Los maestros pasando calzado de sus propios alumnos a otros chicos que lo necesitaban. Me hace pensar en cuánto de lo que hace una escuela de pueblo no queda anotado en ningún lado, solo en quien lo recibió. Apuesto a que en Dos de Mayo hay más gente con un gesto así guardado que nunca lo contó en voz alta. Qué bueno que esté en la parte 1!
La escuela de madera
CAPÍTULO 9 — PARTE 1
In groups
Pensamiento
Los maestros pasando calzado de sus propios alumnos a otros chicos que lo necesitaban. Me hace pensar en cuánto de lo que hace una escuela de pueblo no queda anotado en ningún lado, solo en quien lo recibió. Apuesto a que en Dos de Mayo hay más gente con
Contenido de la publicación
CAPÍTULO 9 — PARTE 1
La escuela de madera
Capítulo 9: La Escuela N° 270 Primeros Colonos fue mucho más que un aula con bancos despintados y paredes de tabla; fue el santuario donde descubrí que las letras podían abrir mundos impensados y donde maestros inolvidables sembraron vocación en mi alma. En este capítulo, dividido en sus dos partes auténticas, regreso a los pasillos de aquella escuela rural y evoco con profunda gratitud a los docentes que me enseñaron que con esfuerzo y honradez los hijos del monte también podíamos soñar.
Hay lugares que uno recuerda por lo que fueron y otros que permanecen en la memoria por lo que significaron. Para mí, la escuela pertenece a las dos categorías.
Cuando pienso en mi infancia en Dos de Mayo, uno de los lugares que aparece inevitablemente es la Escuela N.º 270. Allí transcurrieron algunos de mis primeros años de aprendizaje, cuando todavía estaba descubriendo el mundo y todo parecía tener una dimensión mucho más grande que la que tiene hoy.
La escuela era de madera.
Tenía una galería larga que comunicaba los distintos espacios y que forma parte de una de esas imágenes que quedaron guardadas en mi memoria. No era un edificio lujoso ni necesitaba serlo. Era la escuela del pueblo, la que recibía a los chicos de aquella época y formaba parte de una comunidad que todavía estaba creciendo.
Dos de Mayo era muy diferente de la localidad que conocemos actualmente. Muchas calles eran de tierra y el movimiento del pueblo tenía otro ritmo. Las familias se conocían, los chicos compartíamos espacios y la escuela ocupaba un lugar central en la vida de muchas familias.
Yo era uno de esos chicos.
Y muchas veces llegaba a estudiar con los pies descalzos.
No cuento esto para convertir aquella infancia en una historia de tristeza. Era la realidad que me tocó vivir y que compartía con muchas otras familias. La falta de algunas cosas formaba parte de nuestra vida cotidiana, pero no impedía que fuéramos a la escuela, que aprendiéramos ni que soñáramos.
Dentro de aquellas aulas había algo que estaba por encima de las limitaciones materiales: la posibilidad de aprender.
Eso fue importante para mí.
Mucho más de lo que podía comprender cuando era chico.
La escuela era uno de los primeros lugares donde mi mundo se hacía más grande.
Hasta entonces, la vida de un niño está muy relacionada con su casa, sus hermanos, los vecinos y los lugares cercanos. Cuando comienza la escuela aparece una dimensión nueva. Hay compañeros que vienen de otras familias, maestros que tienen conocimientos que uno todavía no posee, libros, tareas y una cantidad de cosas que despiertan preguntas.
Cada día podía traer algo diferente.
Aprender a leer significaba descubrir que las letras podían convertirse en palabras y que esas palabras podían contar historias.
Aprender a escribir significaba poder dejar algo sobre una hoja.
Los números también tenían su propio desafío.
Pero quizás uno de los aprendizajes más importantes era comprender que para aprender había que prestar atención, escuchar y aceptar que muchas veces uno no sabía.
Eso puede parecer sencillo para un adulto.
Para un niño es una experiencia enorme.
La escuela me enseñó desde temprano que había cosas que todavía no sabía y que podía aprenderlas.
