Mateo prometiendo volver a la misma playa cada año, justo antes del choque, me hace pensar en las telenovelas, donde una promesa asi siempre se cobra unos capitulos despues. Apuesto a que el primero en volver a esa playa no va a ser quien Lucia espera. Aqui me quedo esperando el capitulo 2!
La promesa
Capítulo 1:
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Mateo prometiendo volver a la misma playa cada año, justo antes del choque, me hace pensar en las telenovelas, donde una promesa asi siempre se cobra unos capitulos despues. Apuesto a que el primero en volver a esa playa no va a ser quien Lucia espera. Aq
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Capítulo 1:
Antes de la promesa
Tarde de primavera. Un sol cálido y viento suave rozan las mejillas de
dos pequeños que juegan entre risas y carreras. Se divierten las hamacas y ríen por todo. Antes de saber qué era el amor, ya se tenían el uno al otro.
Sus casas estaban frente a frente, separadas apenas por una calle tranquila donde, desde pequeños, pasaban casi todos los días jugando. Él era Mateo. Ella, Lucía. Sus madres solían decir que habían crecido juntos, y era verdad. Habían aprendido a caminar casi al mismo tiempo, habían compartido cumpleaños, tardes interminables de juegos y cientos de pequeñas aventuras que para ellos significaban el mundo entero.
Tienen la misma edad. Desde pequeños los dos comparten la misma escuela, el mismo grado. Y quizás por esas cosas buenas que tiene la vida, comienzan a estar juntos cada día. Desde pequeños se hicieron inseparables. Compartían tareas, juegos y los secretos propios de dos niños, conservando su amistad y, sin darse cuenta, aquella amistad que comenzó como algo simple los llevó a convertirse en un vínculo que los uniría toda su vida.
Cuando Mateo salía de su casa, lo primero que hacía era mirar hacia la ventana de Lucía. Si ella estaba allí, sabía que ese día tendría compañía.
-¡Lucía!
-¡Ya voy! -aparecía ella corriendo.
Y salían juntos. No necesitaban grandes cosas: una pelota vieja, una bicicleta, un árbol donde esconderse o una banca en la esquina. Cualquier lugar era suficiente mientras estuvieran juntos.
Sus familias se acostumbraron tanto a verlos juntos que, con los años, dejaron de preguntar dónde estaba uno cuando el otro aparecía. Si Mateo estaba en casa, Lucía no tardaba en llegar. Si Lucía salía, Mateo seguramente estaría cerca. Para ellos aquello era completamente normal. Eran amigos. Los mejores amigos. Al menos eso creían.
A medida que crecían, Mateo y Lucía se hacían cada vez más inseparables. Los años pasaban y ellos seguían caminando juntos por la vida, compartiendo la misma escuela y creciendo prácticamente al mismo ritmo. Primero llegó la primaria; después, la secundaria y, finalmente, la preparatoria. En cada etapa estaban el uno para el otro. Cambiaban los salones, los maestros, las materias y las preocupaciones, pero algo permanecía igual: cuando Mateo estaba, Lucía estaba cerca; y cuando Lucía necesitaba a alguien, Mateo siempre aparecía.
Habían crecido juntos durante tantos años que ya era difícil imaginar la vida de uno sin el otro. Para ellos, estar juntos se había convertido en algo tan natural que nunca se detenían a preguntarse cuándo aquella amistad había dejado de ser simplemente una amistad. Todavía eran jóvenes y tenían toda una vida por delante: sueños que descubrir, caminos que elegir y un futuro que ninguno de los dos podía imaginar todavía.
Hasta que llegó la adolescencia y algunas cosas comenzaron a cambiar. Mateo empezó a notar que Lucía ya no era aquella niña con la que corría por la calle. La miraba y, algunas veces, olvidaba lo que estaba a punto de decir. Lucía comenzó a experimentar lo mismo. Cuando Mateo sonreía, sentía algo extraño en el pecho. Cuando él tardaba en responderle un mensaje, se ponía nerviosa. Y cuando alguna chica se acercaba demasiado a él, descubría que no le gustaba en absoluto.
Ninguno decía nada. Tenían miedo de arruinar aquello que habían construido durante tantos años.
Hasta que una tarde, sentados en la vieja banca donde acostumbraban hablar de niños, ocurrió algo diferente. Lucía lo miró. Mateo la miró a ella. Y durante unos segundos ninguno dijo una palabra.
-¿Qué? -preguntó ella.
Mateo sonrió.
-Nada.
-Me estás mirando raro.
-Tú también me estás mirando.
