Nadie te avisa cuando el mundo se encoge hasta caber en la caja torácica de un hospital.
El monitor pita el último alito de vida y el aire se vuelve de vidrio molido.
Ahí empieza el viaje.
No en los códices limpios ni en las postales de papel picado que venden en el centro, sino en el hueco exacto donde tu voz ya no encuentra su eco.
La entrada al Mictlán no tiene puertas doradas, tiene la forma de tu ausencia en la cama fría, del café servido a medias, del abrigo que se quedó colgado esperando un cuerpo que ya no vuelve.
Hay que cruzar el río Apanohuayan con el agua hasta la garganta, cargando el peso idiota de todo lo que callamos,
de los te quieros que se pudrieron en el bolsillo
por orgullo, por idiotez, por creer que el tiempo era eterno.
Y duele.
Duele como si te arrancaran las costillas a tirones, como si el asfalto de esta podredumbre ciudad te aplastara los huesos y te negara el derecho a seguir respirando mientras el mundo de allá afuera sigue su marcha febril, riéndose con sus ciudades de cartón y sus flores de migajón.
Los cerros se juntan allá abajo para machacar la memoria,
el viento de obsidiana te pela el alma hasta dejarla en carne viva, y uno se queda aquí arriba,
maldiciendo la costumbre absurda de seguir tragando saliva, de seguir viviendo por inercia, sabiendo que una parte de nosotros se bajó contigo en la penumbra, esperando el día en que tengamos el valor de cruzar el río, con el alma vacía,
las rodillas destrozadas,
y el corazón hecho polvo.