El crujido de los huesos al encogerse sonó como una rama seca en medio del silencio.
La neblina plateada se diluyó tan rápido como había aparecido, y el frío del invierno volvió a reclamar la Cabaña de los Lamentos.
Amaya yacía en el suelo, ovillada sobre las tablas oscuras. La piel de porcelana, pálida y manchada, quedó expuesta y el aire helado le cortó la respiración.
En un instante, sintió el peso abrumador de su propia desnudez.
El dolor del cambio forzado le desgarraba los músculos; cada respiración era como tragar esquirlas de hielo.
Zaira no dijo nada.
Con el rostro surcado por la angustia y el respeto por el dolor de la joven, deslizó su capa de lino pesado y seda blanca, dejándola caer suavemente sobre los hombros temblorosos de Amaya.
No la tocó.
Entendió que el aturdimiento del cambio aún le nublaba el juicio y la dejaba desprotegida.
Stefan sintió el cambio en la atmósfera y, aunque la angustia le quemaba por dentro, cerró los ojos y giró sobre sus talones.
Dio la espalda a la escena, mirando hacia la pared de troncos, buscando en la madera la misma distancia y privacidad que le había ofrecido la primera vez que la encontró en la Cueva del Olvido.
Amaya se paralizó al sentir el peso del manto.
Le brindó un resguardo tibio, pero el olor la sacudió.
Olía a hierbas amargas, a metal y, de manera inconfundible, a Yeray.
Lentamente, levantó la mirada.
Sus ojos, todavía cargados de una furia gélida, se posaron primero en la espalda encorvada del molinero y, luego, en los ojos color miel de la mujer que estaba frente a ella.
Por último, bajó la vista hacia sus propias manos.
Eran unas manos pequeñas y humanas, pero estaban teñidas de un rojo oscuro y seco.
Lamió sus labios agrietados y sintió el sabor a hierro.
La sangre de la cacería de Lachi se había adherido a su piel, formando una costra alrededor de su boca, en su cuello y a lo largo de sus piernas, tirando de sus poros como si quisiera atraparla de nuevo en la fiera.
Quiso incorporarse.
Apoyó la palma sobre el suelo y empujó, pero las fuerzas la traicionaron. Sus rodillas cedieron y cayó de nuevo, golpeando los tablones con un gemido ahogado.
Zaira se movió por puro instinto, bajando a la altura de su hija y extendiendo el brazo para intentar rodearla por el costado.
—Ya estás a salvo, mi niña... —susurró Zaira, deseando brindarle calor—. No te muevas.
Pero antes de que los dedos de la gitana pudieran rozar su piel, un gruñido bajo y ronco escapó de la garganta de Amaya.
Era el eco de la fiera que aún vivía en su interior.
—No... —dijo con la voz rasposa y ajena por el cambio.
El tono no dejaba lugar a dudas: era una advertencia.
Se alejó de ambos, encogiéndose sobre sí misma contra la pared.
Temblaba de un frío que le llegaba a los huesos, con el aliento saliendo como vapor blanco en el aire oscuro de la cabaña, pero prefería la crudeza del hielo antes que aceptar la compasión de aquellos que representaban la culpa y el abandono.
Zaira se detuvo en el aire.
Sus manos quedaron suspendidas a pocos centímetros de la seda, sabiendo que el puente que había tardado dieciocho años en cruzar acababa de fracturarse.
—Tienes frío —insistió la mujer en voz baja, sin avanzar, pero sin retirarse—. Solo déjame ayudarte.
Amaya miró a la desconocida con una fijeza que no dejaba lugar a dudas.
—Nadie me salvó —murmuró Amaya, sintiendo cómo el frío del suelo se filtraba en su pecho mientras fijaba los ojos en Stefan primero—. Ni mi manada...
Stefan cerró los puños, con los nudillos blancos.
Las palabras le dolieron más que las garras.
Sabía que se refería a él y a la mentira de que el bosque y él se sentirían apagados en su ausencia.
—Ni mi pueblo.
Esta vez, Amaya clavó sus ojos oliva en los Bronce líquido de Zaira.
Y con eso, el silencio volvió a instalarse en la cabaña.
Afuera, el viento comenzó a silbar entre los árboles, como si el bosque mismo contuviera el aliento.
En el aire se respiraba la certeza de que el equilibrio se había restablecido a la fuerza, pero el precio ya estaba marcado.
---
En las montañas, al noroeste del campamento Katar Sasté
El frío ganó.
No por orgullo.
No por castigo.
Ganó porque el cuerpo de Amaya ya no distinguía entre el hielo de afuera y el que Lachi le había sembrado en las venas.
El gruñido murió en su garganta a mitad de camino.
Los ojos oliva, que un segundo antes quemaban a Zaira con dieciocho años de «nadie me salvó», se velaron.
El temblor cesó.
No por la hipotermia.
Su cuerpo simplemente dejó de responder.
Amaya se desplomó hacia adelante sin ruido, como un saco vacío.
La capa de lino y seda blanca la envolvió al caer y, por un instante, fue solo una mancha clara sobre las tablas oscuras.
Stefan fue el primero en moverse.
