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LA CAÍDA

lian
Pensamiento

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tintaDeMartes

Roy y Ben con el guiso son los primeros en esa casa que le juran algo a Analián sin pedirle nada a cambio.

Roy y Ben con el guiso son los primeros en esa casa que le juran algo a Analián sin pedirle nada a cambio.

Contenido de la publicación

La continuación

¿Ustedes que harían?. Espero su comentarios que disfruten su lectura.

EL HOSPITAL

El olor a antiséptico no podía ocultar el hedor a muerte y desesperación que emanaba de los hermanos Zalgorán en la sala de espera. Estaban sentados, rígidos, convertidos en estatuas dentro de un búnker estéril. Celián tenía la cabeza hundida entre las manos, con los dedos y las uñas profundamente clavados en su propio cuero cabelludo, como si intentara extirparse un pensamiento. Danka caminaba de un lado a otro con un ritmo maníaco, golpeando la mampostería de la pared con el puño cada vez que un médico cruzaba el pasillo.

La tensión en el ambiente era un cable de alta tensión a punto de reventar.

El doctor Karl, el médico personal de los Zalgorán —un hombre de mirada fría y gesto perpetuamente hastiado por los secretos de esa familia—, salió finalmente del quirófano después de siete horas de agonía con el rostro sombrío, portando un expediente que parecía pesar una tonelada.

Se detuvo en seco frente a ellos, ajustándose las gafas con una lentitud exasperante antes de hablar:

—Si hubieran tardado tres minutos más, estaríamos firmando un acta de defunción en lugar de un parte clínico —sentenció Karl sin rodeos, con la voz seca y cortante—. Tiene fractura craneoencefálica con edema cerebral severo, múltiples costillas fracturadas que perforaron parcialmente el lóbulo pulmonar derecho, y una hemorragia interna masiva que casi apaga el bazo. Sobrevivió al impacto por pura anomalía inexplicable —levantó la vista hacia mí un segundo antes de continuar—, pero está en coma inducido. Su cuerpo está librando una guerra interna para no colapsar por completo.

Celián levantó lentamente la vista, con los ojos inyectados en una furia fría y gélida que helaba la sangre, mientras Danka se inmovilizaba de golpe, dejando escapar un gruñido sordo que hizo parpadear las luces de emergencia del pasillo.

—Señorita O’Connor, si gusta, la enfermera puede llevarla a ver a su amiga. El cuarto es privado y tiene una mirilla a través del cristal; por el momento es lo más conveniente. Nosotros estamos al pendiente desde aquí.

Me alejé sin pensarlo y me dirigí a verla. El pasillo era largo; alcanzaba a distinguir la silueta rígida de cada uno de ellos apostados junto al muro, aunque las palabras exactas que el médico les regurgitaba se perdían en un murmullo tenso.

A pocos pasos de la sala de espera, el doctor Karl había acorralado a los hermanos Zalgorán con el expediente en la mano, manteniendo la voz baja pero letalmente clara:

—Señores… la situación de la señorita Analián es… científicamente inexplicable —dijo, con los dedos temblorosos, entrego el expediente al hermano mayor—. Presenta múltiples lesiones internas, incluyendo una fractura expuesta en la pierna derecha que, según las radiografías de ingreso, muestra un proceso de osificación y fusión celular completamente aberrante, ocurriendo a una velocidad imposible para la fisiología humana. Su cuerpo está atrapado en un shock neurogénico masivo. No estamos seguros de que su corazón resista el nivel de dolor que su propio sistema nervioso está generando. Las próximas horas son críticas. Si el shock no remite, ella no sobrevivirá… lo sensato es que localicen a sus familiares.

El mundo pareció congelarse para ellos. Lessán apretó el informe médico con tanta fuerza que el papel se hizo jirones en su mano. Danka se detuvo en seco, y su rostro se transformó en una máscara de angustia pura y salvaje.

—Si ella muere… —comenzó Celián, su voz saliendo como un susurro gélido desde ultratumba—, juro que reduciré esta maldita ciudad a cenizas.

—No va a morir —siseó Lessán, aunque sus propios ojos traicionaban el pánico—. Ella es más fuerte que la muerte misma. Pero su dolor… su dolor es nuestra condena.

Yo, Lucy, los observaba desde el extremo opuesto del pasillo, con los brazos cruzados y las lágrimas rodando por mis mejillas. Sabía perfectamente que los Zalgorán estaban sufriendo un tipo de tortura que ningún analgésico podía curar: el amargo despertar de darse cuenta de que la supuesta «sirvienta irrelevante» les había arrancado el alma que creían no poseer.

Sin embargo, Danka no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados esperando que el destino hiciera de las suyas. A escondidas de todo el personal médico, se coló en la habitación de cuidados intensivos donde Analián yacía conectada a una red de monitores y tubos. Lessán, con esa frialdad calculadora que lo caracterizaba, adivinó las intenciones de su hermano menor y lo interceptó junto a Celián antes de que pudiera cometer una locura irreparable.

—Tenemos que hacerlo o perderá la vida —espetó Danka, con la respiración acelerada.

—Está bien —respondió Lessán con sequedad.

A pesar de su aparente rudeza, Danka dudaba, negándose a dar el paso por el pánico visceral de lastimarla todavía más o de perder el control absoluto de sus instintos.

—Yo estaré aquí para sostenerte —insistió el hermano mayor, imponiendo su autoridad—. Celián, vigila que nadie se acerque a este pasillo. Con los dos no podré si algo se sale de cauce; mi deber principal es mantenerla a ella con vida.

En un abrir y cerrar de ojos, pusieron el plan en marcha. Danka asumió el rol de siempre, al igual que en cada ocasión.

Minutos después, Danka salió de la habitación, pálido, con una expresión petrificada profunda que su organismo terminaría cobrándole tarde o temprano. Lessán se quedó unos segundos más adentro, observando con una fijeza perturbadora antes de retirarse.

Pero al doblar la esquina, Lucy —que había regresado de la máquina expendedora con un café en la mano— alcanzó a ver una silueta escabulléndose de la habitación restringida.

—¿Qué hiciste? ¡Malditos Zalgorán, no se los perdonaré jamás! —gritó, arrojando el vaso al suelo mientras el líquido humeante salpicaba el piso.

Corrió despavorida hacia la puerta y se metió al cuarto. Sobre la cama, Analián comenzaba a reaccionar. Un acceso de tos violenta la hizo abrir los ojos por fin, y un quejido sordo de dolor confirmó que el sistema nervioso volvía a conectarla con la realidad. Lucy apretó desesperada el botón de emergencia del cabecero, y en cuestión de segundos el doctor Karl y dos enfermeras irrumpieron en el cubículo.

Para su total incredulidad, los monitores se estabilizaron; aparte del yeso en la pierna lastimada y el desgaste físico evidente, el cuerpo había superado el punto de no retorno. Lucy se derrumbó junto a la cama, llorando de una mezcla incontrolable de alivio y terror.

EL RECHAZO Y EL REFUGIO

Lucy salió de la habitación y los Zalgorán se acercaron de inmediato, con el pulso acelerado.

​—¿Cómo está? —preguntó Lessán con urgencia contenida.

​—Karl dice que está estable, pero no quiere ver a nadie… ¿qué diablos hicieron ahora? —añadió ella, frotándose la sien.

