Mi recuerdo de ti
es un santo sin señor
que se desprecia por las dudas,
un refrán de almidón
tomándose la razón
que pregona como suya.
Un extraño precedente,
un pecado que se siente
cual si fuese a pagar su pleitesía.
Sabrá Dios, pensó al azar, cuando predijo
un lugar donde sus hijos
se lloraran todavía.
Eres tú las horas castas que el olvido
no respeta cuando abarca
menos de lo que le pido.
Esperar a que te acabes de espetar
en mi hora de rezar
es aceptar cuánto he perdido.
Si escribiera la canción que te conté,
dejaría de serme fiel
para ser quien ha cedido
a dejarnos por la paz en la solapa
ocupando en mi garganta
lo que nunca más te diga:
un te quiero malhechor
que hasta hoy reclama
no perdernos más de vista.