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La carta de vuelta

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Papá:

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Pensamiento

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Ese saludo con tu nombre se me quedó clavado. Uno lo oye mil veces y nunca lo guarda. Me quedé un rato quieta después de leerte.

Ese saludo con tu nombre se me quedó clavado. Uno lo oye mil veces y nunca lo guarda. Me quedé un rato quieta después de leerte.

Contenido de la publicación

Papá:

Estaba pensando qué escribirte para tu cumpleaños y, sin buscarlo demasiado, volví a aquella historia que escribí hace un tiempo. La de la carta que vos me dejabas después de irte. En ese momento no era más que eso: una historia. Una de esas cosas que uno escribe porque necesita poner en palabras algo que no sabe cómo decir de otra manera. Me imaginé que aparecía una carta tuya, que me contabas cómo estabas, que me pedías que no me preocupara y que siguiera adelante, y después el papel desaparecía, como si nunca hubiera existido.

Lo curioso es que hoy, tanto tiempo después, sigo pensando en ella.

Y no sé si porque la escribí yo o porque, en algún lugar que no alcanzo a entender, necesitaba que fueras vos quien me dijera todas esas cosas. Muchas veces pienso que fue solamente una historia que inventé para poder tener una conversación con vos que ya no podía tener. Pero hay otras veces, sobre todo cuando te extraño mucho, en las que me permito algo que quizás no debería, pero que me hace bien: pensar que aquella carta fue real. Que por alguna razón llegó hasta mí. Que fuiste vos quien encontró la manera de decirme que estabas bien.

No tengo ninguna prueba. Ni siquiera tengo el papel. Se fue como parte de la historia, y quizás eso sea lo más justo. Lo único que quedó fue lo que recuerdo de ella y, sobre todo, lo que me hizo sentir.

Por eso hoy quiero escribirte otra.

No sé si esta vez estoy continuando aquella historia o si simplemente estoy escribiendo otra porque todavía tengo cosas para decirte. Probablemente sea un poco de las dos. Después de todo, desde que te fuiste podría escribirte muchas cartas y ninguna alcanzaría para contarte todo lo que quedó pendiente. Quizás esta sea una más. Quizás no sea la última. Seguramente, mientras sigan existiendo recuerdos tuyos dentro mío, voy a encontrar alguna otra excusa para volver a sentarme a hablarte.

Y esta vez quiero empezar por tu cumpleaños.

El 21 de septiembre.

Tu primer cumpleaños allá.

No sé cómo será ese día donde estés. No sé siquiera si allá existen los cumpleaños, si se cuentan los años o si el tiempo tiene algún significado. Pero me gusta imaginar que sí. Me gusta pensar que vas a tener una mesa esperándote y que no vas a estar solo.

Me gusta imaginar cómo será ese cumpleaños para vos. Quiero pensar que vas a despertarte sabiendo que es tu día y que, cuando mires alrededor, vas a encontrarte con los tuyos. Con tus papás, con tus hermanos, con esa familia que durante tantos años fue tu lugar en el mundo y que, de alguna manera, también sigue siendo parte del nuestro.

Me gusta imaginar que están todos juntos otra vez. Sin apuro, sin enfermedad, sin despedidas pendientes. Que se reconocen apenas se miran, aunque haya pasado una eternidad. Que vuelven a hablar como si el tiempo no hubiera pasado y que, por un rato, no existe nada de todo aquello que acá nos cuesta tanto aceptar.

Quizás haya una mesa como las de antes. No hace falta que sea una mesa perfecta ni que haya nada extraordinario. Alcanza con imaginarlos sentados, hablando todos al mismo tiempo, alguno interrumpiendo al otro, alguien riéndose de alguna pavada y vos tratando de contar una historia mientras nadie te deja terminar.

Porque supongo que las familias siguen siendo familias incluso después de la muerte. Cambian las cosas, pero no cambian esas pequeñas maneras de quererse.

Me gusta pensar que tus hermanos te cargan, que alguno te reclama algo de aquellos tiempos, que se ríen de cosas que solamente ustedes entienden. Y me gusta imaginar a tus papás mirándote. No sé cómo sería ese encuentro después de tantos años, pero quiero pensar que habría algo de esos abrazos que no necesitan explicaciones. Que te mirarían y, por un instante, todo el tiempo que pasó dejaría de importar.

Quizás vos los escucharías hablar y, por primera vez en mucho tiempo, no habría nada que explicar ni nada que extrañar.

Están todos.

Eso es lo que más me gusta imaginar.

Están todos.

Y quizás en algún momento aparezcamos nosotros en alguna conversación. Quizás alguien pregunte por mamá. Quizás aparezca mi nombre. Quizás hables de tus nietas y cuentes cómo están creciendo. Me gusta pensar que las conocés desde donde estás, que las ves de alguna manera y que podés acompañarlas aunque nosotros no sepamos cómo.

Y quizás alguien te pregunte si nos extrañás.

No sé qué responderías.

Pero yo sí sé qué respondería si me preguntaran por vos.

Que te extraño todos los días.