​—Odio tener que reconocerlo —respondió Lucy con amargura, cruzándose de brazos—; aunque no me encante lo que hicieron para salvarla, supongo que debo darles las gracias.

​—Daría mi vida por ella —murmuró Danka, con la voz rota por una culpa visceral.

​—¡No, Danka! Mantente lejos de ella… ¡A ella no! —le advirtió Lucy, clavándole una mirada cargada de advertencia.

​—Tú no me vas a decir qué hacer —le espetó él, dando un paso al frente con el orgullo herido.

​—¡Basta! —interrumpió Lessán, alzando la voz con una autoridad gélida—. Ella tiene razón en algo, será mejor que nos alejemos por ahora.

​—¿Por qué son tan imbécilmente impulsivos? No aprenden nunca —los regañó Lucy, sacudiendo la cabeza con fastidio.

​Se retiraron a una sala privada que los Zalgorán tenían reservada exclusivamente en el ala VIP del hospital.

​—Oye, habla de una vez por todas, me estás matando de la angustia —exigió Danka, incapaz de estarse quieto.

​—Dudo mucho que vayas a morirte, Zalgorán… Bien, el diagnóstico indica que se recuperará físicamente en un par de días. Pero…

​—¿Pero qué? —preguntó Celián, con la mandíbula tensa.

​—No quiere volver a verlos. Ni en pintura.

​Lessán jugaba con los dedos de su mano derecha, con una frialdad aparente mientras los nervios por dentro lo mataban.

​—¿El golpe le frío el cerebro o qué demonios le pasa? —soltó Danka con incredulidad y rabia.

​Lucy se dejó caer pesadamente en el sillón de piel; los hermanos seguían de pie frente a ella, proyectando sombras amenazantes sobre el tapete.

​—Alguien intentó matarla a nombre de tus adorables hermanos, Celián, y Danka dijo viendo a Lessán — Lucy lo espeto sin filtros—. La empujaron por la ventana con la clara intención de acabar con su vida. Estaba destrozada cuando llegó aquí, pero milagrosamente se recuperó de golpe. A cualquier persona común y corriente, una caída de dos pisos le hubiera roto el cuello al instante.

​—Juro por lo más sagrado que encontraré al maldito que lo hizo y lo despellejaré vivo —masculló Danka con los ojos inyectados en sangre.

​—No serás el único —sentenció Celián, con un tono que prometía una carnicería.

​—Espero que los encuentren y que no tengan ninguna piedad —respondió ella con dureza—, pero Analián no quiere saber nada de ustedes. Se irá a convalecer conmigo unos días.

​—¡Por supuesto que no! En la mansión tendrá los mejores cuidados médicos y estará custodiada. No voy a permitir que se mueva a otro lado —saltó Danka, perdiendo los estribos.

​—Lo verdaderamente importante es que ella esté a salvo —intervino Lessán, cortando el impulso de su hermano—. Si no quiere regresar, respetaremos su decisión. Además, con la actitud que tomaron contra ella, no dejaron muchas opciones abiertas.EL HOSPITAL

El olor a antiséptico no podía ocultar el hedor a muerte y desesperación que emanaba de los hermanos Zalgorán en la sala de espera. Estaban sentados, rígidos, convertidos en estatuas dentro de un búnker estéril. Celián tenía la cabeza hundida entre las manos, con los dedos y las uñas profundamente clavados en su propio cuero cabelludo, como si intentara extirparse un pensamiento. Danka caminaba de un lado a otro con un ritmo maníaco, golpeando la mampostería de la pared con el puño cada vez que un médico cruzaba el pasillo.

La tensión en el ambiente era un cable de alta tensión a punto de reventar.

El doctor Karl, el médico personal de los Zalgorán —un hombre de mirada fría y gesto perpetuamente hastiado por los secretos de esa familia—, salió finalmente del quirófano después de siete horas de agonía con el rostro sombrío, portando un expediente que parecía pesar una tonelada.

Se detuvo en seco frente a ellos, ajustándose las gafas con una lentitud exasperante antes de hablar:

—Si hubieran tardado tres minutos más, estaríamos firmando un acta de defunción en lugar de un parte clínico —sentenció Karl sin rodeos, con la voz seca y cortante—. Tiene fractura craneoencefálica con edema cerebral severo, múltiples costillas fracturadas que perforaron parcialmente el lóbulo pulmonar derecho, y una hemorragia interna masiva que casi apaga el bazo. Sobrevivió al impacto por pura anomalía inexplicable —levantó la vista hacia mí un segundo antes de continuar—, pero está en coma inducido. Su cuerpo está librando una guerra interna para no colapsar por completo.

Celián levantó lentamente la vista, con los ojos inyectados en una furia fría y gélida que helaba la sangre, mientras Danka se inmovilizaba de golpe, dejando escapar un gruñido sordo que hizo parpadear las luces de emergencia del pasillo.

—Señorita O’Connor, si gusta, la enfermera puede llevarla a ver a su amiga. El cuarto es privado y tiene una mirilla a través del cristal; por el momento es lo más conveniente. Nosotros estamos al pendiente desde aquí.

Me alejé sin pensarlo y me dirigí a verla. El pasillo era largo; alcanzaba a distinguir la silueta rígida de cada uno de ellos apostados junto al muro, aunque las palabras exactas que el médico les regurgitaba se perdían en un murmullo tenso.

A pocos pasos de la sala de espera, el doctor Karl había acorralado a los hermanos Zalgorán con el expediente en la mano, manteniendo la voz baja pero letalmente clara:

—Señores… la situación de la señorita Analián es… científicamente inexplicable —dijo, con los dedos temblorosos, entrego el expediente al hermano mayor—. Presenta múltiples lesiones internas, incluyendo una fractura expuesta en la pierna derecha que, según las radiografías de ingreso, muestra un proceso de osificación y fusión celular completamente aberrante, ocurriendo a una velocidad imposible para la fisiología humana. Su cuerpo está atrapado en un shock neurogénico masivo. No estamos seguros de que su corazón resista el nivel de dolor que su propio sistema nervioso está generando. Las próximas horas son críticas. Si el shock no remite, ella no sobrevivirá… lo sensato es que localicen a sus familiares.

El mundo pareció congelarse para ellos. Lessán apretó el informe médico con tanta fuerza que el papel se hizo jirones en su mano. Danka se detuvo en seco, y su rostro se transformó en una máscara de angustia pura y salvaje.

—Si ella muere… —comenzó Celián, su voz saliendo como un susurro gélido desde ultratumba—, juro que reduciré esta maldita ciudad a cenizas.

—No va a morir —siseó Lessán, aunque sus propios ojos traicionaban el pánico—. Ella es más fuerte que la muerte misma. Pero su dolor… su dolor es nuestra condena.

Yo, Lucy, los observaba desde el extremo opuesto del pasillo, con los brazos cruzados y las lágrimas rodando por mis mejillas. Sabía perfectamente que los Zalgorán estaban sufriendo un tipo de tortura que ningún analgésico podía curar: el amargo despertar de darse cuenta de que la supuesta «sirvienta irrelevante» les había arrancado el alma que creían no poseer.

Sin embargo, Danka no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados esperando que el destino hiciera de las suyas. A escondidas de todo el personal médico, se coló en la habitación de cuidados intensivos donde Analián yacía conectada a una red de monitores y tubos. Lessán, con esa frialdad calculadora que lo caracterizaba, adivinó las intenciones de su hermano menor y lo interceptó junto a Celián antes de que pudiera cometer una locura irreparable.

