Puchica, Lucas se va a ir solito con el Sapo. De ese no me fío ni para que me sostenga la escalera, va.
La Cacería
Pensamiento
Puchica, Lucas se va a ir solito con el Sapo. De ese no me fío ni para que me sostenga la escalera, va.
Contenido de la publicación
Capitulo 10
-Negrito querido – dice Miguel alzando las cejas y tirando la cabeza para atrás – hay tipos que llevan años escribiendo. Gente que hizo de la literatura una profesión o un oficio, si el término te parece mejor. Seguramente se van a presentar al concurso porque ellos necesitan la guita tanto o más que nosotros. Y no alcanza con una trama interesante o con personajes creíbles- Hace falta estilo, ritmo. Hablamos de literatura, no de panfletos, o de artículos, o de monografías.
El Negro lo sabe. Incontables intentos sistemáticamente destrozados, piadosamente silenciados. Algunos mejores que otros, hasta algún cuento que lo dejó satisfecho, y sabe, mucho mejor que Miguel, lo difícil que es. Pero lo que Miguel ignora, lo que nadie sabe, es que el esta condenado, necesita escribir. Una pulsión irresistible, ingobernable, lo patea, lo consume. Poco le interesa el premio. ¿Cómo explicárselos?
Lucas no le dijo nada al Negro durante el viaje. No le dijo nada a nadie. Intuye la inefable repetición del eterno ciclo que lo condena a la incomprensión: él oye algo, lo cree, se convence, lo cuenta, lo explica, se ríen de él, no entienden, lo compadecen.
¿Qué hacer? Se pregunta Lucas como casi un siglo antes lo hiciera Lenin. Tiene el miedo y la certeza de repetir el ciclo. Pero, ¿con qué derecho se van a reír de él? ¿Qué motivo puede tener el Sapo para engañarlo? Tendrá que aguantar una fuerte andanada inicial, dura y cruenta, pero después tendrán que escucharlo y convencerse. Gracias a él, a sus contactos, a su sagacidad, van a salir de perdedores. Entonces lo dijo:
- Tengo la solución.
Lo dijo abruptamente, como quien entra de golpe a la pileta para sentir el frío de una sola vez. Hasta parecía estar sintiendo el choque del agua.
- ¿La solución?
- Si, de la novela
- ¡Ah!, la novela...vos también querés escribir – dice Miguel – Resulta que llevo más de cuarenta años de mi vida entre literatos de primera y no me di cuenta hasta hoy. Lucas, por favor...
Federico, simplemente sonríe.
- ¿La solución? – el Negro se pregunta a sí mismo.
- No me jodan – dijo Lucas con fastidio – Tengo la solución y no es verso. Estuve con el Sapo Barraza y me pasó un dato que nos puede salvar.
- ¿Palermo o San isidro? – replica Federico en tono burlón. El delirio es su aliado más fiel.
- No me jodan y déjenme hablar.
No están acostumbrados a escuchar a Lucas levantar la voz. Manuel, apoyado en su mostrador, baja la cabeza y mira por encima de los anteojos la imagen de los cuatro amigos en el espejo. Llega a pensar “no puedo dejar que se mate así a un valiente”
- Bueno, explicate – dice Miguel
- Uds. conocen al Sapo Barraza, ¿no
- Ese delirante – interrumpe el Negro, pensando que Manuel está pendiente de ellos.
- Esperá Negro, dejame hablar. Por favor. El Sapo me dijo que el tiene los datos de una novela escrita por Borges que permaneció inédita por propio y expreso deseo del autor. Pero después, cuando murió, se armó despelote entre los parientes que querían publicarla y aquellos que querían respetar la voluntad de Borges. Para que no encontraran la novela, y así impedir su publicación, se decidió enviarle el original a Bioy Casares, gran amigo de Borges.
El Negro abre los ojos y lo mira incrédulo, sin entender cómo Lucas puede tragarse semejante cuento, y justo viniendo del Sapo... Nota que Manuel se desentiende de ellos.
- Pero el manuscrito nunca llegó – sigue Lucas – Parece que un conocido financista se enteró de la existencia de la novela y decidió robarla, tarea para la cual contrató al Sapo y a dos más.
- ¡Pero dejate de joder! – exclama, riendo, Federico – Si ese no sirve ni para espiar. ¿Cómo va a espiar un tipo que no tiene cuello? Cuando se levanta las solapas del sobretodo parece un decapitado. ¿Cómo se le puede creer a alguien tan poco serio?