Lucía bajó la mirada y sonrió. Quizá aquel fue el momento en que ambos comprendieron la verdad: no habían dejado de ser amigos, simplemente habían comenzado a convertirse en algo mucho más grande. Y ninguno de los dos sabía todavía hasta dónde los llevaría aquel amor.
Cuando llegó el momento de elegir sus caminos, Mateo decidió estudiar Medicina y Lucía eligió Farmacia. Para sus amigos parecía algo sencillo: cada uno había escogido una profesión distinta y comenzaba a construir su propio futuro. Pero para Mateo y Lucía aquello significaba mucho más. Seguían caminando juntos, como lo habían hecho desde niños. A Lucía, además, siempre le había llamado especialmente la atención la preparación de medicamentos. Le gustaba aprender cómo se elaboraban y, con el tiempo, desarrolló un interés particular por crear sus propias fórmulas.
Los años de universidad pasaron entre clases, estudios, momentos difíciles y también muchas alegrías. Sus padres siempre apoyando. Lucía solo tenía a su hermana y a su madre; su padre murió siendo ella una niña. Vivían de manera tranquila ya que su madre tenía un restaurante de comida griega. No fue fácil quedar sola con dos pequeñas, pero el amor y las fuerzas de salir adelante para que a sus hijas nada les faltara lograron su cometido. No era fácil entre su restaurante y colegios, sus pequeñas... Pero pudo. Lucía siempre se caracterizó por ser inquieta y todo le llamaba la atención.
En cambio, Mateo tenía dos hermanos, a sus padres y una vida acomodada. Su padre tenía una empresa que se dedicaba a los insumos para hospitales y todo lo que tuviera que ver con instituciones médicas. Se hizo junto al abuelo de Mateo, y eso le permitió, junto a la empresa que fundó con su abuelo, hacerse de un nombre y estar en un mercado no conocido para el común de todos. Su madre, si bien apoyaba a su padre, su vida era más dedicada a sus hijos, a su familia. Era quien los educó y guio con valores; fue una madre con mucha ternura para sus hijos. Y posiblemente de allí heredó Mateo esa sensibilidad que lo destacaba entre sus hermanos: su entrega y el amor al prójimo.
Y así, finalmente, llegó el día que tanto habían esperado. Mateo y Lucía se recibieron acompañados por sus respectivas familias. Había abrazos, fotografías, felicitaciones y lágrimas de orgullo. Después de tantos años de esfuerzo, ambos habían conseguido alcanzar aquella meta.
Pero para ellos aquel triunfo significaba algo más. Era el comienzo de una nueva etapa. Ahora podían pensar seriamente en su futuro juntos. Habían crecido lado a lado, habían estudiado y luchado por sus sueños, y finalmente tenían en sus manos las herramientas para comenzar a construir la vida que tantas veces habían imaginado.
Después de la graduación, Mateo y Lucía decidieron encontrarse a solas. Por primera vez, lejos de sus familias, de sus amigos y de las celebraciones, pudieron disfrutar solamente de la compañía del otro. Mateo la llevó hasta una playa que ambos conocían. El día comenzaba a despedirse lentamente y el cielo se teñía de colores mientras el sol descendía sobre el horizonte.
Entre risas, recuerdos y la alegría de haber alcanzado sus sueños, Mateo llevó una mano al bolsillo. Sacó un pequeño estuche. Era sencillo, sin grandes adornos. Lucía lo miró con curiosidad.
-¿Qué es eso?
Mateo sonrió, pero en sus ojos había una emoción distinta. Abrió el estuche; dentro estaba el anillo.
-Lucía -dijo mientras la miraba-, te conozco desde que éramos niños. Y después de todo lo que hemos vivido juntos, hay algo que tengo muy claro. Sé lo que quiero y sé a quién quiero en mi vida.
Ella dejó de sonreír poco a poco.
-Quiero que seas tú -continuó él-. Quiero compartir contigo todo lo que venga. Quiero tener una vida a tu lado. -Entonces tomó su mano-. ¿Quieres casarte conmigo?
Lucía lo miró sorprendida. Sus ojos comenzaron a llenarse de emoción mientras Mateo continuaba hablando.
-Y quiero prometerte algo. Pase lo que pase, Lucía, nunca voy a dejar de amarte. Mi corazón es tuyo.
Aquellas palabras hicieron que Lucía sonriera, pero Mateo todavía no había terminado.
-Y si algún día, por cualquier circunstancia, la vida nos separa... si alguna vez dejamos de estar juntos, pero nuestro amor todavía permanece... -hizo una pequeña pausa- volveré aquí.
Lucía lo observó en silencio.
-A esta misma playa. El mismo día. Cada año. Y voy a esperarte aquí.