—Tenemos que hacerlo o perderá la vida —espetó Danka, con la respiración acelerada.

—Está bien —respondió Lessán con sequedad.

A pesar de su aparente rudeza, Danka dudaba, negándose a dar el paso por el pánico visceral de lastimarla todavía más o de perder el control absoluto de sus instintos.

—Yo estaré aquí para sostenerte —insistió el hermano mayor, imponiendo su autoridad—. Celián, vigila que nadie se acerque a este pasillo. Con los dos no podré si algo se sale de cauce; mi deber principal es mantenerla a ella con vida.

En un abrir y cerrar de ojos, pusieron el plan en marcha. Danka asumió el rol de siempre, al igual que en cada ocasión.

Minutos después, Danka salió de la habitación, pálido, con una expresión petrificada profunda que su organismo terminaría cobrándole tarde o temprano. Lessán se quedó unos segundos más adentro, observando con una fijeza perturbadora antes de retirarse.

Pero al doblar la esquina, Lucy —que había regresado de la máquina expendedora con un café en la mano— alcanzó a ver una silueta escabulléndose de la habitación restringida.

—¿Qué hiciste? ¡Malditos Zalgorán, no se los perdonaré jamás! —gritó, arrojando el vaso al suelo mientras el líquido humeante salpicaba el piso.

Corrió despavorida hacia la puerta y se metió al cuarto. Sobre la cama, Analián comenzaba a reaccionar. Un acceso de tos violenta la hizo abrir los ojos por fin, y un quejido sordo de dolor confirmó que el sistema nervioso volvía a conectarla con la realidad. Lucy apretó desesperada el botón de emergencia del cabecero, y en cuestión de segundos el doctor Karl y dos enfermeras irrumpieron en el cubículo.

Para su total incredulidad, los monitores se estabilizaron; aparte del yeso en la pierna lastimada y el desgaste físico evidente, el cuerpo había superado el punto de no retorno. Lucy se derrumbó junto a la cama, llorando de una mezcla incontrolable de alivio y terror.

EL RECHAZO Y EL REFUGIO

Lucy salió de la habitación y los Zalgorán se acercaron de inmediato, con el pulso acelerado.

—¿Cómo está? —preguntó Lessán con urgencia contenida.

—Karl dice que está estable, pero no quiere ver a nadie… ¿qué diablos hicieron ahora? —añadió ella, frotándose la sien.

—Odio tener que reconocerlo —respondió Lucy con amargura, cruzándose de brazos—; aunque no me encante lo que hicieron para salvarla, supongo que debo darles las gracias.

—Daría mi vida por ella —murmuró Danka, con la voz rota por una culpa visceral.

—¡No, Danka! Mantente lejos de ella… ¡A ella no! —le advirtió Lucy, clavándole una mirada cargada de advertencia.

—Tú no me vas a decir qué hacer —le espetó él, dando un paso al frente con el orgullo herido.

—¡Basta! —interrumpió Lessán, alzando la voz con una autoridad gélida—. Ella tiene razón en algo, será mejor que nos alejemos por ahora.

—¿Por qué son tan imbécilmente impulsivos? No aprenden nunca —los regañó Lucy, sacudiendo la cabeza con fastidio.

Se retiraron a una sala privada que los Zalgorán tenían reservada exclusivamente en el ala VIP del hospital.

—Oye, habla de una vez por todas, me estás matando de la angustia —exigió Danka, incapaz de estarse quieto.

—Dudo mucho que vayas a morirte, Zalgorán… Bien, el diagnóstico indica que se recuperará físicamente en un par de días. Pero…

—¿Pero qué? —preguntó Celián, con la mandíbula tensa.

—No quiere volver a verlos. Ni en pintura.

Lessán jugaba con los dedos de su mano derecha, con una frialdad aparente mientras los nervios por dentro lo mataban.

—¿El golpe le frío el cerebro o qué demonios le pasa? —soltó Danka con incredulidad y rabia.

Lucy se dejó caer pesadamente en el sillón de piel; los hermanos seguían de pie frente a ella, proyectando sombras amenazantes sobre el tapete.

—Alguien intentó matarla a nombre de tus adorables hermanos, Celián, y Danka dijo viendo a Lessán — Lucy lo espeto sin filtros—. La empujaron por la ventana con la clara intención de acabar con su vida. Estaba destrozada cuando llegó aquí, pero milagrosamente se recuperó de golpe. A cualquier persona común y corriente, una caída de dos pisos le hubiera roto el cuello al instante.

—Juro por lo más sagrado que encontraré al maldito que lo hizo y lo despellejaré vivo —masculló Danka con los ojos inyectados en sangre.

—No serás el único —sentenció Celián, con un tono que prometía una carnicería.

—Espero que los encuentren y que no tengan ninguna piedad —respondió ella con dureza—, pero Analián no quiere saber nada de ustedes. Se irá a convalecer conmigo unos días.

—¡Por supuesto que no! En la mansión tendrá los mejores cuidados médicos y estará custodiada. No voy a permitir que se mueva a otro lado —saltó Danka, perdiendo los estribos.

—Lo verdaderamente importante es que ella esté a salvo —intervino Lessán, cortando el impulso de su hermano—. Si no quiere regresar, respetaremos su decisión. Además, con la actitud que tomaron contra ella, no dejaron muchas opciones abiertas.

Los días siguientes transcurrieron entre un desfile interminable de estudios, radiografías de control y análisis neurológicos. El hermetismo del doctor Karl era absoluto; solo él y Lessán conocían la verdadera magnitud de la anomalía biológica que todos sospechaban pero preferían callar para mantener las apariencias.

Lucy trajo consigo el alta médica después de quince días entró a la habitación acompañada por el doctor, quien venía a dar las últimas recomendaciones para el cuidado de mi recuperación.

—Dr. Karl… dije después de escucharlo atentamente ¿de cuánto es la suma total de los gastos hospitalarios? —pregunté con el corazón en la garganta, sintiendo el peso de la incertidumbre.

—No se preocupe por eso, Analián. El señor Zalgorán ha cubierto absolutamente todo el costo de la intervención y la estancia —respondió el médico con profesionalismo.

—No, por favor… yo no quiero nada de esa gente, se los ruego —supliqué de inmediato, negando con la cabeza.

—Está bien, doctor, déjeme a mí los trámites con mi amiga —intervino Lucy, apurándolo amablemente a salir.

En cuanto la puerta se cerró tras el médico, me incorporé un poco sobre las almohadas y la encaré:

—Anis… No te preocupes por el dinero ahora mismo, lo importante es que estás viva.

—Por favor, amiga, sabes perfectamente que no quiero deberle ni un solo centavo a esa maldita familia.

Lucy soltó un suspiro cargado de pesadez y cruzó los brazos antes de dar el golpe final:

—La cuenta asciende a Novecientos ochenta mil pesos.

—¡¿Qué?! ¡Ay, por Dios bendito! —sentí un síncope inmediato, mareándome al instante—. Oye, vamos a ver cómo pagamos eso.

En mis adentros pensé que habría sido tan fácil hacer una transferencia si tuviera el dinero, pero ¿qué iba a hacer sin un bendito peso en la bolsa? Difícilmente guardaba semejante fortuna en la maleta. Lucy notó cómo el color se me escapaba del rostro.

