CABALLOS DE MI ALMA

Si tuviera que elegir una imagen para representar mi infancia, elegiría un caballo. No una casa. No una finca.

No un paisaje.

Un caballo.

Porque ellos fueron mucho más que animales en mi vida. Fueron compañeros.

Fueron amigos.

Fueron libertad.

Desde muy pequeño descubrí una conexión especial con ellos.

Mientras otros niños jugaban con juguetes, yo soñaba con monturas.

Mientras otros corrían detrás de balones, yo corría detrás de caballos.

Aquellos animales despertaban algo especial dentro de mí.

Algo difícil de explicar.

Tal vez porque representan exactamente aquello que más admiraba.

La fuerza.

La nobleza.

La libertad.

Recuerdo las primeras veces que monté.

El miedo.

La emoción.

La adrenalina.

Y luego aquella sensación indescriptible cuando el caballo comenzaba a correr.

Era como volar.

Era como sentir que nada podía detenerme.

Durante años los caballos formaron parte de mi identidad.

Y aunque uno de ellos estuvo presente el día que cambió mi vida para siempre, jamás permití que ese recuerdo destruyera todos los demás.

Porque los caballos me regalaron demasiados momentos hermosos para ser recordados únicamente por una tragedia.

Todavía hoy, cuando veo uno, siento algo especial.

Una parte de mi alma sigue galopando.

Sigue recorriendo potreros.

Sigue persiguiendo horizontes.

Porque algunas pasiones jamás desaparecen.

Simplemente aprenden a vivir dentro de nosotros.

 

CAPÍTULO 37 EL CAMPO QUE NUNCA ABANDONÉ

Aunque la vida me llevó por caminos que jamás imaginé recorrer, existe algo que nunca abandoné. Mis raíces.

Yo nací campesino.

Crecí campesino.

Y moriré sintiéndome campesino.

El campo no es solamente un lugar.

Es una forma de ver la vida.

Es una manera de entender el mundo.

Es aprender que las cosas importantes requieren tiempo.

Que la tierra recompensa la paciencia.

Que la lluvia llega cuando tiene que llegar.

Y que ninguna cosecha se obtiene sin esfuerzo.

Todas esas enseñanzas continúan acompañándome.

Incluso desde una silla de ruedas.

Porque el campo no vive en mis piernas.

Vive en mi corazón.

Todavía recuerdo el olor de la tierra después de la lluvia.

Todavía recuerdo los amaneceres cubiertos de neblina.

Todavía recuerdo las largas jornadas de trabajo.

Y aunque físicamente estoy lejos de aquella vida, emocionalmente nunca me fui. El campo sigue siendo mi hogar.

Mi refugio.

Mi origen.

Y una parte fundamental de quien soy.

 

CAPÍTULO 38 EL AMOR, LAS DESPEDIDAS Y LA SOLEDAD

A lo largo de la vida amamos muchas veces.

Amamos personas.

Amamos lugares.

Amamos sueños.

Y también aprendemos que no todo permanece para siempre.

Durante años me aferré a la idea de que algunas historias durarían toda la vida.

Pero el tiempo me enseñó algo diferente.

Me enseñó que existen ciclos.

Que algunas personas llegan para quedarse.

Y otras llegan para enseñarnos una lección antes de partir.

También aprendí sobre la soledad.

Una soledad profunda.

De esas que no desaparecen aunque haya gente alrededor.

La soledad de extrañar a los hijos.

La soledad de sentirse incomprendido.

La soledad de enfrentar dolores que nadie más puede ver.

Pero incluso la soledad terminó convirtiéndose en maestra.

Porque fue allí donde aprendí a escucharme.

A conocerme.

A descubrir quién era cuando desaparecían todas las distracciones.

Fue allí donde encontré a Dios de una manera diferente.

Y fue allí donde comprendí que la paz no depende de las personas que permanecen. Depende de la relación que construimos con nosotros mismos y con Dios.

 

CAPÍTULO 39 DIOS ME QUITÓ TODO PARA DARME ALGO MÁS GRANDE

Durante muchos años pensé que Dios me había quitado demasiado. La movilidad.

Los sueños.

La familia que imaginaba.

La cercanía con mis hijos.

Las oportunidades que alguna vez creí seguras.