Esa idea me acompañaría mucho más allá de las aulas.
Recuerdo los bancos de madera.
Eran parte del paisaje escolar de aquellos años. Allí nos sentábamos para escribir, escuchar al maestro y hacer nuestras tareas.
Con el paso del tiempo aparecieron otros modelos de bancos y las escuelas fueron incorporando nuevos elementos, pero aquellos primeros quedaron asociados a mi infancia.
No recuerdo la escuela como una colección de objetos.
La recuerdo como un lugar lleno de movimiento.
Los chicos entrando y saliendo.
Las voces.
Las clases.
Los recreos.
Los maestros.
Las tareas.
Las conversaciones entre compañeros.
La rutina de cada jornada.
Todo eso forma parte de una época que ya quedó muy atrás en el calendario, pero que todavía puedo reconocer dentro de mí.
La memoria no conserva todo de la misma manera. Hay detalles que se pierden y otros que permanecen durante décadas. Los nombres de algunos maestros siguen allí. También algunos espacios y la sensación de haber formado parte de aquella escuela.
Entre los docentes que estuvieron presentes durante esos años recuerdo a Clara Steinke, Gladys Espíndola, Pocha Álvarez, Mireya Turín y Cristina Molina.
También recuerdo a Hugo Gauto, quien fue director de la escuela, y a Luis Mendieta, mi maestro de segundo grado.
Cuando uno es chico, probablemente no alcanza a comprender la responsabilidad que tiene un maestro.
Para nosotros, el maestro era la persona que estaba adelante del aula.
Era quien explicaba, corregía, enseñaba y ponía tareas.
Con los años entendí que detrás de cada docente había una vida, una responsabilidad enorme y la tarea diaria de acompañar a muchos chicos que llegaban a la escuela con realidades familiares diferentes.
Hoy, al mirar hacia atrás, siento respeto por aquella labor.
No quiero transformar a quienes fueron mis maestros en personajes perfectos. Fueron personas reales, como todos nosotros. Pero ocuparon un lugar importante en mi formación y por eso sus nombres merecen aparecer en estas páginas.
Luis Mendieta fue mi maestro de segundo grado.
Ese nombre forma parte de una etapa muy temprana de mi educación.
Segundo grado puede parecer algo lejano y pequeño cuando uno tiene cincuenta y cinco años. Sin embargo, cuando reconstruyo mi vida, esos detalles adquieren valor.
La vida de una persona no está formada únicamente por los grandes acontecimientos.
También está hecha de momentos cotidianos.
Un aula.
Un maestro.
Un cuaderno.
Un banco.
Una tarea.
Una mañana de escuela.
En aquel momento yo no podía imaginar todo lo que vendría después.
Era simplemente un chico aprendiendo.
Y quizás eso sea justamente lo más importante que puedo decir de aquellos años: estaba aprendiendo.
Aprendiendo cosas de la escuela y aprendiendo, sin darme cuenta, algunas herramientas que después utilizaría durante toda mi vida.
La educación no se limita a lo que aparece escrito en un programa.
También se aprende a convivir.
En la escuela uno descubre que no todos piensan igual, que no todos tienen las mismas cosas y que cada compañero llega desde una realidad diferente.
Uno aprende a compartir el espacio.
A respetar.
A esperar.
A escuchar.
A aceptar una corrección.
A reconocer que otro puede saber algo que uno todavía no sabe.
Todo eso también forma.
Y esas experiencias comienzan cuando somos chicos.
Por eso, cuando recuerdo mi paso por la Escuela 270, no pienso únicamente en las materias que estudié.
Pienso en la etapa de mi vida que transcurrió allí.
La escuela fue uno de los primeros espacios donde tuve que relacionarme con personas que no pertenecían a mi familia y donde empecé a comprender que el mundo era mucho más grande que el pequeño universo de mi casa y mi barrio.
Había algo que también formaba parte de aquella época: la solidaridad.