—Relájate, mujer. Hablaré con mi abuela para pedirle un préstamo.

—No, Lucy. Iré a un hotel y veré cómo solucionarlo por mi cuenta.

—¿A un hotel? ¡Estás completamente loca! Irás conmigo a mi departamento y no acepto un no por respuesta, o tendré que amarrarte a la camilla.

Ya no tenía fuerzas físicas ni mentales para seguir peleando; me sentía profundamente deprimida, sin valor, al punto de que sinceramente no entendía por qué había sobrevivido a semejante caída. Lo mejor hubiese sido no volver a despertar jamás.

Mi apariencia era sencillamente deplorable. El espejo me devolvió el reflejo de una mujer demacrada, ojerosa, con un semblante tan quebrado que lo único que gritaba era el deseo de desaparecer de este mundo.

Lucy me instaló en su casa sin dar tregua.

—Analián, tienes que seguir al pie de la letra las instrucciones médicas; si no lo haces, tus órganos comenzarán a fallar, el hígado y el corazón colapsarán sin reversa alguna. Tienes que superar esta depresión, eso te hace un daño atroz. Yo… te necesito, y te necesito bien.

Me miró fijamente, sabiendo perfectamente que sus palabras se estrellaban contra un muro de apatía. Desvié la vista hacia otra parte; ya nada me importaba.

—Sé que ahorita los odias, pero dudo muchísimo que ellos te hayan mandado a matar —me dijo Lucy, intentando usar ese tacto frágil para no empeorar las cosas—. Si quisieran acabar con alguien, no necesitan ensuciarse las manos ni pagarle a nadie para hacerlo. Además, piénsalo bien, ¿qué demonios pudiste haberles hecho?

—Supongo que solo me tienen una hostilidad irracional —respondí molesta, apretando los dientes—. El descarado de Danka es lo suficientemente idiota como para darme la cara y desafiarme. Y Celián… no creo que se rebaje a embarrarse las manos con una simple sirvienta como yo.

Lo pensé en mis adentros y sentí una punzada de plomo en el pecho.

—¿Qué les hiciste para que quieran asesinarte? —insistió ella, cruzándose de brazos.

—Nada, absolutamente nada, que yo sepa.

—Tal vez tendríamos que darles el beneficio de la duda, aunque eso me cuesta la vida admitirlo.

—Tal vez, pero ahorita mismo no quiero verlos ni en pintura. Estoy cansada.

El apartamento de Lucy era un remanso de paz, una bendición que no guardaba relación alguna con la atmósfera opresiva de la mansión de esos seres. Me quedé sola mi amiga tenía que seguir su vida normal y yo me aburría, tome mis muletas y me acerque a la ventana, al asomarme un momento, el corazón se me encogió de golpe: vi a Danka parado al otro lado de la calle, inmóvil frente al parque. “¿Acaso vino a terminar el trabajo?”, pensé aterrada, sintiendo un sudor frío en la nuca. Levanté la cortina de nuevo con los dedos temblorosos y ya no estaba. ¿Acaso mi mente destrozada me estaba jugando una broma macabra?

Llevaba días refugiada ahí. Mis pertenencias personales seguían atrapadas en la mansión, y no podía seguir abusando de la generosidad y el espacio de mi amiga, así que tomé el teléfono fijo y marqué directamente a la residencia Zalgorán.

—¿Lucy? ¿Cómo están? —preguntó una voz masculina al contestar del otro lado de la línea.

—Soy yo, Lessán —mi voz sonaba áspera, entrecortada—. Solo llamaba para pedir un favor. Envía mis cosas a casa de Lucy. Y en cuanto a los gastos médicos del hospital, haré lo imposible para cubrir la cantidad a la brevedad…

—¡Analián, tenemos que hablar! —me interrumpió abruptamente, con una urgencia que rasgaba el auricular—. No te puedes ir de esta manera, no te dejaré ir así como así.

—Lessán, por favor… te agradezco todas tus atenciones, pero esto se acabó. No quiero volver a ver a tus hermanos ni a ti en el resto de mi vida.

—No, Analián. Siempre he tenido consideración contigo, pero tú no tienes la mínima conmigo. ¡No te dejaré ir y punto!

Colgó de golpe. Mi cuerpo entero comenzó a temblar de pura rabia y frustración. Las lágrimas brotaron sin control y Lucy, con esa intuición de hermana que me cargaba, llegó en el momento exacto para rodearme con sus brazos.

—Ya no puedo más —le solté con la voz rota.

Mi cuerpo se sacudía en un temblor espasmódico, y ella, de inmediato, me administró el medicamento recetado para tratar de estabilizarme los nervios y frenar el colapso.

En ese preciso instante, golpearon la puerta con insistencia. Lucy fue a abrir y, al descubrir de quién se trataba, intentó cerrarla en las narices, pero él metió el pie con una fuerza implacable.

—¡Por favor, Lucy, déjame pasar! —suplicó Danka al otro lado.

—¡Lárgate de aquí! Mira nada más en el maldito estado en el que la ponen —le gritó ella, furiosa.

Repentinamente, lo vi plantado frente a mí en la sala. El pánico me inyectó una descarga de adrenalina: tomé mis muletas a duras penas para intentar escapar hacia la habitación.

—¡No, no! Tú te vienes conmigo, no puedes simplemente largarte y dejarnos —espetó él, avanzando a zancadas.

—¡Déjame en paz! —grité, un calambre de dolor agudo cruzando mi pierna al moverme mal.

Lo empujé con lo poco que me quedaba de fuerza, intentando correr hacia la recámara, pero él me alcanzó en dos segundos.

—¡Lárgate! ¡Los odio! ¡Los odio con toda mi alma! —chillé fuera de mí.

Exasperado por mi resistencia, me levantó del suelo con una agilidad inhumana, tomándome entre sus brazos como si pesara menos que una pluma.

—¡Ódiame con todo el provecho del mundo, pero tú no te vas a ir ni nos vas a dejar así! —replicó con la mandíbula tensa.

—¡Suéltame, déjame en paz de una maldita vez!

—Cállate, me vale un comino lo que digas… no te muevas o te vas a terminar de joder la pierna y te la van a tener que cortar y bonita te vas a ver, ¿Eso es lo que quieres?

Lucy intentó abalanzarse sobre él para arrancarme de sus brazos, pero la ignoró por completo.

—Luego hablo contigo, Lucy —le soltó por encima del hombro antes de salir disparado.

Me arrastró de vuelta a la mansión que más aborrecía en este mundo, mientras afuera el cielo se desgajaba entre rayos y centellas que iluminaban la tormenta. Al llegar al vestíbulo, para cortar mis gritos y mi desesperación, selló mi boca con un beso brutal que me robó el poco aire que me quedaba en los pulmones, recordándome de golpe el “ranaso” descomunal que me di contra el pavimento cuando literal me mandaron a volar por la ventana.

Lo empujé, me retorcí y me resistí con uñas y dientes, pero su cuerpo era una muralla; no cedió ni un solo milímetro.

Me besó con una destreza salvaje que me desarmó por completo. El contacto de sus labios se sentía como un incendio frío y cortante que me recorría toda la columna vertebral. Y entre beso y beso, con los labios apenas rozando los míos, su voz ronca vibró directamente contra mi piel:

—No puedes irte…

¿Por qué demonios no?, me cuestioné dentro de mi propia cabeza, preguntándome si tal vez lo había pensado demasiado alto.