Que daría muchísimo por volver a sentarme en esa mesa familiar, aunque fuera solamente una vez más, y tenerte ahí, entre todos nosotros, haciendo lo que hacías siempre: hablando, riéndote, contando alguna anécdota que ya habíamos escuchado.

Porque quizás eso es lo que más extraño de todo. No solamente tenerte a vos, sino tenernos a todos.

Esa sensación de que la familia estaba completa.

No sabíamos que estaba completa. Simplemente lo estaba.

Y ahora entiendo que hay momentos que uno no puede recuperar, por más que los recuerde con toda la fuerza del mundo.

También extraño tus anécdotas.

Incluso las repetidas.

Sobre todo las repetidas.

Acá las extraño más de lo que alguna vez imaginé. Incluso aquellas que ya me sabía de memoria. Esas que empezaban y yo ya podía anticipar hacia dónde iban. Antes quizás me causaba gracia escucharlas otra vez; ahora daría muchísimo por estar sentado enfrente tuyo y escuchar una de ellas completa, sin apurarte, sin pensar que ya la conozco.

Porque hoy entiendo que no extrañaba la historia.

Te extrañaba a vos contándola.

Y hay cosas mucho más pequeñas que también se volvieron enormes desde que no estás.

Tu voz, por ejemplo.

Ese simple:

—Hola, Facu. Soy papá.

Durante tantos años fue apenas una forma de saludarme. Algo cotidiano, algo que estaba ahí y que uno nunca imagina que puede perder. Hoy es una de esas frases que daría cualquier cosa por escuchar nuevamente.

Me gustaría poder cerrar los ojos y tenerte un rato más cerca. Escuchar cómo me llamás, cómo te reís, cómo hablás de cualquier pavada, incluso cómo te enojás cuando te hacía alguna de las mías.

Extraño esos momentos.

Extraño hacerte enojar porque quería hacerte upa o jugarte. Extraño tus mimos, tus silencios, esos ratos en los que no hacía falta que pasara nada para que estuviera bien. Extraño ir al cine con vos y extraño, sobre todo, no haber sabido que algún día iba a añorar tanto algo que entonces parecía tan común.

Creo que esa es una de las cosas más injustas de la vida: uno no sabe cuáles son los momentos que algún día estaría dispuesto a pagar cualquier precio por volver a tener.

Mamá te extraña muchísimo.

Eso seguramente ya lo sabés. Y si aquella carta fue realmente tuya, si de verdad existe algún lugar desde el que podés mirarnos, entonces seguramente también la ves. La ves cuando intenta seguir, cuando se queda pensando, cuando la tristeza aparece aunque no diga nada.

Cuidala, papá.

No te pido que hagas milagros. Si existe alguna forma de hacerte presente, aunque sea pequeña, hacelo. Un sueño, un recuerdo, una coincidencia de esas que nos dejan pensando durante todo el día. Lo que sea.

Que alguna vez pueda sentir que estás cerca.

Porque hay ausencias que uno aprende a llevar, pero eso no significa que dejen de doler.

Y si podés, cuidá también a mis hijas.

Me gusta pensar que las conocés desde donde estás. Que sabés quiénes son, que las ves crecer y que, de alguna manera, podés acompañarlas. Quizás algún día ellas también necesiten saber quién era su abuelo y me gustaría poder contarles que las quiso, incluso en la distancia, incluso en un lugar donde nosotros no podíamos verlo.

Hay algo que me gustaría preguntarte.

¿Estás bien de verdad?

Porque aquella vez me lo dijiste y yo quiero creerlo.

Quiero pensar que no hay dolor donde estás, que encontraste tranquilidad y que, si existe esa reunión que tantas veces imaginamos, estás sentado en algún lugar rodeado de las personas que amaste.

Y si es así, quizás este cumpleaños sea distinto para vos.

Quizás sea el primero en mucho tiempo en el que vuelvas a tener a todos juntos.

Mientras tanto, acá va a empezar la primavera.

Y qué extraña coincidencia que tu cumpleaños sea justamente cuando todo vuelve a florecer.

La gente va a hablar de flores, de días nuevos, de empezar otra vez. Y yo voy a mirar todo eso de una manera diferente, porque desde que te fuiste hay algo que siento que quedó sin florecer dentro mío.

Como si faltara una parte de la estación.

Como si la primavera pudiera llenar de color las calles, los árboles y los jardines, pero no ese lugar donde todavía te busco.

Por eso sé que este 21 de septiembre va a ser difícil.

Voy a pensar en vos desde que me levante. Quizás prepare algo, quizás brinde por vos, quizás simplemente me quede en silencio durante un rato. No sé todavía.

Lo que sí sé es que voy a extrañar poder llamarte, escucharte y decirte feliz cumpleaños como lo hice tantas veces.

Y probablemente vuelva a imaginar aquella carta.

Quizás porque necesito hacerlo.

Quizás porque quiero creer que, si una vez pudiste encontrar la manera de escribirme, tal vez puedas encontrar la manera de leer esto.

No necesito que me respondas demasiado.

Solamente necesito saber que, si existe ese lugar, llegaste bien.

Y necesito pedirte algo que quizás parezca pequeño, pero para mí no lo es: ayudame a no olvidarme de tu voz.