Todos se dan cuenta que lo de Federico es puramente gratuito. Pero se ríen, salvo Lucas, que continúa.
- El encargado de hacerse con el libro era el Sapo junto con otros dos. Apretaron al correo y le sacaron varios paquetes, entre ellos, el manuscrito. Los tipos que iban con el Sapo le dijeron que el financista los iba a bicicletear con la guita, Barraza les dijo que no, que había que cumplir con el encargo. Entonces los tipos lo mejicanearon, le dieron unos golpes y le arrancaron el paquete. En la pelea pudo manotear una hoja. Los tipos se llevaron la novela y por un montón de guita se la devolvieron a María Kodama, quien a su vez se la dio, por fin, a Bioy Casares. Hoy está escondida en su quinta de Ramos Mejía. Solo tenemos que ir a la quinta, alzarnos con la novela, agregarle nuestros nombres, y llevarnos el premio. ¿Quién puede descalificar una obra de Borges?
- ¿Me estas jodiendo o estás hablando en serio? – pregunta el Negro.
- Sí, Lucas, cortala, todo el mundo sabe que Borges no escribió ninguna novela. Además – Federico sigue sonriendo pero tenso – todavía el Sapo debe estar riéndose de lo crédulo que sos. Ese tipo, por otra parte, además de ser un peligro público, es un mitómano, un buchón de los servicios de inteligencia. Es más, en cualquier momento, te manda en cana a vos y a todos nosotros.
Federico ahora está preocupado. Con el Sapo en el medio, la cosa puede complicarse.
- Es cierto – dice Miguel – Todos sabemos que Borges no escribió novelas. Decía que después de Joyce nadie podía hacerlo. Según él, el irlandés había agotado el género.
- Pero no – casi suplicó Lucas – ustedes no entienden, lo que digo es cierto, tengo los datos, me los dio el Sapo. Será mitómano, de los servicios, y todo lo demás, pero en esto no miente. Además, si es tan inútil como dice Federico, ¿qué milagro lo puso en un despacho del Ministerio del Interior con secretaria y líneas directas?
Frente a ellos, dos tipos se pasaban libros entre sí. Asienten con la cabeza y se preguntan mutuamente. Al Negro le parece que el de pelo más corto los está escuchando. Nadie puede estar tan concentrado en la tapa de un libro. Evidentemente los escucha.
- No delires más, Lucas. Te tomó el pelo, esa novela no existe. ¿No crees que si existiera no faltarían los buitres que ya la hubieran ido a buscar?
Manuel se apoya en el mostrador con cara de póker. El Negro sabe que están cayendo en el ridículo. Uno de los dos lugares de donde no se vuelve.
- ¿Podemos dar por terminado este breve espacio surrealista y dedicarnos a nuestro tema? – Miguel solicita la atención del grupo.
- Che, lo estoy diciendo en serio – insiste Lucas
- Está bien – concede Miguel – traenos pruebas. Por ejemplo, esa hoja que dice que tiene. Además, ¿vos sabés en qué lugar de la quinta está? Porque supongo que se trata de que consigamos el manuscrito para presentarlo con nuestros nombres, ¿no? Entonces no tenemos tiempo de rastrearla bajo los pisos de madera, emparedada en un baño, o en cualquier otra parte que a un buen lector de Allan Poe, como seguramente es Bioy, se le pueda ocurrir. Así que traé las pruebas, y vayamos a lo nuestro.
Lucas se siente desarmado y elige el silencio para el resto de la noche, mientras toma fuerza el deseo que fuera verdad todo lo dicho por el Sapo, para poder mostrarles a todo que él no era un boludo. El va a conseguir la novela. Solo, incomprendido, irá con el Sapo a buscar las pruebas.
Manuel se imagina todo lo que pasa aunque solo escucha ráfagas de lo que cada uno dice. Palmea a su hijo, le dice “no cierres muy tarde”, saluda a los muchachos y se va.
El Negro le clava su mirada más espesa. “¿A este qué le pasa?, piensa Miguel. Y sube al 39.
Thoughts
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PermalinkLucas callado el resto de la noche, con ganas de que sea verdad solo para no quedar de boludo delante de los otros tres. Yo defendí años una cosa que me vendieron por lo mismo, ojo.
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PermalinkPuchica, Lucas se va a ir solito con el Sapo. De ese no me fío ni para que me sostenga la escalera, va.
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