¿Por qué no? —respondió él al instante.

¿Qué? El cerebro ya no me carbura o de plano los oídos me están fallando por el golpe. ¡Parece que leyera mis malditos pensamientos! Y antes de que pudiera procesarlo, lo repitió con una intensidad tan visceral que me hizo temblar de pies a cabeza:

—Te amm… te tienes que quedar aquí y punto.

Su lengua se abrió paso con una urgencia feroz dentro de mi boca, iniciando una danza frenética, un reclamo primitivo y de absoluta posesión que borró por completo el mundo a nuestro alrededor.

El beso de Danka no era una petición de perdón; era una invasión. Sus labios reclamaban algo que no le pertenecía, moviéndose con una urgencia que me asfixiaba y me encendía al mismo tiempo. Mi cuerpo, traicionero y debilitado por el shock, pareció olvidar por un segundo que este mismo hombre me había llamado “irrelevante” días atrás. Pero mi mente… mi mente seguía en aquel maldito pasillo de la biblioteca.

Empujé sus hombros con la poca fuerza que me quedaba, logrando apartar mi rostro lo suficiente para recuperar el aire. El corazón me golpeaba las costillas con una violencia que dolía.

—¿Me tengo? —le espeté, con un hilo de voz cargado de sarcasmo y amargura—. Qué conveniente, Danka. Me tengo que quedar ahora que estoy rota, ahora que viste mi sangre en el suelo. Pero hace una semana era una sirvienta que te irritaba los nervios. ¿Eso es lo que entiendes por "me tengo"? ¿El derecho de propiedad sobre alguien que desprecias?

Él no retrocedió. Sus brazos seguían sujetándome con una firmeza que me recordaba que, si quisiera, podría romperme de nuevo sin sudar una sola gota. Sus ojos estaban fijos en los míos, oscuros, hambrientos.

—No me importa lo que pienses de mis motivos —gruñó, su aliento rozando mis labios con desesperación—. No te vas a ir. No vas a volver a ese departamento con esa amiga tuya… con Lucy. Aquí estás segura. Aquí yo puedo…

—¿Segura? —lo interrumpí con una risotada seca—. Casi me matan en la universidad, Danka. Alguien usó tu nombre y el de Celián para empujarme al vacío. Y tú me traes de vuelta a la guarida del lobo diciendo que aquí estoy a salvo.

—Por eso mismo —intervino la voz de Lessán desde la entrada del salón. Estaba allí, impecable, pero con una sombra de cansancio en los ojos que nunca le había visto—. Analián, entiende la lógica de una vez. Quien te empujó quería que estuvieras lejos de nosotros, o de plano muerta. En casa de Lucy eres un blanco demasiado fácil. Aquí… nadie se atreverá a entrar sin que nosotros lo sepamos.

Miré a los dos hermanos. Danka, con su intensidad salvaje y contenida; Lessán, con su diplomacia de acero. Sabía perfectamente que pelear en ese estado era inútil. No con una pierna enyesada, el cuerpo destrozado y sin mis pertenencias. Si quería descubrir quién era el hombre de la biblioteca, quién era el maldito que conocía mi nombre y mis secretos, tenía que jugar bajo sus reglas.

—Está bien —dije, bajando la mirada para ocultar el brillo de tristeza que empezaba a arder en mis ojos—. Me quedaré. Pero que les quede claro que no es por ustedes. Me quedo porque quiero la cabeza del tipo que me lanzó por esa ventana. Y si alguno de ustedes tuvo algo que ver con ese asunto, les juro que mi silencio no se compra pagando los gastos del hospital.

Danka esbozó una sonrisa de lado, esa mueca arrogante que tanto odiaba y que, muy en el fondo, me hacía vibrar los nervios.

—Esa es la Analián que me gusta —murmuró, volviendo a acercar peligrosamente su rostro al mío—. La que tiene fuego en la sangre en lugar de agua.

—Me quedo —dije, apartándolo con un leve empujón—. Ahora, ¿podrías llevarme a mi habitación, por favor? Necesito descansar y… necesito mis muletas. No pienso ser tu muñeca de trapo ni un solo minuto más.

Lessán asintió con un gesto solemne, mientras Danka me cargaba hacia la habitación, esta vez con una suavidad que me resultó casi insultante. Mientras subíamos las escaleras, mi cerebro ya se estaba apagando, consumido por un cansancio denso y pesado. Sin embargo, el hombre de la biblioteca sabía demasiado. Sabía de la “irrelevancia” que los Zalgorán predicaban en la sombra. Alguien estaba vigilando cada movimiento de esta casa, y yo iba a encontrar la grieta en sus muros, incluso si para lograrlo tenía que besar al mismísimo demonio.

Danka me depositó en la cama con una delicadeza que me resultaba extraña, impropia de él. Sus manos demoraron un segundo de más antes de soltarme.

—No intentes hacerte la heroína bajándote de la cama sin ayuda —me advirtió, con ese tono de mando que tanto odiaba—. Lessán ha dado órdenes estrictas. Si necesitas algo, grita. Yo te oiré, aunque susurres.

—Puedo cuidarme sola, Danka —le espeté, acomodándome contra las almohadas mientras contenía una mueca de dolor—. Ya me dejaron bien claro lo que valgo para ustedes. No necesito que ahora juegues a ser mi enfermero personal.

—Lo que vales... —repitió él, acercándose tanto que pude ver el destello eléctrico y febril en sus pupilas—. No tienes ni la más mínima idea de lo que vales, Analián. Pero te conviene aceptar nuestra protección. El tipo de la biblioteca no era un simple estudiante con ganas de molestar. Sabía demasiado.

—¿Y tú qué carajos sabes de él? —le pregunté, clavando mis ojos con furia en los suyos.

—Sé que cometió el imperdonable error de tocar lo que me pertenece —respondió con una frialdad absoluta que me erizó la piel hasta los huesos—. Descansa. Estás muy débil y pálida te necesito fuerte y tan fastidiosa como siempre.

Salió de la habitación sin hacer el menor ruido, dejándome a solas con el eco de sus palabras resonando en las paredes. “Lo que me pertenece”. La posesividad de Danka era una enfermedad purulenta.

Me estiré para buscar mis muletas, pero mis dedos rozaron algo frío sobre la mesa de noche. Una nota. Estaba ahí, doblada con pulcritud; juraría que no estaba cuando llegué.

La abrí con los dedos temblorosos por la adrenalina. No tenía firma, solo una caligrafía extrañamente elegante y arcaica:

"El cristal se rompe, pero la sangre pura siempre encuentra el camino de vuelta al origen. No confíes en los pastores, pequeña oveja, porque ellos son quienes mejor conocen el sabor de tu sacrificio. Investra Solutions es la única que tiene ojos en esta ciudad."

El corazón me dio un vuelco violento en el pecho. ¿Investra? ¿Cómo demonios sabía alguien de esa empresa? Un sudor frío perló mi frente de inmediato.

De repente, la puerta se abrió con suavidad. No fue Danka. Celián estaba allí, apoyado con desdén en el marco, con las manos sosteniendo mis muletas y esa mirada melancólica y distante que parecía cargar el peso de siglos.