No lo pensó.
Rompió la promesa de distancia que se había impuesto y cruzó la cabaña en dos zancadas.
Cayó de rodillas a su lado, ignorando el olor a sangre seca, metal y amargor que impregnaba la tela.
—Amaya... —su voz salió rota, sin permiso.
Zaira ya estaba ahí.
La culpa la hizo más rápida que el miedo.
Deslizó un brazo bajo los hombros de su hija y, esta vez, no hubo gruñido que la detuviera.
La fiera dormía.
O se escondía.
O esperaba...
La piel de Amaya quemaba en ciertas zonas.
Fiebre atrapada.
El cambio forzado, la pérdida de abrigo y calor, la furia contenida.
El cuerpo humano no estaba hecho para albergar el rencor de Lachi y seguir respirando como si nada.
—Hay que equilibrar la temperatura —murmuró Zaira, con la voz de quien ha visto morir a más de uno por el frío de esas tierras—. Rápido.
Stefan asintió.
La levantó del suelo como si no pesara.
Era la primera vez que la cargaba desde que la vio en la Cueva del Olvido.
La capa se abrió y la sangre seca de la cacería quedó expuesta bajo la luz mortecina de la cabaña.
Aun viendo su desnudez, fue profesional.
No había tiempo para el pudor.
Y nadie comentó nada.
La recostaron sobre la camilla improvisada hecha con una mesa.
Junto al fuego que Stefan avivó con manos que todavía temblaban, Zaira mojó un paño en agua que apenas entibió y empezó a limpiar la sangre del rostro de Amaya.
Con cada pasada, la piel de porcelana aparecía debajo, marcada por arañazos del bosque y el agotamiento.
El silencio era distinto ahora.
No era el de la acusación.
Era el silencio de la espera.
Stefan se sentó en el suelo, de espaldas a su antigua mascota, igual que antes.
Pero esta vez no cerraba los ojos.
Vigilaba la puerta.
La ventana.
Y el pecho de Amaya, que subía y bajaba, aunque fuera apenas.
Zaira le hablaba en susurros, palabras en la lengua antigua de su pueblo que Stefan no entendía, mientras le apartaba el cabello húmedo de la frente.
No esperaba respuesta.
Sabía que Amaya no estaba ahí.
No del todo...
Porque, del otro lado de la balanza, algo se movía.
---
Afuera, el bosque ya no contenía el aliento.
El viento que antes silbaba ahora aullaba.
Y no era el viento.
En el límite de los árboles, donde la nieve estaba intacta, unas pisadas pesadas marcaban el camino hacia la Cabaña de los Lamentos.
No eran de lobo.
Eran de hombre.
Olía a hierbas amargas.
A metal.
A linaje negado...
El equilibrio se había restablecido a la fuerza dentro de la cabaña.
Afuera, la balanza exigía su pago.
Y el precio tenía el rostro de alguien que no le debía nada a Lachi.
Y otro que le debía todo...
---
Marta se arrodilló frente a la chimenea, avivando el fuego con un viejo fuelle de cuero.
El calor de las brasas le rozaba las mejillas, pero no lograba disipar la sensación de vacío que le oprimía el pecho desde la partida de Stefan, abrumadoramente fría en medio del ambiente gélido de la noche.
El padre de Marta ya estaba sentado a la cabecera de la mesa, secándose las manos ásperas con un paño de lino rústico.
Una sonrisa cansada, pero cálida, asomó en su rostro al ver a su hija.
—Huele delicioso, mujer —comentó el hombre, estirando los brazos con alivio—. El frío de esta noche se ha metido hasta los huesos, pero esto da ganas de vivir.
Luego, dirigió la mirada hacia Marta y asintió con afecto.
—Hiciste bien en traer más leña, hija. Parece que la temperatura bajó de golpe, casi como si el invierno hubiera vuelto a buscarnos.
Marta se puso en pie, limpiándose el polvo de las manos en el delantal.
—Voy a buscar la jarra de agua... —dijo, dando un par de pasos hacia la alacena.
Su padre asintió, estirando la mano hacia la mesa para tomar el cubierto y probar el primer bocado.
Sin embargo, su mano se detuvo en el aire.
La respiración se le entrecortó.
Un ruido metálico resonó en la sala.
El cubierto resbaló de sus dedos y cayó sobre la madera, seguido por el cuerpo del hombre, que se desplomó pesadamente contra el suelo.
Marta soltó el paño que tenía en las manos y corrió hacia él.
—¡Papá! —gritó, arrodillándose junto a su cuerpo.
El hombre yacía sobre los tablones oscuros, pálido como la cera.
Su piel, normalmente cálida y curtida por el trabajo en el molino, se sentía ahora de un frío antinatural.
El aire entraba y salía de sus pulmones de forma pausada y con un esfuerzo sobrehumano, como si cada respiración le pesara como plomo.
—Marta... —balbuceó el hombre, con los ojos vidriosos buscando a su hija, mientras un sudor frío le perlaba la frente.
La cabaña de la montaña estaba muy lejos, pero en ese instante, el precio del equilibrio se estaba cobrando en el valle.
Con alguien inocente...