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La prueba de agilidad

Jhobere
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Todo empezó el día anterior, al terminar la prueba de agilidad. Alphonse se dirigió a todos con voz clara y amable:

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Pensamiento

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RodrigoLezama

La chica de cabello oscuro que inclina la piedra con la mano va a pasar igual a la siguiente prueba, causa. ¡Ahí se viene lo feo de verdad!

La chica de cabello oscuro que inclina la piedra con la mano va a pasar igual a la siguiente prueba, causa. ¡Ahí se viene lo feo de verdad!

Contenido de la publicación

Los días previos a la prueba, el campo de entrenamiento había estado lleno de actividad. Cuatro de los Carmesí enseñaban a los aspirantes: Alina, la Carmesí Floreciente, de cabello castaño y ojos grandes y nobles, que con su don sobre la naturaleza enseñaba a leer el terreno y a moverse entre las sombras de los árboles; Sebastián, el Carmesí Inquebrantable, de porte firme y manos que parecían de piedra, que les mostraba cómo mantener el equilibrio sobre superficies inestables y resistir sin ceder; Catherine, la Carmesí del Flujo Sagrado, de voz clara y ojos sabios, que con calma y ternura ayudaba a los jóvenes a escuchar su propio cuerpo y a confiar en su instinto; y Alphonse, el Carmesí del Aire, ágil y de mirada perspicaz, que no se unía a las sesiones de práctica, pues era él quien diseñaba la prueba que pronto realizarían. Zero, el primero y más poderoso de todos, que dominaba los elementos fundamentales, también estaba presente, atento a cada movimiento, pero sus ojos volvían una y otra vez a la misma figura.

Lux, con su cabello rojo fuego cayendo en mechones sobre sus hombros y sus ojos azules brillando con determinación, practicaba sin descanso. Llevaba puesta su armadura roja con franjas negras, que le quedaba ajustada pero cómoda, y a su costado descansaba la espada con la empuñadura de piel gastada y el dragón grabado que parecía vigilar cada uno de sus pasos. Daba pasos precisos, saltaba, se detenía y volvía a empezar, esforzándose por compensar lo que los demás llamaban "falta de don" con pura voluntad.

Pero a su alrededor, las miradas no eran amables. Mientras ella se afanaba en dominar el equilibrio sobre una roca inestable, varios jóvenes la observaban con desprecio.

—Mira cómo se esfuerza —se burló uno, lo suficientemente alto para que ella lo oyera—. No tiene nada. Ni aire, ni tierra, ni agua. ¿Cree que la valentía basta para todo?

—No debería estar aquí —añadió una chica—. Solo ocupa el lugar de alguien que de verdad merece estar.

—Se caerá en cuanto empiece —dijo otro—. Ya lo verás.

Lux apretó los dientes y siguió practicando. No contestó. No se detuvo. Pero cada palabra era como un pequeño golpe en el pecho.

En ese momento, justo cuando terminaba de saltar hacia una plataforma baja, uno de los aspirantes pasó a su lado y, con un movimiento rápido y disimulado, le dio un empujón fuerte en el hombro. Lux perdió el equilibrio de golpe; sus pies resbalaron y cayó hacia un lado, con los brazos extendidos intentando sujetarse de nada.

Iba a tocar el suelo, pero antes de que pudiera hacerlo, unos brazos fuertes y firmes la rodearon por la cintura y la sostuvieron en el aire, deteniendo su caída por completo.

Lux abrió los ojos con sorpresa. Se encontró muy cerca de Zero. Su respiración se detuvo un instante. Él la mantenía sujeta con suavidad pero con firmeza, sin soltarla de inmediato, y sus ojos grandes y profundos la miraban con una intensidad que la hizo temblar. Sus rostros estaban tan cerca que podía sentir el calor de su presencia.

—Estás a salvo —dijo él, con voz grave y suave a la vez.

Poco a poco la enderezó, pero no apartó la mano de su brazo de inmediato. Sus miradas seguían unidas: los ojos azules de Lux perdidos en los ojos cafés de él. El corazón de ella empezó a latir tan rápido que temió que él pudiera oírlo. Las mejillas se le encendieron de un rojo intenso, más vivo que su propio cabello.

