La conciencia es una de esas cosas que todos tenemos, pero que resulta increíblemente difícil de explicar. Es aquello que nos permite darnos cuenta de que existimos, pensar sobre lo que sentimos, recordar lo que hemos vivido y preguntarnos quiénes somos. Cuando decimos "yo", estamos hablando, en cierta manera, de esa experiencia interior que nos acompaña constantemente. Sin embargo, la conciencia no es solamente pensar. También es sentir, observar, recordar, elegir y preguntarnos por qué hacemos lo que hacemos.
Una de las preguntas más antiguas de la filosofía es justamente esta: ¿quién soy? Sócrates consideraba que conocerse a uno mismo era fundamental para vivir una vida verdaderamente buena. Su famosa idea de “conócete a ti mismo” no se refiere simplemente a saber nuestro nombre, nuestros gustos o nuestras habilidades, sino a mirar hacia nuestro interior y preguntarnos qué pensamos, qué queremos y por qué actuamos de determinada manera. Conocerse puede ser incómodo, porque cuando uno realmente se observa descubre virtudes, pero también contradicciones.
René Descartes llevó la cuestión todavía más lejos. Si dudamos de todo lo que conocemos, ¿hay algo de lo que podamos estar seguros? Para él, sí: podemos estar seguros de que estamos pensando. De ahí surge su famosa afirmación: “Pienso, luego existo”. La idea es poderosa porque plantea que, incluso si todo lo que vemos pudiera ser una ilusión, el simple hecho de estar pensando demuestra que existe alguien que está teniendo ese pensamiento.
Pero la conciencia no siempre es tan clara ni tan racional como Descartes imaginaba. A veces pensamos cosas que no queremos pensar, sentimos emociones que no sabemos explicar o actuamos de una manera que después nosotros mismos no comprendemos. Sigmund Freud cambió profundamente la manera de pensar sobre la mente al plantear la existencia del inconsciente. Según Freud, no todo lo que somos está bajo el control de nuestra conciencia. Hay deseos, recuerdos, miedos y conflictos que pueden influir en nuestra conducta sin que nos demos cuenta.
Esto nos lleva a una pregunta bastante inquietante: ¿somos realmente dueños de nosotros mismos? Si una parte de nuestra mente funciona fuera de nuestra conciencia, quizá no conocemos completamente las razones detrás de nuestras decisiones. Podemos creer que elegimos algo libremente cuando, en realidad, nuestras experiencias anteriores, nuestros miedos o nuestro entorno tuvieron mucho más peso del que imaginábamos.
Jean-Paul Sartre, desde el existencialismo, pensaba la conciencia de una manera diferente. Para él, el ser humano está constantemente construyéndose mediante sus elecciones. No nacemos con una identidad completamente terminada; nuestras decisiones, acciones y formas de relacionarnos con el mundo participan en la construcción de quienes somos. Esto puede resultar liberador, pero también bastante pesado: significa que tenemos cierta responsabilidad sobre nuestra vida.
Sin embargo, tener conciencia también significa poder cuestionarnos. Un animal puede reaccionar ante su entorno, pero los seres humanos podemos detenernos y preguntarnos: “¿Por qué estoy haciendo esto?”, “¿Realmente quiero esto?”, “¿Estoy viviendo como quiero vivir?”. Esa capacidad de cuestionar nuestras propias acciones puede ser una de las características más profundas de la conciencia.
El escritor argentino Jorge Luis Borges exploró muchas veces temas relacionados con la identidad, el tiempo, los recuerdos y las diferentes versiones de uno mismo. En sus obras aparece una idea fascinante: quizá el “yo” no sea algo completamente fijo. Tal vez somos diferentes personas a lo largo de nuestra vida, unidas por nuestros recuerdos. El niño que fuimos, la persona que somos ahora y aquella en la que nos convertiremos pueden parecer individuos diferentes, aunque exista una continuidad entre ellos.