El tiempo tiene esa costumbre horrible de llevarse detalles. Primero uno deja de recordar una fecha exacta, después una conversación, después algún gesto. Y yo no quiero que eso me pase con vos.

No quiero que un día tenga que esforzarme para recordar cómo sonaba tu voz cuando me decías “Facu”. No quiero que tu risa se vuelva una imagen muda.

Quiero conservarte vivo en esas pequeñas cosas.

Porque hay una parte de vos que sigue caminando conmigo aunque ya no estés.

Y quizás eso sea lo que aquella historia de la carta intentaba decirme sin que yo lo supiera cuando la escribí.

Tal vez necesitaba inventar que vos podías volver por un momento porque todavía no entendía que, en realidad, ya estabas en todas partes donde te había dejado.

En una película.

En una anécdota.

En una forma de hablar.

En una costumbre.

En una mesa familiar.

En mamá.

En mí.

Y probablemente por eso hoy vuelvo a escribirte.

No porque crea tener respuestas, sino porque todavía tengo preguntas. Porque todavía hay cosas que quisiera contarte y porque escribirte es una manera de sentarme otra vez frente a vos, aunque sea durante unas páginas.

Quizás algún día escriba otra historia.

Quizás vuelva a imaginar que aparecés en algún lugar, que me hablás, que me dejás otra carta. Quizás invente otro encuentro, otro sueño, otra conversación.

Y tal vez alguien que lea esas historias piense que solamente estoy escribiendo sobre mi papá.

Pero yo voy a saber que, en realidad, cada vez que escribo sobre vos estoy buscando un lugar donde todavía podamos encontrarnos.

Así que este 21 de septiembre, mientras acá la primavera empiece a llenar todo de flores, quiero imaginarte allá.

Con tus papás.

Con tus hermanos.

Con una mesa llena.

Con alguna anécdota repetida.

Con alguien diciéndote que ya la contó.

Y vos probablemente respondiendo que esta vez sí la vas a terminar porque nadie te deja hablar.

Quiero imaginarte riéndote.

Y quiero pensar que, en algún momento de esa noche, vas a mirar hacia acá.

Quizás no veas flores.

Quizás no veas una casa.

Quizás solamente veas a un hijo que todavía te extraña y que, después de casi un año, sigue buscando la manera de hablar con su papá.

Si me ves, quedate tranquilo.

Estamos intentando seguir.

Mamá está haciendo lo que puede. La familia también. Yo también.

No siempre sale bien, pero seguimos.

Y aunque todavía me duela tu ausencia, hay algo que aprendí desde que te fuiste: seguir adelante no significa dejarte atrás.

Por eso puedo avanzar y, al mismo tiempo, seguir hablándote.

Puedo reírme y extrañarte.

Puedo celebrar tu cumpleaños y llorar porque no estás.

Puedo aceptar que te fuiste sin aceptar que dejaste de formar parte de mí.

Y quizás eso sea lo más parecido a tenerte todavía.

Así que feliz cumpleaños, papá.

Ojalá donde estés haya una mesa esperándote.

Ojalá estén todos.

Ojalá te abracen fuerte.

Ojalá te rías.

Y ojalá alguien, en algún momento de la noche, vuelva a decirte que ya escuchó esa historia.

Porque si estás allá, rodeado de ellos, quiero pensar que finalmente tenés todo lo que acá nos falta.

Y si alguna vez volvés a encontrar la manera de dejarme una carta, no hace falta que me expliques nada.

Solamente escribime una línea.

Una sola.

Esa que todavía puedo escuchar si cierro los ojos:

—Hola, Facu. Soy papá.

Yo voy a entender.

Y seguramente, como hoy, vuelva a sentarme a escribirte.

Thoughts

  • TeresaGuz

    Lo leí de principio a fin, sin saltarme nada. Hay una idea que me dio vueltas todo el rato: que se puede avanzar sin dejar a alguien atrás, y que la gente suele creer que una cosa anula la otra. Por eso mucha gente se queda parada años. Y lo de pedirle que te ayude a no olvidar su voz me pareció lo más concreto de toda la carta. Es justo lo que se pierde primero, antes que las fechas y las conversaciones.

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  • RominaQ

    Me reí sola con lo de que esta vez sí va a terminar la anécdota porque nadie lo deja hablar. Esa mesa suena a mesa de verdad, con todos pisándose.

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  • Nuria

    Nadie cuenta las sillas mientras están todas ocupadas. Por eso lo de no saber que la familia estaba completa es lo más cierto que hay en toda la carta.

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  • MateoSilva

    La escena de la mesa con todos hablando encima y él sin poder terminar la historia me la imaginé enterita. ¿Aquella primera historia de la carta llegaste a publicarla acá también?

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  • hojaSuelta

    Ese saludo con tu nombre se me quedó clavado. Uno lo oye mil veces y nunca lo guarda. Me quedé un rato quieta después de leerte.

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  • relatoBreve

    Las anécdotas repetidas son las que más pesan después. Uno las escucha mil veces sin registrar nada y un día ya no queda quien las cuente así.

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