Y durante mucho tiempo me pregunté:

¿Por qué?

¿Por qué permitir tanto sufrimiento?

¿Por qué tantas pruebas?

¿Por qué tantas pérdidas?

Las respuestas tardaron años en llegar.

Pero llegaron.

Y cuando finalmente las comprendí, mi vida cambió.

Descubrí que Dios no me estaba destruyendo.

Me estaba transformando.

Porque antes del accidente yo conocía muchas cosas.

Pero no conocía la verdadera gratitud.

No conocía la verdadera resiliencia.

No conocía la verdadera fe.

Aquellas virtudes nacieron precisamente del dolor.

Y aunque jamás habría elegido este camino, hoy entiendo que me convirtió en una mejor persona. Más humana.

Más comprensiva.

Más consciente del sufrimiento de otros.

Dios me quitó muchas cosas.

Es cierto.

Pero me dio algo mucho más grande. Me dio propósito.

 

CAPÍTULO 40 YO ANTES DE HOY EPÍLOGO FINAL

Si has llegado hasta esta página, has recorrido conmigo una parte importante de mi vida.

Has conocido al niño campesino.

Al muchacho que amaba los caballos.

Al padre que soñaba con una familia unida.

Al hombre que sufrió un accidente devastador.

Al hijo.

Al hermano.

Al amigo.

Al ser humano que aprendió a vivir nuevamente después de perderlo casi todo.

Y ahora quiero dejarte una última reflexión.

La vida nunca será exactamente como la imaginamos.

A veces nos regala alegrías.

A veces nos presenta pruebas.

A veces nos derrumba.

Y otras veces nos obliga a comenzar desde cero.

Pero siempre nos ofrece una elección.

Rendirnos.

O continuar.

Yo elegí continuar.

No porque fuera fácil.

No porque fuera valiente.

Sino porque comprendí que mientras exista vida, existe esperanza.

Hoy miro hacia atrás y veo dolor.

Pero también veo crecimiento.

Veo pérdidas.

Pero también aprendizajes.

Veo heridas.

Pero también milagros.

Y por encima de todo, veo la mano de Dios guiándome incluso cuando yo no podía verla.

Mi nombre es Alejandro Delgado Marín.

Nací en una finca campesina el 23 de julio de 1981.

Fui recibido por una partera.

Amé los caballos.

Amé el campo.

Amé a mis hijos.

Conocí el dolor.

Conocí la soledad.

Conocí la discapacidad.

Pero también conocí la fe.

Y gracias a ella sigo aquí.

Escribiendo estas palabras.

Compartiendo mi historia.

Y demostrando que las circunstancias pueden cambiar una vida.

Pero jamás pueden destruir un alma que decidió seguir luchando.

Porque al final comprendí algo maravilloso.

No somos definidos por las tragedias que enfrentamos.

Somos definidos por la manera en que decidimos enfrentarlas.

Y yo decidí seguir adelante.

Una y otra vez. Hasta el final.

 

FIN YO ANTES DE HOY Memorias de un hombre que aprendió a caminar con el alma cuando sus piernas dejaron de hacerlo

"La vida intentó quebrarme muchas veces, pero Dios siempre encontró la manera de volver a levantarme."

 

 

 

 

 

Thoughts

  • nochedevela

    Entiendo lo de rezar cuando no hay respuesta fácil. Tu fe no es una cosa simple después de lo que pasaste. Pero compartir todo esto, escribirlo tan claro, eso es un acto de fe en sí mismo.

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  • TereG78

    Diecinueve años. Lo que me queda es que no bajaste los brazos ni un día en todo ese tiempo. Eso es lo más fuerte que leí en mucho.

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  • Pilarcita

    Eso de aprender a caminar con el alma cuando el cuerpo no puede. En la residencia veo gente encontrar algo así, pero pocos lo dicen tan claro como vos.

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  • Ovid

    Gracias por compartir esto. La dedicatoria es lo que se queda conmigo: eso de dirigirse a quienes se sienten perdidos, a quienes el dolor ya les ganó la guerra. Diecinueve años desde ese 1 de marzo, y lo que escribe sobre aprender a caminar con el alma cuando el cuerpo no puede. Eso es una respuesta real a las personas que nombra. ¿Tienes más textos tuyos por aquí?

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