También está el problema de la memoria. ¿Seríamos la misma persona si perdiéramos todos nuestros recuerdos? El filósofo John Locke relacionó la identidad personal con la conciencia y la memoria. Según su planteamiento, nuestra sensación de ser la misma persona a través del tiempo depende en gran medida de poder reconocernos en nuestras experiencias anteriores. Esto hace que la memoria tenga un papel enorme en nuestra identidad.
Pero nuestra memoria no es una grabación perfecta. Podemos olvidar, modificar recuerdos, recordar situaciones de manera diferente a como realmente ocurrieron o incluso interpretar nuestro pasado desde lo que sentimos actualmente. Entonces aparece otra pregunta: si nuestros recuerdos cambian, ¿también cambia la persona que creemos ser?
Quizás la conciencia sea precisamente esa conversación interminable que tenemos con nosotros mismos. Una conversación que ocurre cuando caminamos solos, cuando recordamos algo antes de dormir, cuando nos preguntamos qué queremos hacer con nuestra vida o cuando sentimos algo que no sabemos poner en palabras. No siempre necesitamos estar hablando para estar pensando. Incluso el silencio puede estar lleno de pensamientos.
El filósofo Friedrich Nietzsche invitaba a cuestionar muchas de las ideas que aceptamos sin pensar. Esto también puede aplicarse a nuestra conciencia: ¿cuántas cosas que creemos propias fueron aprendidas de nuestra familia, nuestra cultura, nuestros amigos o la sociedad? A veces creemos que elegimos libremente nuestros gustos, opiniones o aspiraciones, cuando algunas de esas ideas fueron construidas poco a poco por nuestro entorno.
Por eso, ser consciente no significa simplemente estar despierto. Significa darse cuenta. Darse cuenta de lo que sentimos, de lo que pensamos, de cómo tratamos a los demás y también de las razones que existen detrás de nuestras decisiones. La conciencia puede mostrarnos cosas que preferiríamos ignorar, pero también puede permitirnos cambiar.
Quizás esa sea una de las cosas más humanas de la conciencia: podemos descubrir que no nos gusta la persona que estamos siendo y decidir intentar convertirnos en alguien diferente. Podemos equivocarnos, reconocerlo, aprender y volver a intentarlo. No somos completamente libres de nuestras circunstancias, pero tenemos la capacidad de reflexionar sobre ellas.
Al final, la conciencia sigue siendo un misterio. Sabemos que pensamos y sentimos, pero todavía resulta difícil explicar completamente por qué existe esa experiencia interior que llamamos “yo”. Podemos estudiar el cerebro, analizar la memoria y observar el comportamiento, pero queda una pregunta enorme: ¿por qué todo eso se siente desde dentro?
Tal vez nunca encontremos una respuesta definitiva. Y quizá ahí esté justamente lo interesante de la filosofía. La filosofía no siempre intenta cerrar las preguntas; muchas veces intenta hacerlas más profundas.
La conciencia, entonces, podría ser entendida como nuestra capacidad de mirar el mundo, pero también de mirarnos a nosotros mismos. Es la posibilidad de preguntarnos quiénes somos, de dónde vienen nuestras ideas, por qué sentimos lo que sentimos y qué queremos hacer con nuestra existencia.
Y quizá la pregunta más interesante no sea simplemente “¿qué es la conciencia?”, sino una mucho más personal:
¿Qué descubrimos sobre nosotros mismos cuando realmente nos atrevemos a observarnos?
Soy Inés Williams, tengo 12 años, este año 2026 cumplo los 13, desde los 10 años me interesó la escritura y lectura. Quizás actualmente mis habilidades mediante la escritura o mis ensayos no sean lo más sorpendentes o serios, pero agradecería que los espectadores que lean esto que he escrito lo puedan valorar, cada día me esfuerzo más para poder hacer una escritura consciente y fácil de entender. Desde ya muchas gracias.