Lucía soltó una pequeña risa. Las palabras de Mateo sonaban demasiado trágicas para una tarde que debía ser solamente feliz. Habían terminado sus carreras, tenían toda una vida por delante y acababan de comprometerse; no había razón para hablar de separaciones. Pero Mateo no estaba intentando entristecerla. Solo tenía miedo de perder aquello que más amaba.
-¿Por qué dices esas cosas? -preguntó ella entre una sonrisa. Mateo la miró fijamente. -Porque no quiero perderte -respondió Mateo.
Y aquella fue su promesa. Una promesa sencilla, hecha frente al mar y bajo un cielo que comenzaba a oscurecerse. Mateo deslizó el anillo en el dedo de Lucía. Ella lo abrazó. Mateo la abrazó con fuerza, mientras el sonido de las olas acompañaba aquel momento. Lucía todavía sonreía.
-Eres demasiado dramático -le dijo entre una pequeña risa. Mateo también sonrió, pero no apartó la mirada de ella. -Puede ser -respondió. Tomó su rostro entre las manos y la miró como si quisiera guardar para siempre aquel instante-. Pero recuerda algo, Lucía. Pase lo que pase... mi corazón va a saber dónde encontrarte.
Lucía dejó de reír por un instante. No sabía por qué aquellas palabras le provocaban una emoción tan extraña. Entonces volvió a abrazarlo. Para ella, era simplemente una promesa de amor hecha por el hombre que amaba. Para Mateo, era mucho más: era su manera de decirle que, sin importar lo que pudiera ocurrir algún día, ella siempre sería el lugar al que pertenecía su corazón.
La noche había caído por completo cuando Mateo y Lucía abandonaron la playa. Subieron al automóvil todavía felices, hablando de todo lo que harían a partir de aquel momento. El anillo de Lucía brillaba cada vez que las luces de la carretera iluminaban sus manos. No podían imaginar que aquella sería la última noche que vivirían como lo habían hecho hasta entonces.
Mientras conducía, Mateo buscó sus lentes. Por un instante, su atención se apartó de la carretera. Fue apenas un segundo, pero fue suficiente. El automóvil perdió el control y comenzó a desviarse. Mateo intentó corregir el rumbo, pero ya era demasiado tarde. Cruzó al carril contrario. Los faros de otro vehículo aparecieron frente a ellos. Mateo apenas tuvo tiempo de reaccionar: el impacto fue inevitable.
El estruendo rompió la tranquilidad de la noche. Después vinieron los gritos, el sonido de los cristales, el silencio de unos segundos que parecieron eternos y, finalmente, las sirenas.
Policías, ambulancias y paramédicos llegaron al lugar del accidente. Las familias fueron avisadas. Mateo y Lucía fueron trasladados a hospitales diferentes. Lucía había resultado herida, pero sus lesiones no ponían su vida en peligro; después de recibir atención médica, los doctores pudieron confirmar que se recuperaría.
Mateo, en cambio, había quedado gravemente herido. Su pierna había sufrido una fractura severa y necesitaba atención inmediata. Pero aquella no era la única lesión: su rostro había sufrido daños muy graves. Los médicos hicieron todo lo posible por estabilizarlo.
Mientras Lucía permanecía en otro hospital, rodeada por su familia y sin comprender todavía la magnitud de lo ocurrido, Mateo luchaba por sobrevivir. La noche que había comenzado con una promesa de amor eterno había terminado convirtiéndose en el momento que cambiaría para siempre sus vidas. #promesa#niñez# # infancia
Thoughts
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PermalinkCuando Mateo sacó el estuche, mi abuela ya decía que ese muchacho hablaba como quien se va a morir, y cuando buscó los lentes en la carretera soltó un ay que me hizo saltar. Ella está segura de que Lucía, con lo de crear sus propias fórmulas, va a terminar metida en la recuperación de él. Yo apuesto más por la hermana, que casi no sale y algo va a tener que ver.
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PermalinkMateo prometiendo volver a la misma playa cada año, justo antes del choque, me hace pensar en las telenovelas, donde una promesa asi siempre se cobra unos capitulos despues. Apuesto a que el primero en volver a esa playa no va a ser quien Lucia espera. Aqui me quedo esperando el capitulo 2!
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PermalinkMateo promete volver a la playa el mismo día cada año, Lucía se ríe y le dice dramático, y esa misma noche ya están en hospitales distintos sin saber uno del otro.
Apuesto a que el rostro de él tiene que ver con esa promesa: que ella no lo reconozca, o que él no se anime a buscarla con esa cara. Y la playa termina siendo el único lugar donde se pueden volver a encontrar.
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