En esos años las necesidades de muchas familias eran visibles. Los chicos llegábamos a la escuela con distintas situaciones económicas y los maestros conocían, en buena medida, esas realidades.
Recuerdo que algunas veces los docentes entregaban calzado que ya no servía para sus propios alumnos a otros chicos que lo necesitaban.
Ese gesto podía parecer pequeño.
Para quien recibía ayuda, no lo era.
En una infancia donde algunas cosas eran difíciles de conseguir, que un adulto prestara atención a una necesidad concreta tenía un significado especial.
No era solamente recibir un objeto.
Era saber que alguien había visto.
Que alguien había entendido.
Que alguien había decidido ayudar.
La escuela podía enseñar una lección en el pizarrón y, al mismo tiempo, transmitir otra mediante un gesto.
Esa también era educación.
Cuando pienso en aquella escuela de madera, no necesito adornar el recuerdo.
No fue una infancia de película.
Fue mi infancia.
Con sus dificultades, sus alegrías, sus compañeros, sus maestros y sus limitaciones.
Yo fui a esa escuela porque allí estaba la posibilidad de aprender.
Muchas veces lo hice descalzo.
Y eso forma parte de mi historia, pero no es toda mi historia.
Sería injusto reducir aquellos años solamente a la falta de cosas materiales.
También hubo conocimiento.
Hubo compañeros.
Hubo maestros.
Hubo juegos.
Hubo descubrimientos.
Hubo momentos que hoy, tantos años después, todavía puedo recordar.
La pobreza estuvo presente, pero no consiguió ocupar todo el espacio de mi infancia.
Había algo más fuerte: las ganas de vivir, de aprender y de seguir adelante.
Con el tiempo, aquella escuela también cambió.
Yo crecí y dejé atrás el primer edificio.
A partir de tercer grado pasé a una construcción más nueva, de material, que todavía existe.
El cambio de escuela significó también el paso hacia otra etapa.
Ya no era el mismo chico de los primeros años.
Había crecido.
Había aprendido.
Tenía más experiencia dentro del mundo escolar.
El edificio nuevo era diferente de aquella escuela de madera que había conocido al principio. Las paredes, los espacios y la sensación del lugar cambiaban.
Pero yo llevaba conmigo todo lo anterior.
Uno puede cambiar de edificio, pero no empieza de cero.
Cada aprendizaje acompaña al siguiente.
Cada maestro deja algo.
Cada año se construye sobre el anterior.
Así fui avanzando.
Cuando uno es chico, el paso de un grado al siguiente parece algo natural.
Llega el final del año, empiezan las vacaciones y después aparece un nuevo cuaderno, una nueva etapa y otro grado.
No pensamos demasiado en lo que significa crecer.
Simplemente sucede.
Después pasan los años y uno comprende que cada uno de esos pasos fue formando la persona que llegó a ser.
Mi recorrido escolar fue sencillo.
No fue una trayectoria marcada por grandes privilegios.
Pero fue suficiente para darme herramientas que después serían fundamentales.
Muchos años más tarde, mi vida estaría relacionada con las palabras.
Primero aparecería la música.
Después la radio.
Más adelante la televisión, el periodismo y distintos proyectos de comunicación.
Y finalmente volvería a trabajar en mi propio pueblo desde Dos de Mayo Noticias, Dos de Mayo FM y Dos de Mayo Group.
Mirando la historia desde el presente, puedo reconocer que todo eso necesitaba de una herramienta que comenzó a construirse en la escuela: la capacidad de leer, escribir, escuchar y comunicar.
La escuela también me enseñó algo que después tendría que aprender muchas veces en la vida: nadie sabe todo.
Cada nuevo grado traía conocimientos que todavía no tenía.
Había que preguntar.
Había que escuchar.
Había que intentar.
Había que equivocarse.
Y había que seguir.
La vida adulta terminó siendo mucho más compleja que cualquier tarea escolar.
Llegaron decisiones difíciles.
Llegaron errores.
Llegaron responsabilidades.
Llegaron pérdidas.
