La mesa.
Fui a casa de la abuela
y me preguntó por ti.
Decidí platicarle los anhelos de un alma acurrucada.
Un corazón libre,
ajeno al deseo
comprendido por razón.
Desearía que estuvieras aquí
Me sirvió sopa
lentamente comí
soñando en el momento
de volver a tenerte junto a mí.
La abuela preguntó por ti.
¿Qué haré la próxima vez que vengan?
La duda la tenía exasperante
ella quería una respuesta.
Estabas lejos
a un par de calles
recorriendo la ciudad
persiguiendo voces.
Me sirvió té.
Y me preguntó si tenías un sabor favorito.
¿Lo tienes?
Desearía que pudieras contarle a la abuela.
Cada día contado
cada momento furtivo
tenías un lugar en la mesa
y siempre estaba desocupado.
Aprendí a contar.
Tendrá pronto una reunión familiar.
O con un amigo quizá.
Tal vez habrá lluvia.
Creo que faltará dinero.
En unos días,
recibirás una oferta de trabajo,
necesitarás comprar una mochila
y te hablará un amigo de la infancia.
En un mes,
creo que finalmente hablarás con tu papá,
perdonarás a tus amigas
y sanarás la relación con tu mamá.
La voz de la abuela era un eco
entre montañas de pensamiento
un ruido que recorría el cuerpo
que lastimaba con furia.
Me sirvió un poco de helado.
Me preguntó si aún tenías gripa.
No, sanaste hace una semana
pero tenías un examen
y debías viajar a tres horas de la ciudad.
¿Qué más estoy dispuesta a soportar?
Será muy noche
y no podrás venir,
pero sí podrás ir
porque ir es muy fácil.
Cuando mi abuela me sirvió para llevar
no preguntó.
Ya no preguntó, se le olvidó.
Sirvió una porción de comida,
detrás de ella vi una tapa
con un nombre borroso.
No recuerdo de qué fue nuestra plática.
En realidad, ¿por qué decidí venir con mi abuela?