Capítulo 3
RES
Miguel bajó del taxi sobre Juramento, frente a la iglesia redonda. Dos veces por semana, desde hace tres años llega hasta este lugar en este barrio. Belgrano, casi un país. Un país donde todos buscan aparentar algo más de lo que son. Allí se encontraba cómodo, él vivía cerca de donde estaba ahora, quince minutos antes de iniciar la sesión.
Tres años lleva ya de terapia con Feldman, tres años de su conversión a la fe lacaniana. Los Ecrits habían ido sedimentando la compleja jerga y el seductor modelo. Tres años para volver a leer a Freud, para olvidarse de los postulados de las cátedras nacionales, de las cartas de Perón, de…Miguel tiene tanto para olvidar.
Ni Pichón Rivière ni los sistémicos, ni los gestálticos, ninguno podía hacerlo olvidar. Solo el monumental Lacán, la esfinge que habló desde París. Solo allí encontró su posición natural, la de la mirada lejana y panorámica desde las alturas, alejadas de las psicologías de barrio, modestas costureritas del Ello. Lacán lo conducía a la nada, y pocas cosas son más seductoras que la Nada. ¿No es ella, acaso, la que nos tienta a lanzarnos al borde de los abismos y a sentirnos un grano de arena frente a la grandeza de un valle contemplado desde una montaña? Si. Algunos modelos teóricos son sólo para sibaritas, para los superhombres. Los otros son para los chinos, para los proletarios del diván.
“Le Nom du Pere” no es lo mismo que “le Non du Pere”, que maravilla, qué sutileza y elegancia. Al fin se podía dejar afuera a quienes no dominaban otro idioma. Moi, Je, palabras que se hacían sonoramente abismales para la mayoría. Poder explicar cómo “el inconsciente es el discurso del Otro” o soltar en cualquier momento “el estilo es el hombre” sin que se lo confunda con la propaganda de una marca de ropa, eran adquisiciones que le daban una seguridad similar a la de aquellos años de militancia en la facultad. Mientras pensaba, siguió flotando hasta llegar a su destino donde tocó el suelo.
Entró al café a fin de cumplir con el rito antes de tocar el portero eléctrico y encontrarse con la misma Luisa de siempre que le abre la puerta, lo acompaña hasta la mesita donde le cobra y lo hace pasar a la sala.
Se acomoda en el sillón y toma una de las pipas del fuentón. Algún día va a robarle una, Feldman se va a dar cuenta y entonces, tal vez, se inviertan los roles de la relación, pero por ahora la cosa sigue como siempre, porque Feldman entra, se sienta, limpia una pipa usada, arma otra, y la enciende dos o tres veces. Así gana unos cinco o seis minutos. Miguel no encuentra el modo de empezar la sesión a partir de una pregunta o comentario de Feldman. Siempre le toca a él abrir el fuego.
- Voy a ser famoso – Miguel pensó Blancas: “P4AR”
- ¿Famoso? Respondió Feldman tras el humo de su pipa. “Negras: P4AR”
- Si, estamos terminando un viejo proyecto compartido con algunos amigos. Estamos dando las últimas puntadas a una novela – Miguel “P3AD”
- ¿Una novela? - Feldman, las Negras, ya eran apenas una forma intuíble en medio de la humareda
- Si, hace ya tiempo que venimos trabajando el tema. A todos nos gustó siempre escribir, así que armamos una especie de taller literario autogestionado.
- ¿Autogestionado?
- Si, lo manejamos nosotros mismos. A mi me tocó la función de coordinación, pero todos intervenimos en igualdad de nivel. Relaciones simétricas, algunos tienen más estilo y otros menos, eso es evidente, pero somos todos amigos.
- ¿Amigos?
- Si, viejos compañeros de militancia – mientras decía esto Feldman mordisqueaba la pipa – que nos venimos viendo desde hace años. Mantuvimos el vínculo pese a todo, y fue bueno, porque somos una especie de cable a tierra mutuo, y a mí me recuerda quien soy. El management es interesante, pero no deja de tener sus riesgos. Buscando la eficacia del mensaje uno se acostumbra a trabajar con estereotipos y con frases hechas, y termina siendo un estereotipo.
- ¿Estereotipo?
- Claro, los psicólogos tenemos tendencia a la estereotipia, a perder la espontaneidad. Toda espontaneidad es exponerse, es dar espacio a la interpretación del Otro, pero como Uno es el que tiene que interpretar, debe escapar a esa trampa, es entonces cuando se asume el estereotipo, el uniforme, el “y a Ud. qué le parece?” Así armamos la estrategia que nos permite observar sin ser observado.
- ¿Observados?
Observados, si, interpretados. Usted, con su interrogación permanente, se oculta, se escapa, y a veces ni de espejo me sirve. Sus preguntas le permiten hacerme hablar sin meter el cuerpo, sus ceremonias con las pipas, también.
Previsiblemente, Feldman hubiera interrogado “¿También?”, pero no lo hizo, se quedó callado mirando la pipa humeante en su mano izquierda. Miguel sabía que Feldman podría pasar horas enteras callado y esperando. Generalmente lo hacía cuando se bandeaba.
Reconocía el oficio de Feldman, sobre todo él, que nunca se había dedicado a la clínica, sin tener muy en claro el motivo. En un principio, por que no creía en ella, “nadie puede sanarse en un sistema enfermo: o se sana el sistema o se enferma a la gente para adaptarla”. Luego la consideró tarea de diletantes, y el era un hombre de acción, de preguntas, de señalamientos, no de consultorios. Así, siguió pensando el análisis como un tema de enfermería y él…era un cirujano.
Inició la terapia con Feldman con fines didácticos. Le calculó unos seis meses despegarse de la tutela del coleccionista de pipas. A principio lo miraba y no podía dejar de tenerle lástima, con esos ojos entrecerrados. Una especie de Buda con anteojos. Pero con el tiempo fue descubriendo el oficio del terapeuta. Las preguntas, los señalamientos, los silencios, el manejo de la ansiedad. Un oficiante hábil y experto de un rito preciosista.
El Iddishe Buda miró el reloj, aún no era la hora, pero Durán estaba desarmado, abierto. Convenía dejarlo así.
-Bien, Durán, seguimos la semana que viene.
- ¿La semana que viene? – jugó Miguel
- La semana que viene.
- Muy bien, nos estamos viendo – “las blancas abandonan”