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LA MUERTE DEL SEÑOR J.

Lauriano
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Un cuento con tema filosófico.

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LauraLetras

La idea de que el señor J. estaba preñado de todo su futuro desde el comienzo (como Leibniz), me hace preguntarme: si podía verlo venir, ¿realmente tuvo libertad en elegir ir a ese lugar?

La idea de que el señor J. estaba preñado de todo su futuro desde el comienzo (como Leibniz), me hace preguntarme: si podía verlo venir, ¿realmente tuvo libertad en elegir ir a ese lugar?

Contenido de la publicación

LA MUERTE DEL SEÑOR J.

Lo que permanece sentenciado aquí, jamás a nadie fue legado por el señor J. Pero, ¿cómo podría alguien estar enterado de los datos relevantes de la vida del señor J. e, incluso, de la extraña circunstancia que condujo a su muerte? Salvo para algún amigo o pariente cercano suyo y para su propio espíritu, para cualquier persona aquella información parece ser, en lo más mínimo, algo inaccesible. De cierto que yo no tuve el agrado de conocerlo, y la historia que relataré no me llegó a través de las palabras del señor J., pues, como ya dije, a nadie se la confió (ni siquiera se le permitió la ocasión de hacerlo). Es una evidencia, por otra parte, que hasta ahora no hubo nunca nada escrito al respecto. Sin embargo, hecha la abstracción de una sola peculiaridad, la vida y la muerte del señor J. han sido como las de cualquier otra persona. De allí, del conocimiento universal de la existencia humana, es posible extraer (de esta manera me anoticié de ella) una historia semejante a la experiencia que tuvo el señor J.; y a un ingenio demasiado agudo le resultaría sencillo describir las vicisitudes de su experiencia mediante un único rasgo esencial de ella. Es sabido que los filósofos opinan que las formas particulares que adopta toda existencia humana, se reducen a la representación de alguno de los arquetipos preparados para tal existencia. Frente a la inexorable pérdida de las perfecciones que componen al ser de ellos mismos, ya la actitud cobarde, ya la valentía marca a la generalidad de los hombres, puesto que no son sino entes corruptibles y mortales en principio. La preocupación por enfermar o envejecer y a la postre morir, es el rasgo esencial que constituye al ser de los animales que, dotados de razón y haciendo uso de ella, meditan acerca de su propia naturaleza corrupta y mortal. El fantasma de la degeneración substancial, en sus diversos grados, instiga como una sombra vaporosa a la mente de los míseros hombres.

Siguiendo el método racionalista, sin ocuparnos de ningún dato empírico, se puede asegurar a priori que es posible que un cierto hombre haya existido alguna vez. No interesa que este hombre haya sido de tal o cual nacionalidad o que su fisonomía haya sido regular, con excepción de unos ojos como pequeñas esferas azules que se hundían en el rostro ebúrneo; tampoco importa si tenía la nariz chata o si su barba, diligentemente recortada, era casi negra. Nada de eso forma parte de la idea del hombre que ahora concibo. Pero con certeza puedo afirmar que a la esencia de este hombre le pertenece la inteligencia, aunque no la inteligencia común, sino de otro tipo, muy escaso en la naturaleza, que por fortuna no está tan bien repartido como el buen sentido. El hombre que concibo se define por tener la sobresaliente habilidad de vislumbrar su futuro o, mejor dicho, su destino, ya que a semejante gracia le acompaña el atributo de ser impotente para alterar el curso de los acontecimientos.

He desarrollado, hasta este punto, la idea que corresponde en verdad con el señor J. Si alguna cuota de libertad tuvo el señor J. en vida, a causa de que su entendimiento, aunque extraordinario, no dejaba de ser un entendimiento humano, es decir, finito; si alguna libertad tuvo, fue la de no saber con exactitud los detalles de los hechos venideros, sino tan solo la intuición poco clara de su propio final y, con ello, el reconocimiento de la trama subyacente a sus acciones, de consuno con los eventos que ocurrían en el mundo. Todos los fenómenos, en efecto, se reconocían a posteriori como acomodados según el fin supuesto. El decurso de los eventos del mundo, aunque en parte no fuese imposible concebirlo separado de las singularidades que conformaban a la vida del señor J., no por eso no estaba en armonía con ellas; para cada decisión no deliberada del señor J., había una serie de misceláneos acontecimientos precisos que, indirecta pero irremediablemente, estaba ligada a la serie de acciones del señor J. Con razón, por tanto, hay que afirmar de él lo que Leibniz afirmó de cualquier substancia: que está preñada de su presente, y de su pasado, y de su porvenir; que, desde su propia perspectiva, representa dentro suyo a la totalidad del universo.

El señor J. no especuló que obtendría cierta riqueza prometida, ni columbró el sosiego merecido tras muchas jornadas extenuantes y laboriosas; no le deparaba su destino el amor de ninguna persona ni la admiración de sus contemporáneos; acaso sí la gloria eterna. Trató de convencerse de que, si así debía ser, era una cosa mil veces mejor que cualquier bien terrenal. En verdad no era nada que valiera, al contrario, el valor de sí mismo se mediría con el examen preestablecido para su final. Convenientemente desconocía los pormenores de aquel momento así como la decisión que definitivamente tomaría (creía que sólo esta relevante y última decisión se le había concedido al poder de su voluntad). Cuanto más se acercaba el tiempo prefijado, empero, con mayor intensidad sentía que sus actos confluían hacia su muerte. Y, un día, visualizó con total nitidez el lugar pactado al que debía ir de inmediato; así lo hizo.

Hasta entonces nuestras historias marcharon juntas, pero se separaron absolutamente en el juicio final que descubrió nuestro verdadero carácter. El señor J. fue derrotado en el campo donde yo salí victorioso; se acobardó cuando yo no mostré ni un leve signo de temor; él tuvo miedo de morir, mientras que yo me sobrepuse a la muerte. Por eso, yo soy el único testigo capaz de narrar la historia de la humanidad que de otra suerte caería en el total olvido.


Lauriano García Tuttolomondo. (2026)

Thoughts

  • LauraLetras

    La idea de que el señor J. estaba preñado de todo su futuro desde el comienzo (como Leibniz), me hace preguntarme: si podía verlo venir, ¿realmente tuvo libertad en elegir ir a ese lugar?

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  • poetadelmetro

    ¿Eso que el narrador llama victoria al haber superado la muerte, es de verdad distinto a lo que vivió el señor J.?

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