—Gracias… —alcanzó a susurrar, bajando la mirada un instante por la timidez, para luego volver a encontrar la suya—. Muchas gracias.

Solo entonces Zero soltó suavemente su brazo y se giró hacia el joven que la había empujado, el cual permanecía inmóvil, con la mirada baja. La voz de Zero fue serena, pero llevaba una autoridad que hizo callar a todos los presentes:

—Debes tener más cuidado.

El chico asintió apresuradamente y se alejó sin decir palabra.

Zero volvió a mirar a Lux, y en sus labios apareció una sonrisa apenas visible, cálida y breve.

—¿Estás bien? —preguntó, bajando el tono para que solo ella lo oyera.

Lux asintió, con la voz aún temblorosa por la emoción.

—Sí… gracias a usted.

Él asintió despacio y se apartó, dejándola volver a su práctica, pero esa vez, cuando ella levantó la vista un rato después, lo encontró mirándola de nuevo. Y esta vez, no apartó la mirada de inmediato.

A lo lejos, junto a unos arbustos floridos, Catherine observaba la escena. Se volvió hacia él cuando se acercó a donde ella estaba, con una sonrisa tranquila:

—No dejas de mirarla —dijo con voz suave, sin reproche, pero con curiosidad—. Ese interés que sientes por ella… no es común en ti, Zero.

Él no apartó la vista de la figura de Lux, que volvía a practicar con renovada energía.

—Hay algo en ella, Catherine —respondió con seriedad—. Algo que no logro descifrar. No tiene don, eso es evidente… y sin embargo avanza con una fuerza que no debería ser posible. Como si algo la sostuviera. Algo antiguo.

—O alguien —sugirió la mujer—. Tú la sostuviste hace un momento… y parecías no querer soltarla. Como si supieras algo que el resto ignoramos.

Zero finalmente la miró, y en sus ojos había algo más que confusión: esperanza.

—No sé qué esperar. Solo sé que no es como los demás. Y tengo la certeza de que si la dejamos sola, el mundo la romperá antes de que ella misma se entienda.

—Entonces cuídala —dijo Catherine con firmeza—. Pero ten cuidado. Si realmente es lo que intuyes, despertar lo que lleva dentro podría cambiarlo todo. Para bien o para mal.

Zero asintió lentamente.

—Lo sé. Por eso no puedo dejar de vigilarla.

 Días después se llevó a cabo la prueba de agilidad,el sonido de trompetas suaves llamó a todos a reunirse fuera de la fortaleza. Lux llegó con el resto, la espada del dragón grabado ceñida al costado. Al pasar junto a Zero, él le dedicó un gesto breve con la cabeza, y ella sintió que el corazón se le aceleraba de nuevo. Respiró hondo. Alina le había dicho que era su favorita. No lo olvidaría.

El recorrido de la prueba se extendía entre los árboles, en una zona del bosque cercada por altos muros de piedra y rejas de hierro forjado que impedían el paso de cualquier criatura. La bruma se aferraba a los troncos gruesos y a la hierba alta, y entre la niebla se dibujaba el camino: plataformas de piedra oscura ancladas a los árboles más antiguos, colocadas a distancias impredecibles. Algunas eran tan delgadas que apenas cabía un pie; otras colgaban de cadenas de hierro que crujían al menor movimiento, balanceándose suavemente con la brisa. Más adelante, puentes de cuerda desgastada que giraban solos sobre un abismo de niebla gris, y un tramo final donde el suelo desaparecía por completo entre nubes espesas que se arrastraban entre la vegetación. El aire olía a tierra húmeda, pino y algo más, algo metálico, el aroma de la contaminación que flotaba en el ambiente.

—Bienvenidos —anunció Alphonse, el Carmesí del Aire, que dirigía la prueba desde una plataforma elevada anclada a un roble inmenso—. Soy el Carmesí del Aire. Este día realizarán la prueba de agilidad, pero antes de comenzar, serán seleccionados: muchos de ustedes no superaron la primera prueba.

