El aire de Noviembre huele a copal viejo y a muerte cercana, esa que las calzadas de concreto intentan disimular con flores de plástico, pero que la tierra, terca, reclama con cempasúchil sangrante.
No hay paz en la memoria de los que se tragan la ciudad.
Hay un pasadizo bajo el asfalto,
un río de perros mudos y ceniza mojada donde los pasos ya no resuenan, donde el pulmón recuerda de golpe
que alguna vez tuvo forma de suspiro.
Nueve velos. Nueve tajos en el tiempo.
El Xochitlapan donde los vientos cortan como navajas
lo poco que quedaba del nombre. El Iztepetl, la montaña de pedernal frío que desmiembra los recuerdos hasta dejarlos en hueso pelón.
Y uno camina cargando su propio cadáver, arrastrando el peso mordaz de lo que no pudo decir, del "te quiero" que se quedó atorado en la garganta
cuando el monitor pitó su última miseria.
La Ciudad de México grita con su feria de cartón, con sus calaveras de azúcar que son dulces de mentira, pero allá abajo, en el verdadero fondo del Mictlán, el silencio pesa toneladas.
¿Quién cuida a los que se fueron sin despedirse?
¿A los que el pavimento se tragó en una esquina de prisa?
No hay ofrenda que alcance para devolver el latido,
solo este pan de muerto amargo, amasado con la culpa de seguir respirando mientras ellos se hunden en el frío de la nada, esperando el día en que nosotros, los cobardes que seguimos aquí arriba,
tengamos el valor de cruzar el río con las manos vacías y el alma rota.