—¿Celián? —susurré, ocultando la nota bajo las sábanas con un movimiento rápido.

—No deberías haber vuelto —dijo él, sin moverse un solo centímetro—. Este lugar es un imán para la desgracia, y tú pareces tener un talento natural y macabro para atraerla.

—Vaya, qué cálida bienvenida —respondí con una dosis de sarcasmo ácido—. Vienes a decirme que soy un imán de tragedias. ¿Algo más que quieras agregar a mi expediente de "sirvienta irrelevante"?

Celián caminó hacia mí, dejo los aparatos de apoyo sobre la pared y volvió sus pasos hacia la ventana, dándome la espalda. Sus hombros estaban tensos, como si estuviera conteniendo una fuerza inmensa y oscura.

—Lo de la cafetería... lo de la biblioteca... —comenzó, su voz reducida a un susurro áspero—. No creas ni una sola palabra de lo que ese maldito te dijo. Yo jamás diría que eres irrelevante. Al contrario, Analián. Eres el ruido más fuerte, ensordecedor, que he escuchado en esta casa en años. Y eso es exactamente lo que me aterra.

—¿Te asusto yo? ¿Un hombre que puede levantar a un tipo de cien kilos con una sola mano se asusta de una chica con la pierna enyesada? —me burlé con acidez, aunque por dentro me moría de curiosidad y desconcierto.

—Me aterra lo que nos obligas a hacer —se giró de golpe, y por primera vez vi una chispa de franca desesperación en sus ojos—. Danka está perdiendo el juicio por ti. Lessán está dispuesto a romper sus propias reglas sagradas para mantenerte bajo este techo. Y yo... yo no he podido sacar de mi cabeza la imagen de tu sangre extendida sobre el pavimento ni el terror absoluto de verte sin vida. Esa no fue una caída normal, Analián. Nadie sobrevive a eso.

—Tuve suerte, Celián. Simple y llana suerte.

—La suerte no cierra fracturas ni sella carne en diez segundos —espetó él, acortando la distancia y acercándose a la cama—. Te vi en el suelo. Vi cómo tu cuerpo se reparaba solo. ¿Qué diablos eres, Analián? Porque humana... humana ya me parece que no eres del todo.

—Soy exactamente la misma que llegó aquí a cuidar a tu insoportable hermana —sostuve la mirada con firmeza—. Quizás el golpe en la cabeza te afectó la vista a ti también.

Celián se quedó en completo silencio, observándome como si intentara resolver un enigma indescifrable en un examen final. Se inclinó un poco más, dejando su rostro a centímetros del mío.

—Si de verdad quieres sobrevivir en este nido de víboras, deja de escarbar y hacer preguntas sobre las familias fundadoras. Y, sobre todo, no dejes que Danka vea esa nota que tienes escondida bajo las sábanas. Él no tiene ni la mitad de la paciencia que yo.

Se dio media vuelta y salió de la habitación sin hacer ruido, dejándome con el pulso acelerado a mil por hora. ¿Sabía lo de la nota? En esta maldita casa, todos fingían ser personas comunes, pero cada movimiento sobrehumano, cada fuerza desmedida y cada secreto susurrado apuntaban a una verdad aterradora que me negaba a ignorar.

Mire el vacío de la habitación. Alguien me quería muerta, alguien conocía mis pasos, y los tres hombres que supuestamente me protegían eran los mismos que me miraban como si fuera su más codiciada presa.

—Empezaré mi propia investigación —susurré para mí misma, apretando los dientes—. Y esta vez, no habrá ventana que me detenga.

Casi es de noche. El crepúsculo en Hampshire tiene un tono violeta enfermizo que parece presagiar una catástrofe inminente. Oigo unos nudillos golpear suavemente la madera.

—Siga —respondo, tratando de acomodar con torpeza mi pierna lastimada.

Veo a Danka entrar con esa arrogancia natural que parece grabada a fuego en su ADN.

—Buenas noches, pulguita.

¿Pensé que el golpe en la cabeza me lo había llevado yo? ¿A este qué bicho le picó? ¿Cuándo diablos se volvió tan educado?, pensé, sintiendo una punzada de profunda desconfianza.

—¿Qué se te ofrece ahora?

—Es hora de cenar, vengo por ti.

—No te hubieras tomado la molestia, puedo valerme perfectamente por mí misma.

—No te hagas la heroína valiente. Vamos, yo te llevaré.

Sin darme el menor margen para protestar, me toma entre sus brazos con delicadeza que desafía su complexión. El mundo da un vuelco y la respiración se me corta de golpe.

—Oye, bájame, puedo caminar con muletas.

—Sí, seguro, vas a bajar corriendo las escaleras con esa pierna —se burla, y su voz vibra directamente contra mi pecho—. No es nada bueno para tu salud pasarte el día encerrada en estas cuatro paredes.

Tenerlo tan cerca era un peligro latente. Su aroma, una embriagadora mezcla de bosque antiguo y matices gélidos, me saturaba los sentidos. Esa persistente pulsión por querer besarlo cada día constituía una tortura interminable, un deseo que me calcinaba las venas mientras él me transportaba en vilo como si no pesara nada.

Al llegar al comedor, Lessán y Celián ya ocupaban sus puestos con la severidad de jueces en un tribunal implacable.

—Danka, llévame a la cocina, comeré ahí. No quiero importunar a nadie con mi presencia, por favor…

—¿Qué te pasa, niña? El golpe te afectó gravemente la cabeza —soltó él con una ironía afilada—. ¡Además, no he recibido ninguna orden de cambiarte de sitio!

Sin darme opción, me depositó en mi asiento. El silencio en la estancia se volvió tan pesado que parecía privarme del oxígeno. Intenté concentrarme en el plato, esquivando las miradas inquisitivas de los tres, quienes me trataban como a una simple empleada con pésima fortuna.

—Lessán… —inicio, rompiendo la tensión con la confusión a flor de piel.

—El médico del hospital se mostró bastante preocupado —intervino él, examinando mi pierna como si sus ojos pudieran atravesar el yeso—. Debemos extremar precauciones para que sanes adecuadamente; harás reposo absoluto. Por otra parte… sabemos perfectamente que llegó a tus manos una nota anónima. ¿Nos dirás de qué trata? Como carecía de remitente y estaba abierta, Celián la leyó… por pura distracción.

La atmósfera bajó de temperatura de golpe.

—¿Qué relación tienes con Investra? —inquirió Celián con una intensidad que amenazaba con desatar el caos.

—De verdad, no lo sé —contesté, sintiendo un sudor frío en la nuca—. ¿Qué significa ese nombre para ti Analían? — dijo Celián— Tengo entendido que es algo así como una farmacéutica; de hecho, Lucy lo mencionó porque desea hacer sus prácticas allí.

—Investra es tan solo una compañía que adquiere terrenos por esta zona —respondió Lessán con una sonrisa calculada—. Personas adineradas de la ciudad, con exceso de recursos, poder y nulo respeto por la intimidad ajena. Tu percance fue meramente desafortunado pero parece que a alguien le sobre interesa de más.

—Pero el individuo de la biblioteca… —protesté con la mirada baja— parecía sumamente alterado y profirió injurias sobre tus hermanos.

Danka soltó una carcajada seca, recostándose con desdén sobre el respaldo de su asiento. Su mirada escrutadora parecía intentar taladrar mi mente para extraer mis pensamientos más ocultos.