Entonces Zero se acercó y tomó la palabra:

—Ahora diremos los nombres de quienes no fueron seleccionados. De los cien aspirantes que comenzaron, solo quedan cincuenta. Algunos no fueron lo suficientemente buenos, otros no lograron terminar la prueba.

Mientras leían los nombres, Lux sintió un nudo en el estómago: todo el esfuerzo de la primera prueba, todas esas mañanas levantándose antes del amanecer para correr y entrenar, y la promesa hecha a su madre, a su hermana y a Olga, pasaron por su mente.

De pronto, escuchó su nombre. Sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos empezaron a sudar.

—Lux Blackwood —Zero hizo una pequeña pausa, y por un instante su mirada se suavizó al encontrar la de ella—: Ella se queda y avanza a la siguiente prueba.

Lux sonrió con el alma. Apretó la espada contra sí, miró al cielo, acercó la empuñadura de piel y le dio un tierno beso. Dijo en voz baja, para sí misma:

—Esto es por ti, mi querida amiga Estrella.

—Deben cruzar sin tocar el suelo —señaló Alphonse—. Quien caiga, queda fuera. Comiencen.

Los jóvenes salieron disparados. Muchos usaban sus dones: hacían que la tierra se elevara formando escalones, se impulsaron con ráfagas de viento que alborotaban las copas de los árboles, o creaban superficies de hielo bajo sus pies sobre la hierba. Avanzaban rápidos, seguros, casi sin esfuerzo, como si el bosque mismo les obedeciera.

Lux no tenía nada de eso. Observó el primer salto, calculó la distancia entre las piedras, apretó la empuñadura de la espada y saltó. Sus botas llegaron al borde justo a tiempo. Se balanceó, recuperó el equilibrio y siguió, con la espada golpeando suavemente su cadera en cada paso.

Detrás de ella, los mismos que la habían hostigado en la prueba anterior la miraban con rabia contenida entre la bruma. No podían entender cómo seguía ahí. Y de nuevo, lejos de la vista de los Cinco, empezaron a interferir.

Cuando ella iba a saltar hacia la siguiente plataforma, una chica de cabello oscuro movió la mano: la piedra se inclinó bruscamente, como si la tierra misma la empujara. Lux saltó igual, pero la superficie se le escapó bajo los pies. Quedó colgando de una mano, con el vacío frío soplando por debajo y la niebla rozando sus muñecas.

—Ríndete —le gritó la chica al pasar por encima—. No tienes lugar aquí.

Lux apretó los dientes hasta dolerle, reunió todas sus fuerzas y se impulsó hacia arriba. Rodó sobre la piedra, se levantó sin perder un segundo y siguió entre los árboles. No me rindo, se dijo, como un juramento grabado en el pecho.

Más adelante, en el puente giratorio, dos chicos la adelantaron a propósito, pisando las cuerdas con fuerza para hacerlo girar con violencia. Lux se aferró con ambas manos, el mundo daba vueltas a su alrededor entre sombras y ramas, pero continuó. Dio un paso lento tras otro, mirando solo la cuerda que tenía enfrente, sin apresurarse, sin dejarse vencer por el mareo ni por la altura. Avanzaba despacio, pero avanzaba.

Llegó al tramo final: las plataformas estaban tan separadas que nadie las alcanzaba sin ayuda de un don. Varios jóvenes se detuvieron al borde, dudando entre la bruma que se espesaba. Algunos dieron media vuelta. Otros cruzaron elevándose por el aire, sostenidos por vientos o por la tierra que se alzaba bajo ellos.

Lux se quedó sola al borde del último salto. Miró la siguiente piedra, lejana, inestable, perdiéndose entre la niebla. Sus piernas le dolían por el esfuerzo y las manos le ardían. Dio un paso atrás para tomar impulso… y entonces lo sintió: ese calor suave que nacía en la empuñadura y recorría su brazo, el mismo de siempre. Bajó la vista un instante: la espada del dragón brilló tenuemente bajo la luz grisácea, como si el fuego dormido en el metal despertara solo para ella, diciéndole confía.

