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LA CENA

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¿ Tú qué harías?

Las noches siguientes, la mansión parecía haber alcanzado una tregua armada, una de esas calmas que preceden a las ejecuciones. Lessán había decretado una “cena de convivencia” para celebrar mi recuperación. Una farsa elegante donde el veneno se servía en copas de cristal tallado y las sonrisas eran tan afiladas como los cuchillos de plata.

Me puse un vestido negro. La seda se sentía libertad fría y silenciosa, deslizándose sobre mis piernas libres de la prisión del yeso. Ocultaba los restos de los moretones, pero revelaba una palidez que parecía brillar bajo la luz de las sombras. Bajé las escaleras con paso firme, disfrutando del sonido de mis pasos recuperados.

El sonido me detuvo en seco en el último escalón.

Eran las notas del piano. Pero no era una pieza clásica de las que Celián solía tocar para evadirse. Eran acordes lentos, densos, cargados de una reverberación fúnebre.

Celián estaba tocando esa canción, la que me escucharon cantar en la intimidad de mi dolor, como si estuviera diseccionando mi alma tecla por tecla, nota por nota.

Me acerque al gran piano de cola. Celián no levantó la vista; sus dedos se movían con una precisión inquebrantable, casi violenta, sobre el marfil. Danka estaba apoyado en la madera oscura, observando las cuerdas vibrar que me hizo apretar los dientes. Lessán, desde su sillón, sostenía un libro, pero sus ojos estaban fijos en mí, recorriendo mi figura con una fascinación que rozaba la transgresión.

—Te gusta el drama, ¿no es así, Analián? —soltó Danka sin mirarme, siguiendo el ritmo de la música—. Esta melodía habla de escapar, de asfixia… de padres que no deben despertar. Muy apropiado para una niñera que guarda sobres corporativos en su casillero y que sana a una velocidad que insulta a la lógica.

—Es una canción hermosa, Danka. No busques conspiraciones en cada nota —respondí, acercándome al piano. La música de Celián era un imán, una trampa de terciopelo.

Celián cambió el ritmo, invitándome con un acorde menor que vibró en el fondo de mi pecho. Sus ojos brillaron con un destello sobrenatural bajo la tenue luz de salón.

—Canta, Analián —ordenó él en un susurro que sonó como un ruego y una amenaza a la vez—. Deja que el aire salga. Queremos oír cómo suena la verdad cuando no tienes miedo de nosotros. Queremos oír el sonido de tu derrota y de tus tormentas.

Cerré los ojos. El piano me envolvía, aislándome de la realidad. Empecé a cantar en un susurro que llenó la estancia, dejando que la técnica que mi madre me impuso —esa que ella juraba que dominaría voluntades— fluyera sin frenos:

—“Wake… from your sleep… the drying of your tears… today we escape… we escape…”

Danka se acercó por detrás. Sentí el desplazamiento del aire antes de sentir su temperatura. Rodeó mi cintura con sus brazos sin llegar a tocarme del todo, pero su proximidad era un incendio. Su respiración se acompasó con la mía, pesada, hambrienta.

—“Breathe… keep breathing… don’t lose your nerve…” —continué.

Por un segundo, el mundo desapareció. Solo quedábamos nosotros en una burbuja de sonido y desconfianza absoluta. Sentía el deseo de Danka como una corriente eléctrica golpeando mi espalda, una tentación de echar la cabeza hacia atrás y rendirme a su oscuridad.

De pronto, Celián golpeó una nota discordante, un estrépito que rompió el hechizo. El silencio que siguió fue violento, casi físico.

—Espectacular —dijo Lessán, cerrando su libro de golpe con un sonido seco—. Tienes un talento que desperdicias leyendo cuentos infantiles, Analián. Pero dime.  “Esperamos que tus reglas y tu sabiduría se ahoguen” eso va, ¿dirigido a nosotros o a algo más? ¿O quizás a alguien que te espera fuera de estos muros?

La convivencia fingida se agrietó. Me alejé del piano, sintiendo el escrutinio de los tres. Eran tres machistas mirando a una presa que según sus conclusiones acababa de mostrar los colmillos.

—Solo es música, Lessán . No soy una pieza de su ajedrez, por mucho que se empeñen en analizarme —dije, tras mi máscara de indiferencia.

—Oh, pulguita, eres la reina del tablero y ni siquiera te has dado cuenta —rio Danka, dándome el paso al comedor donde se servía la cena, se movía con esa gracia letal que me quemaba las entrañas—. Pero ten cuidado. —¡Que canto muy bien!— Hizo una mueca de fastidio.

Se quedó callado un instante, como si las palabras se le hubieran quedado atascadas en la garganta. No preguntó nada más, pero su mirada se oscureció, pesada, como si supiera algo que le estaba ocultando. El aire entre nosotros se volvió denso, y cuando bajé la mirada, sentí que no solo me escuchaba, sino que me examinaba, como si estuviera midiendo cuánto debía revelarme o cuánto debía ocultarme. No insistí; algo en su silencio me dijo que era mejor no saberlo todavía.

Se pusieron de pie sin añadir nada más. No hubo explicación ni mirada calmada; solo un gesto seco con la cabeza para indicarme que lo siguiera. Caminamos por el pasillo sin hablar, los pasos resonando suaves sobre el piso pulido. La tensión no desaparecía, se colaba por cada rincón, como si nos estuvieran vigilando incluso antes de entrar al comedor.

Cenamos en un silencio sepulcral, solo roto por el tintineo de la plata contra la porcelana. Ellos no comían, solo fingían mover la comida, los analice no eran personas comunes ellos también me observaban con una atención que me hacía sentir desnuda. Por debajo de la mesa, la tensión entre Danka y yo era un incendio forestal fuera de control. Él rozó mi rodilla “accidentalmente” con la suya. El primer roce fue eléctrico; el segundo, deliberado y firme.

Brinqué ligeramente en mi asiento, el contacto enviando una descarga directo a mi centro.

—¿Todo bien, Analián? —preguntó Lessán, alzando una ceja con una cortesía ponzoñosa.

—Sí… —respondí, tratando de que mi voz no temblara—, solo un pequeño dolor residual en la pierna. No es nada.

Danka sonrió, manteniendo la presión de su rodilla contra la mía, desafiándome a apartarme, desafiándome a confesar. Al terminar la farsa, Celián se acercó a mi oído mientras me ayudaba con la silla, su mano rozando apenas mi hombro, un toque que quemaba.

—La próxima vez que cantes sobre escapar, asegúrate de que nadie más que nosotros escuche tu embrujo —susurró él, su voz cargada de una advertencia gélida—. Porque nosotros protegemos a los nuestros, Analián, incluso a los que mienten. Pero Investra… solo protege sus patrimonios sin importar a quién pisen. Y el patrimonio se puede desmantelar para ver qué hay dentro.

Me quedé helada. Sabían de algún peligro que yo ignoraba. O al menos sospechaban que había un hilo de acero que me unía a la cúpula de algo más oscuro que las mismas existencias de ellos. La convivencia había terminado; la guerra de nervios acababa de entrar en su fase más letal. Subí a mi habitación sintiendo el roce de la seda negra contra mis piernas, sabiendo que en esta casa, el amor no existía, pero el deseo y la sospecha eran más que suficientes para destruirnos a todos.

Thoughts

  • Ovid

    Los tres hermanos sin probar bocado, moviendo la plata sobre la porcelana mientras la miran, me recordó esas cenas donde nadie tiene hambre y todos vigilan. Y que Analián cante justo la canción que la delata la muestra cansada de esconderse.

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