—La gente siempre codicia lo que jamás podrá poseer. Los Zalgorán... Somos una familia que posee raíces muy antiguas, por lo que resulta habitual que los mediocres inventen patrañas. Desecha los delirios de cualquier insensato de pasillo.

—Tiene absoluta razón —agregó Celián, con un tono que denotaba una molestia profunda—. Esa corporación es solo una más de tantas que pretende lucrar con los mitos locales. Tú eres una trabajadora de esta residencia, y bajo este techo ese nombre carece de valor. No vuelvas a mencionarlo.

Los Zalgorán creían que me protegían encerrándome en su jaula de oro, pero ignoraban que Investra los superaba con creces en tecnología, recursos y en una crueldad fría que ellos, con toda su soberbia y alcurnia ancestral, ni siquiera alcanzaban a imaginar. Los rumores se quedaban cortísimos: un emporio de esa magnitud no se levanta firmando cheques de caridad ni jugando a las buenas intenciones todos los días.

Mis pensamientos se destrozaron de tajo cuando la puerta de la cocina se abrió con estrépito. La señora Elroy irrumpió en el comedor seguida de cerca por toda su familia, cargando un banquete humeante y rebosante que parecía sacado de otro mundo. No venían a cumplir con una simple obligación doméstica; en sus rostros se marcaba una furia contenida, la promesa silenciosa y letal de que la afrenta contra mí no iba a quedar impune. Sangre gitana jurada a mi persona.

—¡Mi niña hermosa, al fin en casa! —exclamó Roy con la voz temblorosa de rabia y devoción, corriendo a envolverme en un abrazo feroz—. Nosotros la cuidaremos y la protegeremos con nuestra propia vida. Que Dios y los ancestros me perdonen por la torpeza de no haber estado ahí, pero juro sobre la tumba de mis padres que de hoy en adelante no le quitaremos los ojos de encima. Obedeceremos cada una de sus órdenes sin rechistar, mi señora. Nadie vuelve a tocarla.

—Así es, patrona —terció Ben, dando un paso al frente con la mandíbula tensa y los nudillos blancos de rabia pura—. Le he preparado un guiso con hierbas de nuestra tierra que le devolverá las fuerzas y le sanará hasta el último hueso roto. Nadie en esta maldita ciudad va a pisotearla mientras nosotros respiremos. Lo que le hicieron se paga con sangre, y el viejo Ben tiene memoria de elefante.

Todos y cada uno de ellos me desbordaron en muestras de un cariño fiero y absoluto; a partir de aquel instante, supe que se convertirían en mi escudo y en mi sombra, dispuestas a quemar el mundo si fuera necesario. Con una reverencia cargada de lealtad ciega, se retiraron en silencio hacia la cocina, dejándome con el pecho apretado por una lealtad que los Zalgorán entendían perfectamente bien.

Pero el alivio duró un suspiro. De golpe, la cruda realidad me devolvió al suelo cuando recordé la orden tajante, fría y cortante que se había alzado como un muro de piedra entre los dueños de la mansión y yo.

Lo que me obligó a contestar con un tono seco, calculador y solemne: “Sí”. Era lo único prudente que podía hacer si quería sobrevivir.

Y así se consumieron quince días de un encierro asfixiante que me desgarraba el alma centímetro a centímetro. Me volví una criatura hermética, un simple fantasma errante en este mausoleo de piedra y secretos, aunque por dentro, el fuego de la venganza ya empezaba a devorarme.

Las tarde transcurría envuelta en un aburrimiento espeso, donde el dolor físico se fundía con una melancolía insoportable, el yeso se había ido, la pequeña cicatriz de la cirugía iba desapareciendo. Me puse a ordenar mis pertenencias mientras escuchaba música a través de los audífonos y, sin darme cuenta, comencé a tararear y cantar en voz alta. Mi madre me había enseñado notas que, según ella, poseían la facultad de encantar hasta a las mismas sirenas, pero para mí no eran más que lamentos atrapados en la garganta.

—Empaca y vístete antes de que tu padre nos oiga… antes de que todo el infierno se desate… respira, sigue respirando… no puedo hacer esto solo…. Cántame una canción… —mi voz salió quebrada, impregnada de un dolor tan denso que parecía que mis propias venas se desangraban con cada nota. Era el grito sordo de mi soledad y del desprecio de esta gente a la que jamás le hice daño.

Mi canto se detuvo en seco cuando descubrí tres sombras plantadas en el umbral de la puerta. Estaban completamente hipnotizados, con los rostros desencajados por una fascinación que rozaba la reverencia.

—¿Qué más nos ocultas, pulguita? —la voz de Danka sonó extrañamente suave, casi irreal.

Al no alcanzar a escuchar bien debido a la música, me retiré un audífono, sintiendo una vergüenza repentina.

—Disculpen, perdón por hacer sangrar sus oídos con mis alaridos. No volverá a suceder.

—Tu voz es como la de un ángel —dijo Celián, y sus ojos parecían destellar con un brillo de naturaleza desconocida—. Esa forma de hacer resonar cada consonante es… inexplicable. Ese sonido monofásico solo lo emplean los monjes budistas en los tantras y ciertos sintetizadores de alta tecnología, pero tú lo despliegas con una sobrenaturalidad imposible. Los antiguos vikingos juraban que solo las sirenas poseían el don de encantar las mentes más fuertes e inquebrantables.

—¿De dónde aprendiste semejante arte? —preguntó Lessán, dando un paso al frente con cautela.

—Mi madre me enseñó —respondí secamente, poniéndome a la defensiva—. Solo para que no estuviera ociosa. Nada espectacular.

Sus miradas fijas me incomodaban mucho más que sus habituales groserías. Había algo en su devoción repentina que me helaba la sangre.

—Es una verdadera sinfonía —sentenció Celián en voz baja.

Danka se inclinó de golpe, reduciendo la distancia hasta que nuestras narices casi se rozaron. Su mirada bajó pesadamente a mis labios antes de regresar a mis ojos, buscando desesperadamente una grieta en mi armadura.

—Tienes fuego en la sangre y una canción que habla de huir de monstruos —continuó, ignorando mi réplica—. Lo que no sabes, señorita, es que a veces, en el intento de huir de un monstruo, terminas arrojándote directamente a los brazos de otro mucho peor.

Me tomó firmemente de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada en un duelo silencioso. En ese instante, el ambiente entre nosotros se convirtió en alta tensión a punto de estallar en chispas.

Me soltó abruptamente y desaparecieron con pasos silenciosos en la penumbra del pasillo, dejándome con el pulso desbocado y un amargo sabor a miedo recorriéndome la garganta. Sabía perfectamente que me habían analizado, que mi exabrupto con la canción había sido otro error táctico imperdonable, tan imprudente como mi forma de moverme; pero muy en el fondo, una parte de mí se dejaba llevar, tal vez porque antes no hubo nadie que me prestara la más mínima atención —Todos teníamos universidad, así que lo mejor era descansar—.

Mi reincorporación a la universidad se convertiría en una farsa grotesca y perfectamente ensayada. "Un simple resbalón por negligencia propia", mi descanso se convirtió en una estela fugaz. Lessán me dejó en la entrada principal, vigilando cada uno de mis movimientos con la precisión de un halcón. Los directivos y alumnos en los pasillos permanecían en un cuchicheo. A los pocos segundos, Lucy corrió hacia mí con los ojos abiertos de par en par.