También llegaron oportunidades.
Y cada una de esas etapas exigió volver a aprender.
Quizás por eso la escuela ocupa un lugar tan importante en mi memoria.
Porque representa el comienzo de un proceso que nunca terminó.
Todavía hoy sigo aprendiendo.
Cuando regresé a Dos de Mayo después de treinta y tres años viviendo en Buenos Aires, encontré un pueblo diferente.
Yo también era diferente.
Había cambiado mi manera de hablar, había adquirido el acento porteño después de tantos años en Buenos Aires y había vivido experiencias que mi niño de la Escuela 270 jamás habría podido imaginar.
Sin embargo, al volver, descubrí que algunas cosas no necesitan permanecer iguales para seguir siendo parte de nosotros.
La escuela es una de ellas.
El edificio puede cambiar.
Las aulas pueden renovarse.
Los alumnos pueden ser otros.
Los maestros pueden ser otros.
La educación puede incorporar nuevas tecnologías.
Pero el recuerdo de haber sido alumno permanece.
Hoy la Escuela N.º 270 “Primeros Colonos” continúa siendo parte de la comunidad educativa de Dos de Mayo. La institución ha seguido creciendo junto con la localidad y, en 2026, incluso fue incorporada a nuevas propuestas vinculadas con tecnología e innovación educativa.
Cuando pienso en eso, la diferencia con mi infancia es enorme.
Yo conocí una escuela de madera.
Las nuevas generaciones pueden encontrarse con herramientas que nosotros ni siquiera imaginábamos.
Y eso me alegra.
No porque crea que una época fue mejor que otra, sino porque cada generación merece tener oportunidades para aprender y crecer.
Hay algo que me gustaría dejar claro cuando hablo de mi infancia.
No quiero contarla desde la lástima.
Quiero contarla desde la verdad.
Sí, hubo necesidades.
Sí, muchas veces fui descalzo.
Sí, nuestra familia tenía limitaciones.
Pero también hubo una escuela.
Hubo maestros.
Hubo compañeros.
Hubo libros.
Hubo aprendizaje.
Hubo posibilidades.
Y hubo una madre que hizo lo que pudo para que sus hijos siguieran adelante.
Todo eso forma parte de la misma historia.
La vida no se puede contar solamente desde lo que faltó.
También hay que reconocer lo que estuvo.
A veces pienso que uno comprende tarde el valor de determinadas personas.
Cuando somos chicos, damos por sentado que el maestro estará allí al día siguiente.
Que la escuela seguirá funcionando.
Que habrá otro año escolar.
Que alguien continuará enseñándonos.
Después crecemos.
Algunos maestros se jubilan.
Otros ya no están.
Los edificios cambian.
Los compañeros toman caminos diferentes.
Y recién entonces comprendemos que aquella etapa era irrepetible.
Por eso escribo estos nombres.
Clara Steinke.
Gladys Espíndola.
Pocha Álvarez.
Mireya Turín.
Cristina Molina.
Hugo Gauto.
Luis Mendieta.
No quiero que queden solamente como nombres perdidos en mi memoria.
Fueron parte de mi formación.
Y una parte de mi historia merece ser reconocida.
La Biblia dice:
“El sabio oirá, y aumentará el saber;
y el entendido adquirirá consejo.”
— Proverbios 1:5
Hoy puedo leer ese versículo desde una perspectiva diferente.
Aprender no es una etapa que termina cuando uno deja la escuela.
La escuela fue apenas el comienzo.
Después la vida siguió enseñándome.
Me enseñó el trabajo.
Me enseñó la responsabilidad.
Me enseñó el amor.
Me enseñó el dolor.
Me enseñó las consecuencias de mis decisiones.
Me enseñó el valor del perdón.
Me enseñó que todavía podía volver a empezar.
Y también me enseñó que nunca debemos creer que ya sabemos todo.
Quizás esa sea una de las mejores herencias de la educación: mantener viva la capacidad de aprender.
Cuando vuelvo con la memoria a aquella escuela de madera, veo al niño que fui.
