La bisagra sin aceite, anotada para no mirar el vacío, me pesó. En «CAPÍTULO XXII: HAZ LO QUE TE HAGA FELIZ», un ensayo del grupo, se piensa en los días que valen sin ser felices.
la vida es un deber
Pensamiento
La bisagra sin aceite, anotada para no mirar el vacío, me pesó. En «CAPÍTULO XXII: HAZ LO QUE TE HAGA FELIZ», un ensayo del grupo, se piensa en los días que valen sin ser felices.
Contenido de la publicación
capitulo 1:
El reloj digital sobre el torno marcaba las 17:58. Dos minutos.
Alrededor de Fernando, el aire seguía denso por el olor a aceite mineral, viruta de fierro fundido y el vaho acumulado de la jornada. Un ruido sordo, rítmico, casi respiratorio, hacía temblar las vigas de la planta manufacturera, un pulso que durante casi cuatro décadas había sido el verdadero metrónomo de su vida.
Aquel estruendo nunca fue ruido para Fernando; era una estructura. Treinta y ocho años calibrando el chiquichaque de las bielas, el respiro neumático de las válvulas y el golpe seco de las prensas le habían dado un oído infalible. Sabía que una correa o un engranaje iba a fallar no por verlos, sino por el milisegundo de desfase en la síncopa del motor. Para él, el ritmo no era un concepto abstracto: era una tolerancia exacta, una pieza que debía encajar sin vacilaciones.
Fernando se limpió las manos con una estopa grasosa. Observó la mesa de trabajo: las llaves ajustables alineadas de mayor a menor, el calibre dentro de su caja de madera, el cuaderno de registro con las tapas desgastadas. Todo estaba en su sitio. Siempre lo estuvo.
A las 18:00 en punto, el timbre sonó con un zumbido seco que cortó el estruendo de las máquinas. Las fajas de transmisión empezaron a desacelerar con un chirrido paulatino hasta que la planta quedó sumida en un silencio extraño, casi pesado.
—Ya estamos, Don Fer —dijo Morales, un muchacho de veintitantos que operaba la fresadora contigua, pasándose la manga de la polera por la frente—. Llegó el día.
Fernando asintió despacio, guardando el calibre en su cajón.
—Así es, Morales. Todo tiene su hora.
En el pasillo principal, camino a los casilleros, algunos compañeros se acercaron a darle palmaditas en la espalda. Hubo un par de bromas flojas sobre levantarse tarde a partir de mañana y un apretón de manos algo más largo con el jefe de turno, quien le entregó una caja de cartón con una placa de acrílico grabado. Fernando agradeció con la sobriedad de siempre. No quería discursos. Las despedidas largas en los lugares de trabajo siempre le parecieron un trámite incómodo, una manera de disimular que la rueda sigue girando aunque uno se baje.
En la marquesina de salida, puso la tarjeta en la ranura del reloj control. El timbre metálico al perforar la tarjeta del último turno retumbó en sus oídos con la precisión de un hachazo. 18:12.
Afuera, el aire helado del sur le golpeó la cara. El cielo estaba cubierto por una capa de nubes plomizas que prometían lluvia hacia la noche. Fernando caminó hacia el paradero cargando un bolso de lona raído con sus zapatos de seguridad y la caja bajo el brazo.
El trayecto en la micro fue silencioso. El motor chirriaba en cada subida y la gente viajaba con el cuello del abrigo subido, mirando por las ventanas empañadas. Fernando miraba sus propias manos: tenían el cuero arrugado en los nudillos y marcas imborrables de grasa bajo las uñas que ya ningún jabón de carbón lograría quitar del todo. Durante treinta y ocho años, esas manos habían tenido una función exacta, una tolerancia en milímetros. Mañana a las seis, por primera vez, no habría ninguna pieza que ajustar.
Cuando bajó en la esquina de su pasaje, las luces de los postes comenzaban a parpadear. Llegó a la casa, metió la llave en la cerradura de la reja y caminó por el pequeño antejardín. La reja chirrió; le faltaba aceite en la bisagra superior. Apuntó el detalle mentalmente, una costumbre automática para no admitir el vacío.
La casa olió a madera guardada y a humedad fría. Al entrar, dejó el bolso junto a la puerta y apoyó la caja sobre la mesa del comedor. No prendió la televisión. Fue directo a la cocina, puso el hervidor y caminó hacia el pasillo donde estaba el retrato de Elena.
Hacía catorce meses que Elena no estaba. Al principio, el silencio de la casa tras su partida era un dolor físico, una presión en el pecho que apenas lo dejaba respirar. Con el tiempo, y gracias a la presencia constante de sus dos hijos, que no lo dejaron solo un solo fin de semana, el dolor había mutado en una ausencia serena, en una resignación respetuosa. Ya no lloraba al ver sus cosas, pero la casa se había vuelto demasiado grande.
Miró la foto un segundo. Elena sonreía frente al mar en un viaje antiguo.
—Ya terminé en la planta, flaca —murmuró con la voz baja, casi para sí mismo.
El hervidor saltó con un chasquido. Fernando se sirvió un té amargo en su taza de siempre y se sentó a la mesa. Sobre el mantel de hule estaba la caja de la empresa. La abrió, sacó la placa de acrílico, leyó su nombre grabado en letras doradas y la volvió a guardar dentro de la caja sin sacarle el envoltorio de burbujas.
Miró el reloj de pared. Eran las siete y media de la tarde. La televisión apagada, la estufa apagada, la lluvia empezando a golpear suavemente los vidrios de la ventana.
Fernando tomó un sorbo de té. Estaba cansado del trabajo de toda una vida, sí, pero no estaba derrotado. El problema no era el pasado, ni el luto que ya había aprendido a cargar en la espalda. El problema era la ventana de la cocina, la lluvia afuera y la certeza absoluta de que mañana por la mañana el mundo entero saldría a trabajar, mientras él se quedaría sentado en esa misma silla, mirando cómo se enfría el té.
Thoughts
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PermalinkEl tipo escucha la falla en el desfase del motor antes de verla, y eso no se jubila a las 18:12. Para mí la reja que chirría es el primer laburo que se inventa en la casa, y van a venir más.
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PermalinkLa bisagra sin aceite, anotada para no mirar el vacío, me pesó. En «CAPÍTULO XXII: HAZ LO QUE TE HAGA FELIZ», un ensayo del grupo, se piensa en los días que valen sin ser felices.
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PermalinkLo de la placa guardada otra vez con el plástico de burbujas me encantó. Fernando ni la quiere mirar.
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