—¡Analián! Por Dios bendito, ¡qué susto me diste! Me alegro que estés bien. Oye, se anda diciendo por ahí que Investra Solutions está enviando auditores a investigar lo de tu accidente… hasta andan amenazando con demandar a la universidad por falta de seguridad.

—¿Investra? —Yo fingí una total confusión—. ¿Qué diablos tiene que ver una farmacéutica o corporación de esas con mi caída? No digas cosas, Lucy. Mejor vamos a clases y me pones al corriente de todas las novedades que me perdí.

Sin embargo, al llegar a mi casillero y abrir la puerta metálica, un sobre negro con una “I” plateada y estilizada cayó al suelo, quemándome las yemas de los dedos al recogerlo.

"El patrimonio no se resbala; se protege. Mantén el silencio, la auditoría interna ya ha comenzado."

Un escalofrío mortal me recorrió la columna vertebral. ¿Acaso había alguien más operando en las sombras? Si Danka era un maldito lobo impulsivo, había personas que resultaban ser infinitamente peores: monstruos de frialdad corporativa que ignoraban por completo el significado de la piedad. Sentí el peso aplastante de todo lo que se ocultaba bajo mis pies.

Entré a clase. Danka estaba al fondo, observando a la manada. Me ignoró, por completo en su papel de heredero distante. Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, vi una desconfianza salvaje en sus pupilas.

¡La atmósfera era asfixiante! Días van y días vienen.

El eco de la verdad parecía gritar en la penumbra el día pareció desvanecerse de golpe, esa noche el silencio de la mansión se sentía diferente. Ya no era el silencio de la indiferencia, sino el de una vigilancia activa. Estaba en el pequeño balcón de mi habitación, dejando que el aire frío de Hampshire entumeciera el recuerdo de la canción que había dejado escapar

No escuché sus pasos; ellos nunca hacen ruido cuando no quieren ser detectados. Solo sentí el cambio en la presión del aire y ese olor a tormenta inminente que siempre acompaña a Danka.

—Cantas sobre el infierno y sobre padres que no deben oírte, señorita —su voz surgió de las sombras, arrastrando las palabras con una lentitud peligrosa—. Una temática muy oscura para una chica que solo “resbala” en los pasillos de la universidad.

Me tensé, pero no me giré. Sabía que él estaba apoyado contra la pared, observando mi nuca como un depredador que acaba de descubrir una marca inusual en su presa.

—Fue solo una canción, Danka. La música sirve para drenar el estrés, nada más —respondí, manteniendo mi tono lo más neutro posible.

Escuché el crujido de sus botas acercándose. Se detuvo justo detrás de mí, lo suficientemente cerca para que el calor de su cuerpo —ese calor artificial que a veces parecía emanar de él— me envolviera.

—Mientes tan bien que casi me convences —susurró, y sentí su aliento rozando mi oreja, provocándome un escalofrío que no pude ocultar—. Tu voz no sonaba a “ocio”. Sonaba a herencia. A un dolor que ha sido cultivado por generaciones.

Se puso frente a mí, obligándome a mirarlo. Sus ojos brillaban con una Intensidad salvaje, pero también con una curiosidad que quemaba.

—Dime la verdad… ¿Qué hacía una “simple niñera” cantando sobre secretos de estado y respiraciones contenidas? Celián dice que tu voz es sobrenatural, y Léssan está encerrado en su despacho revisando de nuevo tu expediente. No nos cuadras, Analián. Nada en ti cuadra.

—Tal vez el problema es que buscan misterios donde solo hay una empleada que extraña su casa —le espeté, tratando de rodearlo para entrar a la habitación, pero él me bloqueó el paso con un brazo firme sobre el marco de la puerta.

—Tu casa… —repitió con sarcasmo—. ¿Te refieres a ese lugar del que Investra parece estar tan pendiente? Esa nota que recibiste no era de un admirador secreto. Era una advertencia corporativa. El PATRIMONIO… ¿así te llamaron? ¿Qué eres para ellos? ¿Un experimento que se les escapó?

Mi corazón martilleó contra mis costillas. Pero debía mantener a la distancia.

—No sé por qué esa empresa está tan obsesionada con mi accidente, Danka. Quizás solo quieren evitar una demanda legal; por lo que sé, firmaron un convenio para que los alumnos de medicina hagan sus prácticas profesionales en los laboratorios de su corporativo, y un escándalo de esta magnitud les perjudica. Es una universidad de prestigio y un emporio de poder —fingí una vulnerabilidad impostada que me supo amarga en la boca—. Me asustan tanto como me asustas tú. Lo único que quiero es que me dejen en paz de una vez por todas.

Danka se inclinó de golpe, demasiada coincidencia que sepas tanto sobre un corporativo que, según tus propias coartadas, apenas conoces.

—Si de verdad no me crees, pregúntale a Lucy; ella maneja toda esa información porque, como ya te había dicho antes, está obsesionada con hacer sus prácticas ahí —le contesté, obsequiándole una pequeña sonrisa cargada de desafío.

—Tienes fuego en la sangre y una canción que habla de huir de monstruos —continuó, ignorando mi réplica—. Lo que no sabes, señorita, es que a veces, en el intento de huir de un monstruo, terminas arrojándote directamente a los brazos de otro mucho peor.

Me tomó firmemente de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada en un duelo silencioso.

—Si vuelves a cantar de esa manera —añadió, su voz volviéndose peligrosamente posesiva y ronca—, asegúrate de que sea solo para mí. No quiero que Celián o Lessán empiecen a preguntarse si la supuesta niñera es, en realidad, la llave maestra de la caja fuerte que Investra tanto anhela recuperar.

Sabía perfectamente que cada segundo que pasaba me analizaba, desapareció sobre sus pasos. Me encerré con cerrojo en la habitación y tome la nota arrugada que había sacado del casillero. El nombre de esa maldita empresa resonaba en mi cabeza como un eco metálico. Si alguien me quería desaparecer utilizando el escudo de un corporativo de esa magnitud, significaba que las reglas del juego habían cambiado y que mi tiempo de niñera inofensiva se estaba agotando con una velocidad alarmante. Estaba atrapada en una ratonera, aplastada entre la paranoia salvaje de los Zalgorán y los secretos oscuros de mi propia sangre.

¡La desconfianza de Danka era un maldito volcán a punto de estallar! Él sabía algo, lo olía en el aire, pero ni en su peor pesadilla alcanzaba a imaginar la magnitud de la verdad que me estaba aplastando el pecho.

Thoughts

  • CapituloTrasCapitulo

    Desde La advertencia Lucy era la que se cambiaba de materias para no dejarla sola, y ahora quiere hacer las prácticas justo en Investra. Mirá que la quiero, pero me la veo trabajando adentro antes del final.

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  • tintaDeMartes

    Roy y Ben con el guiso son los primeros en esa casa que le juran algo a Analián sin pedirle nada a cambio.

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  • Ovid

    La canción que Analián tararea con los audífonos puestos, la que su madre le enseñó para encantar sirenas, es donde los tres hermanos dejan de mirarla como empleada. Yo pondría esa voz por encima de la caída como lo que más va a pesar, porque Danka ya la quiere solo para él y Celián la escuchó desde la puerta.

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