No necesito convertirlo en un héroe.
Era simplemente un chico.
Tenía sus limitaciones.
Tenía sus sueños.
Tenía sus miedos.
Tenía su manera de entender el mundo.
Y estaba creciendo.
Ese niño todavía forma parte de mí.
El hombre que soy hoy no puede desprenderse de él.
Porque antes de la radio estuvo la escuela.
Antes de escribir noticias estuvo el cuaderno.
Antes de hablar frente a un micrófono estuvo el aprendizaje de las primeras palabras.
Antes de contar la historia de mi pueblo, tuve que aprender a leerla.
La escuela fue una de las primeras puertas.
Y detrás de esa puerta comenzó un camino que todavía estoy recorriendo.
La madera quedó atrás.
Los años pasaron.
La escuela cambió.
Yo cambié.
Pero la enseñanza permanece.
Y cada vez que vuelvo a mirar hacia aquellos primeros años, entiendo que una parte de mi vida comenzó allí, entre esas paredes sencillas, junto a aquellos maestros y compañeros.
La historia continuaría.
Pero primero había que aprender a escribirla.
Thoughts
-
PermalinkEntre tanta escuela, la madre sale en una sola línea, casi al final, la que hizo lo que pudo para que sus hijos siguieran. Ahí veo un capítulo entero esperando, y que cuesta más contarla a ella que a los maestros. En mi casa pasaba igual: de la maestra hablábamos con nombre y apellido, y de lo que hacía mi abuela para que fuéramos cada mañana no se hablaba nunca.
-
PermalinkLos maestros pasando calzado de sus propios alumnos a otros chicos que lo necesitaban. Me hace pensar en cuánto de lo que hace una escuela de pueblo no queda anotado en ningún lado, solo en quien lo recibió. Apuesto a que en Dos de Mayo hay más gente con un gesto así guardado que nunca lo contó en voz alta. Qué bueno que esté en la parte 1!
-
PermalinkQuiero agradecer a todos los que leen mi autobiografia y pedirles que si le gustó si le fue de bendicion no dejen de compartirla. Desde ya Muchas gracias!
-
PermalinkLa Escuela N° 270 Primeros Colonos fue mucho más que un aula con bancos despintados y paredes de tabla; fue el santuario donde descubrí que las letras podían abrir mundos impensados y donde maestros inolvidables sembraron vocación en mi alma. En este capítulo, dividido en sus dos partes auténticas, regreso a los pasillos de aquella escuela rural y evoco con profunda gratitud a los docentes que me enseñaron que con esfuerzo y honradez los hijos del monte también podíamos soñar.
Related posts
-
Capítulo I: La Princesa de Valeria y el Peso de la Corona
En las altas tierras del reino de Valeria, donde las torres de piedra blanca tocaban las nubes y el aire matutino siempre olía a cedro fresco y jazmín, la corte celebraba la vida con una elegancia…
-
capítulo 84: normalidad (2)
La corbata intenta matarme.
-
Capítulo V: El peso de los siete años
Su hermano Fabian —quien compartía nombre con el hijo de Jano— era siete años menor que Jano, pero había noches en las que parecía el hermano mayor.
-
1er Viaje: Secretos del Rio Esmeralda
Ferdra siempre decía que el agua tiene una historia que contar. Desde muy pequeña, se sentía más en casa cerca de las olas que en la ciudad. Con su cámara en mano y una sonrisa que iluminaba…
-
Capítulo 20
“La libertad es siempre la libertad de quien piensa diferente.”
-
Capítulo 19
“No podemos cambiar aquello de lo que no somos conscientes, pero una vez que somos conscientes, no podemos evitar cambiar.”
-
Los maestros que quedaron en la memoria
CAPÍTULO 9 — PARTE 2
-
Oscuridad
El sol apenas empezaba a subir cuando Catherine, la Carmesí del Flujo Sagrado, se presentó ante los aspirantes reunidos en la explanada principal. Su voz era serena pero firme, y todos guardaron…