A veces me pregunto cuántas personas caminan por la vida siendo un Benjamin Button sin siquiera saberlo.
Una vez escuché que la verdadera enseñanza de El curioso caso de Benjamin Button es que existen personas que nacen siendo niños, pero la vida las obliga a convertirse en adultos demasiado pronto. Niños que no tuvieron tiempo de jugar, de equivocarse sin culpa, de sentirse protegidos o de descubrir el mundo con la inocencia que les correspondía. Niños que aprendieron a sobrevivir antes de aprender a vivir.
Lo triste no es crecer. Lo triste es haber crecido sin haber sido niño.
Benjamin nació siendo un anciano en el cuerpo de un bebé. Mientras el mundo envejecía, él se hacía más joven. Vivió todas las etapas de la vida al revés y, cuando finalmente llegó el momento en que debía disfrutar de la infancia, ya no pudo hacerlo. Su memoria comenzó a desaparecer y murió sin haber sabido realmente qué significaba ser un niño.
Cada vez que pienso en esa película, me pregunto cuántos de nosotros hemos vivido exactamente lo mismo, aunque de una manera distinta.
¿Cuántos tuvimos que madurar porque no había otra opción? ¿Cuántos aprendimos a cuidar a otros cuando aún necesitábamos que alguien nos cuidara? ¿Cuántos nos convertimos en adultos funcionales mientras por dentro seguimos siendo niños cansados que solo querían sentirse seguros?
Hay heridas que no dejan cicatrices visibles. Algunas nos enseñan a desconfiar del amor, otras nos enseñan a no pedir ayuda. Nos volvemos expertos en resolver problemas, en sostener a quienes amamos y en seguir adelante aunque el alma nos pese demasiado. Nos felicitan por ser fuertes, sin darse cuenta de que muchas veces la fortaleza no fue una elección, sino una necesidad.
Y entonces pasa el tiempo.
Nos convertimos en adultos que no saben descansar. Que sienten culpa al disfrutar. Que no saben jugar. Que piensan demasiado antes de amar. Adultos que jamás aprendieron que también merecen ser cuidados.
Me encantaría que todas las personas que cargan con una infancia perdida pudieran recuperar una pequeña parte de ella. Me encantaría que algún día pudiéramos sentarnos bajo el sol sin pensar en nuestras responsabilidades. Que pudiéramos reír hasta que nos duela el estómago, abrazar a alguien sin miedo y dormir tranquilos sabiendo que, por una vez, no tenemos que salvar a nadie.
Me encantaría saber qué se siente ser una niña. No la niña que fui obligada a dejar atrás, sino aquella que nunca tuvo la oportunidad de existir por completo. La que jugaba sin mirar el reloj, la que confiaba sin pensar en las consecuencias y la que creía que el mundo era un lugar amable.
Porque sanar no siempre significa convertirse en una mejor versión de nosotros mismos. A veces, sanar también significa regresar. Volver a buscar al niño que dejamos abandonado en algún momento del camino y decirle: "Ya no tienes que crecer tan rápido. Ya puedes descansar".
Ayudar a sanar a otros mientras uno mismo está roto es agotador. Perdonar a quienes nos dañaron es difícil. Soltar el pasado parece imposible algunas veces. Pero quizá el perdón más importante sea aquel que nos debemos a nosotros mismos por haber sobrevivido como pudimos.
La vida tiene una extraña manera de enseñarnos a envejecer antes de tiempo. Nos enseña a protegernos, a levantar muros y a escondernos detrás de la fortaleza. Pero también nos deja una enseñanza que Benjamin Button comprendió mejor que nadie: el amor no entiende de edades.
Él amó siendo un niño con alma de anciano y un anciano con alma de niño. Y nosotros también podemos hacerlo.
Porque, al final del día, puede que nos hayan arrebatado muchas cosas. Puede que la vida nos haya enseñado demasiado temprano aquello que debíamos aprender mucho después. Puede que nunca sepamos cómo habría sido nuestra infancia si hubiéramos crecido en otras circunstancias.
Pero mientras sigamos siendo capaces de amar, de conmovernos ante la belleza de las cosas simples y de abrazar al niño que aún vive dentro de nosotros, nunca será demasiado tarde para empezar a vivir aquello que no pudimos vivir cuando nos correspondía.
Quizás no podamos volver a ser niños.
Pero sí podemos aprender, por fin, a tratarnos con la ternura que siempre merecimos.