Corrió. Saltó. Y en el aire, entre la bruma, sintió que algo la sostenía por la espalda, ligero e invisible, llevándola más lejos de lo que su cuerpo podía llegar por sí solo. Aterrizó firme sobre la piedra, al otro lado.

Se quedó un instante sin moverse, confundida, con la mano aún sobre la empuñadura. Nadie la había tocado. Nadie la había visto. Pero había llegado.

Desde lo alto, entre las ramas más altas, Alina sonrió con los ojos brillantes. Zero estaba junto a ella, serio, sin apartar la vista. Algo en su mirada cambió, como si una sospecha empezara a tomar forma. Alphonse asintió lentamente, anotando algo en su mente.

Cuando Lux bajó al área de descanso, bajo la sombra de los grandes árboles, los murmullos eran más fuertes que nunca.

—¿Lo vieron? Ese salto es imposible sin poder —decían entre el asombro y el recelo.

—La sostuvo algo… la espada brilló, ¿lo viste?

—Ella no tiene nada. ¿Por qué siempre llega?

La chica que la había empujado se le acercó, con los ojos encendidos de rabia.

—No es justo. No sé qué trucos usas, pero no te quedarás.

Lux la miró a los ojos, sin retroceder, con la mano posada sobre el dragón grabado.

—No uso trucos. Solo no me rindo.

La chica se fue indignada. Lux se sentó un momento sobre una raíz gruesa, tocando la empuñadura. Brillaba suavemente, cálida, como si compartiera su descanso.

Lux se quedó sola, mirando la espada entre sus manos. Sabía que algo despertaba en ella, algo sin nombre, antiguo y ardiente. Sabía que la rodeaban miradas amables y también peligrosas. Y de pronto, sintió esa mirada de nuevo.

Levantó la vista. A lo lejos, junto a la entrada de hierro que daba al bosque, Zero la observaba. No se había ido. Sus ojos se encontraron de nuevo, y ella recordó el tacto de sus brazos sosteniéndola, el sonido de su voz diciendo que estaba a salvo. El corazón de Lux empezó a latir tan fuerte que le dolió el pecho. Él no dijo nada, no hizo ningún gesto, solo permaneció allí, y ella sintió que él veía mucho más de lo que mostraba.

Un instante después, apartó la mirada y se fue. Lux se quedó con la mano sobre el pecho, intentando calmar el latido. No sabía qué significaba esa mirada ni por qué le afectaba tanto. Pero sabía una cosa: pase lo que pase, no podía rendirse.

Thoughts

  • capitulopiloto

    Zero ve el empujón a propósito y al chico solo le dice que tenga más cuidado, tío. Yo a ese lo mandaba a casa esa misma tarde.

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  • RodrigoLezama

    La chica de cabello oscuro que inclina la piedra con la mano va a pasar igual a la siguiente prueba, causa. ¡Ahí se viene lo feo de verdad!

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  • Marisolita

    Ay, esa Catherine sabe.

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  • LauraLetras

    Lux le da un beso a la empuñadura y le dedica el lugar a Estrella, y un rato después esa misma empuñadura se calienta justo en el salto que nadie podía dar sin don. Yo lo leí como que la amiga está ahí dentro de alguna forma, y por eso Lux siempre llega aunque no tenga nada. Me quedé con ganas de saber quién era Estrella antes de todo esto. Apuesto a que Zero lo sospecha antes que ella misma.

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  • Ovid

    Cien aspirantes, quedan cincuenta, y Lux pasa sin un solo don mientras los demás levantan escalones de tierra. Apuesto a que la espada no es lo único que la sostiene en ese último salto, y que Estrella tiene más que ver con eso de lo que Lux sabe todavía. Me gustaría ver a Alphonse explicar qué anotó en su cabeza.

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  • TeoSanabria

    Los que empujan a Lux siempre lo hacen lejos de la vista de los Cinco. En mi pueblo pasaba igual con el que llegaba sin apellido: nadie le pegaba delante del cura. Desde el capítulo anterior sigo sin confiar en Alphonse, que arma la prueba y no dice nada.

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